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El Testigo Fiel
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«Mira que estoy a la puerta y llamo,
si alguno oye mi voz y me abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
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Oración: Lecturas de la misa
Jueves 6 de agosto: Año litúrgico 2025 ~ 2026

Tiempo Ordinario ~ Ciclo A ~ Año Par
Hoy celebramos:
La Transfiguración del Señor, fiesta
si la fiesta cae en domingo, se leen como 1ª y 2ª, si no se escoge una de estas dos:
Dn 7,9-10.13-14: Su vestido era blanco como nieve.
o bien:
2P 1,16-19: Esta voz del cielo es la que oímos.
Sal 96,1-2.5-6.9: El Señor reina, Altísimo sobre toda la tierra.
Aleluya Mt 17,5c: Aleluya, aleluya, aleluya.
En el ciclo A
Mt 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol.
En el ciclo B
Mc 9,2-10: Este es mi Hijo, el amado.
En el ciclo C
Lc 9,28b-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.
Comentario: La Transfiguración del Señor
Hay videos para complementar la lectura: ver el video 1
Traducción de las lecturas de Misa: oficial CEE (España) - escoger Alonso Schökel y eq.
si la fiesta cae en domingo, se leen como 1ª y 2ª, si no se escoge una de estas dos:
Dn 7,9-10.13-14: Su vestido era blanco como nieve.
Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó.
Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima;
su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas;
un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él.
Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes.
Comenzó la sesión y se abrieron los libros.
Seguí mirando. Y en mi visión nocturna
vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo.
Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia.
A él se le dio poder, honor y reino.
Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron.
Su poder es un poder eterno, no cesará.
Su reino no acabará.
o bien:
2P 1,16-19: Esta voz del cielo es la que oímos.
Queridos hermanos:
No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza.
Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz:
«Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido».
Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada.
Así tenemos más confirmada la palabra profética y hacéis muy bien en prestarle atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero amanezca en vuestros corazones.
Sal 96,1-2.5-6.9: El Señor reina, Altísimo sobre toda la tierra.
El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R.

Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

Porque tú eres, Señor,
Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R.
Aleluya Mt 17,5c: Aleluya, aleluya, aleluya.
Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.
Escuchadlo.
En el ciclo A
Mt 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se Ies aparecieron Moisés y Elias conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elias».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
En el ciclo B
Mc 9,2-10: Este es mi Hijo, el amado.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les aparecieron Elias y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elias».
No sabía qué decir, pues estaban asustados.
Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.
En el ciclo C
Lc 9,28b-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.
En aquel tiempo, tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No sabía lo que decía.
Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.
Y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

La Transfiguración del Señor

por Lic. Abel Della Costa
5 de julio de 2006

Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: "Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías"; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: "Este es mi Hijo amado, escuchadle."

Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de "resucitar de entre los muertos." (Marcos 9,2-10)

Así, con estas palabras sencillas, y como si nos narrara algo muy cotidiano, el evangelista San Marcos nos acerca a un momento especialísimo de la experiencia de los discípulos con Jesús. ¿Qué fue lo que ocurrió en el monte? ¿un milagro portentoso? ¿una alucinación colectiva? ¿una aparición fantasmagórica?

Tendemos a creer que una modificación en la materia (una aparición en cuerpo tangible) es "más real" que una modificación en nuestra percepción de las cosas (una imagen sólo visible por algunos), por lo que muchas veces al leer la Escritura nos detenemos innecesariamente en discutir acerca de "cómo fue" que ocurrió tal hecho, en lugar de aceptar que simplemente "algo ocurrió", en lo que los Evangelios se detienen muy poco, para centrarse más bien en el significado que eso que ocurrió puede tener.

Tan parco como es San Marcos para contarnos lo que ocurrió (tanto que ni siquiera nos dice dónde fue, tan sólo una "montaña alta"), es a la vez de prolijo y detallado para extenderse en toda la densidad bíblica que tiene esta escena; leemos hoy palabras como "monte alto", "Elías", "Moisés", "tienda", "nube", "una voz", etc... y a la vez que nos hablan de la Transfiguración, parecen acercarnos a todo un mundo que ya hemos visitado otras veces.

¡Y es que realmente ya lo hemos visitado! se trata del mundo de la Biblia, girando permanentemente sobre sí misma, en un juego de espejos donde un relato nos habla de otro relato, una montaña son también otros montes donde han ocurrido cosas importantes, una nube evoca otras nubes igualmente protagónicas, y así en todo lo demás. Pero una vez que hemos aceptado que lo que el relato de la Transfiguración nos quiere contar no lo obtendremos imaginando la transfiguración sino buceando en la densidad de sus palabras... ¿quién podrá guiarnos por esa selva abigarrada de imágenes?

 

 

La liturgia de la Iglesia: "lugar teológico" privilegiado

Técnicamente se llama "lugar teológico" ("locum theologicum") a aquellas realidades que nos abren a la contemplación del misterio de Dios. Cuando, por ejemplo, leemos la vida de los santos no para enterarnos de tres o cuatro anécdotas o para buscar argumentos apologéticos, sino para contemplar en ellos la obra divina, estamos mirando esas vidas como "lugar teológico".

También la liturgia es, además de la alabanza de la Iglesia -la Esposa- al Novio, un lugar teológico por donde podemos entrar a la densidad, a "la anchura y la longitud, la altura y la profundidad" del misterio de Dios hablando al hombre, a nosotros, a cada uno.

La liturgia de la Iglesia, madurada en 2000 años de celebración, y hundiendo sus raíces en la profundidad de la liturgia judía, podríamos verla como el modo humano de responder a un Dios que nos habla, y hacerlo con sus propias palabras, por eso es también "divina liturgia", porque organizada y codificada por hombres, se atreve a sumergirse en el torrente de la palabra divina, y no hablar una sola palabra que no sea a la vez palabra de Dios.

Cualquiera puede hacer la prueba, con paciencia, de ponerse ante el texto de cualquier misa, y buscar sus frases en una concordancia bíblica: verá que no hay una sola que no sea bíblica, que no sea la palabra misma de Dios hablándole a Dios.

Lo que sí también podrá constatar, es que la liturgia parece como si mezclara esas palabras de maneras nuevas: una lectura que en el contexto bíblico dice una cosa, la liturgia la reubica junto a otros textos para que aparezcan nuevos sentidos...

¿Pero no es acaso esto lo mismo que constatábamos en el apartado anterior? ¡Sí! también la liturgia se mueve como en un juego de espejos, donde los textos adquieren dimensiones nuevas según se combinan de otro modo que en sus contextos originales.

Por eso la liturgia es un lugar teológico... pero privilegiado, porque ella habla no sólo las palabras de la Biblia, sino de su misma manera, con su mismo acento. La liturgia es el mayor exégeta -intérprete- de la Biblia.

 

El misterio de la transfiguración en la Liturgia de las Horas

Por eso nos dirigiremos a la Liturgia de las Horas para tratar de comprender esa escena - su misterio- a la luz de la densidad que adquiere a lo largo de las seis horas donde se evoca: Oficio de Lecturas, Laudes, Tercia, Sexta, Nona y Vísperas; ocasionalmente, cuando la fiesta cae en domingo –como este año-, se celebran también las Primeras Vísperas, pero por no ser, precisamente, de la naturaleza misma de la fiesta, sus elementos más bien pueden asimilarse a lo que diremos de las (Segundas) Vísperas.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que en todo el día litúrgico no se lee el Evangelio más que en la misa: la Liturgia de las Horas no contiene el texto del Evangelio. Eso la hace aún más evocadora: nos revelará el misterio de la transfiguración sin contarnos la escena de la transfiguración, más bien por alusiones, resonancias, ecos... como un instrumento que sonara por simpatía.

 

La transfiguración en el Oficio de Lecturas (leer los textos)

La lectura bíblica del Oficio es 2Corintios 3,7-4,6, es decir, de San Pablo. Sabido es que San Pablo menciona muy pocas veces hechos de la vida del Señor, no tanto porque él no haya estado allí (tal vez tampoco lo estuvieron los autores de los Evangelios), cuanto porque su predicación pone el eje casi con exclusividad en la resurrección de Jesús, y con ello, en lo que implica a Jesús como novedad absoluta, como “desconocido” de la historia.

¿Conoció San Pablo la tradición referida a la transfiguración? No lo sabemos; sin embargo, la liturgia ha escogido este texto de 2 Corintios, porque -aunque no habla de la escena de la transfiguración- hay en ella toda una mirada que ayuda a comprender un aspecto de la transfiguración.

En esta lectura se contrapone la persona de Moisés a la persona de Jesús… algo que no veríamos en la escena de la transfiguración si no nos ayudara la liturgia a verlo. Más bien, la escena nos dice que Moisés (y también Elías) conversaba con Jesús, por lo cual difícilmente se nos ocurriría contraponer su figura a la de Jesús. Sin embargo, San Pablo, que continúa meditando sobre “lo viejo y lo nuevo”, la Ley y la Fe, los contrapone, y lo hace a partir de una imagen visual que recorre toda esta hora litúrgica: la luz que despiden, tanto Moisés como Jesús.

En griego, la palabra “gloria” (doxa) es la misma que “fulgor”, “manifestación”, “aparición”; así que permanentemente esta luz que despiden los dos personajes en la lectura de San Pablo, se vuelve la luz de una gloria que cada uno de ellos alcanza de una manera distinta.

La escena de luz en la vida de Moisés se refiere a Éxodo cap. 34, es decir, en el contexto de la revelación de la Ley a través de Moisés a todos los israelitas: la gloria de Dios transfigura a Moisés, quien irradia luz en su rostro, de manera que debe taparse con un velo para andar por el pueblo.

Esto le sirve a San Pablo para contraponer la luz que despide Moisés, y que ilumina algo destinado a perecer, la Ley, con la luz que despide Cristo, que ilumina algo destinado a la eternidad: el perdón divino otorgado gratuitamente en Jesús. Pero el núcleo, a mi entender, de esta oposición entre la luz de Jesús y la de Moisés que señala San Pablo, no está tanto en ellos mismos, sino en lo que esa luz provoca en nosotros: quien se mueve en el horizonte de la Ley, no puede ver la luz, está velada, como el rostro de Moisés, y no puede, por lo tanto, apropiarse de esa luz, resplandecer; quien, en cambio, va “con la cara descubierta” dejándose guiar por el Espíritu, “nos vamos transformando en su imagen, con resplandor creciente”. La afirmación que hace es muy osada, aunque creamos que ya estamos acostumbrados a lo que dice la Biblia: se trata de la divinización de cada ser humano, por contacto con una fuente de luz imperecedera, y tan blanca “que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo”.

Pero estas afirmaciones de San Pablo pueden sonar a retórica, si no fuera porque donde hay verdaderamente luz en la vida de un hombre, y donde esa luz tiene su fuente en el Señor, su obrar es capaz de romper el yugo de la ley, de los intentos de salvarse a sí mismo, del miedo a creer y a crecer; donde hay luz transfigurada, el obrar del hombre respira libertad, porque “donde hay Espíritu del Señor hay libertad”.

 

La transfiguración en Laudes (leer los textos)

Nuevamente, la imagen central que recorre todos los textos es la de la luz resplandeciente (sin duda un aspecto muy destacado de la escena de la transfiguración), pero esta vez, no se contrapone esa luz a lo caduco-humano (la ley), como en el Oficio, sino que se celebra esa luz como anticipo de la gloria definitiva. Por eso, la lectura, que forma el centro de meditación de esta Hora, son dos versículos del Apocalipsis, muy queridos por la Liturgia, y muy repetidos: La Nueva Jerusalén no necesita sol, porque su sol es el propio Jesús.

Notemos que, tal como apuntaba ya San Pablo en el Oficio, la transfiguración es contemplada según su resultado en nosotros: es decir, según la luz que el Señor transmite a la Nueva Jerusalén.

 

La transfiguración en Tercia, Sexta y Nona

Estas tres Horas, como horas menores que son, apenas destacan un pequeño aspecto de toda la escena, un “bordado”.

En Tercia y Sexta, la imagen que se retoma es la de la nube: la nube en la que Dios mismo se muestra/oculta para afianzar la fe del pueblo (Ex 19,9), y la nube que quedaba en la puerta de la Tienda del Encuentro, como signo, mientras Moisés se encontraba con Dios cara a cara (Ex 33,9.11).

En la hora de Nona, se trae el núcleo central de la lectura del Oficio: “nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente…” (2Cor 3,18).

Hay como una progresión en estas tres horas, si las leemos “transversalmente” se pasa:

-de Dios mismo

-a su presencia

-a la transformación que ocurre en nosotros.

 

De esa progresión dan cuenta también los tres responsorios breves que siguen a las lecturas, y que transcribo:

Tercia: Eres el más bello de los hombres./En tus labios se derrama la gracia.

Sexta: Contemplad al Señor y quedaréis radiantes./Vuestro rostro no se avergonzará.

Nona: En ti, Señor, está la fuente viva./Y tu luz nos hace ver la luz.

 

Notemos cómo se pasa de la belleza de Dios, a su efecto en nosotros.

 

La transfiguración en Vísperas (leer los textos)

Y precisamente ese efecto en nosotros, esa transformación nuestra será el centro sobre el que gire la hora de Vísperas, que tiene como punto de referencia en la escena evangélica la voz divina que proclama a Jesús como Hijo de Dios.

Los textos de Vísperas (especialmente la lectura breve, de Romanos 8) se moverán explícitamente en estos dos planos: Jesús es el Hijo; nosotros somos hechos hijos.

En esta Hora, que deja ya del todo manifiesto el sentido de la escena evangélica, cobra la plenitud de significación la oración final que se usa en todas la Horas y en la oración colecta de la misa de este día:

«Oh Dios, que en la gloriosa transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos, concédenos, te rogamos, que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo, el predilecto, seamos un día coherederos de su gloria.»

 

Conclusiones, perspectivas y un ejercicio

La Liturgia, como lugar teológico privilegiado, nos ayuda a entrar en otra manera de leer las escenas del Evangelio que ya conocemos, una manera que podríamos llamar “polifónica”, tratando de ver en ellas no tanto su significado obvio, cuanto las “voces” que se entrecruzan, y que provienen de otros lugares de la misma Biblia.

Pero la grandeza de la escena evangélica no queda agotada por ninguna de sus lecturas, por lo que hay allí aún tesoros de imágenes a recorrer y descubrir: por ejemplo, apoyándose en la exclamación de Pedro, “hagamos tres tiendas”, ir a la búsqueda de la imagen de la tienda como lugar de encuentro con Dios en el Éxodo, en Deuteronomio, en los conflictos para “armar una tienda” para Dios en el reinado de David, hasta desembocar en la contemplación de Aquél que “plantó su tienda entre nosotros”, como nos dice el prólogo de Juan.

Un ejercicio de sensibilización hacia esta lectura polifónica a la que la liturgia invita, sería poner en una misma serie las preces de Laudes y Vísperas, y ver qué aspectos de la escena del Evangelio se recogen en cada petición, y cómo esos aspectos se relacionan con las necesidades de los hombres que somos hoy.

 

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