Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola
Política de cookies +
El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
rápido, gratis y seguro
conservar sesión
  • Por sobre todo, los miembros registrados dan forma y sentido a este sitio, para que no sea solamente un portal de servicios sino una verdadera comunidad de formación, reflexión y amistad en la Fe.
  • Además tienes ventajas concretas en cuanto al funcionamiento:
    • Tienes reserva del nombre, de modo que ningún invitado puede quedarse con tu identidad.
    • En los foros, puedes variar diversas opciones de presentación (color de fondo, cantidad de mensajes por página, etc.), así como recibir mail avisándote cuando respondan a cuestiones de tu interés.
    • También puedes llevar un control sobre los mensajes que leíste y los que no, o marcarlos para releer.
    • Puedes utilizar todas las funciones de la Concordancia Bíblica on-line.
registrarme
rápido, gratis y seguro
«Mira que estoy a la puerta y llamo,
si alguno oye mi voz y me abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
Documentación: Catequesis del Papa León XIV:

El Concilio Vaticano II a través de sus documentos catequesis en curso
Señala el Papa la importancia de conocer al Concilio nuevamente de cerca, no a través “de oídas” o de interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando sobre su contenido. "se trata del Magisterio que constituye todavía hoy la estrella polar del camino de la Iglesia."

1 - Catequesis introductoria (7 de enero de 2026)

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Después del Año jubilar, durante el cual nos hemos detenido sobre los misterios de la vida de Jesús, empezamos un nuevo ciclo de catequesis que se dedicará al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus Documentos. Se trata de una ocasión valiosa para redescubrir la belleza y la importancia de este evento eclesial. San Juan Pablo II, al final del Jubileo del 2000, afirmaba así: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Cart. ap. Novo millennio ineunte, 57).

Junto al aniversario del Concilio de Nicea, en el 2025 hemos recordado los sesenta años del Concilio Vaticano II. Aunque el tiempo que nos separa de este evento no es mucho, también es verdad que la generación de Obispos, teólogos y creyentes del Vaticano II hoy ya no están. Por tanto, mientras sentimos la llamada a no apagar la profecía y seguir buscando caminos y formas para implementar las intuiciones, será importante conocerlo nuevamente de cerca, y hacerlo no a través “de oídas” o de interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando sobre su contenido. De hecho, se trata del Magisterio que constituye todavía hoy la estrella polar del camino de la Iglesia. Como enseñaba Benedicto XVI «los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada» (Primer mensaje después de la misa con los cardenales electores, 20 abril de 2005).

Cuando el Papa san Juan XXIII abrió la asamblea conciliar, el 11 de octubre de 1962, habló de ello como de la aurora de un día de luz para toda la Iglesia. El trabajo de los numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de todos los continentes, en efecto allanó el camino para una nueva época eclesial. Después de una rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, nos ha ayudado a abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir los brazos hacia la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y de las angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna.

Gracias al Concilio Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» (S. Pablo VI, Cart. enc. Ecclesiam suam, 34), comprometiéndose a buscar la verdad a través del camino del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del diálogo con las personas de buena voluntad.

Este espíritu, esta actitud interior, debe caracterizar nuestra vida espiritual y la acción pastoral de la Iglesia, porque todavía debemos realizar más plenamente la reforma eclesial en clave ministerial y, delante de los desafíos actuales, estamos llamados a seguir siendo atentos intérpretes de los signos de los tiempos, alegres anunciadores del Evangelio, valientes testigos de justicia y de paz. Mons. Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, como Obispo de Vittorio Veneto, al principio del Concilio escribió proféticamente: «Existe como siempre la necesidad de realizar no tanto organismos o métodos o estructuras, sino santidad más profunda y extensa. […] Puede ser que los frutos excelentes y abundantes de un Concilio se vean después de siglos y maduren superando laboriosamente contrastes y situaciones adversas». [1] Redescubrir el Concilio, por tanto, como ha afirmado el Papa Francisco, nos ayuda a «volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres que Él ama» ( Homilía en el 60° aniversario de inicio del Concilio Vaticano II, 11 de octubre 2022).

Hermanos y hermanas, lo que dijo san Pablo VI a los Padres conciliares al final de los trabajos, permanece también para nosotros, hoy, un criterio de orientación; él afirmó que había llegado la hora de la salida, de dejar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio, en la conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaba pasado, presente y futuro: «El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque nos separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores, sus virtudes... El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed, consciente o inconsciente, de una vida más elevada: la que precisamente la Iglesia de Cristo puede y quiere darles» (S. Pablo VI, Mensaje a los Padres conciliares, 8 de diciembre de 1965).

También es así para nosotros. Acercándonos a los Documentos del Concilio Vaticano II y redescubriendo la profecía y la actualidad, acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y renovamos la alegría de correr al encuentro del mundo para llevar el Evangelio del reino de Dios, reino de amor, de justicia y de paz.


[1] A. Luciani – Giovanni Paolo I, Notas sobre el Concilio, en Opera omnia, vol. II, Vittorio Veneto 1959-1962. Discursos, escritos, artículos, Padua 1988, 451-453.

2 - Dios habla a los hombres como amigos (14 de enero de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.

Hemos iniciado el ciclo de catequesis sobre el Concilio Vaticano II. Hoy comenzamos a profundizar en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre la Revelación divina. Se trata de uno de los documentos más bellos e importantes del concilio y, para introducirnos en él, nos puede ayudar recordar las palabras de Jesús: « Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os he llamado amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Este es un punto fundamental de la fe cristiana, que la Dei Verbum nos recuerda: Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con Dios, que a partir de ahora será una relación de amistad. Por eso, la única condición de la nueva alianza es el amor.

San Agustín, al comentar este pasaje del cuarto Evangelio, insiste en la perspectiva de la gracia, que es la única que puede hacernos amigos de Dios en su Hijo (Comentario al Evangelio de Juan, Homilía 86). De hecho, un antiguo lema decía: «Amicitia aut pares invenit, aut facit», «la amistad o nace entre iguales, o los hace iguales». Nosotros no somos iguales a Dios, pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo.

Por eso, como podemos ver en toda la Escritura, en la Alianza hay un primer momento de distancia, ya que el pacto entre Dios y el hombre sigue siendo siempre asimétrico: Dios es Dios y nosotros somos criaturas; pero, con la venida del Hijo en carne humana, la Alianza se abre a su fin último: en Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a ser semejantes a Él en nuestra frágil humanidad. Nuestra semejanza con Dios, entonces, no se alcanza a través de la transgresión y el pecado, como sugiere la serpiente a Eva (cf. Gn 3,5), sino en la relación con el Hijo hecho hombre.

Las palabras del Señor Jesús que hemos recordado —«os he llamado amigos»— se recogen precisamente en la Constitución Dei Verbum, que afirma: «Con esta Revelación, en efecto, Dios invisible (cf. Col 1,15; 1Tm 1,17), en su gran amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex 33,11; Jn 15,14-15) y trata con ellos (cf. Bar 3,38), para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él» (n. 2). El Dios del Génesis ya trataba con los patriarcas, dialogando con ellos (cf. Dei Verbum, 3); y cuando con el pecado se interrumpe este diálogo, el Creador no deja de buscar el encuentro con sus criaturas y de establecer cada vez una alianza con ellas. En la Revelación cristiana, es decir, cuando Dios, para venir a buscarnos, se hace carne en su Hijo, el diálogo que se había interrumpido se restablece de manera definitiva: la Alianza es nueva y eterna, nada puede separarnos de su amor. La Revelación de Dios, por lo tanto, tiene el carácter dialógico de la amistad y, como ocurre en la experiencia de la amistad humana, no soporta el mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras verdaderas.

La Constitución Dei Verbum también nos recuerda esto: Dios nos habla. Es importante captar la diferencia entre la palabra y la charla: esta última se queda en la superficie y no logra una comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no solo sirve para intercambiar información y noticias, sino para revelar quiénes somos. La palabra tiene una dimensión reveladora que crea una relación con el otro. Así, al hablarnos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la amistad con Él.

En esta perspectiva, la primera actitud que debemos cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones; al mismo tiempo, estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos.

De ahí la necesidad de la oración, en la que estamos llamados a vivir y cultivar la amistad con el Señor. Esto se realiza en primer lugar en la oración litúrgica y comunitaria, donde no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla a través de la Iglesia; además, se realiza en la oración personal, que tiene lugar en la interioridad del corazón y de la mente. En la jornada y en la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión. Solo cuando hablamos con Dios, podemos también hablar de Él.

Nuestra experiencia nos dice que las amistades pueden terminar por algún gesto llamativo de ruptura, o por una serie de descuidos cotidianos, que desmoronan la relación hasta perderla. Si Jesús nos llama a ser amigos, intentemos no dejar sin escuchar esta llamada. Acogámosla, cuidemos esta relación y descubriremos que precisamente la amistad con Dios es nuestra salvación.

3 - Jesucristo, revelador del Padre (21 de enero de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con la catequesis sobre la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, sobre la Revelación divina. Hemos visto que Dios se revela en un diálogo de alianza, en el que se dirige a nosotros como a amigos. Se trata, pues, de un conocimiento relacional, que no solo comunica ideas, sino que comparte una historia y llama a la comunión en la reciprocidad. El cumplimiento de esta revelación se realiza en un encuentro histórico y personal en el que Dios mismo se entrega a nosotros, haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra verdad más profunda. Esto es lo que sucedió en Jesucristo. El documento dice que la verdad íntima tanto de Dios como de la salvación del hombre nos resplandece en Cristo, que es a la vez mediador y plenitud de toda la revelación (cf. DV, 2).

Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su propia relación con Él. En el Hijo enviado por Dios Padre «los hombres […] pueden presentarse al Padre en el Espíritu Santo y son hechos partícipes de la naturaleza divina» (ibíd.). Llegamos, pues, al pleno conocimiento de Dios entrando en la relación del Hijo con su Padre, en virtud de la acción del Espíritu. Así lo atestigua, por ejemplo, el evangelista Lucas cuando nos cuenta la oración de júbilo del Señor: «En ese mismo momento, Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has decidido en tu benevolencia. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (Lc 10,21-22).

Gracias a Jesús conocemos a Dios tal como Él nos conoce (cf. Gal 4,9; 1Cor 13,13). En efecto, en Cristo, Dios se nos ha comunicado a sí mismo y, al mismo tiempo, nos ha manifestado nuestra verdadera identidad de hijos, creados a imagen del Verbo. Este «Verbo eterno ilumina a todos los hombres» (DV, 4) revelando su verdad en la mirada del Padre: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.8), dice Jesús; y añade que «el Padre conoce nuestras necesidades» (cf. Mt 6,32). Jesucristo es el lugar en el que reconocemos la verdad de Dios Padre, al tiempo que nos descubrimos conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena. San Pablo escribe: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, […] para que recibiéramos la adopción como hijos. Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba! ¡Padre!”» (Gal 4,4-6).

Por último, Jesucristo es revelador del Padre con su propia humanidad. Precisamente porque es el Verbo encarnado que habita entre los hombres, Jesús nos revela a Dios con su verdadera e íntegra humanidad: «Por eso él —dice el Concilio—, al verlo se ve al Padre (cf. Jn 14,9), con toda su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, con sus signos y milagros, y sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección de entre los muertos, y finalmente con el envío del Espíritu de verdad, completa y realiza la revelación» (DV, 4). Para conocer a Dios en Cristo debemos acoger su humanidad integral: la verdad de Dios no se revela plenamente cuando se le quita algo a lo humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino. Es la humanidad integral de Jesús la que nos revela la verdad del Padre (cf. Jn 1,18).

Lo que nos salva y nos convoca no es solo la muerte y resurrección de Jesús, sino su propia persona: el Señor que se encarna, nace, cura, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros. Por eso, para honrar la grandeza de la Encarnación, no basta con considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales. Si Jesús tiene un cuerpo real, la comunicación de la verdad de Dios se realiza en ese cuerpo, con su propia manera de percibir y sentir la realidad, con su manera de habitar el mundo y atravesarlo. Jesús mismo nos invita a compartir su mirada sobre la realidad: «Mirad las aves del cielo —dice—: no siembran ni cosechan, ni recogen en graneros; y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?» (Mt 6,26).

Hermanos y hermanas, siguiendo hasta el final el camino de Jesús, llegamos a la certeza de que nada podrá separarnos del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros —escribe San Pablo—, ¿quién estará contra nosotros? Él, que no ha escatimado ni a su propio Hijo, […] ¿no nos dará también todo lo demás junto con Él?» (Rm 8,31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a Dios Padre y se abandona con confianza a Él.

4 - La relación entre la Escritura y la Tradición (28 de enero de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuando con la lectura de la Constitución conciliar Dei Verbum sobre la Revelación divina, hoy reflexionamos sobre la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. Podemos tomar como fondo dos escenas evangélicas. En la primera, que tiene lugar en el Cenáculo, Jesús, en su gran discurso-testamento dirigido a los discípulos, afirma: «Os he dicho estas cosas mientras aún estoy con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. […] Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa» (Jn 14,25-26; 16,13).

La segunda escena nos lleva, en cambio, a las colinas de Galilea. Jesús resucitado se muestra a los discípulos, que están sorprendidos y dubitativos, y les da una consigna: «Id y haced discípulos a todas las naciones, […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). En ambas escenas es evidente la íntima relación entre la palabra pronunciada por Cristo y su difusión a lo largo de los siglos.

Es lo que afirma el Concilio Vaticano II recurriendo a una imagen sugerente: «La Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición están estrechamente unidas y se comunican entre sí. Puesto que ambas proceden de la misma fuente divina, forman en cierto modo un todo y tienden al mismo fin» (Dei Verbum, 9). La Tradición eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la Iglesia, que custodia, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n. 113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: «La Sagrada Escritura está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos materiales», es decir, en el texto sagrado.

Siguiendo las palabras de Cristo que hemos citado anteriormente, el Concilio Vaticano II afirma que «la Tradición de origen apostólico progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo» (DV, 8). Esto ocurre con la plena comprensión mediante «la reflexión y el estudio de los creyentes», a través de la experiencia que nace de «una inteligencia más profunda de las cosas espirituales» y, sobre todo, con la predicación de los sucesores de los apóstoles que han recibido «un carisma seguro de verdad». En resumen, «la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que cree» (ibíd.).

Famosa es, a este respecto, la expresión de San Gregorio Magno: «La Sagrada Escritura crece con quienes la leen». [1] Y ya San Agustín había afirmado que «uno solo es el discurso de Dios que se desarrolla en toda la Escritura y uno solo es el Verbo que resuena en la boca de tantos santos». [2] La Palabra de Dios, por tanto, no está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición. Esta última, gracias al Espíritu Santo, la comprende en la riqueza de su verdad y la encarna en las coordenadas cambiantes de la historia.

Sugestivo, en esta línea, es lo que proponía el santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman, en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmaba que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal y como indicó el mismo Jesús con las parábolas de la semilla (cf. Mc 4, 26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior. [3]

El apóstol Pablo exhorta repetidamente a su discípulo y colaborador Timoteo: «Timoteo, guarda el depósito que se te ha confiado» (1 Tm 6,20; cf. 2 Tm 1,12.14). La Constitución dogmática Dei Verbum se hace eco de este texto paulino cuando dice: «La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia», interpretado por «el magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo» (n. 10). «Depósito» es un término que, en su matriz original, es de naturaleza jurídica e impone al depositario el deber de conservar el contenido, que en este caso es la fe, y de transmitirlo intacto.

El «depósito» de la Palabra de Dios está también hoy en manos de la Iglesia y todos nosotros, en los diferentes ministerios eclesiales, debemos seguir custodiándolo en su integridad, como una estrella polar para nuestro camino en la complejidad de la historia y de la existencia.

En conclusión, queridos hermanos, escuchemos de nuevo la Dei Verbum, que exalta la interconexión entre la Sagrada Escritura y la Tradición: ambas —afirma— están tan conectadas y unidas entre sí que no pueden subsistir independientemente, y juntas, según su propio modo, bajo la acción de un solo Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas (cf. n. 10).


[1] Homiliae in Ezechielem I, VII, 8: PL 76, 843D.

[2] Enarrationes in Psalmos 103, IV, 1

[3] Cf. J.H. Newman, El desarrollo de la doctrina cristiana, Milán 2003, p. 104.

5 - Palabra de Dios en palabras humanas (4 de febrero de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.

La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la que estamos reflexionando estas semanas, señala a la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, como un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y mujeres de todos los tiempos, para que, al escucharlo, puedan conocerlo y amarlo. Sin embargo, los textos bíblicos no han sido escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. Como nos enseña también la realidad cotidiana, de hecho, dos personas que hablan idiomas diferentes no se entienden entre sí, no pueden entablar un diálogo, no logran establecer una relación. En algunos casos, hacerse entender por el otro es un primer acto de amor. Por eso Dios elige hablar utilizando lenguajes humanos y, así, varios autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura. Como recuerda el documento conciliar, «las palabras de Dios, expresadas con lenguas humanas, se han hecho semejantes al lenguaje humano, como ya el Verbo del Padre eterno, habiendo asumido las debilidades de la naturaleza humana, se hizo semejante al hombre» (DV, 13). Por lo tanto, no solo en su contenido, sino también en su lenguaje, la Escritura revela la misericordiosa condescendencia de Dios hacia los hombres y su deseo de acercarse a ellos.

A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que existe entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante varios siglos, muchos teólogos se preocuparon por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, considerando a los autores humanos casi como instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En épocas más recientes, la reflexión ha reevaluado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero también llama a los hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cf. DV, 11). Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, «rebajar la operación humana a la de un simple amanuense no es glorificar la operación divina». [1] ¡Dios nunca mortifica al ser humano y sus potencialidades!

Por lo tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier enfoque que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se deduce que una interpretación correcta de los textos sagrados no puede prescindir del entorno histórico en el que maduraron y de las formas literarias utilizadas; es más, renunciar al estudio de las palabras humanas de las que Dios se sirvió corre el riesgo de desembocar en lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio también se aplica al anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época, la Iglesia está llamada a proponer la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y llegar a los corazones. Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, surgen nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de un significado renovado para el mundo actual». [2]

Igualmente reduccionista, por otra parte, es una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que hay que estudiar simplemente desde el punto de vista técnico o como «un texto solo del pasado». [3] Más bien, sobre todo cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemas, iluminar los pasos a dar y las decisiones a tomar. Esto solo es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cf. DV, 12).

En este sentido, la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: «Quien cree haber comprendido las Escrituras divinas [...], si mediante tal comprensión no logra levantar el edificio de esta doble caridad, hacia Dios y hacia el prójimo, aún no las ha comprendido».[4] El origen divino de la Escritura recuerda también que el Evangelio, confiado al testimonio de los bautizados, aunque abarca todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: no puede reducirse a un mero mensaje filantrópico o social, sino que es el anuncio gozoso de la vida plena y eterna que Dios nos ha dado en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor porque, en su bondad, no deja que falte en nuestra vida el alimento esencial de su Palabra, y recemos para que nuestras palabras, y más aún nuestra vida, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra.


[1] L. Alonso Schökel, La parola ispirata. La Bibbia alla luce della scienza del linguaggio, Brescia 1987, 70.

[2] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 11.

[3] Benedicto XVI, Exhort. ap. post-sin. Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 35.

[4] S. Agustín, De doctrina christiana I, 36, 40.

6 - La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia (11 de febrero de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En la catequesis de hoy nos detendremos en el vínculo profundo y vital que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia, vínculo expresado por la Constitución conciliar Dei Verbum, en su capítulo sexto. La Iglesia es el lugar propio de la Sagrada Escritura. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia nació del pueblo de Dios y está destinada al pueblo de Dios. En la comunidad cristiana tiene, por así decirlo, su hábitat: en la vida y en la fe de la Iglesia encuentra, en efecto, el espacio en el que revelar su significado y manifestar su fuerza.

El Vaticano II recuerda que «la Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras como ha hecho con el mismo Cuerpo del Señor, sin dejar nunca, sobre todo en la sagrada liturgia, de alimentarse del pan de vida de la mesa tanto de la Palabra de Dios como del cuerpo de Cristo y de ofrecerlo a los fieles». Además, «junto con la Sagrada Tradición, la Iglesia siempre las ha considerado y las considera como la regla suprema de su fe» (Dei Verbum, 21).

La Iglesia nunca deja de reflexionar sobre el valor de las Sagradas Escrituras. Después del Concilio Vaticano II, un momento muy importante en este sentido fue la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema «La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia», celebrada en octubre de 2008. El Papa Benedicto XVI recogió el fruto de esta reflexión en la Exhortación postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), donde afirma: «Precisamente el vínculo intrínseco entre la Palabra y la fe pone de manifiesto que la auténtica hermenéutica de la Biblia no puede ser otra que la fe eclesial, que tiene en el «sí» de María su paradigma. […] El lugar originario de la interpretación de la Escritura es la vida de la Iglesia» (n. 29).

En la comunidad eclesial, la Escritura encuentra, por tanto, el ámbito en el que desarrollar su tarea peculiar y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios. «La ignorancia de la Escritura es, de hecho, ignorancia de Cristo». [1] Esta famosa expresión de San Jerónimo nos recuerda el fin último de la lectura y la meditación de la Escritura: conocer a Cristo y, a través de Él, entrar en relación con Dios, relación que puede entenderse como una conversación, un diálogo. Y la Constitución Dei Verbum nos ha presentado la Revelación precisamente como un diálogo, en el que Dios habla a los hombres como a amigos (cf. DV, 2). Esto ocurre cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios se nos acerca y entra en conversación con nosotros.

La Sagrada Escritura, confiada a la Iglesia y por ella custodiada y explicada, desempeña un papel activo: de hecho, con su eficacia y poder, da apoyo y vigor a la comunidad cristiana. Todos los fieles están llamados a beber de esta fuente, sobre todo en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos. El amor a las Sagradas Escrituras y la familiaridad con ellas deben guiar a quienes ejercen el ministerio de la Palabra: obispos, presbíteros, diáconos, catequistas. Es precioso el trabajo de los exégetas y de quienes practican las ciencias bíblicas; y es central el lugar de la Escritura para la teología, que encuentra en la Palabra de Dios su fundamento y su alma.

Lo que la Iglesia desea ardientemente es que la Palabra de Dios pueda llegar a todos sus miembros y alimentar su camino de fe. Pero la Palabra de Dios empuja a la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos. De hecho, vivimos rodeados de muchas palabras, ¡pero cuántas de ellas están vacías! A veces escuchamos también palabras sabias, pero que no tocan nuestro destino último. La Palabra de Dios, en cambio, satisface nuestra sed de significado, de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: al revelarnos el misterio de Dios, es inagotable, nunca deja de ofrecer sus riquezas.

Queridos hermanos, viviendo en la Iglesia se aprende que la Sagrada Escritura está totalmente relacionada con Jesucristo, y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y de su poder. Cristo es la Palabra viva del Padre, el Verbo de Dios hecho carne. Todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia salvadora, para cada uno de nosotros y para toda la humanidad. Abramos, pues, nuestro corazón y nuestra mente para acoger este don, siguiendo el ejemplo de María, Madre de la Iglesia.


[1] San Jerónimo, Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17 B.

7 - El misterio de la Iglesia (18 de febrero de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

El Concilio Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando quiso describir a la Iglesia se preocupó ante todo por explicar de dónde proviene. Para ello, en la Constitución dogmática Lumen gentium, aprobada el 21 de noviembre de 1964, tomó de las Cartas de San Pablo el término «misterio». Al elegir este término, no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces se piensa cuando se oye pronunciar la palabra «misterio». Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza esta palabra, sobre todo en la Carta a los Efesios, quiere indicar una realidad que antes estaba oculta y ahora ha sido revelada.

Se trata del designio de Dios, que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diferencias se relativizan, lo que importa es estar juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Para san Pablo, el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para toda la humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que se expanden gradualmente hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.

La condición de la humanidad es de una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esta condición se inserta la acción de Jesucristo, quien, por medio del Espíritu Santo, vence las fuerzas de la división y al propio Divisor. Reunirse para celebrar, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, se vive como una atracción ejercida por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; es sentirse convocados juntos por Dios: por eso se utiliza el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.

Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por Dios, no puede limitarse a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en la experiencia de todos los seres humanos. Por eso, el Concilio Vaticano II, al comienzo de la Constitución Lumen gentium, afirma así: «La Iglesia es, en Cristo, de alguna manera el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1). Con el uso del término «sacramento» y la consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es, en la historia de la humanidad, la expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla, se capta en cierta medida el designio de Dios, el misterio: en este sentido, la Iglesia es signo.

Además, al término «sacramento» se añade también el de «instrumento», precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es a través de la Iglesia que Dios alcanza el objetivo de unir a las personas a sí mismo y de reunirlas entre sí.

La unión con Dios se refleja en la unión de las personas humanas. Esta es la experiencia de la salvación. No es casualidad que en la Constitución Lumen gentium, en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utilice de nuevo la descripción de la Iglesia como sacramento, con la especificación «de salvación»: «Y en verdad, Cristo —dice el Concilio—, cuando fue levantado de la tierra, atrajo a todos hacia sí (cf. Jn 12, 32 gr.); resucitando de entre los muertos (cf. Rm 6, 9), infundió en los apóstoles su Espíritu vivificador y, por medio de Él, constituyó su cuerpo, que es la Iglesia, como sacramento universal de salvación; sentado a la derecha del Padre, obra continuamente en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, a través de ella, unirlos más estrechamente a sí mismo y hacerlos partícipes de su vida gloriosa con el alimento de su propio cuerpo y su propia sangre».

Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad aún fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos.

8 - La Iglesia, realidad visible y espiritual (4 de marzo de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy seguimos profundizando en la Constitución conciliar Lumen Gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.

En el primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen Gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión.

La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8; CCC, 771).

La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.

Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación. Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.

A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.

En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y actuando. Por eso, el Papa Francisco, en la Evangelii gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros.

La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).

9 - La Iglesia, pueblo de Dios (11 de marzo de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos

Continuando en la reflexión sobre la Constitución dogmática Lumen gentium (LG) hoy nos detenemos en el segundo capítulo, dedicado al Pueblo de Dios.

Dios, que creó el mundo y la humanidad y que desea salvar a todos los hombres, lleva a cabo su obra de salvación en la historia eligiendo un pueblo concreto y habitando en él. Por eso, Él llama a Abraham y le promete una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar (cf. Gen 22,17-18). Con los hijos de Abraham, después de haberlos liberado de la condición de esclavitud, Dios establece una alianza, los acompaña, los cuida y los recoge cada vez que se pierden. Por ello, la identidad de este pueblo viene dada por la acción de Dios y por la fe en Él. Está llamado a convertirse en luz para las demás naciones, como un faro que atraerá a todos los pueblos, a toda la humanidad (cf. Is 2,1-5).

El Concilio afirma que «todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne» ( LG, 9). Es, de hecho, Cristo el que, en el don de su Cuerpo y de su Sangre, reúne en sí mismo y de manera definitiva a este pueblo. Este está compuesto ya por personas procedentes de cualquier nación; está unificado por la fe en Él, por la adhesión a Él, por vivir su misma vida animados por el Espíritu del Resucitado. Esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que toma su propia existencia del cuerpo de Cristo [1] y que es él mismo el cuerpo de Cristo[2]; no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de la Tierra. Su principio unificador no es una lengua, una cultura, una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es, por lo tanto, – según una espléndida expresión del Concilio – «una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz» ( LG, 9).

Se trata de un pueblo mesiánico, precisamente porque tiene como cabeza a Cristo, el Mesías. Quienes forman parte de él no presumen de méritos ni títulos, sino solo del don de ser, en Cristo o por medio de Él, hijas e hijos de Dios. Antes de cualquier tarea o función, por lo tanto, lo que cuenta realmente en la Iglesia es estar injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios. Este es también el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos. Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad.

Unificada en Cristo, Señor y Salvador de todos los hombres y las mujeres, la Iglesia no puede nunca estar replegada en sí misma, sino que está abierta a todos y es para todos. Si pertenecen a ella los creyentes en Cristo, el Concilio nos recuerda que «todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos» (LG, 13).

Incluso quienes no han recibido todavía el Evangelio están, de alguna manera, orientados al pueblo de Dios, y la Iglesia, cooperando a la misión de Cristo, está llamada a difundir el Evangelio en todas partes y a todos (cf. LG, 17), para que cada uno pueda entrar en contacto con Cristo. Esto significa que en la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en los que vive y obra. Así es como este pueblo muestra su catolicidad, acogiendo las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo, ofreciéndoles la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas (cf. LG, 13).

En este sentido, la Iglesia es una, pero incluye a todos. Así la ha descrito un gran teólogo: «Arca única de la Salvación, debe acoger en su amplia nave todas las diversidades humanas. Única sala del Banquete, los manjares que distribuye proceden de toda la creación. Vestimenta sin costuras de Cristo, es también — y es lo mismo — la vestimenta de José, de muchos colores». [3]

Es un gran signo de esperanza — sobre todo en nuestros días, atravesados por tantos conflictos y guerras — saber que la Iglesia es un pueblo en el que conviven, en la fuerza de la fe, mujeres y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura: es un signo puesto en el corazón mismo de la humanidad, llamada y profecía de esa unidad y de esa paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos.


[1] Cf. J. Ratzinger, Il nuovo popolo di Dio, Brescia 1992, 97.

[2] Cf. Y. M.-J. Congar, Un popolo messianico, Brescia 1976, 75.

[3] Cf. H. de Lubac, Cattolicismo. Aspetti sociali del dogma, Milán 1992, 222.

10 - La Iglesia, pueblo sacerdotal y profético (18 de marzo de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy quisiera detenerme de nuevo en el segundo capítulo de la Constitución conciliar Lumen gentium (LG), dedicado a la Iglesia como pueblo de Dios.

El pueblo mesiánico (LG, 9) recibe de Cristo la participación a la obra sacerdotal, profética y real en la que se lleva a cabo su misión salvífica. Los Padres conciliares enseñan que el Señor Jesús ha instituido mediante la nueva y eterna Alianza un reino de sacerdotes, constituyendo a sus discípulos en un «sacerdocio real» (1Pt 2,9; cfr 1Pt 2,5; Ap 1,6). Este sacerdocio común de los fieles es donado con el Bautismo, que nos habilita para rendir culto a Dios en espíritu y en verdad y a «confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» (LG, 11). Además, a través del sacramento de la Confirmación, todos los bautizados «se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras» (ibid.). Esta consagración está en la raíz de la misión común que une a los ministros ordenados y a los fieles laicos.

A propósito, el Papa Francisco observaba así: «Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) “quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10), entonces todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios» (Carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, 19 de marzo 2016).

El ejercicio del sacerdocio real tiene lugar de muchas maneras, todas ellas encaminadas a nuestra santificación, sobre todo participando en la ofrenda de la Eucaristía. Mediante la oración, el ascetismo y la caridad activa dan testimonio de una vida renovada por la gracia de Dios (cfr LG, 10). Como sintetiza el Concilio, «el carácter sagrado y orgánicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por las virtudes» (LG, 11).

Los padres conciliares enseñan además que el pueblo santo de Dios participa también en la misión profética de Cristo (cfr LG, 12). En este contexto introduce el tema importante del sentido de la fe y del consenso de los fieles. La Comisión Doctrinal del Concilio precisaba que este sensus fidei «es como una facultad de toda la Iglesia, gracias a la cual en su fe reconoce la revelación transmitida, distinguiendo entre lo verdadero y lo falso en las cuestiones de fe, y al mismo tiempo penetra más profundamente en ella y la aplica más plenamente en la vida» (cfr Acta Synodalia, III/1, 199). El sentido de la fe pertenece por tanto a cada fiel no a título individual, sino como miembros del pueblo de Dios en su conjunto.

Lumen gentium concentra la atención sobre este último aspecto y lo relaciona con la infalibilidad de la Iglesia, a la cual pertenece la infalibilidad del Romano Pontífice, al servirla. La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres (cfr. LG, 12). La Iglesia, por tanto, como comunión de los fieles que incluye obviamente a los pastores, no puede errar en la fe: el órgano de esta propiedad suya, fundado en la unción del Espíritu Santo, es el sobrenatural sentido de la fe de todo el pueblo de Dios, que se manifiesta en el consenso de los fieles. De esta unidad, que el Magisterio eclesial custodia, se deduce que cada persona bautizada es un sujeto activo de evangelización, llamado a dar un testimonio coherente de Cristo según el don profético que el Señor infunde en toda su Iglesia.

El Espíritu Santo, que nos viene de Jesús Resucitado, dispensa de hecho «entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia» (LG, 12). Una demostración peculiar de tal vitalidad carismática es ofrecida por la vida consagrada, que continuamente brota y florece por obra de la gracia. También las formas asociativas eclesiales son ejemplo luminoso de la variedad y de la fecundidad de los frutos espirituales para la edificación del Pueblo de Dios.

Queridos, despertemos en nosotros la conciencia y la gratitud de haber recibido el don de formar parte del pueblo de Dios; y también la responsabilidad que esto conlleva.

11 - La Iglesia en su dimensión jerárquica (25 de marzo de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, comentando la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (LG). Después de haberla presentado como pueblo de Dios, hoy consideraremos su forma jerárquica.

La Iglesia Católica encuentra su fundamento en los apóstoles, que Cristo quiso como columnas vivas de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que obra al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus miembros. Este Orden sacro está permanentemente fundado sobre los apóstoles (cfr. Ef 2,20; Ap 21,14) en cuanto testigos autorizados de la resurrección de Jesús (cfr At 1,22; 1Cor 15,7) y enviados por el Señor mismo en misión al mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19). Como los apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas salvíficas del Maestro (cfr. 2Tm 1,13-14), transmiten su ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando, guiando e instruyendo la Iglesia «gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral» (CIC, n. 857).

El capítulo III de la Lumen Gentium, titulado Constitución jerárquica de la Iglesia, y particularmente del episcopado, profundiza en esta sucesión apostólica fundada en el Evangelio y en la Tradición. El Concilio enseña que la estructura jerárquica no es una construcción humana que sirve para la organización interna de la Iglesia como cuerpo social (cfr. LG, 8), sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los apóstoles.

El hecho de que esta temática se afronte en el capítulo III, después de que en los dos primeros se ha contemplado la esencia verdadera y propia de la Iglesia (cfr. Acta Synodalia III/1, 209-210), no implica que la constitución jerárquica sea un elemento sucesivo respecto al pueblo de Dios: como afirma el Decreto Ad gentes, «los Apóstoles fueron los gérmenes del nuevo Israel y, al mismo tiempo, origen de la sagrada Jerarquía» (n. 5), en cuanto comunidad de los redimidos por la Pascua de Cristo, establecida como medio de salvación para el mundo.

A fin de captar la intención del Concilio, es oportuno leer bien el título del capítulo III de Lumen Gentium, que explicita la estructura fundamental de la Iglesia, recibida de Dios Padre mediante el Hijo y llevada a cumplimiento con la efusión del Espíritu Santo. Los Padres conciliares no quisieron presentar los elementos institucionales de la Iglesia, como podría dar a entender el sustantivo “constitución” si se entiende en el sentido moderno. El documento se concentra, en cambio, en el «sacerdocio ministerial o jerárquico», que difiere «esencialmente y no sólo en grado» del sacerdocio común de los fieles, y recuerda que «se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (LG, 10). Así, el Concilio trata el ministerio que se transmite a hombres que son investidos de sacra potestas (cfr. LG, 18) para el servicio en la Iglesia: se detiene, especialmente, en el episcopado (LG, 18-27), y luego en el presbiterado (LG, 28) y el diaconado (LG, 29) como grados del único sacramento del Orden.

Con el adjetivo “jerárquica”, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro del ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus relaciones internas. Los obispos, ante todo, y, a través de ellos, los presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera) que los llevan a estar al servicio de «todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios» para que «tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación» (LG, 18).

La Lumen Gentium recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que «el encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio» (LG, 24). Se comprende entonces por qué San Pablo VI presentó la jerarquía como realidad «nacida de la caridad de Cristo para realizar, difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia» (Disc. 14 de sept. de 1964, en Acta Synodalia III/1, 147).

Queridas hermanas, queridos hermanos, pidamos al Señor que mande a su Iglesia ministros ardientes en la caridad evangélica, entregados al bien de todos los bautizados y misioneros valientes en todos los lugares del mundo.

12 - Los laicos en el pueblo de Dios (1 de abril de 2026)

Hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Seguimos nuestro camino de reflexión sobre la Iglesia como se nos presenta en la Constitución conciliar Lumen gentium (LG). Hoy afrontamos el cuarto capítulo, que trata sobre los laicos. Todos recordamos lo que al Papa Francisco le gustaba repetir: «Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 102).

Esta sección del Documento se preocupa de explicar en positivo la naturaleza y la misión de los laicos, después de siglos en los que habían sido definidos simplemente como aquellos que no forman parte de los clérigos o de los consagrados. Por esto me gusta releer con vosotros un pasaje muy hermoso, que habla de la grandeza de la condición cristiana: «Por tanto, el Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: ‘un Señor, una fe, un bautismo’ (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad» (LG, 32).

Antes que cualquier diferencia de ministerio o de estado de vida, el Concilio afirma la igualdad de todos los bautizados. La Constitución no quiere que se olvide lo que ya había afirmado en el capítulo sobre el pueblo de Dios, es decir que la condición del pueblo mesiánico es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios (cfr LG, 9).

Naturalmente, cuanto más grande es el don, más grande también es el compromiso. Por esto el Concilio, junto con la dignidad, subraya también la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. ¿Pero dónde se funda esta misión y en qué consiste? Nos lo dice la descripción misma de los laicos que el Concilio se propone: «Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos […] que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde» (LG, 31).

El pueblo santo de Dios, por tanto, nunca es una masa informe, sino el cuerpo de Cristo o, como decía san Agustín, el Christus totus: es la comunidad orgánicamente estructurada, en virtud de la relación fecunda entre sus formas de participación al sacerdocio de Cristo: sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial (cfr LG, 10). En virtud del Bautismo, los fieles laicos participan al mismo sacerdocio de Cristo. De hecho, «Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta» (LG, 34).

¿Cómo no recordar, en este sentido, a san Juan Pablo II y su exhortación apostólica Christifideles laici (30 de diciembre de 1988)? En ella él subrayaba que «el Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña» (n. 2). De este modo, mi venerado predecesor relanzaba el apostolado de los laicos, a quienes el Concilio había dedicado un Documento específico, del que hablaremos más adelante. [1]

El amplio campo del apostolado laical no se limita al espacio de la Iglesia, sino que se amplía al mundo. La Iglesia, de hecho, está presente en todos los lugares donde sus hijos profesan y testimonian el Evangelio: en los ambientes de trabajo, en la sociedad civil y en todas las relaciones humanas, allá donde ellos, con sus elecciones, muestran la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán plenas en el Reino de Dios. El mundo necesita que «se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz» (LG, 36). ¡Y esto es posible solamente con la contribución, el servicio y el testimonio de los laicos!

Es la invitación a ser esa Iglesia “en salida” de la que nos ha hablado el Papa Francisco: una Iglesia encarnada en la historia, siempre abierta a la misión, en la que todos estamos llamados a ser discípulos-misioneros, apóstoles del Evangelio, testigos del Reino de Dios, ¡portadores de la alegría del Cristo que hemos encontrado!

Hermanos y hermanas, ¡la Pascua que nos preparamos a celebrar renueve en nosotros la gracia de ser, como María Magdalena, como Pedro y Juan, testigos del Resucitado!

_________________________

[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem (18 de noviembre 1965).

13 - La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia (8 de abril de 2026)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud «rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin» (LG, 42). El nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, «supremo testimonio de fe y de caridad» (LG, 50): por este motivo, el texto conciliar enseña que todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta el derramamiento de sangre (cf. LG, 42), como siempre ha sucedido y sucede también hoy. Esta disposición para el testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan señales de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose por la justicia.

Todos los sacramentos, de forma eminente la Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la santidad. Él santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso. A este respecto, San Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban «ser santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles». Esto se realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG, 40).

La Lumen gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus características constitutivas, que debe acogerse en la fe, en cuanto se cree que es «indefectiblemente santa» (LG, 39): eso no significa que lo sea de forma plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna, caminando «entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (S. Agustín, De civ. Dei 51,2; LG, 8).

La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita, que santifica la Iglesia, nos confía una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión. Por eso, la santidad no tiene solamente una naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria.

En esta perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida consagrada, que se aborda en el capítulo sexto de la Constitución conciliar (cf. nn. 43-47). En el pueblo santo de Dios, esta constituye una señal profética del mundo nuevo, experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De hecho, señales del Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios. La pobreza expresa la plena entrega a la Providencia, liberando del cálculo y del interés; la obediencia tiene como modelo la entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la desconfianza y del dominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.

Conformándose a este estilo de vida, las personas consagradas dan testimonio de la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación plena en la vida de Cristo, hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio del Crucificado que todos somos redimidos y santificados! Contemplando este evento, sabemos que no hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en toda prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del Verbo encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.

© El Testigo Fiel - 2003-2026 - www.eltestigofiel.org - puede reproducirse libremente, mencionando la fuente.
Sitio realizado por Abel Della Costa - Versión de PHP: 8.2.30