Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola
Política de cookies +
El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
rápido, gratis y seguro
conservar sesión
  • Por sobre todo, los miembros registrados dan forma y sentido a este sitio, para que no sea solamente un portal de servicios sino una verdadera comunidad de formación, reflexión y amistad en la Fe.
  • Además tienes ventajas concretas en cuanto al funcionamiento:
    • Tienes reserva del nombre, de modo que ningún invitado puede quedarse con tu identidad.
    • En los foros, puedes variar diversas opciones de presentación (color de fondo, cantidad de mensajes por página, etc.), así como recibir mail avisándote cuando respondan a cuestiones de tu interés.
    • También puedes llevar un control sobre los mensajes que leíste y los que no, o marcarlos para releer.
    • Puedes utilizar todas las funciones de la Concordancia Bíblica on-line.
registrarme
rápido, gratis y seguro
«Mira que estoy a la puerta y llamo,
si alguno oye mi voz y me abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
Documentación: Historia Eclesiástica
Libro VI


Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X

Libro Sexto

El libro sexto de la Historia eclesiástica contiene lo siguiente:

1. De la persecución de Severo.

2. De la educación de Orígenes desde niño.

3. De cómo, siendo todavía un muchacho, enseñaba la doctrina de Cristo.

4. Cuántos de los instruidos por él fueron elevados a la categoría de mártires.

5. De Potamiena.

6. De Clemente de Alejandría.

7. Del escritor Judas.

8. De la hazaña de Orígenes.

9. De los milagros de Narciso.

10. De los obispos de Jerusalén.

11. De Alejandro.

12. De Serapión y de las obras que de él se conservan.

13. De las obras de Clemente.

14. De cuántas Escrituras hace mención.

15. De Heraclas.

16. De cómo Orígenes se había ocupado afanosamente de las divinas Escrituras.

17. Del traductor Símaco.

18. De Ambrosio.

19. Cuántas cosas se mencionan sobre Orígenes.

20. Cuántas obras subsisten de los hombres de entonces.

21. Cuántos obispos eran célebres en aquellos tiempos.

22. Cuántas obras de Hipólito llegaron hasta nosotros.

23. Del celo de Orígenes y cómo fue estimado digno del presbiterado eclesiástico.

24. Qué comentarios escribió en Alejandría.

25. Cómo mencionó las Escrituras canónicas.

26. Cómo le consideraban los obispos.

27. De cómo Heraclas recibió en sucesión el episcopado de Alejandría.

28. De la persecución de Maximino.

29. De cómo Fabián fue milagrosamente señalado por Dios como obispo de Roma.

30. Cuántos discípulos tuvo Orígenes.

31. De Africano.

32. Qué comentarios escribió Orígenes en Cesarea de Palestina.

33. Sobre el descarrío de Berilo.

34. Lo ocurrido en tiempo de Felipe.

35. De cómo Dionisio sucedió a Heraclas en el episcopado.

36. Qué otras obras compuso Orígenes.

37. De la discordia de los árabes.

38. De la herejía de los helcesaítas.

39. De los tiempos de Decio.

40. De lo acontecido a Dionisio.

41. De los que sufrieron martirio en la misma Alejandría.

42. De otros mártires mencionados por Dionisio.

43. De Novato, su conducta y su herejía.

44. Relato de Dionisio acerca de Serapión.

45. Carta de Dionisio a Novato.

46. De las otras cartas de Dionisio.

Notas:

Nota de ETF: los capítulos 26 y 27 están traspuestos en el sumario original, pero los links dirigen al capítulo correcto (el 26 al 27 y el 27 al 26).

Cap. 1
[De la persecución de Severo]

Y como también Severo suscitara una persecución contra las iglesias1 en todas partes se consumaron espléndidos martirios de los atletas de la religión, pero se multiplicaron especialmente en Alejandría 2. Los atletas de Dios fueron enviados allá, como al estadio más grande, desde Egipto y de toda la Tebaida, y por su firmísima paciencia en diversos tormentos y géneros de muerte, se ciñeron las coronas preparadas por Dios. Entre ellos se hallaba también Leónidas, llamado «el padre de Orígenes» 3, que fue decapitado, y dejó a su hijo todavía muy joven. No estará de más describir brevemente con qué predilección por la palabra divina vivió el muchacho desde entonces, ya que es abundantísimo lo que de él se cuenta de célebre entre la gente.

Notas:

1 Cf. J. Speigl, Die Christenpolitik des Septimius Severus: Münchener Theologische Zeitschrift 10 (1969) 181-194; E. M. Steyermann, Programmes politiques à l'époque de la crise du IIIe siècle: Cahiers d'histoire mondiale 4 (1958) 310-329; W. H. Frend, Open questions concerning the Christians and the Roman Empire in the Age of the Severi: JTS n.s. 25 (1974) 333-351; S. Reseghetti, 11 proveddimento di Settimio Severo sui Collegia «religionis causa» e i cristiani: Rivista de Storia della Chiesa in Italia 42 (1988) 357-364; E. dal Covolo, I Severi e il cristianesimo. Ricerche sull'ambiente storico-istituzionale delle Origini cristiane fra il IIe e il IIIe sec. (Roma 1989); Id., 202 dopo Cristo. Una persecuzione per editto?: Salesianum 48 (1086) 363-369; Id., I Severi precursors di Costantino? Per una «messa a punto» delle ricerche sui Severi e il cristianesimo: Augustinianum 35 (1995) 605-622.

2 El interés de Eusebio por lo ocurrido en Alejandría, aunque en parte se deba a su interés por Orígenes, tiene sin duda también otra causa: el emperador, a su paso por Alejandría, en 199, había promulgado una orden que prohibía a los judíos hacer prosélitos (Espartiano, Setver. 16s); un segundo edicto del mismo estilo, en 202, afectó a los cristianos alejandrinos, y más concretamente a la escuela catequética. Los martirios que ocurrieron en otras partes del Imperio se debían a los gobernadores o magistrados locales, estimulados por el ejemplo del emperador en Alejandría. Cf. R. B. Tollington, Clement of Alexandria. A Study in Christian Liberalism, t.2 (Londres 1914) p.314ss; H. Delehaye, Les Martyrs d'Égypte (Bruselas 1923).

3 La fama del hijo dio nombre al padre. Fundamental para mejor comprender este libro VI en lo referente a Orígenes, la obra de P. Nautin, Origène; cf. Ch. Kannengieser-W. L. Petersen (ed.), Origen of Alexandria: His world and his legay = Christianity and Judaism in Antiquity, 1 (Notre Damme, IN 1988).

Cap. 2
[De la educación de Orígenes desde niño]

1 Muchas cosas podría decir, en verdad, uno que intentase poner por escrito a su gusto la vida de este hombre, pero disponer ordenadamente lo que a él atañe exigiría incluso una obra especial4. Sin embargo, nosotros, por ahora, resumiremos con la brevedad posible la mayor parte y expondremos sobre él solamente algunas cosas, tomando los datos de algunas cartas y del relato de los discípulos que han sobrevivido hasta nuestros días 5.

2 De Orígenes, hasta los hechos de cuando estaba en pañales, por decirlo así, me parecen a mí dignos de mención. Iba Severo, efectivamente, por el décimo año de su reinado, y Leto gobernaba Alejandría y el resto de Egipto6. El episcopado de las iglesias de allí acababa de recibirlo Demetrio, sucediendo a Juliano 7.

3 Al encenderse, pues, con la mayor violencia la hoguera de la persecución y siendo innumerables los que se ceñían la corona del martirio, fue tal la pasión del martirio que se apoderó del alma de Orígenes, un niño todavía 8, que ardía por lanzarse al encuentro de los peligros y saltar y arrojarse a la lucha.

4 Muy poco faltó, efectivamente, para que la muerte se le acercara, de no ser la divina y celestial providencia que, en provecho de la gran mayoría y por medio de su madre, se le interpuso como obstáculo de su celo 9.

5 Ella primeramente le rogó con palabras exhortándole a tener consideración a sus disposiciones maternales para con él, pero cuando lo vio terriblemente excitado, preso todo él del deseo del martirio al enterarse de que su padre había sido arrestado y encarcelado, le escondió todos sus vestidos y así le obligó a permanecer en casa.

6 Pero él, no pudiendo hacer otra cosa y siéndole imposible dar sosiego a un celo que excedía a su edad, envía a su padre una carta sobre el martirio, estimulante por demás, en la cual le animaba diciéndole textualmente: «Ten cuidado, no sea que por causa nuestra cambies de parecer». Quede esto consignado por escrito como primer indicio de la agudeza de ingenio del niño Orígenes y de su nobilísima disposición para la religión.

7 Y es que, efectivamente, habiéndose ejercitado ya desde niño en las divinas Escrituras, tenía ya echados no pequeños fundamentos para las doctrinas de la fe. También en éstas se había afanado sin medida, pues su padre, antes del ciclo de estudios común a todos 10, había hecho que su preocupación por ellas no fuera secundaria.

8 En consecuencia, antes de ocuparse de las disciplinas helénicas, en toda ocasión lo iba introduciendo a ejercitarse en los estudios sagrados, exigiéndole cada día pasajes de memoria y relaciones escritas.

9 Estos ejercicios no le desagradaban al niño, antes bien, incluso se empeñaba en ellos con ardor excesivo, hasta el punto de que, no contentándose con los sentidos simples y obvios de las Escrituras Sagradas, ya desde entonces buscaba algo más e investigaba visiones más profundas, de manera que llegaba a poner en apuros a su padre preguntándole qué quería significar el sentido de la Escritura divinamente inspirada.

10 Este aparentaba reprochárselo abiertamente, exhortándole a no indagar nada que excediera a su edad ni más allá del sentido evidente, pero en su fuero interno se regocijaba enormemente y proclamaba ante Dios, autor de todo bien, su mayor agradecimiento por haberle hecho digno de ser padre de tal hijo.

11 Y se cuenta que muchas veces, poniéndose junto al niño mientras dormía, le desnudaba el pecho como si dentro de él habitara un espíritu divino, lo besaba con reverencia y se consideraba dichoso de su noble retoño. Estas cosas y otras del mismo estilo se recuerdan 11 acerca de la niñez de Orígenes.

12 Cuando su padre murió mártir, él quedó solo con su madre y seis hermanos más pequeños, cuando aún no contaba más de diecisiete años 12.

13 La hacienda paterna fue confiscada por el tesoro imperial, y él con los suyos se encontró en la indigencia de las cosas necesarias para la vida. Pero fue considerado digno de la providencia divina y halló protección a la vez que sosiego en una señora riquísima en medios de vida y muy distinguida en lo demás, pero que rodeaba de atenciones a un hombre muy conocido, uno de los herejes que entonces había en Alejandría. Era éste de origen antioqueno, y la mencionada señora lo tenía consigo como hijo adoptivo y lo rodeaba de los máximos honores 13.

14 Pero Orígenes, que, por necesidad, estaba ordinariamente con él, ya desde aquella edad daba pruebas claras de su ortodoxia en la fe, pues aunque una muchedumbre incontable, no sólo de herejes, sino también de los nuestros, se reunía junto a Pablo (que así se llamaba aquel hombre), porque les parecía elocuente, jamás se logró inducirle a que le acompañase en la oración, guardando ya desde niño la regla de la Iglesia y abominando—como textualmente dice él mismo en alguna parte 14—las enseñanzas de las herejías.

15 Iniciado por su padre previamente en las disciplinas de los griegos, después de la muerte de éste se entregó por entero con mayor celo al estudio de las letras, de modo que, no mucho después de la muerte del padre, tenía ya una preparación suficiente en conocimientos gramaticales. Con su entrega a estos estudios se procuraba en abundancia—para su edad—lo necesario 15.

Notas:

4 Esta obra existió: la Apología de Orígenes, compuesta al alimón por Pánfilo y Eusebio, de la que sólo nos ha llegado el primer libro en traducción latina de Rufino (cf. infra 33,4). Esto indica que, en el presente libro, el personaje central, Orígenes, va a ser presentado desde un punto de vista panegírico más bien que biográfico. De la abundantísima bibliografía sobre Orígenes pueden ser buen ejemplo las siguientes obras: H. Chadwick, Origen: Contra Celsum (Cambridge 1953) p.XXXV-XL; R. Farina, Bibliografía origeniana 1960-1970: Salesianum 31 (1979) 619-701; H. Crouzel, Origène et la «connaissance mystique» (París-Brujas 1961) P 537-578 (bibliografía sistemática hasta 1960); Id., Bibliographie critique d'Origène: Instrumenta Patrística 8 (La Haya 1971), la más completa e importante, por su extension y calidad; y la serie Origeniana I-VI (diversos lugares, 1975-1995).

5 Las fuentes van a ser los relatos de testigos oculares y las cartas de Orígenes; sobre éstas, cf. infra 36,3-4; Nautin, Orig. p. 19-25.

6 Quinto Mecio Leto ejerció el cargo de prefecto de Egipto hasta el 25 de febrero de 203. Cf. J. Rea, The date of the Praefecture of Claudius Julianus: La parola del Pasato 22 (1Q67) 49; A. Stein, Die Praefekten von Aegypten in römischen Zeit. Diss. (Berna 1950).

7 Cf. supra V 22; Chronic, ad annum 189: HELM, p.209. Eusebio sufre aquí una equivocación: Demetrio llevaba ya doce o trece años en el episcopado.

8 Cf. infra § II; 3,3; Nautin, Orig. P.31-35.

9 Focio (Biblioth. cod. 118) dice haberlo leído en una carta de Orígenes.

10 Cf. H. I. Marrou, Saint Augustin et la fin de la culture antique (Paris 1938; 21949); Id., Histoire de l'éducation dans l'antiquité (Paris 1948). La educación cristiana de Orígenes comienza ya en su más tierna niñez.

11 Seguramente, entre los discípulos de Orígenes supervivientes; cf. supra § 1.

12 Más bien andaba por los quince; cf. infra 3.3.

13 No sabemos qué hereje puede ser; sólo nos dará el nombre. En todo caso el mecenazgo de esta matrona alejandrina tenía caprichos bien extraños.

14 Imposible determinar dónde, siendo tantas las protestas de ortodoxia que Orígenes ha sembrado por su obra.

15 Seguramente daba clases particulares de gramática y, por lo tanto, a alumnos muy jóvenes todavía.

Cap. 3
[De cómo Orígenes, siendo todavía un muchacho, enseñaba la doctrina de Cristo]

1 Y hallándose entregado a la enseñanza—según él mismo nos informa en alguno de sus escritos 16—y no habiendo en Alejandría nadie dedicado a la instrucción catequética, pues todos habían sido expulsados por la amenaza de la persecución 17, algunos gentiles acudieron a él para escuchar la palabra de Dios.

2 De ellos da a entender que el primero fue Plutarco, el cual, después de una vida honesta, fue adornado con el martirio divino 18. El segundo fue Heraclas, hermano de Plutarco, quien, después de dar asimismo ante él numerosísimos ejemplos de vida filosófica y disciplina, fue considerado digno del episcopado de Alejandría, después de Demetrio 19.

3 Orígenes iba a cumplir los dieciocho años cuando se puso a la cabeza de la escuela catequética, momento en que, bajo la persecución del gobernador de Alejandría Aquila 20, realizaba grandes progresos. También fue entonces cuando hizo su nombre famosísimo entre todos aquellos a quienes movía la fe, por la acogida y solicitud que mostraba para con todos los santos mártires conocidos y desconocidos.

4 En efecto, no solamente les asistía cuando estaban en la cárcel y cuando eran juzgados, hasta la sentencia final, sino también después de ésta, cuando los santos mártires eran conducidos a la muerte, con muchísima osadía y exponiéndose a los mismos peligros. Tanto es así, que muchas veces, por acercarse resueltamente y atreverse a saludar con un beso a los mártires, faltó poco para que la plebe de paganos que se hallaba en derredor, enfurecida, lo lapidase, pero cada vez, con la ayuda de la diestra divina, escapó milagrosamente 21.

5 Y esta misma y celestial gracia le fue guardando en otras ocasiones una y otra vez—imposible decir cuántas—cuando se conspiraba contra él por causa de su exceso de celo y de osadía en favor de la doctrina de Cristo. La guerra que hacían los infieles contra él era tal que se formaron escuadrones y apostaban soldados en torno a la casa en que él se hallaba 22, por causa de la muchedumbre de los que recibían de él la instrucción de la fe sagrada.

6 De día en día la persecución contra él se encendía tanto que en toda la ciudad no había ya lugar para él: cambiando de casa en casa, de todas partes le echaban a causa del gran número de los que por él se acercaban a la enseñanza divina. Y es que su misma conducta práctica contenía rasgos admirables de virtud de la más genuina filosofía 23.

7 (Demostraba, pues, según el dicho, que «cual su palabra, tal su carácter», «y cual su carácter, tal su palabra» 24). Esta era, sobre todo, la causa de que, con la colaboración del poder divino, arrastrase a millares de gentes a emularle.

8 Y cuando vio que los discípulos acudían aún más numerosos y que él era el único encargado por el jefe de la iglesia, Demetrio, de la escuela catequética 25, considerando que la enseñanza de la gramática era incompatible con el ejercicio de las disciplinas divinas, rompió sin vacilar con el estudio de la gramática como inútil y contrarío a las ciencias divinas 26.

9 Después, con buen cálculo, para no necesitar de la ayuda de otros, se deshizo de todas las obras que hasta entonces tenía de literatura antigua 27, trabajadas con mucho gusto, y se contentaba con los cuatro óbolos que cada día le llevaba el que se las compró. Durante muchos años continuó llevando este género de vida de filósofo, arrancando de sí mismo cuanto pudiera dar pábulo a sus pasiones juveniles 28, soportando 29 durante todo el día no pequeñas fatigas ascéticas y, por la noche, consagrándose la mayor parte del tiempo al estudio de las divinas Escrituras. Así perseveraba en una vida lo más filosófica posible 30, ya fuera en ejercicios de ayuno, ya moderando el tiempo del sueño, que, por lo demás, nunca trataba de tomarlo sobre lecho, en absoluto, sino a toda costa sobre el suelo.

10 Por encima de todo consideraba que era preciso guardar aquellas sentencias evangélicas del Salvador que exhortaba a no usar dos túnicas, ni sandalias 31 y a no consumirse con las preocupaciones del porvenir 32.

11 Es más, con un ardor superior a sus años, manteniéndose firme en los fríos y en la desnudez 33 y avanzando hacia una pobreza extrema, tenía llenos de admiración a los que le rodeaban. También apenaba a muchísimos, que le suplicaban que compartiera sus bienes, pues veían los trabajos que pasaba por la enseñanza divina; pero él en nada cedía a su insistencia.

12 Se cuenta, por ejemplo, que durante muchos años pisó la tierra sin usar calzado alguno; es más, se abstuvo por muchos años del uso del vino y de todo otro alimento no necesario, hasta el punto de ponerse en peligro de arruinar y estropear su pecho.

13 Ofreciendo tales ejemplos de vida filosófica a cuantos le contemplaban, era natural que incitara a la mayoría de sus discípulos a un celo semejante al suyo, tanto que personas destacadas, incluso de entre los gentiles infieles y de los que procedían de la ilustración y de la filosofía 34, poco a poco se iban sometiendo a la enseñanza que él daba, y tan sinceramente recibieron de él en el fondo de sus almas la fe en la palabra divina, que también ellos sobresalieron en el momento de la persecución de entonces, de manera que algunos incluso fueron detenidos y acabaron en el martirio.

Notas:

16 Seguramente la carta que desde Atenas escribió al obispo Alejandro de Jerusalén: Nautik, Lettres, p.131-134; Orig. p.11-14; 36-38.

17 Los directores de la escuela catequética, ante la amenaza de la persecución, se habían dispersado, retirándose lejos de Alejandría, hecho que confirma la relativa localización de la persecución; cf. supra 1.

18 Cf. infra 4,1.

19 Heraclas, mayor que Orígenes y discípulo antes que él de Ammonio Saccas (infra 19, 13), se convertirá en compañero y luego sucesor suyo en la dirección de la escuela alejandrina, y finalmente será obispo, sucesor de Demetrio; cf. infra 15; 26.

20 Subaciano Aquila no sucedió inmediatamente a Leto en la prefectura de Egipto (cf. supra 2,2), sino que entre ambos fue prefecto Claudio Juliano; la primera referencia en los papiros a Aquila es de octubre-noviembre de 206; cf. J. Rea, a.c., p.52. Por lo tanto, si Orígenes tenía dieciocho años bajo Aquila, no podía tener más de quince cuando en 203 arreciaba la persecución y moría su padre bajo el prefecto Leto (cf. supra 2,12). Según esto, se hizo cargo de la escuela hacia el 206 (cf. infra 6). Por lo demás, es la primera vez que se habla de una escuela catequética alejandrina; cf. G. Bardy, Aux origines de l'école d'Alexandrie: RSR 17 (1937) 65; T. D. Barnes, Origen, Aquila, and Eusebius: Harvard Studies in Classical Philology 74 (1970) 313-316.

21 Contando con el fondo histórico innegable, no debemos olvidar la carga de afectividad panegírica de todo el relato.

22 Esto puede significar que la escuela no disponía de edificio propio y la enseñanza se impartía en el domicilio mismo del maestro.

23 Cf. supra III 37,2 nota 288.

24 La frase era ya proverbial según Séneca (Epist. 114,1: «apud Graecos in proverbium cessit: talis hominibus fuit oratio qualis vita»); Cicerón (TuscuL 5,16,47), que la traduce: «qualis autem homo ipse esset, talem eius esse orationem», la atribuye «al príncipe de la filosofía, Sócrates». El pensamiento lo recoge Platón (Respubl. 400d).

25 Según San Jerónimo (De vir. ill. 54), esto fue la confirmación oficial de lo que hasta este momento habría sido simple iniciativa privada de Orígenes; cf. M. SlMONETTi, Origene catecheta: Salesianum 41 (1979) 199-308.

26 Predomina el aspecto catequético, propio de la escuela; a causa de la muchedumbre de discípulos, ve que no puede alternar la enseñanza catequética y la de las letras (que viene enseñando privadamente), y decide abandonar ésta en favor de aquélla. Más tarde separará ambas enseñanzas y nacerá la verdadera Escuela de Alejandría (cf. infra 18,19) y A. Le Boulluec, L'école d'Alexandrie. De quelques aventures d'un concept historiographique, en Alexandrina. Mélanges offerts au Père Claude Mondésert (Paris 1987) p.403-417.

27 Esto quizá sea una exageración panegírica; si no, no se comprende cómo podía seguir estudiando esa literatura sin libros, puesto que él sólo abandonó su enseñanza como fin en sí, no su estudio como medio; cf. infra 18,3-4.

28 Cf. 2 Tim 2,22.

29 ἀντλῶν no da sentido; ARBDM corrigen en ἀνατλῶν; no creo necesaria la conjetura de Schwartz: ἀναπ(ιμπ)λῶν.

30 Se insiste sobre su género de vida, «filosófico» por excelencia, pero con una filosofía que brota del Evangelio y da sentido a su rigurosa ascésis.

31 Cf. Mt 10,10.

32 Cf. Mt 6,34.

33 Cf. 2 Cor 11,27.

34 Filósofos gentiles, en el sentido propio de la palabra.

Cap. 4
[Cuántos de los instruidos por Orígenes fueron elevados a la categoría de mártires]

1 El primero, pues, de éstos fue Plutarco, mencionado poco más arriba 35. Cuando éste era conducido a la muerte, de nuevo faltó poco para que aquel de quien estamos hablando y que le asistía hasta el último instante de su vida fuera linchado allí mismo por los ciudadanos, como culpable evidente de aquella muerte. Pero también entonces la voluntad de Dios seguía guardándolo.

2 Después de Plutarco, el segundo de los discípulos de Orígenes en señalarse como mártir es Sereno, que mediante el fuego dio prueba de la fe que había recibido.

3 Tercer mártir de la misma escuela fue Heráclides, y tras él, el cuarto, Herón; aquél aún era catecúmeno, éste neófito 36; los dos fueron decapitados. Todavía, además de éstos, de la misma escuela hubo otro Sereno, distinto del primero, quinto en proclamarse atleta de la religión, de quien dice la tradición 37 que, después de soportar muchos tormentos, fue decapitado. Y entre las mujeres también Herais, todavía catecúmena, consumó su vida «tras recibir—como dice él mismo en alguna parte—el bautismo de fuego» 38.

Notas:

35 Cf. supra 3,2. El primer filósofo gentil instruido por Orígenes y primero del grupo en morir mártir. Todos los mártires mencionados en este capitulo y en el 5, a excepción de Basílides, se conmemoran el 28 de junio en los martirologios, pero esto no implica que muriesen el mismo día; cf. H. Delehaye, o.c., p.8 y 59.

36 El edicto imperial afectaba sobre todo a catecúmenos y neófitos. De hecho, cinco de los siete procedentes de la escuela catequética aquí mencionados eran catecúmenos todavía o recién bautizados: Plutarco (§ 1; supra 3,2), Heráclides, Herón, Herais (§ 3) y Basílides (infra 5.6).

37 Posiblemente, una carta de Orígenes.

38 Cf. Orígenes, In Lucam. hom.24; In Ezech. hom.5,1.

Cap. 5
[De Potamiena]

1 Entre ellos cuéntase como séptimo Basílides 39, el que condujo a la famosísima Potamiena 40 a su ejecución. Mucho es lo que todavía hoy se cuenta de ella y se celebra entre sus compatriotas. Después de sostener mil combates contra hombres disolutos en defensa de la pureza de su cuerpo y de su virginidad que la distinguían (pues lo mismo que la fuerza de su alma, también la belleza de su cuerpo estaba en plena floración) y después de soportar innumerables tormentos, por último, tras de torturas terribles y que hacen estremecer con sólo nombrarlas, murió abrasada viva juntamente con su madre, Marcela.

2 Se cuenta al menos que el juez, cuyo nombre era Aquila41, después de hacerla atormentar cruelmente por todo el cuerpo, finalmente amenazó con entregarla a los gladiadores para ultraje de su cuerpo 42, pero ella, después de reflexionar ensimismada breves instantes, al ser preguntada por qué decidía, dio tal respuesta, que a los oídos de aquéllos parecía sonar a algo impío.

3 Aún hablaba cuando recibió los términos de su sentencia. Basílides, uno de los funcionarios militares 43, la tomó y la condujo para su ejecución. Como la turba intentaba molestarla y vejarla con palabras intemperantes, él rechazaba y ahuyentaba a los insolentes y mostraba para con ella la mayor compasión y humanidad. Ella, por su parte, aceptando la simpatía de que era objeto, exhortaba a aquel hombre a tener valor, porque ella le reclamaría a su propio Señor nada más partir y en breve podría corresponder a lo que él había hecho por ella 44.

4 Dicho esto, afrontó con nobleza su fin mientras le iban derramando la pez hirviendo lenta y paulatinamente por los distintos miembros de su cuerpo, desde las plantas de los pies hasta el vértice de la cabeza.

5 Y así fue el combate que libró esta joven digna de encomio. No mucho después, Basílides, habiéndole exigido juramento sus compañeros de milicia por cierto motivo, aseguraba que en modo alguno le estaba permitido jurar 45, porque era cristiano y lo proclamaba públicamente. Al principio, durante algún tiempo, creyeron que bromeaba, pero como él se empecinase obstinadamente, lo condujeron al juez; y también ante él proclamó su resistencia y fue arrojado en prisiones.

6 Cuando sus hermanos en Dios se llegaron a él y trataron de informarse de la causa de esta repentina y maravillosa decisión, cuéntase que dijo que Potamiena se le había aparecido durante la noche, tres días después de su martirio, le había ceñido la cabeza con una corona y le había dicho que ella había pedido al Señor gracia por él, que había obtenido lo pedido y que no tardando mucho lo tomaría consigo. Ante esto los hermanos le impartieron el sello del Señor 46, y al día siguiente, después de brillar en el testimonio del Señor, fue decapitado.

7 Se cuenta asimismo que, por las fechas mencionadas, muchos otros ciudadanos de Alejandría se acercaban en masa a la doctrina de Cristo, porque en sueños se les había aparecido Potamiena, según decían, y les había invitado a ello. Mas baste ya con esto.

Notas:

39 Aparece, pues, como discípulo de la escuela catequética; a juzgar por lo que sigue, debía de haberla frecuentado muy poco.

40 Gf. Paladio, Hist. Laus. 3, que equivocadamente la supone martirizada bajo Maximino, y no bajo Septimio Severo; cf. H. Delehaye, o.c., p.23.

41 Cf. supra 3,3.

42 Cf. Eusebio, MPal 5,3.

43 Cf. una expresión parecida infra VIII 4,3; el significado es dudoso; cf. Nautin, Orig. p.44, n.10.

44 Sobre esta clase de promesas en que abunda el género hagiográfico, cf. H. Delehaye, Les passions des martyrs et les genres littéraires (Bruselas 1921) p.249-250.

45 Cf. Mt 5,33-34.

46 Esto es, el bautismo; cf. supra III 23,8.

Cap. 6
[De Clemente de Alejandría]

Habiendo sucedido a Panteno, Clemente venía rigiendo la catequesis de Alejandría hasta aquel mismo tiempo, de manera que también Orígenes fue uno de sus discípulos47. Por lo menos Clemente, al consignar el material de sus Stromateis, en el libro primero, expone un cuadro cronológico señalando como límite la muerte de Cómodo, con lo cual queda claro que compuso esta obra en tiempos de Severo48, cuya época se describe en la presente historia.

Notas:

47 Es la primera afirmación de Eusebio sobre la dirección de la escuela catequética por Clemente; es lo que hará decir a San Jerónimo (De vir. ill. 54) que Orígenes sucedió a Clemente a la cabeza de dicha escuela; pero es muy poco probable que Clemente ejerciera esa dirección; cf. supra V 10,1 nota 195, como no deja de ser problemático el que también fuera maestro de Orígenes; cf. M. Hornschuh, Das Leben des Orígenes und die Entstehung der alexandrinischen Schule: ZKG 71 (i960) 1-25.193-214 (demasiado radical, considera el relato de Eusebio sobre Orígenes «legendario en conjunto y en sus partes», p.3); R. de Sa, L'École chrétienne d'Alexandrie et ses maîtres Clement et Origène: Cahiers d'Alexandrie s. II 4 (1964) 3-19.

48 Cf. Clemente de Alejandría, Stromat. 1,21,130-140.144-147. De hecho parece que sólo escribió en Alejandría y antes de la persecución de Severo el libro I. En el libro II da ya por comenzada la persecución (Stromat. 2,20,125); cf. Nautin, Orig. p.44-45.

Cap. 7
[Del escritor Judas]

En este mismo tiempo, otro escritor, Judas49, comentando por escrito las setenta semanas de Daniel50, detiene también su cronología en el décimo año de Severo 51. También creía que la tan decantada aparición del anticristo se estaba ya entonces acercando. ¡Así de trastornadas tenía las mentes de la mayoría la violencia de aquella persecución contra nosotros! 52.

Notas:

49 Nada más sabemos de él (San Jerónimo [De vir. ill. 52] sigue a Eusebio); por el nombre podía ser de origen judío. Aquí se le contrapone a Clemente.

50 Cf. Dan 9,24.

51 Cf. supra 2,2.

52 Por las mismas fechas, finales del siglo II y comienzos del III, escribía en Roma Hipólito, al que preocupan grandemente los temas escatológicos, como reflejo —y también remedio— de la obsesión colectiva que aterrorizaba a las gentes en aquellos días; cf. Tertuliano, Apolog. 31; E. R. Dodds, Paganos y cristianos en una época de angustia = Epifanía 15 (Madrid 1975) p. 141-144.

Cap. 8
[De la hazaña de Orígenes]

1 En este tiempo 53, estando ocupado en el trabajo de la catequesis en Alejandría, Orígenes lleva a cabo una hazaña que, si demuestra un ánimo inmaduro y juvenil, ofrece a la vez una prueba rotunda de fe y de continencia.

2 Efectivamente, tomando muy a la letra con ánimo bastante juvenil la frase: Hay eunucos que se castraron a sí mismos por el reino de los cielos 54 y pensando, por una parte, cumplir así la palabra del Salvador, y por otra, con el fin de evitar entre los infieles toda sospecha y calumnia vergonzosa, puesto que, siendo tan joven, trataba de las cosas de Dios no sólo con hombres, sino también con mujeres, se decidió a poner por obra la palabra del Salvador, cuidando de que pasara inadvertido a la mayoría de sus discípulos55

3 Pero no le era posible, aun queriéndolo, ocultar hazaña semejante, y así más tarde lo supo Demetrio, como presidente de aquella iglesia. Mucho fue lo que le admiró por aquella hazaña, y aceptando el celo y la sinceridad de su fe, le exhortaba a tener ánimo y le estimulaba a empeñarse ahora con más fuerza en la obra de la catequesis.

4 Tal era, por entonces, la actitud de Demetrio. Pero no mucho tiempo después 56, viendo el éxito de Orígenes, su grandeza, su brillantez y su fama universal, fue víctima de humana pasión y trató de describir a los obispos de todo el mundo aquella hazaña como de todo punto absurda, cuando los obispos más probados y más ilustres de Palestina, a saber, los de Cesarea y Jerusalén 57, considerando a Orígenes digno de privilegio y del más alto honor, le impusieron las manos para ordenarlo de presbítero.

5 Así, pues, en el momento mismo en que Orígenes había alcanzado una gran gloria y se había conquistado en todas partes y entre todos los hombres no pequeño renombre y fama de virtud y sabiduría, Demetrio, no teniendo ningún otro motivo de acusación, armó un escándalo tremendo por aquella acción que Orígenes había cometido siendo un niño y se atrevió a envolver en sus acusaciones a los que le habían promovido al presbiterado.

6 Esto ocurrió, en realidad, poco tiempo después. Por entonces, sin embargo, Orígenes estaba entregado en Alejandría a la enseñanza divina para todos los que acudían a él, sin reservas, de noche e incluso durante el día, dedicando sin vacilación todo su tiempo a las ciencias divinas y a los discípulos que le frecuentaban.

7 Después de ejercer Severo el imperio durante dieciocho años, le sucede su hijo Antonino 58. En este tiempo, uno de los que en la persecución se portaron virilmente y, tras los combates de su confesión, fueron preservados por la providencia divina, fue un tal Alejandro, mencionado hace un instante como obispo de la iglesia de Jerusalén 59; por haberse distinguido en su confesión por Cristo se le consideró digno del mencionado episcopado, aunque Narciso 60, su predecesor, vivía todavía61.

Notas:

53 La expresión es demasiado vaga para fijar la fecha. Posiblemente ocurrió el hecho en la primera época de exaltación ascética; cf. supra 3,9-13, es decir, entre 206 y 210.

54 Mt 19,11.

55 Frente a los que han querido ver en esto un gesto simbólico, pero no un hecho real, cf. R. P. C. Hanson, A note on Origeris self-mutilation: VigCh 20 (1966) 81-82, que demuestra su realidad y la consiguiente aprobación por Demetrio, ya que la autocastración «era algo conocido entre los cristianos de la época de Orígenes y no pesaba sobre ella ordinariamente ninguna condena (p.81), y aduce toda una serie de textos confirmativos. Ello no impide la postura ulterior de Orígenes, In Math. Comm. 15,1-4, y la de su obispo (cf. infra § 4), desaprobándolo.

56 Hacia los años 231-232: habían pasado, por lo tanto, bastantes años; cf. infra 23,4.

57 Teoctisto de Cesarea y Alejandro de Jerusalén; cf. infra 23,4; 27.

58 Muerto Septimio Severo el 4 de febrero de 211, le sucederán sus dos hijos—ya asociados anteriormente al imperio—Geta y Caracalla; pero al año, 26 de febrero de 212, Caracalla hizo asesinar a Geta y quedó solo en el imperio. Eusebio no menciona a Geta ni aquí ni en la Crónica ad annum 211: HELM, p.213. El nombre «Caracalla» con que se conoce a este emperador es un apodo; su nombre era Marco Aurelio Antonino. Cf. M. Platnauer, The Life and Reign of L. Septimius Severus (Oxford 1918).

59 Supra § 4, pero sin nombrarlo; el nombre aparece sólo en la traducción latina de Rufino.

60 Cf. supra V 12,2.

61 Cf. infra II,I; Chronic, ad annum 212: HELM, p.213.

Cap. 9
[De los milagros de Narciso]

1 Muchos, pues, y diversos son los milagros que los ciudadanos de aquella iglesia recuerdan de Narciso, transmitidos por tradición de los hermanos que se han sucedido 62. Entre ellos refieren también el siguiente prodigio realizado por él.

2 Dicen que una vez, durante la gran vigilia de Pascua, faltó el aceite a los diáconos 63, por lo cual se apoderó de toda la muchedumbre un gran desánimo. Narciso mandó entonces a los que preparaban las luces que sacasen agua y se la llevaran a él.

3 Hecho esto, oró sobre el agua y con toda la sinceridad de su fe en el Señor ordenó echarla en las lámparas. Ejecutado que se hubo también esto, por un poder maravilloso y divino y contra todo razonamiento, la naturaleza del agua cambió su cualidad en la del aceite, y muchos de los hermanos que allí estaban conservaron largo tiempo, desde entonces hasta nuestros días, un poquito de aquel aceite como prueba del milagro de entonces.

4 Muchas otras cosas dignas de mención se cuentan de la vida de este hombre, entre ellas también la siguiente. Unos pobres hombrecillos, incapaces de soportar el vigor de aquél y la constancia de su vida, temerosos de ser arrestados y sometidos a castigo, pues eran conscientes de sus delitos innumerables, tomaron la delantera y urdieron y esparcieron una calumnia terrible contra él.

5 Luego, con el fin de asegurarse la confianza de los oyentes, confirmaban con juramento sus acusaciones: uno juraba porque el fuego le destruyese; otro porque una enfermedad funesta consumiera su cuerpo, y un tercero, porque sus ojos cegaran. Pero ni aun así, ni siquiera jurando, un solo fiel les prestó atención, por la templanza de Narciso, que de siempre brilló ante todos y por su conducta virtuosa en todo.

6 Él, sin embargo, no pudiendo sobrellevar en modo alguno la maldad de estas calumnias, y por otra parte, estando desde hacía largo tiempo en busca de una vida filosófica, huyó de la muchedumbre entera de la iglesia y pasó muchos años oculto en regiones desiertas y recónditas 64.

7 Pero el gran ojo de la justicia tampoco permaneció quieto ante tales desmanes, sino que a toda prisa se dio a la persecución de aquellos impíos con las mismas desgracias con que se habían ligado perjurando contra sí mismos, pues el primero, sin motivo ninguno, simplemente así, habiendo caído una chispita en la casa en que él moraba, incendiándola por completo durante la noche, pereció abrasado con toda su familia; el otro se vio de repente con el cuerpo, desde la planta de los pies hasta la cabeza, lleno de aquella enfermedad con que él mismo se castigó de antemano;

8 y el tercero, así que vio el final de los primeros, temblando ante la ineludible justicia de Dios que lo ve todo, hizo confesión pública de lo que habían tramado en común los tres. En su arrepentimiento, se agotaba de tanto gemir y no cesaba de llorar, tanto que llegó a perder sus dos ojos. Tales fueron los castigos que sufrieron éstos por sus mentiras.

Notas:

62 Eusebio debió de recoger estos datos y los del capítulo siguiente de boca misma de los cristianos de Jerusalén; no parece que tenga ante sí documento escrito alguno, a no ser la carta mencionada infra 11,3.

63 Dato interesante para la historia del culto, cf. F. Cabrol, Huile: DACL t.6, 2. col.2790-2791.

64 Imposible precisar el alcance y características de esta retirada de Narciso, así como los verdaderos motivos que le impulsaron. Siempre es posible el anacronismo en esta clase de relatos. Su reaparición, cf. infra 10, hace el hecho todavía más enigmático.

Cap. 10
[De los obispos de Jerusalén]

Habiéndose retirado Narciso y no sabiendo nadie dónde podía hallarse, los obispos que presidían las iglesias limítrofes resolvieron imponer las manos a un nuevo obispo. Díos se llamaba éste. Después de presidir no mucho tiempo, le sucedió Germanión, y a éste, Gordio65, bajo el cual reapareció Narciso, de alguna parte, como un resucitado. Los hermanos le llamaron de nuevo para ocupar la presidencia. Todos le admiraban todavía más, por causa de su retiro, de su filosofía y, sobre todo, por la venganza que Dios había obrado en su favor.

Notas:

65 A pesar de las fuentes informativas de primera mano de que Eusebio pudo disponer en el archivo de Jerusalén, en lo referente a estos episodios se muestra muy precavido y vago en sus afirmaciones. ¿Cómo pudo haber tres obispos en el breve espacio de tiempo en que Narciso permaneció retirado? No se puede pretender mayor precisión. Todos ellos van agrupados en la Crónica en torno al año 186 (ed. HELM, p.209), con la indicación expresa de que no ha podido determinar el tiempo que corresponde a cada uno (cf. supra V 12,2).

Cap. 11
[De Alejandro]

1 Como quiera que Narciso no estaba ya en condiciones de ejercer el ministerio por causa de su extrema vejez, la providencia de Dios llamó al mencionado Alejandro 66, que era obispo de otra iglesia, para ejercer las funciones episcopales junto con Narciso 67, conforme a una revelación que tuvo éste en sueños por la noche 68.

2 Ocurrió, pues, que Alejandro, como obedeciendo a un oráculo, emprendió un viaje desde Capadocia, donde por primera vez fue investido del episcopado69, a Jerusalén, por motivos de oración y de estudio de los lugares 70. La gente de allí le recibió con los mejores sentimientos y ya no le permitieron regresar a su país, conforme a otra revelación que también ellos habían tenido durante la noche y según una voz que se dejó oír clarísima a los más celosos de entre ellos, pues les indicaba que se adelantasen fuera de las puertas de la ciudad y recibiesen al obispo que Dios les había predestinado. Después de obrar así, con el común parecer de los obispos que regían las iglesias circundantes, obligaron a Alejandro a permanecer allí forzosamente71.

3 El mismo Alejandro, en carta privada a los antinoítas 72, que todavía hoy se conserva entre nosotros, menciona el episcopado de Narciso, compartido con él, cuando escribe textualmente al final de la carta:
«Os saluda Narciso, el que rigió antes que yo la sede episcopal de aquí, y ahora, a sus ciento dieciséis años cumplidos 73, ocupa su lugar junto a mí en las oraciones y os exhorta, lo mismo que yo, a tener un mismo sentir».

4 Así ocurrieron estas cosas. De la iglesia de Antioquía, al morir Serapión, recibió en sucesión el episcopado Asclepíades74, que también se había señalado por su confesión en el tiempo de la persecución.

5 Alejandro menciona también la institución de éste cuando escribe así a los antioquenos:
«Alejandro, siervo y prisionero de Jesucristo 75, a la bienaventurada iglesia de Antioquía: salud en el Señor. El Señor me hizo soportables y ligeras las cadenas cuando en el tiempo de mi encarcelamiento supe que, por providencia divina, se había confiado el episcopado de vuestra santa iglesia de Antioquía a Asclepíades, el más indicado por su merecimiento» 16.

6 Hace saber Alejandro que esta carta fue enviada por medio de Clemente; hacia el final escribe como sigue:
«Esta carta, queridos 77 hermanos míos, os la envío por el bienaventurado presbítero Clemente 78, varón virtuoso y probado, a quien vosotros ya conocéis también y a quien aprobaréis. En su estancia aquí, conforme a la providencia y supervisión del Dueño, ha consolidado y ha incrementado la Iglesia del Señor» 79.

Notas:

66 Cf. supra 8,7.

67 Cf. Chronic, ad annum 212: HELM, p.213. Alejandro, pues, pasó a obispo de Jerusalén el año 212-213. Es el primer caso conocido de traslado de un obispo a otra sede y de ejercicio del episcopado como coadjutor de otro obispo. Ambas situaciones serán excepción. El concilio de Nicea, canon 15, prohibirá los traslados, y la regla común era que en cada sede hubiese un solo obispo; cf. infra 43,11; San Cipriano, Epist. 49,2. Otra excepción cercana a la de Alejandro, infra VII 32,21.

68 Este género de visiones premonitoras en la elección de obispos es frecuente en los relatos hagiográficos de la antigüedad.

69 Por fin sabemos de dónde procedía Alejandro, aunque no su sede, posiblemente Cesarea de Capadocia (cf. San Gregorio de Nisa, Orat. in S. Greg. Thaumat. : PG 46,905).

70 También se trata del primer caso conocido de «peregrinación» a Jerusalén, aunque ya conocemos el precedente de Melitón de Sardes; cf. supra IV 26,14 nota 233. Sobre los motivos de estos viajes, cf. A. H. Harvey, Melito and Jerusalem: JTS 17 (1966) 401-404; en general, B. Koetting, Peregrinatio religiosa. Wallfahrten in der Antike und das Pilgerwesen in der alten Kirche (Munster 1950).

71 Cf. casos similares infra VII 32,5.21.

72 Habitantes de Antinoe o Antinópolis, fundada por Adriano en la orilla oriental del Nilo el año 122 (cf. supra IV 8,2); en ella había ya, por lo tanto, un núcleo de cristianos merecedores de la atención pastoral de Alejandro. La carta es posterior a 212-213.

73 En vida todavía el año 213, había muerto ya cuando, en 216, Orígenes visitó Palestina; cf. infra 19,16; si la cifra de la carta es exacta, tuvo que haber nacido en torno al año 100.

74 Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 211: HELM, p.213; por lo tanto, entre 211-212.

75 Cf. Flm 1.

76 La prisión de Alejandro comenzó el año duodécimo de Severo (cf. Chronic, ad annum 204: HELM, p.212), es decir, entre 204-205; la carta da a entender que ha estado en prisión hasta poco después de la elección de Asclepíades, en 211-212. Ya se trate de una prisión ininterrumpida o en dos etapas—la última al final del imperio de Severo—, en ambos casos hay dificultad, teniendo en cuenta la política religiosa general de este reinado. Posiblemente, los datos de Eusebio no son tan seguros como parecen. De todos modos, la carta debió de escribirla Alejandro todavía desde Capadocia.

77 κύριοι ἀδελφοί es, según los papiros, una fórmula epistolar de cortesía entre personas estrechamente relacionadas, en la que κύριος pierde todo su contenido referente a «señor», para cargarse de afectividad.

78 No es seguro que se trate de Clemente de Alejandría. Pero así parece indicarlo el pasaje de infra 14,8. En este caso, Clemente vivía todavía en 211-212 y estaba en condiciones de viajar de Capadocia a Antioquía, donde, al parecer, según la carta, ya le conocían.

79 Cf. Act 15,41. Esto parece indicar que Clemente había realizado un excelente trabajo pastoral en Capadocia, probablemente mientras la prisión de Alejandro.

Cap. 12
[De Serapión y de las obras que de él se conservan]

1 En cuanto al fruto de los afanes literarios de Serapión 80, es natural que se hayan conservado también otras obras entre otras personas, pero a nosotros no han llegado más que éstas: A Domno, uno que en tiempo de la persecución había caído de la fe de Cristo para dar en la superstición judía 81; y A Pondo y Carteo, varones eclesiásticos ambos 82, y otras cartas a otras personas;

2 y otro tratado que compuso Acerca del llamado Evangelio de Pedro 83; lo escribió refutando las falsedades que en éste se dicen, por causa de algunos de la iglesia de Rosos 84 que, con la excusa de la dicha Escritura, se habían desviado hacia enseñanzas heterodoxas. Bueno será ofrecer de este libro algunas sentencias en las cuales presenta él su opinión acerca de aquel libro; escribe así:

3 «Porque también nosotros, hermanos, aceptamos a Pedro y a los demás apóstoles como a Cristo 85, pero como hombres de experiencia que somos, rechazamos los falsos escritos que llevan sus nombres, pues sabemos que no se nos han transmitido semejantes escritos.

4 »Porque yo mismo, hallándome entre vosotros, suponía que todos os ateníais a la recta fe, y sin haber leído el Evangelio que ellos me presentaban con el nombre de Pedro, dije: 'si es sólo eso lo que parece apocaros, que se lea'. Mas ahora que me he enterado, por lo que me han dicho, de que su pensamiento se ocultaba en cierta herejía, me daré prisa por estar de nuevo con vosotros; de manera que, hermanos, esperadme en breve.

5 »Por lo que hace a nosotros, hermanos, hemos comprendido a qué herejía pertenecía Marciano 86, el cual se contradecía y no sabía lo que hablaba (lo aprenderéis por lo que os he escrito).

6 »Efectivamente, gracias a otros que practicaron este mismo Evangelio, es decir, gracias a los sucesores de los que lo iniciaron, a los cuales llamaremos docetas 87 (porque la mayor parte de su pensamiento pertenece a esta enseñanza), por habérnoslo prestado ellos, hemos podido leerlo detenidamente, y hemos hallado la mayor parte conforme a la recta doctrina del Salvador, pero también algunas cosas que se distinguen y que os hemos sometido»88. Esto sobre Serapión.

Notas:

80 Sobre él, cf. supra V 19; 22; VI 11,4.

81 Posiblemente, un judío converso que durante la persecución apostató y volvió a las prácticas judías.

82 Cf. supra V 19,1-2.

83 Hasta 1886-1887, en que se descubrió en Akhmîn, Alto Egipto, un largo fragmento de este Evangelio, había que atenerse sobre el mismo a la noticia de Serapión, recogida por Eusebio en este capítulo, aunque también fuera conocido por Melitón (cf. O. Perler, L'Évangile de Pierre et Méliton de Sardes: RB 71 [1964] 584-590). Véase L. Vaganay, L'Évangile de Pierre (Paris 1930); A. de Santos Otero, Los Évangelios apócrifos BAC 148 (Madrid 21963) P.375-393; cf. E. Junod, Eusèbe de Césarée, Sérapion d'Antioche et l'Evangile de Pierre: d'un évangile à un pseudépigraphique: Rivista di Storia e di letteratura religiosa 14 (1988) 3-16.

84 Dependiente de la Iglesia de Antioquía, en la costa del golfo de Iso.

85 Cf. Mt 10,40; Gál 4,14.

86 La versión armena lee Marción, pero sin razón suficiente. Marciano sería tal vez el cabecilla de los docetas de Rosos.

87 Todos están de acuerdo en ver en el Evangelio de Pedro tendencias docetistas. Los docetas a que Serapión se refiere —es la única vez que aparecen con este nombre en la HE de Eusebio— tienen ya cierta raigambre en aquella zona; cf. N. Brox, «Doketismus». Eine Problemanzeige: ZKG 95 (1984) 301-314.

88 Sobre las diversas interpretaciones de este fragmento, cf. L. Vaganay, o.c., p.3-11.

Cap. 13
[De las obras de Clemente]

1 De Clemente, en cambio, se han conservado entre nosotros los Stromateis, los ocho libros íntegros 89, a los que se dignó titular: De Tito Flavio Clemente, Stromateis de las Memorias gnósticas según la verdadera filosofía 90.

2 Y de igual número que éstos son sus libros titulados Hypotyposéis 91, en los cuales menciona expresamente a Panteno como maestro suyo y expone sus interpretaciones de las Escrituras y sus tradiciones.

3 Hay también de Clemente un Discurso a los griegos, El protréptico, y tres libros de la obra titulada El pedagogo; otro tratado suyo, el así titulado ¿Quién es el rico que se salva? 92, y el tratado Sobre la Pascua 93; y tratados Sobre el ayuno y Sobre la maledicencia, así como la Exhortación a la paciencia o A los recién bautizados, y el titulado Canon eclesiástico o Contra los judaizantes, que él dedicó al mencionado 94 obispo Alejandro.

4 Ahora bien, en los Stromateis se ha fabricado un tapiz 95 de citas no solamente de la divina Escritura, sino también de las obras de ios griegos, siempre que le parecía que también ellos habían dicho algo aprovechable. Y menciona las opiniones de la gente, a la vez que explica las de los griegos y las de los bárbaros 96;

5 y además enmienda las falsas opiniones de los heresiarcas, despliega una gran información y nos proporciona la base de una sabia y variada instrucción. Con todo esto mezcla también las opiniones de los filósofos, de donde probablemente se originó que incluso el título de los Stromateis se ajustase al tema.

6 En los mismos libros hace también uso de testimonios tomados de las Escrituras discutidas 97: de las llamadas Sabiduría de Salomón y Sabiduría de Jesús (hijo) de Sirac; de la Carta a los Hebreos, de las Cartas de Bernabé, de Clemente y de Judas;

7 y menciona el discurso de Taciano Contra los griegos 98 y también a Casiano 99 por haber compuesto una Cronografía, y además a los escritores judíos Filón 100, Aristóbulo 101, Josefo 102, Demetrio 103 y Eupólemo 104, por haber demostrado todos ellos en sus escritos que Moisés y el pueblo judío eran más antiguos que los orígenes de los griegos 105.

8 Y de muchísimas otras enseñanzas útiles están llenas las mencionadas obras de este hombre. En la primera de ellas declara acerca de sí mismo que está muy próximo de la sucesión de los apóstoles 106 y promete, en ella, escribir también un comentario del Génesis 107.

9 Y en su tratado Sobre la Pascua confiesa que ha sido compelido por sus compañeros a confiar a la escritura, en provecho de los que vengan después, las tradiciones que él tuvo la suerte de escuchar de boca de los antiguos presbíteros, y menciona a Melitón, a Ireneo y a algunos otros, de los cuales incluso cita pasajes.

Notas:

89 Lo que hoy se llama «libro VIII» parece más bien una serie de borradores sobre puntos desarrollados en el resto de la obra. Espléndida edición bilingüe del Stromata I, por M. Merino, en Fuentes Patrísticas, 7 (Madnd 1996).

90 Cf. sobre este título C. Mondésert, Clément d'Alexandrie. Les Stromates Stromat I: Sources Chrét.30 (Paris 1951) 6-11; A. Méhat/ Étude sur les 'Stromates' de Clément d'Alexandrie (Paris 1966) p.96-106.

91 O sea, bocetos, esquemas, diseños. Esta obra se ha perdido, exceptuados algunos fragmentos en griego conservados por Eusebio, por el Ps. Oikomenio, Juan Mosco, y algunos comentarios a las Cartas católicas, en una adaptación latina titulada Adumbrationes Clementis Alexandrini in Epistolas canonicas. Focio (Biblioth. cod. 109) todavía pudo leer el texto griego completo.

92 En realidad, una hermosa homilía sobre Mc 10,17ss. Un largo fragmento, supra III 23,6-19. Del Pedagogo tenemos ya una excelente edición bilingüe, también por M. Merino, en Fuentes Patrísticas, 5 (Madrid 1994).

93 Este y los que siguen se han perdido, con excepción de unos pocos fragmentos recogidos por Stählin.

94 Cf. supra 11.

95 Alusión al significado de Stromateis; cf. supra nota 90. Plutarco y Orígenes tienen también sus Stromateis (de Orígenes, infra 24,3).

96 Judíos y cristianos, seguramente; cf. P. Riutort, La pedagogía de Climent d'Alexandria (Diss. Doctor.) 2 vols. (Valencia 1985) espec. I p.110-170.

97 Cf. supra III 25.3-5.

98 Cf. supra IV 29,7.

99 Julio Casiano fue un escritor del siglo II, doceta y encratista, del que sólo sabemos lo que Clemente nos dice en sus Stromateis 1,21,101; 3,13,91; 14,94-95.

100 Cf. supra II 4,2-3; Clemente de Alejandría, Stromat. 1,15,72; 21,147; 22,150; 23,153-156.

101 Maestro de Tolomeo Filométor, según 2 Mac 1,10 (cf. también infra VII 32,16-17). Era un filósofo judeo-helenístico de la escuela peripatética; cf. Clemente de Alejandría, Stromat. 1,15,72; 22,150; Schwerer, 3 p.384-392.

102 Cf. supra III 9,1; Clemente de Alejandría, Stromat. 1,21,147.

103 También judeo-helenístico, escribe una obra titulada, según Clemente (Stromat. 1,21, 141 ), Sobre los reyes de Judea ; pone atención especial a la cronología; cf. Schuerer, 3 35.349-351.

104 De la obra de éste, también sobre los reyes judíos, Eusebio nos ha conservado un largo fragmento en PE 9,30-34,18; cf. Clemente de Alejandría, Stromat. 1,23,153-154; Schwerer, 3 p.351-354.

105 Este argumento de la apologética judía lo harán suyo también los apologistas cristianos.

106 Cf. Clemente de Alejandría, Stromat. I,II; supra V 11,2-5.

107 Cf. Clemente de Alejandría, Stromat. 3,14,95; 4.1.3; 6,18,168; pero nótese que, en el texto de Clemente, no aparece indicada así tal promesa.

Cap. 14
[De cuántas Escrituras hace mención Clemente]

1 En las Hypotyposeis, por decirlo en resumen, da Clemente unas explicaciones precisas de la Escritura testamentaria 108 entera, sin omitir los escritos discutidos, quiero decir, la Carta de Judas y las demás Cartas católicas, así como la Carta de Bernabé y el llamado Apocalipsis de Pedro 109.

2 Dice también que la Carta a los Hebreos es, ciertamente, de Pablo, pero que fue escrita en lengua hebrea para los hebreos, siendo Lucas quien la tradujo cuidadosamente y la editó para los griegos; de ahí que se encuentre el mismo colorido en el estilo de esta carta y en el de los Hechos 110.

3 Y añade que la expresión «Pablo apóstol»111 es natural que no esté escrita en el encabezamiento,
«porque—dice—como escribía a los hebreos, que tenían prevenciones contra él y de él sospechaban, con absoluta prudencia no quiso espantarlos ya en el comienzo poniendo su nombre».

4 Y un poco más abajo añade:
«Ahora bien, como decía el bienaventurado presbítero 112, puesto que el Señor, apóstol del Todopoderoso 113, fue enviado a los hebreos 114, Pablo, que lo había sido a los gentiles 115, por modestia no se intituló apóstol de los hebreos, y a la vez por deferencia para con el Señor y porque, a pesar de ser heraldo y apóstol de los gentiles 116, escribe, de añadidura, también a los hebreos una carta».

5 En los mismos libros 117 todavía ha insertado Clemente, acerca del orden de los Evangelios, una tradición recibida de los antiguos presbíteros 118, que es como sigue. Decía que de los Evangelios se escribieron primero los que contienen las genealogías 119;

6 que el Evangelio de Marcos tuvo el siguiente origen 120: hallándose Pedro en Roma predicando públicamente la doctrina y explicando el Evangelio por el Espíritu 121, los que estaban presentes—y eran muchos—exhortaron a Marcos, ya que le seguía desde hacía largo tiempo y se acordaba de lo que había dicho, a que lo pusiera por escrito. Después que lo hizo distribuyó el Evangelio a cuantos se lo pedían.

7 Y al enterarse Pedro, ni lo impidió ni lo estimuló. En cuanto a Juan, el último, sabedor de que lo corporal122 estaba ya expuesto en los Evangelios, estimulado por sus discípulos e inspirado por el soplo divino del Espíritu, compuso un Evangelio espiritual123. Esto refiere Clemente.

8 Y de nuevo el susodicho Alejandro 124, en cierta carta a Orígenes, hace a la vez mención de Clemente y de Panteno como de hombres conocidos suyos. Escribe así:
«Porque también esto fue—como sabes—voluntad de Dios 125 que la amistad 126 que provenía de nuestros padres permaneciera inviolable; es más, que fuera más cálida y más firme;

9 Defectivamente, reconocemos como padres a aquellos bienaventurados que nos han precedido en el camino y con los cuales estaremos dentro de poco: Panteno, el verdaderamente bienaventurado y señor, y el santo Clemente, que fue mi señor y me ayudó, y algún otro igual, si lo hay. Por medio de ellos te conocí a ti 127, que en todo eres el mejor y señor y hermano mío».
Y así están las cosas.

10 En cuanto a Adamancio (que también este nombre tenía Orígenes) 128, él mismo escribe en alguna parte que residió en Roma por el tiempo en que Zeferino estaba al frente de la iglesia de los romanos. Dice: «Deseando ver la antiquísima iglesia de los romanos...» 129 Después de pasar allí muy poco tiempo,

11 regresó a Alejandría, y allí continuaba cumpliendo con toda su diligencia las tareas acostumbradas de instrucción catequética. Demetrio, obispo del lugar, por entonces todavía le animaba y casi le suplicaba que fuera diligente en aprovechar a sus hermanos.

Notas:

108 Canónica.

109 Cf. supra III 3,2; 25,1-6; J. Ruwet, Clément d'Alexandrie, Canon des Écritures et Apocryphes: Bíblica 29 (1948) 77-99.240-268.

110 La historia y discusión de esta teoría, hoy abandonada, en C. Spicq, L'Êpttre aux Hébreux. I. Introduction (Paris 1952) p.370-378.

111 Cf. 2 Cor 1,1; Gál 1,1, etc.

112 Pudiera tratarse de Panteno (cf. supra V 11,4), pero no es seguro.

113 Cf. Mt 15,24.

114 Cf. Heb 3,1.

115 Cf. Act 22,21.

116 Cf. 1 Tim 2,7; 2 Tim 1,11; Rom 11,13.

117 Cf. supra II 15,2.

118 Los primitivos, no los maestros de Clemente. El texto que va a parafrasear no se conserva.

119 Es decir, Mt y Lc, que, según esto, serían anteriores a Marcos; hoy está bien establecido que el orden es inverso.

120 El pasaje que sigue tiene un extraordinario parecido con el de Papías, citado supra III 39,15, aunque también contiene diferencias notables. Quizás Clemente utiliza una fuente distinta, bien que no independiente de la de Papías; cf. también supra II 15,2. Otro texto de Clemente, traducido al latín, en Adumbrationes in Epistuiam Petri primam 5,13: ed. Stählin, t.3 p.206.

121 Expresión importante para la doctrina de la inspiración en la Escritura; cf. también infra § 7.

122 La contraposición «corporal-espiritual» aplicada a los Evangelios es propia de Clemente.

123 Aunque expone por qué Juan escribió su Evangelio: para equilibrar «lo corporal» con «lo espiritual» (cf. supra III 24,7-13, otro motivo referido por Eusebio), Clemente, acérrimo partidario de la superioridad de la enseñanza oral sobre la escrita, insiste en que lo mismo Juan que Marcos se vieron «obligados» a escribir.

124 Cf. supra 11.

125 Cf. 1 Tes 4,3.

126 Más que trato personal, significa el hecho de tener los mismos maestros y guardar la misma enseñanza. El maestro es «el padre», idea muy clementina.

127 Alejandro y Orígenes han tenido los mismos «padres» espirituales, pero eso no significa que hayan sido condiscípulos; Orígenes, por su edad, es casi seguro que no ha podido ser discípulo de Panteno. En cuanto a Clemente, cf. supra 6.

128 Para Eusebio, Adamando es un segundo nombre de Orígenes. San Epifanio (Haer. 64, 1) lo considera un apodo, lo mismo, según parece, que San Jerónimo (De vir. ill. 54; Epist. 33,4) y más tarde Focio (Biblioth. cod. 118). La razón que dan aclara muy poco sobre su origen.

129 Esta visita a Roma bajo Zeferino (199-217), inspirada sin duda por ei prestigio y autoridad de aquella iglesia, debió de tener lugar hacia 212, de manera que pudo muy bien escuchar la predicación de Hipólito, como informa San Jerónimo (De vir. ill. 61).

Cap. 15
[De Heraclas]

Pero cuando Orígenes vio que él solo no se bastaba para un estudio más profundo de los misterios divinos, para la investigación e interpretación de las Sagradas Escrituras y, además, para la instrucción catequética de los que a él se acercaban y que ni respirar le dejaban, acudiendo unos tras otros a la escuela desde la aurora hasta el anochecer, dividió las muchedumbres, escogió entre sus discípulos a Heraclas 130, varón celoso en las cosas de Dios y, por lo demás, muy erudito y no desprovisto de filosofía, y lo constituyó socio suyo en la instrucción catequética. Y le encargó la primera iniciación de los recién admitidos, reservando para sí la instrucción de los ya experimentados.

Notas:

130 Cf. supra 3,2; según San Jerónimo (De vir. til. 54), por este tiempo era ya Heraclas presbítero. Orígenes le deja prácticamente la dirección de la escuela catequética propiamente dicha, para dedicarse a una enseñanza superior, dando así origen, como dijimos, a la verdadera Escuela de Alejandría; cf. supra 6; R. Cadiou, La jeunesse d'Origène. Histoire de l'Êcole d'Alexandrie au début du IIIe siècle (Paris 1935) p.68-82.

Cap. 16
[De cómo Orígenes se había ocupado afanosamente de las Divinas Escrituras]

1 Y tan cuidadosa era la investigación que Orígenes hacía de las palabras divinas, que incluso aprendió la lengua hebrea 131, adquirió en propiedad las Escrituras originales, conservadas entre los judíos con los propios caracteres hebreos, y siguió la pista de las ediciones de otros traductores de las Sagradas Escrituras, aparte de los Setenta. Además de las traducciones trilladas y alternantes 132 de Aquila 133, de Símaco 134 y de Teodoción, descubrió algunas otras que, tras seguir su rastro, sacó a la luz, yo no sé de qué escondrijos, donde antes se ocultaban desde antiguo.

2 Respecto de éstas, por su oscuridad y por no saber él de quiénes eran, solamente indicó lo siguiente: a saber, que una la encontró en Nicópolis, cerca de Accio 135, y la otra en otro lugar parecido.

3 En las Hexaplas de los Salmos, al menos, después de las cuatro ediciones conocidas, no sólo puso una quinta traducción, sino incluso una sexta y una séptima; sobre una de ellas está indicado que fue hallada en Jericó, dentro de un jarro 136, en tiempos de Antonino 137, el hijo de Severo.

4 Todas estas traducciones las reunió en un solo cuerpo, las dividió en miembros de frase y las colocó unas frente a otras, junto con el texto mismo hebreo, dejándonos así la copia de las llamadas Hexaplas 138. Aparte, preparó la edición de Aquila, Símaco y Teodoción, junto con la de los Setenta, en las Tetraplas 139.

Notas:

131 Es, de los Padres, el más antiguo, que sepamos, en aprender hebreo. Sin embargo, no es muy seguro que llegara a dominarlo.

132 Es decir, que se sucedían unas a otras (cf. un uso parecido infra VIII 9,3); quizás Eusebio quería indicar que se trataba de versiones parciales y que sólo utilizando alternativamente las tres, según los libros, se tenia todo el AT en griego.

133 El primero en mencionar la traducción de Aquila, junto con la de Teodoción, es San Ireneo (Adv. haer. 3.21,1, citado supra V 8,10). Para las tres versiones aquí mentadas sigue siendo fundamental la obra de H. B. Swete (An Introduction to the Old Testament in Greek [Cambridge 1900] p.29ss).

134 Cf. infra 17.

135 Augusto había fundado Nicópolis para conmemorar su victoria de Accio del 2 de septiembre del 31 a.C.

136 Por las circunstancias aquí indicadas, se ha considerado este hallazgo como el primer precedente conocido de los grandes descubrimientos que se inician en el invierno de 1946 en Qumrân; cf. A. González-Lamadrid, Los descubrimientos del mar Muerto. Balance de 25 años de hallazgos y estudios: BAC 317 (Madrid 1971) p.98ss.

137 Caracalla.

138 Cf. E. Schwartz, Zur Geschichte der Hexapla: Gesammelte Schriften t.5 (Berlin 1963) 183-191. B. Hemmerdinger (Les Hexaples et saint Irénée: VigCh 16 [1962] 19-20) pone en tela de juicio todo el relato de Eusebio; supone que ya Ireneo, antes que Orígenes, había utilizado las Hexaplas para el AT. Cf., sin embargo, J. M. van Cangh, Nouveaux fragments hexaplaires. Commentaire sur Isaîe d'Eusèbe de Césarée (Cod. Laur. Plut. XI,4) : RB 78 (1971) 384-390.

139 Cf. O. Procksch, Tetraplariche Studien: ZNWKAK 53 (i935) 240-269; 54 (1936) 61-90.

Cap. 17
[Del traductor Símaco]

Por lo menos en lo tocante a estos mismos traductores, debe saberse que Símaco fue ebionita. La herejía, así llamada de los ebionitas, es la de los que afirman que Cristo nació de José y de María, creen que fue puro hombre y se empeñan en que es necesario guardar la ley más al modo judío, según lo que ya sabemos por lo referido anteriormente 140. Y todavía hoy se conservan Comentarios 141 de Símaco, en los cuales parece querer confirmar la mencionada herejía, explicándose largamente a costa del Evangelio de Mateo. Orígenes declara que estos escritos, junto con otras interpretaciones de Símaco sobre las Escrituras, los recibió de una tal Juliana, quien, a su vez, dice, había heredado los libros del mismo Símaco 142.

Notas:

140 Cf. supra III 27,1-2.

141 Comentarios, apostillas o glosas para explicar los textos difíciles; cf. H. J. Schoeps, Theologie und Geschichte des Judenchristentums (Tubinga 1949) p.369-70.

142 Según Paladio (Hist. Laus. 64), Juliana era de Cesarea de Capadocia, y en su casa se había ocultado Orígenes. El escrito en que éste había anotado de su puño y letra el origen no debía de ser la versión del AT de Símaco—ya utilizada en Alejandría—, sino sus Comentarios al Evangelio de San Mateo.

Cap. 18
[De Ambrosio]

1 Por esta época, también Ambrosio, que tenía las opiniones de la herejía de Valentín 143, convencido por la verdad presentada por Orígenes y como si una luz le hubiera iluminado la mente, dio su asentimiento a la doctrina de la ortodoxia eclesiástica.

2 Y muchas otras gentes instruidas, al extenderse a todas partes la fama de Orígenes, acudían también a él con el fin de experimentar la pericia de este hombre en las doctrinas sagradas. Y miles de herejes y no pocos filósofos de los más señalados se adherían a él con afán, y él los instruía no sólo en las cosas divinas, sino incluso en la filosofía de fuera 144.

3 Efectivamente, a cuantos veía bien dotados naturalmente, los iniciaba en los conocimientos filosóficos, dándoles geometría, aritmética y las otras disciplinas preliminares, guiándolos por las sectas existentes entre los filósofos, explicando minuciosamente las obras de éstos y comentando y examinando a cada uno; de manera que, incluso entre los mismos griegos, se le proclamaba como gran filósofo.

4 Y a muchos, incluso de los menos preparados, los iniciaba en las disciplinas cíclicas, declarando que por ellas tendrían no pequeña capacitación para el examen y preparación de las divinas Escrituras; de ahí que considerase necesario, sobre todo para sí mismo, el ejercitarse en las disciplinas mundanas y en las filosóficas 145.

Notas:

143 Sobre la persona de Ambrosio y su papel en la obra de Orígenes, cf. R. Cadiou, o.e., p.80-82. Según Eusebio, pues, fue valentiniano. San Jerónimo (Dei vir. ill. 56) le hace marcionita; San Epifanio (Haer. 64,3) le supone marcionita o sabeliano. Orígenes (In loan, comm. 5 prol.8) dice simplemente que «se había entregado a doctrinas de las que luego se apartó», sin especificar más.

144 Cf. supra 3,8.

145 El mejor comentario de estos dos últimos párrafos es di Discurso de acción de gracias que San Gregorio Taumaturgo dirigió a su maestro Orígenes como despedida (trad, castellana de D. Ruiz Bueno, Orígenes. Contra Celso: BAC 271 [Madrid 1967] apénd.1 p.587-615; véase especialmente p.596ss; más reciente, la de M. Merino: Gregorio Taumaturgo, Elogio del maestro cristiano. Discurso de agradecimiento a Orígenes — Biblioteca de Patrística, 19 [Madrid 1990]). Sobre su importancia para la historia de los estudios en la antigüedad, cf. H. I. Marrou, Histoire de l'éducation dans l'antiquité (París 1948) p.257ss.

Cap. 19
[Cuántas cosas se mencionan sobre Orígenes]

1 Testigos también de su éxito en estos estudios son, de los mismos griegos, aquellos filósofos que florecieron en su tiempo y en cuyas obras encontramos mencionado a este hombre muchas veces, unas porque le dedican sus propias obras, y otras porque le someten el fruto de sus propios trabajos, como a su maestro, para que los juzgue.

2 Mas ¿qué necesidad hay de decir esto cuando el mismo Porfirio, nuestro contemporáneo, establecido en Sicilia, ha compuesto unas obras contra nosotros 146, intentando con ellas calumniar a las Sagradas Escrituras y menciona a los que las han interpretado? No pudiendo en modo alguno cargar la menor acusación a cuenta de nuestras doctrinas y falto de razones, se vuelve contra los mismos intérpretes para injuriarlos y calumniarlos, y más especialmente a Orígenes.

3 A éste dice que lo conoció en su primera juventud y trata de calumniarlo. Sin embargo, lo que realmente hace es recomendarlo sin saberlo, bien diciendo la verdad allí donde no le era posible decir otra cosa, bien mintiendo en lo que pensaba que pasaría inadvertido, y entonces, unas veces lo acusa de cristiano, y otras describe su entrega a las ciencias filosóficas.

4 Escucha, pues, lo que dice textualmente:
«Algunos, en su afán de hallar, no el abandono, sino una explicación de la perversidad de las Escrituras judaicas, se han entregado a unas interpretaciones que son incompatibles y están en desacuerdo con lo escrito, por lo que ofrecen, más que una apología en favor de lo extraño, la aceptación y alabanza de lo propio. Efectivamente, las cosas que en Moisés están dichas con claridad, ellos alardean de que son enigmas y les dan un aire divino, como de oráculos llenos de ocultos misterios, y después de hechizar con el humo de su orgullo la facultad crítica del alma, llevan a cabo sus interpretaciones»147.

5 Después, tras algunas otras cosas, dice:
«Pero este género de absurdo lo han recibido de aquel varón a quien yo también traté siendo todavía muy joven, que tuvo enorme reputación y que aún la tiene por los escritos que dejó, de Orígenes, digo, cuya gloria se ha esparcido ampliamente entre los maestros de estas doctrinas.

6 »Efectivamente, habiendo sido oyente de Ammonio 148, el cual en nuestros tiempos ha sido el que más ha progresado en filosofía, llegó a adquirir de su maestro un gran aprovechamiento para el dominio de las ciencias, pero en lo que atañe a la recta orientación de la vida emprendió un camino contrario al de Ammonio.

7 »Efectivamente, Ammonio era cristiano y sus padres lo educaron en las doctrinas cristianas, pero cuando entró en contacto con el pensar y la filosofía, inmediatamente se convirtió a un género de vida conforme a las leyes 149. Orígenes, en cambio, griego y educado en las doctrinas griegas 150, vino a dar en la temeridad propia de los bárbaros. Dándose a ellas se corrompió él y corrompió su dominio de las ciencias. En cuanto a su vida, vivía como cristiano y en contra de las leyes. Por lo que hace a sus opiniones acerca de las cosas y de la divinidad, pensaba como griego e introducía lo griego en las fábulas extranjeras.

8 »Porque él vivía en trato continuo con Platón y frecuentaba las obras de Numenio, de Cronio, de Apolófanes, de Longino, de Moderato, de Nicómaco y de los autores más conspicuos de los pitagóricos 151. También usaba los libros del estoico Queremón y de Cornuto 152. Por ellos conoció él la interpretación alegórica de los misterios de los griegos y la acomodó a las Escrituras judías».

9 Esto dice Porfirio en el libro tercero de los que él escribió Contra los cristianos. Dice la verdad en lo que atañe a la educación y a la múltiple sabiduría de Orígenes, pero miente claramente (¿por qué no había de hacerlo el adversario de los cristianos?) al afirmar que éste se convirtió de las doctrinas griegas, mientras que Ammonio había caído en un género de vida gentil desde una vida conforme a la religión.

10 Efectivamente, Orígenes conservó vivas las enseñanzas cristianas que venían de sus padres, como lo demuestran los pasajes precedentes de esta historia, y Ammonio mantuvo con firmeza puros e intachables, incluso hasta el último fin de su vida, los principios de la filosofía inspirada, como asimismo lo atestiguan de alguna manera hasta hoy los trabajos de este hombre, famoso entre la mayoría por los escritos que dejó, como, por ejemplo, el titulado De la armonía entre Moisés y Jesús, y todos los otros que se encuentran en poder de los amantes del saber 153.

11 Lo que venimos diciendo queda, pues, ahí para prueba de la calumnia de este mentiroso, y a la vez del múltiple saber de Orígenes en las ciencias de los griegos, saber del que él mismo escribe en una carta defendiéndose contra algunos que le acusaban de su celo por aquellas ciencias:

12 «Mas, como quiera que yo me daba a la doctrina, y la fama de nuestra capacidad se iba esparciendo, y se me acercaban ora herejes, ora de los que provenían de ciencias griegas, sobre todo filósofos, me determiné a examinar las opiniones de los herejes y cuanto proclaman los filósofos acerca de la verdad.

13 »Esto lo hemos hecho imitando a Panteno 154, aquel varón que antes que nosotros a tantos ayudó y que poseyó no pequeña preparación en aquellas ciencias, y también a Heraclas 155, que ahora ocupa un puesto en el presbiterio de Alejandría y a quien yo hallé junto al maestro de las disciplinas filosóficas 156, con el cual había ya permanecido él cinco años, antes de que yo comenzase a escuchar sus lecciones.

14 «Por causa del maestro se despojó del vestido corriente que antes usaba y adoptó el uniforme de los filósofos, que aún conserva hasta hoy 157, y no cesa de estudiar en los libros de los griegos todo lo que puede».
Esto es lo que dice Orígenes en defensa de su ejercitación en la literatura griega.

15 En este tiempo, hallándose él de asiento en Alejandría, se le presentó un soldado que entregó sendas cartas a Demetrio, el obispo de la comunidad, y al gobernador de Egipto de entonces, de parte del gobernador de Arabia 158, con el fin de que a toda prisa enviaran a Orígenes para que se entrevistase con él. Y Orígenes llegó a Arabia. Pero no mucho después, cumplido el objeto de su ida 159, regresó otra vez a Alejandría.

16 Pero entretanto estalló de nuevo en la ciudad no pequeña guerra 160, y Orígenes, saliendo ocultamente de Alejandría 161, marchó a Palestina y residió en Cesarea. Aquí los obispos le pidieron que tuviese conferencias e interpretase las divinas Escrituras públicamente en la iglesia, a pesar de que todavía no había recibido la ordenación de presbítero.

17 Que esto fuera así lo declaran las palabras de Alejandro, el obispo de Jerusalén 162, y Teoctisto, el de Cesarea, quienes, escribiendo sobre Demetrio, se defienden como sigue:
«Añade en su carta 163 que esto jamás se oyó, ni ahora se hace, el que prediquen laicos estando presentes los obispos. Yo no sé cómo dice lo que evidentemente no es verdad,

18 »porque dondequiera que se encuentran hombres con capacidad para aprovechar a los hermanos, los santos obispos les invitan a predicar al pueblo. Como invitaron nuestros bienaventurados hermanos: Neón a Evelpis en Laranda, Celso a Paulino en Iconio y Atico a Teodoro en Sínade 164. Es probable que también en otros lugares ocurra igual, sin que nosotros lo sepamos».
Así es como el mencionado varón, aunque joven todavía, era honrado no solamente por los compatriotas, sino también por los obispos del extranjero 165.

19 Ahora bien, cuando Demetrio le llamó de nuevo por carta y le urgió por medio de diáconos de su iglesia para que regresara a Alejandría, después de llegar, continuó cumpliendo las tareas acostumbradas.

Notas:

146 La obra de Porfirio en 15 libros Contra los cristianos se ha perdido, lo mismo que las respuestas que suscitó. Los pocos fragmentos salvados los editó A. Harnack (Porphyrius «Gegen die Christen» 15 Bücher. Zeugnisse, Fragmente und Referate: Abhandl. der preuss. Akad. d. Wiss. philos. histor. Klasse [Berlin 1916]; Id. Neue Fragmente des Werkes des Porphyrius gegen die Christen: Sitzungberichte d. preuss. Akad. [Berlin 1921] p.266-284). Cf. P. de Labriolle, La réaction païenne. Étude sur la polémique antichrétienne du Ie au VIe siècle (Paris 1942) p.223-96. Sobre el conocimiento que de Porfirio tuvo Eusebio, cf. Sirinelli, p.28. En general, J. M. Demarolle, La chrétienté à la fin du III. siècle et Porphyre: Greek, Roman and Byzantine Studies 12 (1971) 49-57.

147 Cf. J. M. Caballero Cuesta, Orígenes, intérprete de la Sagrada Escritura: Publicaciones del Seminario Metropolitano de Burgos, ser. C 5 (Burgos 1956); C. W. Macleod, Allegory and mysticism in Origen and Gregory of Nyssa: JTS 22 (1971) 362-379. Porfirio ataca, sobre todo, el alegorismo de Orígenes en la interpretación de la Escritura, que achaca a sus lecturas de Queremón y de Cornuto (infra § 8), a pesar de que él mismo no tiene escrúpulo en aplicar el mismo método, como lo prueba su obra La gruta de las ninfas en la Odisea. Cornent, de Odis. 13,102-112 (cf. trad, y comentario de esta obrita, por A. Barcenilla: Perficit, 2ª ser. 1 [1968] 403-431).

148 Ammonio Saccas, el maestro de Longino y de Plotino, como lo había sido también de Heraclas; cf. R. Cadiou, o.e., p.231-240; E. Elorduy, Ammonio en las Catenas: EE 44 (1969) 383-432; W. Theiler, Ammonios der Lehrer des Orígenes: Forschungen zum Neoplatonismus; Quellen und Sudien zur Geschichte der Philosophie 10 (Berlin 1966) 1-45; K. O. Weber, Orígenes der Neoplatoniker. Versuch einer Interpretation: Zetemata 27 (Munich 1962) 51-161; M. Edwards, Ammonius, teacher of Origen: The Journal of Ecclesiastical History 44 (1993) 169-181; H. Crouzel, Origène et Plotin. Comparaizons doctrinales (Paris 1991).

149 No es posible determinar hasta qué punto es cierta la afirmación del cristianismo de Ammonio, el fundador del neoplatonismo. En todo caso, Eusebio contradice a Porfirio en lo referente a su apostasla, aceptando lo demás; cf. infra § 10.

150 «Griego» por oposición a «bárbaro»; en términos cristianos sería «pagano» y «doctrinas paganas». Muchos han visto aquí la afirmación de que Orígenes se convirtió del paganismo al cristianismo. Esto no sólo contradice a todo lo demás que sabemos sobre Orígenes (cf. infra § 9-10), sino que incluso es inexacto si se examina bien la expresión de Porfirio; cf. R. Cadiou, o.c., p.233.

151 Sobre estos filósofos, cf. E. Zeller, Die Philosophie der Griechen, 3ª parte, secc. 2 (Leipzig 31923) p.114-143; G. Fraile, Historia de la Filosofía, t.1: BAC 160 (Madrid 1956) p.683-690.

152 L. Anneo Cornuto, maestro de Lucano, y estoico, como Queremón.

153 En su fogosa réplica a Porfirio, Eusebio va demasiado lejos en la afirmación del cristianismo de Ammonio ; no hay duda de que aquí le confunde con un homónimo escritor cristiano, autor de la obra titulada De la armonía entre Moisés y Jesús (quizas el obispo de Tmuis).

154 Cf. supra V 10; no dice que Panteno haya sido su maestro.

155 Cf. supra 3,2.

156 Ammonio Saccas, cf. supra § 6. Orígenes trata de escudarse en la conducta de Heraclas, presbítero a la sazón de la iglesia de Alejandría.

157 Heraclas, presbítero, conserva el manto de filósofo.

158 Transjordania y Arabia Pétrea, que formaban la provincia romana de Arabia, cuya capital era Bostra. El gobernador se dirige al obispo de Alejandría y al gobernador de Egipto, reconociendo así el orden jerárquico, no sólo el civil, sino también el eclesiástico.

159 Ignoramos por completo cuál fue este objeto.

160 Posiblemente, el levantamiento de Alejandría y la sangrienta represión de Caracalla, en 215. Este dato nos proporcionaría la fecha del primer viaje de Orígenes a Palestina.

161 Las variantes de los Mss. y versiones acusan cierto afán de disculpar esta huida de Orígenes. Lo más probable es que se vio forzado a ella; cf. Nautin, Orig. p.54-55.

162 Parece que Alejandro regía solo la iglesia de Jerusalén; seguramente Narciso había muerto ya; cf. supra 11,1.

163 Demetrio, pues, había protestado por carta de la iniciativa tomada por Alejandro y Teoctisto. Fuera de Palestina, y quizás de Asia Menor, el hecho no era corriente; en Alejandría resultaba «inaudito».

164 Laranda e Iconio, en Licaonia; Sínade, en la región montañosa de Frigia. De los personajes nombrados no sabemos más.

165 La amistad iniciada con Alejandro y Teoctisto sería constante.

Cap. 20
[Cuántas obras subsisten de los hombres de entonces]

1 Florecían en esta época muchos varones elocuentes y eclesiásticos, cuyas cartas, que mutuamente se escribían, todavía hoy se conservan y son fáciles de hallar. También se han preservado hasta nuestros días en la biblioteca de Elia 166, formada por Alejandro, que por entonces regía la iglesia de allí, y en la cual también nosotros hemos podido reunir personalmente el material para la presente obra.

2 Entre ellos, Berilo dejó también, junto con las cartas, diferentes y bellos escritos; era obispo de los árabes en Bostra 161. Y lo mismo Hipólito, que probablemente presidía también otra iglesia 168.

3 También ha llegado hasta nosotros de Cayo, varón sapientísimo, un Diálogo compuesto en Roma, en tiempos de Ceferino, contra Proclo, defensor de la herejía catafriga 169. En este Diálogo, al poner freno a los contrarios en su propensión y atrevimiento a componer nuevas escrituras 170, solamente hace mención de las trece Cartas del santo Apóstol y no enumera con las demás la Carta a los Hebreos, pues incluso hasta hoy algunos romanos piensan que no es del Apóstol 171

Notas:

166 Sobre Elia, cf. supra IV 6,4. La biblioteca de Jerusalén es la biblioteca cristiana más antigua con fechas ciertas. Eusebio da a entender que en ella encontró los escritos de Berilo, Hipólito y Cayo; cf. C. Wendel, Bibliothek: RAC t.2 (1952) 247-248.

167 Cf. infra 33. Chronic, ad annum 228: HELM, p.215.

168 Eusebio, mal enterado de las cosas de Occidente, no sabe de qué iglesia era obispo Hipólito. Pero San Jerónimo, buen conocedor de la misma Roma, no logró tampoco saber ese dato (cf. De vir. ill. 61). L. M. Froidevaux (Les «Questions et Réponses sur la Saint Trinité* attribuées à Hippolyte, évêque de Bostra: RSR 50 [1962] 32-73) identifica al Hipólito del presente pasaje con un obispo homónimo de Bostra, al que se atribuye un fragmento, conservado en armenio, en la colección anticalcedonense de los siglos VII-VIII, titulado El sello de la fe.

169 Cf. supra II 25,6-7; III 28,1-2; 31,4; Labriolle, La crise p.278-89.

170 Sin duda, más que de Escrituras nuevas se trata de los oráculos de los profetas montanistas, oráculos que gozaban en la secta de la misma consideración que los libros canónicos.

171 Cf. supra III 3,5.

Cap. 21
[Cuántos obispos eran célebres en aquellos tiempos]

1 Mas habiendo reinado Antonino siete años y seis meses, le sucedió Macrino 172. Este se mantuvo un año, y de nuevo recibió el principado de los romanos otro Antonino 173. En su primer año murió el obispo de los romanos Zeferino, tras haber ejercido el ministerio por espacio de dieciocho años completos. Después de él se confía el episcopado a Calixto 174, que vivió todavía cinco años y dejó el ministerio a Urbano 175.

2 Después de esto, no habiéndose mantenido Antonino más que cuatro años, le sucedió como emperador Alejandro en el principado de los romanos 176. En este tiempo también, Fileto sucede a Asclepíades en la iglesia de Antioquía 177.

3 Ahora bien, la madre del emperador, llamada Mamea, mujer piadosísima como ninguna, al resonar por todas partes la fama de Orígenes hasta el punto de llegar a sus oídos, puso todo su empeño en ser considerada digna de contemplar a este hombre y experimentar su inteligencia de las cosas de Dios por todos admirada.

4 Así, pues, hallándose ella en Antioquía, le mandó comparecer escoltado por soldados. Pasó junto a ella algún tiempo y, después de exponer el mayor número de cosas posible, para gloria del Señor y de la virtud de la enseñanza divina, se apresuró a reanudar sus tareas acostumbradas 178.

Notas:

172 Cf. supra 8,7. Caracalla fue asesinado el 8 de abril de 217, y le sucedió el prefecto del pretorio Macrino, uno de los conspiradores; cf. Eusebio, Chronic, ad annum 217-218: HELM, p.213; K. Bihlmeyer, Die syrischen Kaiser zu Rom (211-235) und das Christentum (Rotenburgo 1916) p.26.

173 Este otro «Antonino» es Marco Aurelio Antonino, nombre que tomó al apoderarse del imperio, el 16 de junio de 218, el vencedor y asesino de Macrino, Vario Avito. Se le conoce más por Heliogábalo de Emesa, por ser sacerdote del dios sol de Emesa; cf. Eusebio, Chronic, ad annum 218-219: HELM, p.214; E. Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire, t.I (Nueva York, s.a.) p. 123ss; K. Bihlmeyer, o.c., p.48ss.

174 Cf. Chronic, ad annum 220: HELM, p.214. Tanto la muerte de Ceferino como la entronización de Calixto ocurren, de hecho, en 217.

175 Cf. Chronic, ad annum 225: HELM, p.215. Muerto Calixto, Urbano es entronizado el 222; cf. K. Bihlmeyer, o c., p. 158-160.

176 Heliogábalo caía asesinado el 11 de marzo de 222, y le sucedía su joven primo Marco Aurelio Severo Alejandro (antes Gesio Basiano), cuya madre, Julia Mamea, será la que realmente regirá el Imperio; cf. Eusebio, Chronic, ad annum 222: HELM, p.214; cf. L. Homo, Nueva Historia de Roma (Barcelona 1943) p.34Óss; E. Dal Covolo, La política religiosa di Alessandro Severo. Per una valutazione dei rapporti tra l'último dei Severi e i Cristiani: Salesianum 49 (1987) 359-375.

177 Cf. Chronic. ad annum 218: HELM, p.214.

178 Cf. R. Cadiou, o.c., p.335-338; K. Bihlmeyer, o.c., p.138-149.

Cap. 22
[Cuántas obras de Hipólito llegaron hasta nosotros]

Fue entonces precisamente cuando Hipólito 179 compuso también, junto con muchos otros comentarios, la obra Sobre la Pascua, en la cual expone una relación de los tiempos, propone cierta regla de un ciclo de dieciséis años para la Pascua y fija como límite de los tiempos el primer año del emperador Alejandro 180. De las demás obras suyas, las que han llegado hasta nosotros son las siguientes: Sobre el Hexámeron, Sobre lo que sigue al Hexámeron, Contra Marción, Sobre el Cantar, Sobre partes de Ezequiel, Sobre la Pascua 181, Contra todas las herejías 182 y muchísimas otras que podrías encontrar conservadas en muchos lugares 183.

Notas:

179 Eusebio no lo presenta como distinto del nombrado supra 20,2. Por las obras que cita de él, se trata del conocido como Hipólito de Roma, personaje todavía muy enigmático; cf. J. Quasten, Patrología, t.I: BAC 206 (Madrid 1961) p.452-494 (ofrece abundante bibliografía).

180 El cómputo comienza, pues, el año 222; cf. M. Richard, Comput et chronographie chez saint Hippolyte: Mélanges de science religieuse 7 (1950) 237-268; 8 (1951) 19-50; Id., Encore les problèmes d'Hippolyte: ibid., 10 (1953) 13-52; 145-180; Id., Notes sur le comput de cent-douze ans: Revue des Études byzantines 24 (1966: Mélanges Venance GRLJMEL, I) 257-277; A. van de Vyver, L'évolution du comput alexandrin et romain du IIIe au Ve siècle: RHE 52 (1957) 5-19.

181 Seguramente, la misma obra que ha mencionado arriba, para destacar un aspecto de la misma.

182 Probablemente, el Syntagma, perdido (Focio [Biblioth. cod. 121] aún lo vio), más bien que la Refutatio omnium haeresum, bastante posterior; de haber conocido ésta Eusebio, se habría aprovechado del valioso material que contiene.

183 Eusebio parece limitarse a enumerar las obras que halló en la biblioteca de Elia (cf. supra 20,1-2), sin pretender más. Cf. P. Nautin, Notes sur le cathalogue des oeuvres d'Hippolyte : RSR 34 (1947) 99-107.347-359; el mismo autor, en su obra Le dossier d'Hippolyte et de Méliton dans les florilèges dogmatiques et chez les historiens modernes: Patrística 1 (Paris 1953) 127-29, que da en apéndice las 16 obras que considera auténticas.

Cap. 23
[Del celo de Orígenes y cómo fue estimado digno del presbiterado eclesiástico]

1 A partir de entonces comenzó también Orígenes sus Comentarios a las divinas Escrituras 184. Fue Ambrosio 185 quien le instigó, y no solamente con cuantos ánimos y exhortaciones podía de palabra, sino también con abundantísimas subvenciones para todo lo necesario.

2 Efectivamente, cuando dictaba, tenía a mano más de siete taquígrafos, que se relevaban cada cierto tiempo ya fijado, un número no menor de copistas y también algunas jóvenes prácticas en caligrafía186. Lo necesario para todos ellos lo proporcionaba Ambrosio en gran abundancia. Más todavía, contribuyó con celo indecible al estudio afanoso de los divinos oráculos y con ello empujaba a Orígenes a componer los Comentarios.

3 Mientras esto ocurría así, Ponciano sucedía a Urbano, que había sido obispo de la iglesia de Roma durante ocho años 187, y Zebeno a Fileto, en la de Antioquía 188.

4 Por este tiempo 189, Orígenes, yendo a Grecia por Palestina, a causa de unos asuntos eclesiásticos de urgente necesidad 190, en Cesarea recibe de los obispos de la región la ordenación del presbiterado 191. La agitación que sobre él se levantó por este motivo y las decisiones tomadas por los prelados de las iglesias sobre esas agitaciones, así como también todo lo demás con que Orígenes en su plena madurez contribuyó en lo que toca a la doctrina divina, puesto que necesita una obra especial, lo hemos descrito en su justa medida en el libro segundo de la Apología que en defensa suya hemos compuesto 192.

Notas:

184 Seguramente había comenzado antes, pero Eusebio señala el 222 como fecha de inicio de los grandes comentarios exegéticos (cf. infra 24), realizados o empezados antes de 231, fecha de su abandono definitivo de Alejandría; cf. R. Cadiou, o.c., p.88s.

185 Cf. supra 18,1. Después de su conversión, Ambrosio se entregó de lleno a su maestro, sirviéndole como mecenas, pero también como compañero de trabajo y de estímulo constante, hasta importuno a veces. Aparte de los datos de Eusebio, podemos ver intervenciones suyas a través del mismo Orígenes (Exhort. ad Martyr. 1,14,15,36*38; In Ioann, comm. 1,2,9; 2,1,1; C. Celsum prol. 1-4; 8,76; Epist. ad Afr. 16; De orat. 2; 33). Cf. San Jerónimo, De vir. ill. 56; 61 ; Epist. 43,1; 84,10; San Epifanio, Haer. 64,3.7; Suidas, Lexicon: ed. Bernhardy (1853) pars prior col. 1279-80; Le Nain de Tillemont, Mémoires pour servir à l'histoire ecclésiastique des six premiers siècles, t.3 (Paris 1695) p.269; A. Salaville, Ambroise (Saint) : DHGE, t.2 (Paris 1914) col. 1086-1090.

186 Los copistas traducían a lenguaje corriente las notas de los taquígrafos, y las calígrafos lo pasaban a limpio y multiplicaban los ejemplares; cf. E. Preuschen, Die Stenographie im Leben des Orígenes: Archiv für Stenographie (Berlin 1905) 6-14.49-55.

187 Cf. Eusebio, Chronic. ad annum 234: HELM, p.216.

188 Cf. Ibid., ad annum 229: HELM, p.215.

189 Esto es, bajo el pontificado de Ponciano (230-235), seguramente al comienzo: 230-231; cf. infra 26.

190 Según San Jerónimo (De vir. ill. 54), el motivo fue una explosión de herejía en Acaya, lo que se confirma con la carta de Orígenes citada por Rufino (De adultérat. libr. Origenis 7); cf. Nautin, Lettres p. 246-47.

191 Cf. supra 8,4. Este acontecimiento, ocurrido entre 231 y 232, fue decisivo en la vida de Orígenes.

192 Sobre esta Apología, cf. infra 33,4. Las decisiones de los sínodos, convocados en Alejandría contra Orígenes fueron ratificadas por todos los obispos, excepto los de Palestina, Arabia, Fenicia y Acaya; cf. San Jerónimo, Epist. 33,5; J. A. Fischer, Synoden mit Orígenes: Ostkirchliche Studien 29 (1980) 97-117.

Cap. 24
[Qué comentarios escribió Orígenes en Alejandría]

1 A esto habría que añadir que en el libro sexto de sus Comentarios al (Evangelio) de Juan, indica él que los cinco primeros los compuso estando todavía en Alejandría 193. Pero del trabajo sobre este mismo Evangelio entero solamente han llegado hasta nosotros veintidós tomos 194.

2 En el libro noveno de los Comentarios al Génesis (son doce en total) 195 muestra que no solamente redactó en Alejandría los que preceden al noveno, sino también los Comentarios a los primeros veinticinco salmos 196 y además los Comentarios a las Lamentaciones 197, de los que han llegado a nosotros cinco tomos, en los cuales se hace mención incluso de los libros Sobre la resurrección, que son dos 198.

3 Y no sólo ésos, sino que también los libros Sobre los principios los escribió antes de su emigración de Alejandría 199; y en la misma ciudad, bajo el reinado de Alejandro, compuso los libros titulados Stromateis, en número de diez 200; así lo demuestran sus anotaciones autógrafas que encabezan los tomos.

Notas:

193 In Ioann. comm. 6,2,8.

194 Posiblemente Eusebio no conoció más que 22 (cf. también infra 26: la obra de Orígenes comenzó pronto a desaparecer; aunque también puede ser una equivocación), pero San Jerónimo (Epist. 33,4) habla de 32 tomos. De hecho conservamos el 32º, que comprende 32 capítulos y llega hasta Jn 13.33; en realidad, la obra quedó inacabada, siendo imposible decir por qué. En todo caso, como señala E. Corsini (Commento al Vangelo di Giovanni di Origene [Turin 1968] p.92), «de las últimas páginas del Comentario afloran cierto cansancio y saciedad, que avalan la hipótesis de que el libro 32º no tuvo continuación».

195 Cf. supra III 1,3; Orígenes, C. Celsum 6,49; parece ser que comentaba los cuatro primeros capítulos del Génesis, y según San Jerónimo (Epist. 33,4), constaba de 13 libros. Obra perdida, excepto algunos fragmentos.

196 Obra también perdida.

197 Nicéforo conoce 9 libros, y Máximo Confesor 10, también perdidos; cf. R. Cadiou, o.c., p.115-116.

198 Sólo quedan fragmentos.

199 Conservada esta obra en traducción latina de Rufino y en bastantes fragmentos griegos, data de 220-225, según R. Cadiou (o.c., p.267) y M. Simonetti (I Principi di Origene [Turin 19Ó8I p.o); trad, en catalán por T. Ríus-Camps, Orígenes. Tractat sobre els principis = Textos filosófics. 49 (Barcelona 1988); cf. L. Lies, Orígenes «Peri Archon». Eine undogmatische Dogmatik. Einführung und Erläuterung (Darmstadt 1991).

200 San Jerónimo (Epist. 33,4) coincide con Eusebio. Se conservan unos pocos fragmentos en latín; algunos más en griego. De las características de la obra puede darnos idea la cita de San Jerónimo (Apol. adv. libr. Rufini 1,18); cf. R. Cadiou, o.c., p.248-252.

Cap. 25
[Cómo mencionó Orígenes las Escrituras canónicas]

1 Al explicar el salmo primero, hace una exposición del catálogo de las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento201, escribiendo textualmente como sigue:
«No se ha de ignorar que los libros testamentarios, tal como los han transmitido los hebreos, son veintidós, tantos como número de letras hay entre ellos» 202.

2 Luego, después de algunas frases, continúa diciendo:
«Los veintidós libros, según los hebreos, son éstos: el que entre nosotros se titula Génesis, y, entre los hebreos, Brésith, por el comienzo del libro, que es: En el principio; Exodo, Ouellesmoth, que significa: Estos son los nombres; Levítico, Ouikra: Y llamó; Números, Ammesphekódeim; Deuteronomio, Elleaddebareim: Estas son las palabras; Jesús, hijo de Navé, Josouebennoun; Jueces y Rut, para ellos un solo libro: Sophtein; I y II de los Reyes, uno solo para ellos: Samuel, El elegido de Dios; III y IV de los Reyes, en uno: Ouammelch-david, que significa Reino de David; I y II de los Paralipómenos, en uno: Dábreiamein, esto es: Palabras de los días; I y II de Esdras en uno: Ezra, o sea, Ayudador; Libro de los Salmos, Spharthelleim; Proverbios de Salomón, Melóth; Eclesiastés, Kóelth; Cantar de los Cantares (y no, como piensan algunos, Cantares de los cantares), Sirassireim; Isaías, Iessia; Jeremías, junto con las Lamentaciones y la Carta, en uno: Ieremia; Daniel, Daniel; Ezequiel, lezekiél 203 ; Job, Iob; Ester, Esther. Y aparte de éstos están los de los Macabeos, que van titulados Sarbethsabanaiel».

3 Esto es, pues, lo que expone en el tratado arriba citado. Y en el libro primero de los Comentarios al Evangelio de Mateo, guardando el canon eclesiástico, atestigua que él conoce solamente cuatro Evangelios; escribe como sigue:

4 «Acerca de los cuatro Evangelios, que también son los únicos que no se han discutido en la Iglesia de Dios que está bajo el cielo, por tradición he aprendido que el primero que se escribió fue el Evangelio de Mateo, quien fue algún tiempo recaudador y después apóstol de Jesucristo, y que lo compuso en lengua hebrea y lo publicó para los fieles procedentes del judaismo.

5 »El segundo fue el Evangelio de Marcos, quien lo hizo como Pedro se lo había indicado, el cual, en su Carta católica, le proclama hasta hijo suyo, con las siguientes palabras: Os saluda la iglesia de Babilonia, coelegida, y Marcos, mi hijo204.

6 »Y el tercero es el Evangelio de Lucas, el que Pablo alabó y que él hizo para los que venían de los gentiles 205. Además de todos éstos está el Evangelio de Juan.

7 Y en el libro quinto de los Comentarios al Evangelio de Juan, el mismo autor dice acerca de las Cartas de los apóstoles lo siguiente:
«Pero aquel que había sido capacitado para convertirse en ministro del Nuevo Testamento, no de la letra, sino del espíritu 206, Pablo, que había cumplido el Evangelio desde Jerusalén, dando la vuelta, hasta el Ilírico 207, no escribió a todas las iglesias a las que había enseñado; es más, aun a las que escribió les envió cartas de unas pocas líneas.

8 »Y Pedro, sobre quien se edifica la Iglesia de Cristo, contra la cual no prevalecerán las puertas del hades 208, dejó una sola carta por todos reconocida. Quizás también una segunda, pues se la pone en duda 209.

9 » ¿Qué habrá que decir sobre Juan, el que se recostó sobre el pecho de Jesús? 210 Dejó un solo Evangelio, aun cuando confesaba que podía escribir tantos que ni el mundo podría contenerlos 211, y escribió también el Apocalipsis, tras recibir el mandato de callar y de no escribir las voces de los siete truenos 212.

10 »Dejó también una Carta de muy pocas líneas, y quizá también una segunda y una tercera, pues no todos dicen que éstas sean genuinas 213. Sólo que las dos no llegan al centenar de líneas».

11 Además de esto, Orígenes explica acerca de la Carta a los Hebreos, en sus Homilías sobre la misma, lo siguiente:
«Que el carácter de la dicción de la carta titulada A los Hebreos no tiene aquella rudeza de lenguaje del Apóstol, quien confiesa ser rudo en la palabra 214, esto es, en el estilo, sino que la carta es bastante más griega por la composición de su dicción; todo el que sepa discernir las diferencias de estilo podrá reconocerlo.

12 »Y aún más, que los pensamientos de la carta son admirables y no inferiores a los de las cartas que se admiten ser del Apóstol, quienquiera que se aplica a la lectura del Apóstol, dirá con nosotros que también esto es verdad».

13 Después de otras cosas, añade:
«Por mi parte, si he de dar mi opinión, yo diría que los pensamientos sí son del Apóstol, pero el estilo y la composición son de alguien que evocaba de memoria las enseñanzas del Apóstol, como un alumno que anota por escrito las cosas que su maestro dijo. Por consiguiente, si alguna iglesia tiene esta carta como de Pablo, que también por esto se la estime, pues no sin motivo los antiguos varones la han transmitido como de Pablo.

14 »Pero ¿quién escribió la carta? Dios sabe la verdad; en cambio, hasta nosotros ha llegado el relato de algunos que dicen que la carta la escribió Clemente, obispo que fue de los romanos; y el de otros, según los cuales fue Lucas el que escribió el Evangelio y los Hechos. Pero esto quede así».

Notas:

201 Gf. A. Jepsen, Zur Kanongeschichte des Alten Testaments: Zeitschrift für die alttesta-mentliche Wissenschaft 71 (1959) 114-136; en general, H. von Campenhausen, Die Entstehung der christliche Bibel (Tubinga 1968) p.354-376.

202 Clara prueba del influjo de los estudios hebreos en Orígenes; para mantener este número, reduce el libro de Rut a suplemento del de los Jueces, y el de las Lamentaciones, a suplemento de Jeremías; el orden se aproxima al de los Setenta.

203 La omisión de los doce profetas menores en el texto griego se debe, sin duda, a descuido de Eusebio o error de los copistas; cf. SCHWARTZ, 3 p.cxlv.

204 1 Pe 5,13.

205 Cf. Rom 2,16; 2 Cor 8,18; 2 Tim 2,8; Col 4,14.

206 cf. 2 Cor 3,6.

207 Cf. Rom 15,19.

208 Cf. Mt 16,18.

209 Como se ve, Orígenes es el primero que nos informa sobre la duda existente acerca de la autenticidad de la 2 Pe. Eusebio recoge y hace suyas estas dudas; cf. supra III 3,1; 25,3.

210 Cf. Jn 13,25; 21,20.

211 Cf. Jn 21,25.

212 Cf. Ap 10,4.

213 A pesar de que la 2 Jn ha sido ya citada como auténtica por autores como San Ireneo (Adv. haer. 3.16,8) y Clemente de Alejandría (Adumbrat. in Epist. Cathol. 4), Orígenes tiene dudas sobre ella; cf. supra III 25,3-4.

214 Cf. 2 Cor, 11,6.

Cap. 26
[De cómo Heraclas recibió en sucesión el episcopado de Alejandría] 215

Corría el año décimo del mencionado reinado 216 cuando Orígenes emigró de Alejandría a Cesarea 217, dejando a Heraclas la escuela catequética de allí 218. Pero no mucho tiempo después murió también Demetrio, el obispo de la iglesia de Alejandría, tras mantenerse en el ministerio por espacio de cuarenta y tres años completos 219. Le sucedió Heraclas.

Notas:

215 Los capítulos 26 y 27 siguen orden inverso al establecido en el sumario.

216 El de Alejandro Severo.

217 Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 233: HELM, p.216; la fecha más probable debió de ser 231-232; cf. E. Corsini, Commento al Vangelo di Giovanni di Origene (Turin 1968) p.12 y 104; para Lawlor (p.219), Orígenes salió para Atenas entre septiembre de 231 y el mismo mes de 232; a causa de su ordenación en Palestina (cf. supra 23,4)» Demetrio se las arregló para que no volviese a Alejandría, de modo que el viaje a Grecia—voluntario, por eso deja un suplente—se convirtió para Orígenes en emigración forzosa y definitiva, al no poder regresar a Alejandría.

218 Cf. supra 15.

219 Habiendo sido hecho obispo en 189-190 (cf. supra V 22) y viviendo todavía cuando Orígenes emigró a Cesarea (cf. supra 8,4-6), Demetrio debió de morir hacia el año 232. Eusebio sitúa la consagración episcopal de Heraclas en 231: Chronic, ad annum 231: HELM, p.215.

Cap. 27
[De cómo consideraban los obispos a Orígenes]

Por este tiempo destacaba Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia 220. Tan grande era su interés por Orígenes, que una vez lo llamó a su propia región para provecho de las iglesias 221, y otra vez marchó él a Judea, a casa de Orígenes, y convivió algún tiempo con él para su mejoramiento en las cosas divinas. Y no sólo él, que también Alejandro, el obispo de Jerusalén, y Teoctisto, el de Cesarea, estaban adheridos a él en todo tiempo como a único maestro y le encomendaron que se ocupase de la interpretación de la Sagrada Escritura y del resto de la enseñanza eclesiástica 222.

Notas:

220 Cf. infra VII 28,1.

221 Cf. San Jerónimo, De vir. ill. 54, quien dice que la estancia fue larga, y Paladio, Hist. Laus. 64.

222 Definitivamente alejado de Alejandría, Orígenes se instala en Cesarea, donde reanuda sus tareas magisteriales; cf. A. Knauber, Das Anliegen der Schule des Orígenes zu Cäsarea : Münchener theologische Zeitschrift 19 (1968) 182-203; H. Crouzel, L'École d'Origène à Césarée. Postscriptum à une édition de Grégoire le Thaumaturge: BLE 71 (1970) 15-27.

Cap. 28
[De la persecución de Maximino]

Cuando el emperador de los romanos Alejandro dio fin a sus trece años de imperio, le sucedió Maximino César 223. Este, por resentimiento contra la familia de Alejandro, que se componía de numerosos fieles, suscitó una persecución ordenando que solamente fueran eliminados los jefes de las iglesias, como culpables de la enseñanza del Evangelio 224. Fue entonces cuando Orígenes compuso su obra Sobre el martirio, que dedicó a Ambrosio 225 y a Protocteto, presbítero éste de la comunidad de Cesarea, porque en la persecución ambos habían sido presa de dificultades nada comunes. En ellas se distinguieron por su confesión estos dos varones, según es tradición 226, en tanto que Maximino duró no más de tres años 227. Orígenes ha explicado este tiempo de la persecución en el libro XXII de sus Comentarios al Evangelio de Juan y en diversas cartas 228.

Notas:

223 Alejandro—y con él Mamea—fue asesinado el 19 de marzo de 235 (cf. Eusebio, Chronic, ad annum 235: HELM, p.216); se proclamó emperador al tracio Gayo Julio Vero Maximino, más conocido por Maximino Tracio (235-238); cf. Chronic, ad annum 236: HELM, p.216.

224 cf. Chronic, ad annum 237: HELM, p.216; sobre las características de esta persecución—solamente Eusebio señala el resentimiento de Maximino como causa—, cf. B. Aubé, Les chrétiens dans l'empire romain de la fin des Antonins au milieu du IIIe siècle (Paris 21881) p.459ss; G. W. Clarke, Some victims of the persecution of Maximinus Thrax: Historia 15 (1966)445-453; P. Keresztes, The emperor Maximinus' decree of 235 A. D. Betwen Septimius Severus and Decius: Latomus 28 (1969) 601-618; A. Lippold, Maximinus Thrax und die Christen: Historia 24 (1975) 479-492.

225 Cf. supra 23,1.

226 Seguramente, en los documentos citados al final del capítulo; la Exhortación al martirio, que se conserva, deja entrever lo mucho que sufrieron ambos, pero no perecieron en la persecución. Orígenes debía de hallarse fuera, en Capadocia; cf. supra 27.

227 Muere asesinado por sus soldados en mayo de 238: cf. Chronic, ad annum 238: HELM, p.216.

228 Tanto las cartas como el libro 22 del Comentario se han perdido.

Cap. 29
[De cómo Fabián fue milagrosamente señalado por Dios como obispo de Roma]

1 Después de Maximino, recibió en sucesión el principado de los romanos Gordiano 229, y a Ponciano, que había ejercido el episcopado de la iglesia de Roma seis años, le sucedió Antero, quien, después de servir en el cargo durante un mes, tuvo por sucesor a Fabián 230.

2 Se cuenta que Fabián, junto con otros, después de la muerte de Antero, vino del campo y se estableció en Roma, y que allí, por gracia divina y celestial llegó al cargo episcopal de la manera más extraordinaria.

3 Efectivamente, hallándose todos los hermanos reunidos para elegir al que había de recibir en sucesión el episcopado y siendo numerosísimos los varones ilustres y célebres que estaban en la mente de muchos, a nadie se le ocurrió pensar en Fabián, allí presente; sin embargo, de pronto, según cuentan, una paloma de lo alto se posó sobre su cabeza, imitando manifiestamente el descendimiento del Espíritu Santo en figura de paloma sobre el Salvador 231.

4 Ante este hecho, todo el pueblo, como movido por un único espíritu divino, se puso a gritar con todo entusiasmo y unánimemente que éste era digno, y sin más tardar lo tomaron y lo colocaron sobre el trono del episcopado.
Por entonces también, muerto el obispo de Antioquía Zebeno, le sucedió en el cargo Babilas 232. Y en Alejandría, como quiera que después de Demetrio había recibido el ministerio episcopal Heraclas, sucedió a éste en la escuela de catequesis Dionisio 233, otro discípulo de Orígenes.

Notas:

229 Chronic. ad annum 238: HELM, p.216. Es el tercer Gordiano de la familia, nieto y sobrino, respectivamente, de los dos primeros, que se pusieron al frente de la rebelión en África, fueron proclamados emperadores, aceptados por el senado y muertos a finales de abril de 238; cf. M. Besnier, L'Empire romain de l'avènement des Sévères au Concile de Nicée, en Histoire ancienne III 4,1 (Paris 1937) p.145ss.

230 En su Crónica pone Eusebio el pontificado de Antero y comienzo del de Fabián en 239, primer año de Gordiano (HELM, p.216). Eusebio sufre una equivocación. La cronología admitida es la siguiente: desterrado con Hipólito a Cerdeña, Ponciano renuncia al pontificado el 28 de septiembre de 235; Antero, elegido el 21 de noviembre, muere el 3 de enero de 236; Fabián es elegido a los siete días, el 10 de enero de 236, y permanecerá en el cargo hasta el 20 de enero de 250 (cf. infra 39,1).

231 Cf. Mt 3,16; Mc 1,10; Lc 3,22; Jn 1,32.

232 En Chronic, ad annum 252: HELM, p.218, no se menciona la muerte de Zebeno.

233 Es la primera vez que Eusebio nombra al que luego dedicará casi todo el libro VII de su HE: Dionisio de Alejandría.

Cap. 30
[Cuántos discípulos tuvo Orígenes]

Muchos eran los que acudían a Orígenes, mientras éste se daba en Cesarea 234 a sus tareas habituales, y no solamente nativos, sino también innumerables discípulos del extranjero que habían dejado su patria. De ellos, los más ilustres sabemos que fueron Teodoro —que es la misma persona que el famoso obispo contemporáneo nuestro Gregorio—y su hermano Atenodoro 235. Aunque los dos estaban como embebidos por los estudios griegos y romanos 236, Orígenes les fue inoculando el amor de la filosofía y les impulsó a trocar por la ascesis divina aquel su primer ardor. Cinco años enteros convivieron con él y tan grande fue su mejoramiento en las cosas divinas que, aun siendo jóvenes ambos, se les consideró dignos del episcopado de las iglesias del Ponto 237.

Notas:

234 Cesarea de Palestina.

235 Teodoro—más conocido por Gregorio Taumaturgo—y su hermano Atenodoro, que, de regreso al Ponto, serán consagrados obispos y más tarde tomarán parte en el proceso de Pablo de Samosata (cf. infra VII 28,1).

236 Llegaron a Cesarea, con intención de estudiar leyes en Beirut, pero su encuentro con Orígenes cambió el rumbo de sus vidas. La mejor fuente es el Discurso de acción de gracias a Orígenes, que Gregorio pronunció como despedida y que puede verse, como dijimos, en traducción castellana de D. Ruiz Bueno y de M. Merino, citadas supra p.379, n.145.

237 Según San Jerónimo (De vir. ili. 65), Gregorio fue obispo de Neocesarea del Ponto; se desconoce, en cambio, la sede de Atenodoro; cf. M. SlMONETTl, Una nuova ipotesi su Gregorio il Taumaturgo: Rivista di Storia e letteratura religiosa 24 (1988) 17-41.

Cap. 31
[De Africano]

1 También en este tiempo era conocido Africano 238, el autor de los escritos titulados Kestoi 239. De él se conserva una Carta escrita a Orígenes, en la cual se muestra dudoso de si la historia de Susana en el libro de Daniel es espuria e inventada. Orígenes le dio una respuesta completísima240.

2 Del mismo Africano han llegado hasta nosotros otros trabajos, cinco libros de Cronografías 241 ejecutados con exactitud. En ellos dice que él mismo se puso en camino hacia Alejandría por la mucha fama de Heraclas, a quien, según ya indicamos 242, después de haberse distinguido muchísimo en filosofía y otras ciencias de los griegos, se había confiado el episcopado de aquella iglesia.

3 También se conserva una segunda Carta del mismo Africano dirigida a Arístides 243, acerca de la aparente discordancia de las genealogías de Cristo en Mateo y Lucas. En ella establece clarísimamente la concordancia de ambos evangelistas, partiendo del relato a él llegado y que nosotros recogimos a su tiempo y expusimos en el libro primero de la presente obra244.

Notas:

238 Sexto Julio Africano, según San Jerónimo (De vir. ill. 63) y Eusebio (Chronic, ad annum 221: HELM, p.214); nacido hacia 170, probablemente en Elia Capitolina, muere después de 240.

239 Esto es, «cinturones recamados», miscelánea del tipo de los Stromateis, pero de carácter profano, una especie de enciclopedia profana. Sólo se conservan fragmentos; las versiones SL omiten la referencia, y San Jerónimo (De vir. ill. 63) tampoco la menciona. Cf. J. R. Vieillefond, Jules Africain, Fragments des Cestes, provenant de la collection des tacticiens grecs, édités avec une introduction et des notes critiques (Paris 1932).

240 Cf. w. Reichardt, Die Briefe des Sextus Julius Africanus an Aristides und Orígenes: TU 34,3 (Leipzig 1909); A. Harnack, Die Sammlung der Briefe des Orígenes und sein Briefwechsel mit Julius Africanus: Stizungberichte der preuss. Akad. d. Wiss. philos.-histor. Klasse (Berlin 1925); F. C. R. THEE, Julius Africanus and the early Christian view of magic = Hermeneutische Untersuchungen z. Theologie, 19 (Tubinga 1984).

241 Primer ensayo de sincronismo de la historia universal, ha llegado a nosotros en escasos fragmentos, que podemos ver en Migne, PG 10,63-94, y M. J. Routh, Reliquiae sacrae, t.2 (Oxford 21846) p.238-309.

242 Cf. supra 26.

243 Cf. supra nota 240.

244 Cf. supra I 7,2ss.

Cap. 32
[Qué comentarios escribió Orígenes en Cesarea de Palestina]

1 Y Orígenes, por este tiempo 245, componía los Comentarios a Isaías 246, como también, por las mismas fechas, los Comentarios a Ezequiel. De ellos han llegado hasta nosotros treinta tomos del comentario a la tercera parte de Isaías, hasta la visión de los cuadrúpedos en el desierto 247, y de los Comentarios a Ezequiel, veinticinco tomos, que son los únicos que se han hecho sobre el profeta entero.

2 Hallándose por aquel entonces en Atenas 248, da remate a los Comentarios a Ezequiel y comienza los del Cantar de los Cantares, continuándolos allí mismo hasta el libro quinto 249. Regresó luego a Cesarea y los terminó; diez en total.

3 Y ¿para qué hacer aquí de las obras de este hombre un catálogo que necesitaría un estudio especial? Nosotros ya las hemos incluido en la relación de la vida del santo mártir de nuestros días Pánfilo 250 al demostrar en ella cuán grande era el celo de Pánfilo por las cosas divinas, cité las listas de la biblioteca por él reunida a base de las obras de Orígenes y de otros escritores eclesiásticos 251. Por esas listas, quien lo quiera podrá distinguir perfectísimamente las obras de Orígenes que han llegado hasta nosotros. Pero ahora debemos seguir con el hilo de nuestra historia.

Notas:

245 Seguimos en tiempo de Gordiano III (238-244).

246 Lo que de ellos queda es insignificante. Lo mismo puede afirmarse de los demás comentarios de Orígenes a los profetas. Cf. J. Quasten, Patrología, t.I: BAC 206 (Madrid 1961) p.352-53.

247 Cf. Is 30,6.

248 Esta segunda visita de Orígenes a Atenas (sobre la primera, cf. supra 23,4) debió de prolongarse bastante, si hemos de juzgar por la obra allí realizada.

249 Fuera de algunos fragmentos griegos, sólo se conserva el prólogo, los tres primeros libros y parte del cuarto, en una traducción muy libre de Rufino.

250 Cf. infra VII 32,25; VIII 13,6; MPal 11,3; también esta biografía se ha perdido, y con ella la lista a que Eusebio alude; San Jerónimo (Epist. 33,4) traduce esta lista parcialmente; puesto que infra 36,4 remite a la lista de la Apología de Orígenes, y no a la Vida de Pánfilo, en la que daba la lista completa, hace sospechar que Eusebio añadió este párrafo 3 posteriormente.

251 Cf. R. Cadiou, La bibliothèque de Césarée et la formation des chaînes : Revue des sciences religieuses 16 (1936) 474-483.

Cap. 33
[Sobre el descarrío de Berilo]

1 Berilo, el obispo de Bostra, mencionado un poco más arriba 252, pervertía la regla eclesiástica y trataba de introducir enseñanzas extrañas a la fe, atreviéndose a decir que nuestro Salvador y Señor no preexistía con propia delimitación de ser antes de residir entre los hombres, y que tampoco poseía divinidad propia, sino únicamente la del Padre, que habita en él 253.

2 Ante esto, muchos obispos habían procedido a interrogar a Berilo y dialogar con él; Orígenes fue llamado con otros y bajó 254. Comenzó conversando con Berilo para ver de saber qué pensaba, y cuando supo también lo que decía, comprobó que no opinaba rectamente y, persuadiéndole con su razonamiento, le asentó en la verdad acerca de la doctrina y le restableció en su primera y sana opinión.

3 Y hasta hoy subsisten escritos de Berilo y del sínodo que hubo por causa suya, escritos que contienen, junto con las preguntas que Orígenes le hizo y los diálogos tenidos en su propia comunidad, todo lo que en aquella ocasión se trató 255.

4 Sobre Orígenes, en fin, los más ancianos de nuestra generación han transmitido el recuerdo de otros innumerables casos que habremos de omitir, me parece, por no atañer a la presente obra. Mas todo lo que era necesario conocer de cuanto a él se refiere puede recogerse de la Apología que en defensa suya hemos elaborado el santo mártir de nuestro tiempo Pánfilo y nosotros, obra que, tras penoso esfuerzo hemos realizado juntos con gran diligencia, por causa de los porfiadores 256.

Notas:

252 Cf. supra 20,2.

253 Es difícil precisar en qué consistía exactamente el error de Berilo; cf. A. Harnack, Lehrbuch der Dogmengeschichte t.i (Tubinga 4I907) P.719SS; G. Bardy, Paul de Sarnosate (Lovaina 21929) p.231-233; Nautin, Lettres p.209-219.

254 El viaje tuvo lugar, seguramente, a finales del imperio de Gordiano (antes de 244).

255 Todos estos escritos se han perdido, lo mismo los de Berilo que las Actas del sínodo.

256 Cf. supra 23,4. De los seis libros de que constaba, sólo se conserva el primero en traducción de Rufino; Focio (Biblioth. cod. 118), que todavía poseía la obra completa, señala que el libro VI lo terminó Eusebio solo, tras el martirio de Pánfilo; cf. M. Simonetti, Eusebio e Origine. Per una storia dell' Origenismo: Augustinianum 16 (1986) 323-334.

Cap. 34
[Lo ocurrido en tiempo de Felipe]

Al terminar Gordiano su reinado de seis años completos sobre los romanos, le sucede en el principado Felipe, junto con su hijo Felipe 257. De él cuenta una tradición que, como era cristiano 258, quiso tomar parte con la muchedumbre en las oraciones que se hacían en la Iglesia el día de la última vigilia de la Pascua, pero el que presidía en aquella ocasión 259 no le permitió entrar sin haber hecho antes la confesión y haberse inscrito con los que se clasificaba como pecadores y ocupaban el lugar de la penitencia, porque, si no hacía esto, nunca lo recibiría de otra manera, a causa de los muchos cargos que se le hacían. Y se dice que al menos obedeció con buen ánimo y demostró con obras la sinceridad y piedad de sus disposiciones respecto del temor de Dios.

Notas:

257 Eusebio, Chronic, ad annum 244: HELM, p.217. Marco Julio Felipe, de origen árabe y prefecto de los pretorianos, asesinó a Gordiano en marzo de 244 y le sucedió en el imperio; cf. L. Homo, Nueva Historia de Roma (Barcelona 1943) p.348; G. C. Brauer, The age of the soldiers emperors. Imperial Rome, A.D. 244-284 (Park Ridge, N.J. 1975).

258 Cf. San Jerónimo, De vir. ill. 54; Pablo Orosio, Hist. 7,20. Sobre el supuesto cristianismo de Felipe el Arabe, cf. H. Grégoire, Les persécutions dans l'empire romain (Bruselas 1951) p.43 y 90; P. J. Parsons, Philipus Arabs and Egypte: The Journal of Roman Studies 57 (1967) 134-141; H. Crouzel, Le christianisme de l'empereur Philippe l'Arabe: Gregorianum 66 (19 75) 545-550; F. Elia, Ancora sul cristianesimo di Filippo l'Arabo: Quaderni Catanesi 1 (1979) 267-282.

259 San Juan Crisóstomo (Orat. in S. Babyl. c. Iulianum 6) parece identificarlo con el obispo de Antioquía Babilas (cf. supra 29,4; infra 39,4).

Cap. 35
[De cómo Dionisio sucedió a Heraclas en él episcopado]

Era el tercer año de éste 260, cuando muerto Heraclas después de presidir durante unos dieciséis años las iglesias de Alejandría, recibió el episcopado Dionisio 261.

Notas:

260 De Felipe el Árabe (244-249).

261 Eusebio, Chronic, ad annum 249: HELM, p.218; en realidad, Heraclas presidió la iglesia alejandrina durante catorce años, desde 233, por lo que Dionisio le sucedió en 247; cf. Lawlor, p.265.

Cap. 36
[Qué otras obras compuso Orígenes]

1 Fue entonces, como era natural también, mientras la fe se multiplicaba y nuestra doctrina se expresaba con libertad por todas partes, cuando Orígenes, según dicen, habiendo sobrepasado los sesenta años y por tener ya reunida una gran experiencia con su larga preparación, permitió a los taquígrafos transcribir las conferencias 262 tenidas por él en público, siendo así que nunca anteriormente consintió que esto se hiciera 263.

2 También compuso en este tiempo los ocho libros contra la obra del epicúreo Celso 264 contra nosotros, titulada Doctrina verdadera, así como los veinticinco tomos Sobre el Evangelio de Mateo 265 y los tomos Sobre los doce profetas, de los que hemos encontrado solamente veinticinco 266.

3 Se conserva de él, además, una carta al mismo emperador Felipe y otra a su mujer Severa, así como otras muchas a diferentes personas. De ellas hemos recogido en volúmenes propios, para que no anden más diseminadas, cuantas hemos podido reunir, conservadas acá y allá entre diferentes personas. Sobrepasan el número de ciento 267.

4 Escribió asimismo a Fabián, el obispo de Roma, y a muchísimos otros jefes de iglesias, acerca de su propia ortodoxia. Pruebas de ello las tienes en el libro sexto de la Apología que hemos escrito sobre este hombre 268.

Notas:

262 Conferencias o diálogos en plan de «mesa redonda»; cf. J. Scherer, Entretien d'Origène avec Héraclide: Sources Chrétiennes 67 (Paris i960) 13-14.

263 Empezó, pues, a permitirlo a finales del imperio de Felipe, antes del 249.

264 De esta noticia y del mismo Contra Celsum 1,8, se desprende que Orígenes tuvo a Celso por epicúreo, aunque en realidad era un platónico; cf. P. de Labriolle, La réaction païenne (Paris 21942) p. 13 5-137. El Contra Celsum es la única obra de Orígenes conservada entera en su texto original; en castellano tenemos la excelente traducción de D. Ruiz Bueno: BAC 171 (Madrid 1967); cf. C.T.H.R. Ehrhardt, Eusebius and Celsus: JAC 21 (1970) 40-49; K. Plchler, Streit um das Christentum. Der Angriff des Keisos und die Antwort des Orígenes = Regensburger Stud. z. Theologie, 23 (Bema 1980).

265 Sólo se conserva en parte, fragmentos griegos y latinos.

266 Todos perdidos.

267 De toda esta correspondencia asi coleccionada y cuya distribución era muy probablemente la misma que encontramos en San Jerónimo, Epist. 33,4, no queda más que algún fragmento aislado. Sobre la correspondencia epistolar de Orígenes, cf. Nautin, Lettres p.233-265.

268 Cf. supra 32,3 nota 250; 33,4; R. Cadiou, La jeunesse d'Origène. Histoire de l'École d'Alexandrie au début du IIIe siècle (Paris 1935) P.393-394.

Cap. 37
[De la discordia de los árabes]

Por el mismo tiempo de que hablamos, surgieron nuevamente en Arabia otros introductores de una doctrina ajena a la verdad, los cuales decían que el alma humana, en tanto dure el tiempo presente, muere en el trance postrero juntamente con los cuerpos y con ellos se corrompe, pero que de nuevo un día revivirá con ellos al tiempo de la resurrección. Pues bien, también entonces se reunió un concilio no pequeño y de nuevo se llamó a Orígenes 269, quien tuvo en público algunos discursos acerca del asunto debatido, y de tal manera se condujo que mudaron sus opiniones los que primeramente habían sido engañados.

Notas:

269 Con los referidos supra 19.15 y 33.2. éste es el tercer viaje de Orígenes a Arabia.

Cap. 38
[De la herejía de los helcesaítas]

También entonces dio comienzo a una nueva perversión la herejía llamada de los helcesaítas, que se extinguió apenas nacida 270.
La menciona Orígenes en una homilía sobre el salmo 82, que pronunció en público, y dice así:
«Ha venido actualmente uno que se gloría de poder ser embajador de una doctrina atea e impía por demás, llamada de los helcesaítas, que se ha alzado recientemente contra las iglesias. Cuales sean las maldades que profiere esta doctrina, voy a exponéroslas, para que no os atrape. Rechaza algunas cosas de toda la Escritura; utiliza, empero, pasajes tomados de todo el Antiguo Testamento y de los Evangelios; al Apóstol lo rechaza por entero. Y dice que el renegar la fe es cosa indiferente, y que el hombre apercibido, en caso de necesidad, renegará con la boca, aunque no en su corazón. Y poseen un libro del que dicen que ha caído del cielo y que quien lo escuche y tenga fe recibirá perdón de sus pecados, un perdón diferente del que Cristo Jesús dio».

Notas:

270 Esta herejía debió de comenzar bastante antes, quizás en ambiente esenio, y, desde luego, no se extinguió tan pronto: cf. Hipólito, Refut. 9,13-17; San Epifanio, Haer. 19 y 53; sin embargo, hoy se la considera, más que como herejía, como un subproducto del encuentro del gnosticismo sincretista con algunas sectas heréticas judeo-cristianas; cf. W. Brand, Ekhasai. Ein Religionstifter und sein Werk (Leipzig 1912); J. Thomas, Le mouvement baptiste en Palestine et en Syrie (150 av. J.C. - 300 ap. J.C.) (Gembloux 1935) p. 140-156; H. J. Schoeps, Theologie und Geschichte des Judenchristentums (Tubinga 1949) p.315-334; L. Cirillo, Elckasai e gli Elchasaiti. Un contributo alla storia delle comunità giudeo-cristiane (Cosenza 1984).

Cap. 39
[De los tiempos de Decio]

1 Ahora bien, a Felipe, que había imperado siete años, le sucede Decio 271, quien, por odio a Felipe, suscitó una persecución contra las iglesias 272. En ella consumó Fabián su martirio en Roma, y Cornelio le sucedió en el episcopado 273.

2 Y en Palestina, Alejandro, el obispo de la iglesia de Jerusalén, nuevamente 274 comparece por Cristo ante los tribunales del gobernador en Cesarea, y después de distinguirse en esta segunda confesión de fe, experimenta la cárcel a pesar de estar ya coronado con las canas venerables de su espléndida vejez.

3 Muerto en la prisión 275, después de dar brillante y clarísimo testimonio ante los tribunales del gobernador, se proclama a Mazabanes sucesor en el episcopado de Jerusalén 276.

4 De modo parecido a Alejandro murió Babilas en prisión en Antioquía después de su confesión de fe, y Fabio se puso al frente de aquella iglesia 277.

5 En cuanto a Orígenes, cuántas y cuáles cosas le sucedieron en la persecución y el fin que tuvieron, siendo así que el demonio malvado había enfilado a porfía contra él todo su ejército y luchaba contra él con todas sus artes, y todo su poder, y se abatía sobre él de modo diferente que sobre todos los demás a quienes hacía la guerra entonces; y luego cuántos y cuáles sufrimientos hubo de soportar aquel hombre por la doctrina de Cristo: cadenas y torturas, los suplicios corporales, los suplicios por el hierro y los suplicios en la lobreguez de la cárcel; y cómo habiendo tenido sus pies durante muchos días extendidos en el cepo hasta el cuarto agujero y después de ser amenazado con el fuego, soportó aún con entereza muchos otros tormentos que sus enemigos le inferían; y en qué paró todo esto, ya que el juez se esforzaba porfiadamente con todas sus fuerzas porque no se le quitara la vida; y después de todo esto, qué clases de sentencias ha dejado tras de sí, llenas también ellas de provecho para los que necesitan recuperarse: todo esto lo contienen las numerosas cartas de este hombre, con tanta verdad como exactitud 278.

Notas:

271 Eusebio, Chronic, ad annum 251: HELM, p.218; en realidad, Felipe cayó asesinado en Verona a fines de septiembre o comienzos de octubre de 249, tras cinco años de reinado —no siete—, y se proclamó emperador a Cayo Mesio Quinto Trajano Decio, que había dirigido el levantamiento contra Felipe desde hacía casi un año; cf. L. Homo, o.c., p.348.

272 La causa de la persecución no fue solamente la reacción de Decio contra la cristianofilia de Felipe, sino también su afán de restablecer las tradiciones romanas; cf. E. Liesering, Untersuchungen zur Christenverfolgung des Kaisers Decius (Wurzbutgo 1933); A. Alfoeldi, Zu der Christenverfolgung in der Mitte des 3. Jahrhundrts: Klio 31 (1938) 323-348; H. Grégoire, Les persécutions darn Vempire romain (Bruselas 1951) P 43-4Ó; Ch. Saumagne, La persécution de Dèce en Afrique d'après la correspondence de S. Cyprien: Byzantion 32 (1962) 1-29; O. Giordano, I cristiani nell III secolo. L'editto de Decio (Mesina 1966); M. SoRDl, La data dell' editto di Decio e il significato della persecuzione anticristiana: Rivista di Storia della Chiesa in Italia 34 (1980) 451-461.

273 El papa Fabián murió el 20 de enero de 250, pero la elección de Cornelio no fue posible hasta marzo de 251.

274 Cf. supra 11,5.

275 Cf. infra 46,4.

276 Eusebio, Chronic, ad annum 252: HELM, p.218.

277 Ibid.; sobre Fabio, cf. infra 41,1; 46,4.

278 ¡Lástima de epistolario perdido! Orígenes parece que sobrevivió a los tormentos sufridos en la persecución, aunque herido mortalmente. Debió de fallecer no mucho después (cf. infra VII i), probablemente en Tiro, como afirma San Jerónimo (De vir. ill. 54), seguido por Focio (Biblioth. cod. 118), el cual, sin embargo, refiere otra tradición, atribuida a Pánfilo y «a otros muchos» testigos oculares, que lo hacen morir en la misma Cesarea durante la persecución.

Cap. 40
[De lo acontecido a Dionisio]

1 Lo referente a Dionisio 279 voy a presentarlo tomándolo de su Carta contra Germán 280, donde, hablando de sí mismo, cuenta como sigue:
«Yo, por mi parte, también estoy hablando delante de Dios y él sabe si miento 281. No he emprendido la fuga basado en mí mismo y sin ayuda de Dios,

2 »sino que, antes, declarada la persecución de Decio, a la misma hora envió Sabino 282 un frumentario 283 en mi busca. Yo permanecí cuatro días en mi casa esperando la llegada del frumentario, pero éste anduvo dando vueltas escudriñándolo todo, los caminos, los ríos, los campos, donde él sospechaba que yo me ocultaba o andaba; mas estaba afectado de ceguera y no encontraba la casa, pues no creía que yo, estando perseguido, permaneciera en casa.

3 »Y solamente después del cuarto día, porque Dios me ordenaba trasladarme y milagrosamente nos abría camino, salimos juntos yo y mis hijos 284 y muchos hermanos. Y que esto fue obra de la providencia de Dios lo pusieron de manifiesto los acontecimientos exteriores en que acaso fuimos de provecho para algunos».

4 Luego, después de entremediar alguna otra cosa, manifiesta lo que le aconteció después de su fuga, añadiendo lo que sigue:
«Yo, por mi parte, hacia la puesta del sol, caí efectivamente en manos de los soldados, junto con mis acompañantes, y fui conducido a Taposiris, mientras que Timoteo 285, por la providencia de Dios, no se hallaba presente de casualidad y no fue detenido. Cuando más tarde regresó, encontró la casa desierta y unos servidores guardándola, y en cuanto a nosotros, que nos habían apresado».

5 Y después de otras cosas dice:
« ¿Y cuál fue la manera de su admirable disposición providencial? Porque se ha de decir la verdad. Un campesino salió al encuentro de Timoteo, que iba huyendo lleno de turbación, y le preguntó la causa de aquella precipitación.

6 »Este le dijo la verdad, y aquél, cuando lo oyó (marchaba a un banquete de boda, pues tienen la costumbre de pasar toda la noche en semejantes concurrencias), no hizo más que entrar y contárselo a los que estaban a la mesa 286. Todos ellos, como a una señal convenida y por impulso unánime, se pusieron en pie y a todo correr llegaron en seguida; cayeron sobre nosotros con gran griterío y, al darse a la fuga los soldados que nos guardaban, se acercaron a nosotros como estábamos, echados sobre unos camastros sin cobertores.

7 »Yo entonces—sabe Dios que al pronto los tomé por salteadores venidos para robar y pillar—permanecí en el lecho, desnudo como estaba, con la simple camisa de lino, y los demás vestidos que estaban junto a mí se los iba ofreciendo. Pero ellos nos ordenaron levantarnos y salir a toda prisa.

8 »Entonces comprendí por qué estaban allí y comencé a gritar pidiéndoles y suplicándoles que se fueran y nos dejaran y, si querían hacer algo provechoso, yo les rogaba que se anticiparan a los que me conducían y que ellos mismos me cortaran la cabeza. Y mientras yo decía esto a gritos, como saben mis compañeros y copartícipes de toda esta peripecia, nos levantaron por la fuerza. Yo entonces me eché al suelo boca arriba, pero ellos, agarrándome las manos y los pies me sacaron a rastras.

9 »Me seguían los testigos de todo esto: Cayo, Fausto, Pedro, Pablo 287, los cuales, cogiéndome en volandas, me sacaron del pueblecillo y, haciéndome montar a pelo sobre un asno, me llevaron».
Esto cuenta Dionisio de sí mismo.

Notas:

279 Dionisio de Alejandría ocupa en la HE de Eusebio un puesto tan importante como el de Orígenes. En este capítulo comienzan los largos extractos de sus cartas—fuente casi exclusiva—que encontraremos hasta el capítulo 28 del libro VII. Por lo demás, casi todo lo que nos queda de su obra, recogido en su mayor parte por C. L. Feltoe (The Letters and other Remains of Dionysius of Alexandria, Cambridge 1904), se lo debemos a Eusebio. Cf. J. Burel, Denys d'Alexandrie, sa vie, son temps, ses oeuvres (Paris 1910).

280 Como se desprende de infra VII 11,2.18.19, la carta está escrita contra el obispo Germán y dirigida a un grupo de personas, posiblemente los copresbíteros de Antioquía (cf. infra VII 20), y data del 260, después de la persecución de Valeriano; M. Sordi (Dionigi d'Alessandria, Commodiano ed alcuni problemi della storia del III secolo: Rendiconti della Pontificia Academia di Archeologia 35 [1962-63] 130-32) le asigna la fecha de 257 o comienzos de 258.

281 Cf. Gál 1,2.

282 El prefecto de Egipto. Cf. A. Rousselle, La persécution des chrétiens à Alexandrie au IIIe s.: Revue historique du droit français et étranger 52 (1974) 112-151.

283 El frumentarius, de simple intendente militar primero y de correo luego, ha pasado, al menos desde Trajano, a ser una especie de agente investigador o detective y hasta de espía político, que también ejerce de policía; cf. Aurelio Víctor, Caes. 13,5s; Hist. August. 1,11, 4-6; 15,12,4; 18,23,2; 25,17,1.

284 La palabra παῖδες lo mismo puede referirse a los hijos que a los alumnos y a los criados. C. L. Feltoe (o.c., p.25) traduce por «hijos»; teniendo en cuenta el pasaje de infra Vll 26,2, es la traducción más probable. Por lo demás, en el párrafo 4 utiliza el término ὑπηρέτας para nombrar a los servidores o criados.

285 Según infra VII 26,2, es el hijo de Dionisio, a quien éste ha dedicado su obra Sobre la naturaleza.

286 por lo que se dice infra VII 11,22, la boda se celebraba en Mareota, y de allí acudieron los convidados para librar a los presos.

287 Cf. infra VII 11, donde se vuelve a hablar de estos cuatro acompañantes de Dionisio.

Cap. 41
[De los que sufrieron martirio en la misma Alejandría]

1 Y el mismo, en su carta a Fabio, obispo de Antioquía 288, narra como sigue los combates de los que sufrieron martirio en Alejandría bajo Decio:
«Entre nosotros, la persecución no comenzó por el edicto imperial, sino que se anticipó un año entero 289. Tomando la delantera en esta ciudad el adivino y autor de males, quienquiera que él fuese 290, agitó y excitó contra nosotros a las turbas de paganos reavivando su celo por la superstición del país.

2 »Por él excitados y tomándose toda licencia para su obrar impío, comenzaron a pensar que solamente era religión este acto de culto demoníaco: desear asesinarnos.

3 »Al primero, pues, a quien echaron mano, fue a un viejo llamado Metras; le intimaron a que dijera palabras impías, y como él no obedecía, le apalearon el cuerpo y le pincharon la cara y los ojos con cañas puntiagudas; lo llevaron al arrabal y allí le lapidaron.

4 »Luego fue una mujer creyente, llamada Quinta; la condujeron al templo de los ídolos y querían forzarla a adorar, mas como ella se volviera horrorizada, la ataron por los pies y la arrastraron por toda la ciudad sobre el escabroso empedrado, chocando contra las piedras de moler, a la vez que la iban azotando, y volviéndola al mismo lugar, la apedrearon.

5 »Y luego todos a una se lanzaron contra las casas de los fieles, y cayendo sobre los que cada uno conocía, vecinos suyos, se los llevaban y se entregaban al saqueo y al pillaje. Apartando para sí los objetos más valiosos y arrojando los más vulgares y hechos de madera para quemarlos en las calles, ofrecían el espectáculo de una ciudad tomada por enemigos.

6 »Por lo que hace a los hermanos, dejaban hacer, se retiraban a escondidas y aceptaban con alegría el robo de sus bienes, lo mismo que aquellos de quienes Pablo dio testimonio 291. Y no sé de ninguno hasta ahora que haya renegado del Señor, a no ser, quizás, uno que cayó en sus manos.

7 »Pero hay más; también prendieron entonces a la anciana Apolonia, virgen admirabilísima. Al golpearla en sus mejillas le hicieron saltar todos los dientes, y levantando una hoguera delante de la ciudad, la amenazaban con quemarla viva si no profería, junto con ellos, las proclamas de la impiedad. Ella entonces pidió un breve espacio y, una vez suelta, se lanzó de un fuerte salto al fuego y quedó totalmente abrasada 292.

8 »A Serapión lo prendieron en su casa, y después de maltratarle con duros tormentos y descoyuntarle todos sus miembros, lo arrojaron de cabeza desde el piso alto. Ni por caminos, ni por senderos, ni por calles podíamos transitar, ni de noche ni de día, sin que a todas horas y por todas partes chillaran todos que quien no cantase las palabras blasfemas debía inmediatamente ser arrastrado y abrasado.

9 »Este estado de cosas se mantuvo boyante por mucho tiempo, mas después que la revuelta se adueñó de los miserables y la guerra civil293 volvió contra ellos mismos la crueldad que antes emplearan contra nosotros, pudimos al fin respirar un poco aprovechando su falta de tiempo para irritarse contra nosotros. Pero en seguida se nos anunció el cambio de aquel reinado, tan favorable para nosotros, y cundió un gran temor por lo que nos amenazaba.

10 »Y es que, efectivamente, allí estaba el edicto 294, casi idéntico al que predijo nuestro Señor, el más terrible o poco menos, tanto que, de ser posible, hasta los mismos elegidos tropezarían 295.

11 »Lo cierto es que todos estaban aterrados, y muchos de los más conspicuos, unos comparecían en seguida, muertos de miedo; otros, con cargos públicos, se veían llevados por sus propias funciones, y otros eran arrastrados por los amigos. Llamados por su nombre, se acercaban a los impuros y profanos sacrificios, pálidos unos y temblorosos, como si no fueran a sacrificar, sino a ser ellos mismos sacrificios y víctimas para los ídolos, tanto que el numeroso público que les rodeaba se mofaba de ellos, pues era evidente que para todo resultaban unos cobardes, para morir y para sacrificar 296;

12 »algunos otros, en cambio, corrían más resueltos a los altares y llevaban su audacia hasta sostener que jamás anteriormente habían sido cristianos 297. A ellos se refiere la muy verdadera predicación del Señor: que difícilmente se salvarán298. De los restantes, unos seguían a uno u otro de estos dos grupos mencionados, y los demás huían.

13 »En cuanto a los que fueron prendidos, los unos, tras haber llegado hasta las cadenas y la cárcel—algunos incluso estuvieron encerrados varios días—, luego renegaron, aun antes de llegar al tribunal, y los otros, después de mantenerse firmes algún tiempo en los tormentos, se negaron a seguir adelante.

14 »Pero los sólidos y dichosos pilares del Señor 299, fortalecidos por él y con una fuerza y constancia adecuadas y dignas de su fe robusta, se convirtieron en testigos admirables de su reino 300.

15 »El primero de ellos, Juliano, un hombre enfermo de gota, incapaz de tenerse en pie ni de caminar, que fue conducido junto con otros dos que lo llevaban; uno de éstos renegó en seguida, mientras que el otro, llamado Cronión y apodado Eunús, así como el mismo anciano Juliano, confesaron al Señor, y después de ser paseados en camellos por toda la ciudad, que es grandísima, como sabéis, a la vez que los iban azotando allá arriba, por último, con todo el pueblo agolpándose en torno, los abrasaron con cal viva 301.

16 »Y un soldado que los iba escoltando cuando eran conducidos al suplicio se enfrentó con los que prodigaban sus insultos, pero ellos se pusieron a gritar, y el valentísimo campeón de Dios, Besas, fue conducido al tribunal, y después de sobresalir en el gran combate por la religión, fue decapitado.

17 »Y otro aún, libio de nación, y verdadero Mácar por su nombre y por bendición divina 302, como el juez insistiera en exhortarle a renegar, no se dejó seducir, y lo quemaron vivo. Y después de éstos, Epímaco y Alejandro, quienes, tras haber permanecido presos largo tiempo soportando incontables sufrimientos de garfios y látigos, fueron también fundidos en cal viva 303.

18 »Y con éstos, cuatro mujeres 304. A Ammonaria, una santa virgen, el juez mandó torturarla con toda saña y fuerza por haber hecho constar de antemano que no diría palabra que él le mandase, y como ella hiciera verdadera su promesa, la condujeron al suplicio. En cuanto a las demás, la venerabilísima anciana Mercuria, y Dionisia, madre de muchos hijos, a los que no amó, sin embargo, por encima del Señor, sintiéndose el juez avergonzado ante la ineficacia de sus torturas, y para no ser vencido por unas mujeres, hizo que murieran a espada y no probaran ya más tormentos; de hecho los había soportado por todas ellas, como paladín suyo, Ammonaria.

19 »Fueron entregados, además, los egipcios 305 Herón, Ater e Isidoro, y con ellos un muchacho de unos quince años, llamado Dióscoro. Primero probó el juez a seducir con palabras al muchacho, suponiéndole fácil de engañar, y a forzarle con tormentos por creerle fácil de ceder, pero Dióscoro ni se dejó persuadir ni cedió.

20 »A los otros los dilaceró ferocísimamente, y, como siguieran firmes, también los entregó al fuego. A Dióscoro, en cambio, lo dejó ir libre, admirado de cómo se había cubierto de gloria ante el público y cuán sapientísimas respuestas dio a su propio interrogatorio, y dijo que le añadía aquella demora por causa de su edad, para que se arrepintiese, Y ahora, el divinísimo Dióscoro está con nosotros, reservado para un combate más largo y para más duraderas lides 306.

21 »Y un tal Nemesión, egipcio también, fue acusado falsamente de vivir con ladrones, y cuando había logrado deshacer tan absurda calumnia ante el centurión, fue denunciado por cristiano y vino encadenado ante el gobernador. Este, injusto por demás, lo maltrató con tormentos y azotes en doble dosis que a los bandidos, y entre bandidos hizo quemar al bienaventurado, que así se veía honrado con el ejemplo de Cristo 307.

22 »Todo un piquete de soldados: Ammón, Zenón, Tolomeo e Ingenes 308, y con ellos un anciano, Teófilo, se hallaba de pie delante del tribunal. Se estaba juzgando a un hombre por ser cristiano, y cuando ya se iba inclinando hacia la apostasía, aquéllos, que estaban presentes, empezaron a rechinar los dientes y hacían señas con la cabeza y extendían las manos y gesticulaban con todo el cuerpo 309.

23 »Todos se volvieron hacia ellos, y entonces, antes de que los prendieran por otros motivos, ellos mismos se adelantaron corriendo hacia el estrado, diciendo que eran cristianos, por lo que tanto el gobernador como sus asesores se llenaron de miedo y parecía que, mientras los reos se mostraban animadísimos para lo que iban a padecer, los jueces estaban acobardados. Y así aquellos soldados salieron en triunfo del tribunal rebosantes de gozo por su testimonio: Dios los hacía triunfar gloriosamente» 310.

Notas:

288 Cf. supra 39,4; como se deduce de infra 43,3.5; 44,1, Fabio estaba algo tocado de novacianismo. En la carta que le escribe Dionisio encontramos la relación más completa del desarrollo de la persecución en Alejandría y Egipto. M. Sordi (a.c., p.123) la data de 251 ó 253.

289 El edicto estaba ya en vigor en Roma antes del 20 de enero de 250—fecha del martirio del papa Fabián—; por consiguiente, en Alejandría la persecución debió de comenzar a primeros de 249 o a finales de 248, quizás coincidiendo con el levantamiento de Decio; cf. supra 39,1.

290 Imposible identificar a este personaje; no es probable que perteneciera al clero del culto oficial, aunque su actividad agitadora parece responder a una reacción contra la cristianofilia de Felipe el Arabe; cf. A. T. Qlmstead, The Mid-Third Century of the Christian Era: Classical Philology 37 (1942) 262SS.

291 Cf. Heb 10,34; Dionisio, discípulo de Orígenes, supone admitida la paternidad paulina de la carta a los Hebreos.

292 Determinaciones parecidas, infra VIII 6,6; 12,4-5; 14.14-17.

293 Repercusión, quizás, en Alejandría de la contienda entre Decio y Felipe, antes de su desenlace en Verona, en 249, al que sin duda se alude al final del párrafo.

294 No se conserva copia de este edicto. Sus disposiciones se hallan recogidas por J. A. F. Gregg (The Decían Persecution [Edimburgo 1897] p.70-86.)

295 Cf. Mt 24,8-10.24.

296 Escenas parecidas las hallamos en San Cipriano, De lapsis 8, y en el Martyrium Pianii 12,2.

297 En Alejandría, lo mismo que en Cartago, este persecución produjo muchos apóstatas.

298 Cf. Mt 19,23; Mc 10,23; Lc 18,24.

299 Cf. Gál 2,9.

300 Expresión cara a Dionisio; cf. infra 42,5; Act 28,23; Ap 1,9.

301 G. Zunt (A textual Note on Eusebius Hist. Eccles. VI 41,15 : VigCh 5 [1951] 50-54), basado en una sugerencia de Valois y en la interpretación que de este difícil pasaje hace Nicéforo Calixto (Hist. Eccles. 5,30), y teniendo en cuenta la traducción de Rufino, va más lejos que Schwartz (que sigue a BDM) y propone como texto: τέλος ἀσβεστῳ περικεχυμένοι, τοῦ δήμου περιστάντος, κατετάκησαν.

302 μάκαρ significa «feliz, dichoso»; cf. Mt 5,10-11.

303 De nuevo los Mss, influidos por Mt 3,12, se han deslizado a la lectura πυρί ἀσβεστῳ «con fuego inextinguible», pero todo el contexto clama por el simple ἀσβεστῳ = «en cal viva».

304 De las cuatro mujeres sólo se nombra a tres; Rufino, después de Dionisio, alude a «otra Ammonaria», sin que sepamos en qué se apoya. Schwartz supone que el nombre había desaparecido ya del Ms utilizado por Eusebio.

305 Los alejandrinos se consideraban griegos, distintos de los egipcios; de éstos hablan como grupo étnico y cultural diferente; cf., v.gr., infra VII 11,12.17.

306 No se habla del final que tuvo Dióscoro. Al parecer, se esperaba de un momento a otro un recrudecimiento de la persecución; cf. San Cipriano, Epist. 57,1.1.

307 Cf. Mt 27,38; Mc 15,27; Lc 23,33; Jn 19,18.

308 En latín, ingenuus.

309 Un caso parecido lo hemos visto supra V 1,49s.

310 Cf. 2 Cor 2,14.

Cap. 42
[De otros mártires mencionados por Dionisio]

1 «Y muchísimos otros fueron despedazados por los paganos en ciudades y aldeas, de los cuales recordaré uno solamente por vía de ejemplo. Isquirión era intendente a sueldo de uno de los magistrados. Su amo le mandó sacrificar, y como él no obedeciera, comenzó a injuriarlo; persistió en su negativa, y el amo le maltrataba; como todo lo soportara, agarró éste una estaca enorme y, atravesándole intestinos y entrañas, lo mató.

2 »Y ¿qué decir de la muchedumbre de los que anduvieron errantes por desiertos y montes y perecieron de hambre, de sed, de frío y de enfermedad, o presa de ladrones y de fieras? 311. De su elección y su victoria son testigos los que de entre ellos sobrevivieron. Como prueba de todos, citaré también un solo caso.

3 »Queremón era ya muy anciano y obispo de la ciudad llamada Nilópolis 312. Habiendo huido con su mujer a la montaña de Arabia 313, no regresó más, y los hermanos, a pesar de que escudriñaron bien muchas zonas, no pudieron dar con ellos ni con sus cadáveres.

4 »Muchos son los que en esa misma montaña de Arabia fueron reducidos a esclavitud por los bárbaros sarracenos 314; de ellos, unos han sido rescatados con gran dificultad y a cambio de mucho dinero; y otros no, hasta hoy.
»Y si te he explicado esto, hermano, no es sin motivo, sino para que sepas cuántas y qué terribles pruebas nos han sobrevenido, y aún pudieran contar más los que más han experimentado».

5 Y luego, después de breves líneas, prosigue diciendo:
«Por lo tanto, los mismos divinos mártires de entre nosotros, que ahora son asesores de Cristo y partícipes de su reino y de su juicio, y que junto a él dictan sentencia 315, recibieron a algunos de los hermanos caídos que se habían hecho culpables de haber sacrificado. Cuando vieron su conversión y arrepentimiento y juzgaron que podía ser aceptable al que no quiere en absoluto la muerte del pecador, sino su arrepentimiento 316, los recibieron, los congregaron, los reunieron y les dieron parte en sus oraciones y comidas 317.

6 »¿Qué nos aconsejáis, pues, vosotros sobre esto, hermanos? ¿Qué hemos de hacer? ¿Nos pondremos de parte de su voto y de su mismo sentir y guardaremos su juicio y su gracia, y seremos buenos para con los que ellos compadecieron, o bien tendremos por injusta su decisión y nos impondremos nosotros mismos como jueces de su opinión, contristando su bondad y trastornando el orden establecido?»
Esto es lo que Dionisio, con buen acuerdo, nos confía al remover el tema de los que habían desfallecido en la temporada de persecución.

Notas:

311 Cf. Heb 11,38.

312 En la parte occidental del Nilo, cerca de Heracleópolis Magna.

313 El largo desierto montañoso que se extiende al este del Nilo y al sur de Heroópolis.

314 Es la primera vez que este nombre aparece en la literatura cristiana; eran los habitantes de la montaña de Arabia, y no se les consideraba egipcios.

315 Cf. Mt 19,28; Ap 20,4; 1 Cor 6,2-3.

316 Cf. Ez 18,13; 33,11; 1 Pe 3,9.

317 También en Alejandría y Egipto se plantea el problema de los «confesores», que a veces se excedían en sus atribuciones. Aquí parecen intervenir activamente en el proceso de reconciliación de los «lapsi»; cf. A. Martin, La réconciliation des «lapsi» en Egypte. De Denys à Pierre d'Alexandrie. Une querelle de clercs: Rivista di Storia e letteratura religiosa 12 (1986) 156-169. San Cipriano aborda el asunto más expresamente en su epistolario; cf. A. d'Ales, L'édit de Calliste. Etude sur les origines de la pénitence chrétienne (París 1914) P 346. Nótese la terminología de la última frase, terminología técnica de la disciplina sacramental.

Cap. 43
[De Novato, su conducta y su herejía]

1 Fue entonces precisamente cuando Novato 318, presbítero de la iglesia de Roma, ensoberbecido contra éstos, como si ya no existiera para ellos esperanza de salvación ni siquiera cumpliendo todo lo conducente a una sincera conversión y a una confesión pura, se constituyó en fundador de una herejía particular, la de aquellos que, por orgullo de su razón, se declaraban a sí mismos puros.

2 Por este motivo se reunió en Roma un concilio numerosísimo, con sesenta obispos y un número todavía mayor de presbíteros y diáconos319, mientras, en las demás provincias 320, los pastores locales examinaban en particular a fondo lo que se había de hacer. Todos tomaron una decisión 321: que Novato, junto los que se habían alzado con él, así como los que habían preferido aprobar el parecer antifraterno e inhumano en sumo grado de semejante hombre, quedaban considerados como ajenos a la Iglesia. En cambio, los hermanos caídos en aquella calamidad debían ser curados y cuidados con las medicinas de la penitencia.

3 Ha llegado, pues, hasta nosotros 322 una carta del obispo de Roma Cornelio, escrita al de la iglesia de Antioquía, Fabio, que declara los hechos relativos al concilio de Roma y a las decisiones de los de Italia, de Africa y de las regiones de aquellos lugares. También nos han llegado otras, compuestas en lengua latina, de Cipriano y de sus colegas de África, a través de las cuales ponían de manifiesto que también ellos eran del parecer de que era necesario socorrer a los que habían caído en la prueba y de que en buena razón era preciso proclamar expulsado de la Iglesia católica al fundador de la herejía, lo mismo que a todos los que se habían dejado extraviar por él 323.

4 Junto con esas cartas venía otra de Cornelio acerca de las decisiones del concilio, y además otra sobre las actuaciones de Novato. Nada nos impide citar un párrafo de ésta para que sepan lo concerniente a él quienes lean este libro.

5 Explicando a Fabio qué clase de hombre era Novato, Cornelio escribe lo siguiente:
«Y para que sepas que este extraño individuo venía desde hace largo tiempo deseando el episcopado 324 y que escondía en sí mismo esta su violenta pasión utilizando como tapadera de su locura el hecho de tener con él en un comienzo a los confesores 325, quiero explicarme:

6 »Máximo 326, uno de nuestros presbíteros, y Urbano, los dos habían cosechado por dos veces la mejor de las glorias por su confesión; luego Sidonio y también Celerino, varón que, por la misericordia de Dios, había soportado con la mayor entereza todos los tormentos y que, robusteciendo la debilidad de su carne con el vigor de su fe, había vencido a viva fuerza al adversario; estos hombres, digo, conocieron a aquél, y después que descubrieron la malicia que en él había y su doblez, sus perjurios, sus engaños, su insociabilidad y su lupina amistad, retornaron a la santa Iglesia y revelaron todas sus maquinaciones y acciones malvadas, que ya tenía desde hacía mucho tiempo, pero que iba ocultando en sí mismo, hallándose presentes bastantes obispos 327 y gran número de presbíteros y laicos, y se dolían y arrepentían de haber abandonado por breve tiempo la Iglesia, persuadidos por aquella bestia pérfida y malvada».

7 Luego dice tras breve espacio:
«¡Es extraordinario, querido hermano, el cambio y transformación que en breve tiempo hemos contemplado en él! Porque, siendo una persona brillantísima 328 y que hacía creer con juramentos tremendos que en modo alguno deseaba el episcopado 329, de repente aparece ya obispo, como arrojado en medio por arte de encantamiento.

8 »Efectivamente, este expositor de doctrinas 330, este campeón de la ciencia eclesiástica, cuando se empeñó en arrancar para sí y arrebatar el episcopado, que no se le había dado de arriba, se escogió dos partidarios suyos, desesperados de su propia salvación, para enviarlos a cierta parte de Italia, pequeña e insignificante, y allí engañar con amañada argumentación a tres obispos 331, hombres rústicos y muy simples, afirmando enérgicamente y sosteniendo con fuerza que era preciso que se presentaran rápidamente en Roma para que, por su mediación y con ayuda de otros obispos, se pusiera fin a toda la disensión que había surgido.

9 »Así que llegaron —gentes, como ya nos apresuramos a decir, demasiado simples para las maquinaciones y falta de escrúpulo de estos malvados—, fueron encerrados por unos cuantos hombres semejantes a él y por él trastornados. A la hora décima, cuando se hallaban ebrios y cargados por el vino, les obligó por la fuerza a que, mediante una imposición de manos simulada y vana, le confiriesen el episcopado, el mismo que ahora reivindica con fraude y malicia, pues no le corresponde.

10 »No mucho después, uno de ellos volvió a la Iglesia, lamentándose y confesando su pecado, y nosotros le admitimos a la comunión como laico, pues todo el pueblo allí presente intercedía por él. En cuanto a los otros obispos, ordenamos sucesores suyos y los enviamos a los lugares donde ellos estaban 332.

11 »Así, pues, este vindicador del Evangelio 333 no sabía que tiene que haber un solo obispo en una iglesia católica 334 en que no ignora—¿y cómo podría?—que hay cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos, siete subdiáconos, cuarenta y dos acólitos, cincuenta y dos entre exorcistas, lectores y ostiarios, así como más de mil quinientas viudas y menesterosos, a todos los cuales alimenta la gracia y el amor del Señor a los hombres 335.

12 »Una muchedumbre tan grande y tan necesaria en la Iglesia, y un número tan rico y en continuo aumento por la providencia divina, con un pueblo inmenso e innumerable, no logró apartarlo de tamaña desesperación y derrumbamiento y tornarlo a la Iglesia».

13 Y de nuevo, tras de algunas otras cosas, añade:
«Pues bien, digamos a renglón seguido con qué obras y con qué género de vida se atrevía a arrogarse el episcopado. ¿Acaso, al menos, porque desde un principio vivía habitualmente en la iglesia? ¿O porque libró por ella numerosos combates y, por causa de la religión, se vio envuelto en muchos y grandes peligros?

14 »No hubo tal. Al menos para él, el punto de partida de su creencia fue Satanás, que había venido a él y en él había morado bastante tiempo. Los exorcistas le auxiliaron cuando cayó en una grave enfermedad, y como pensaba que iba a morir pronto, en el mismo lecho en que yacía recibió el bautismo por infusión, si es que se puede decir que este tal lo recibió 336.

15 »Pero habiendo escapado a la enfermedad, no recibió ninguna de las otras cosas que hay que recibir después, según la regla de la Iglesia, ni siquiera el ser sellado por el obispo 337. Y no habiendo recibido esto, ¿cómo iba a haber recibido el Espíritu Santo?»

16 Y tras breve espacio vuelve a decir:
«... él, que por cobardía y apego a la vida, en tiempo de la persecución negó que fuera presbítero. Efectivamente, los diáconos le pedían y exhortaban a que saliera de la casucha en que se había encerrado y socorriera a los hermanos en todo lo que es ley y según la posibilidad de un presbítero para socorrer a unos hermanos en peligro y necesitados de socorro; pero tan lejos estaba él de obedecer a las exhortaciones de los diáconos, que partió enfurecido y se alejó, porque decía que no quería ser ya presbítero por estar enamorado de otra filosofía» 338.

17 Saltándose algunas cosas, añade a lo dicho lo siguiente:
«... tras abandonar, efectivamente, este ilustre personaje la Iglesia de Dios, en la que había obtenido la fe y en la que había sido considerado digno del presbiterado, por gracia del obispo que le impuso su mano para el orden del presbiterado, pues, aunque todo el clero trataba de impedirlo, e incluso numerosos laicos, por no estar permitido a quien había recibido—como éste—el bautismo por infusión en el lecho, a causa de una enfermedad 339, ser incorporado al clero, dicho obispo pidió que se le permitiera ordenar a éste solamente» 340.

18 Todavía añade algo a lo dicho, el mayor de los absurdos de este hombre, en los términos siguientes:
«Efectivamente, realizada la ofrenda, al distribuir a cada uno su parte y entregársela, obliga a las pobres gentes a jurar, en vez de bendecir. Con ambas manos agarra las del que va a recibir (la comunión) y no las suelta hasta que haya jurado profiriendo estas palabras (porque usaré sus propias palabras): 'Júrame por la sangre y el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo no abandonarme jamás para volverte a Cornelio' 341.

19 »Y el pobre desgraciado no gusta (la comunión) si antes, previamente, no hace imprecaciones contra sí mismo, y en vez de pronunciar 'Amén', al tomar aquel pan, dice: 'No volveré a Cornelio'».

20 Y después de otras cosas torna a decir:
«Pero debes saber que ahora se encuentra desnudo y se ha quedado aislado, pues cada día le van abandonando los hermanos y retornando a la Iglesia. Y el mismo Moisés 342, el que recientemente dio entre nosotros un hermoso y admirable testimonio, hallándose todavía en el mundo, como viera la osadía y la locura de aquél, lo excomulgó junto con los cinco presbíteros que con él se habían separado de la Iglesia».

21 Y hacia el final de la carta enumera los obispos presentes en Roma y que habían condenado la insensatez de Novato, indicando a la vez sus nombres y el de la iglesia que cada uno gobernaba;

22 y de los que no estaban presentes en Roma, pero que por carta dieron su asentimiento al voto de los susodichos, menciona los nombres y el lugar de donde procedía cada uno de los que escribían. Esto es lo que Cornelio informaba por carta a Fabio, obispo de Antioquía.

Notas:

318 Eusebio no acaba de aclararse en los asuntos de la iglesia latina: aquí llama Novato (aunque en este caso le siguen otros escritores griegos) a Novaciano, el cismático presbítero romano, luego antipapa. Cf. A. d'Ales, Novatien (París 1925).

319 Este concilio, que, por los numerosos obispos asistentes, nos permite calcular la extensión del cristianismo por estas fechas en Italia, se celebró el año 251, quizás en junio.

320 Es posible que aluda especialmente al concilio convocado por San Cipriano poco antes en Cartago (abril de 251) y cuyas decisiones el mismo Cipriano transmite al papa Cornelio (Epist. 44-45). decisiones que el concilio de Roma aceptó; cf. J. A. Fischer, Die Konzilien zu Karthago und Rom im Jahr 151: Annruarium Historiae Conciliorum 11 (1979) 163-186.

321 No se puede determinar si, al decir «todos», se refiere a los reunidos en el concilio de Roma solamente, o también, con éstos, a los «pastores locales de las demás provincias». El texto, sin embargo, permite también otra traducción: «se tomó una decisión para todos», es decir, válida para todos, aunque adoptada en Roma.

322 Eusebio va a dar cuenta de una serie de cartas que, seguramente, halló reunidas en un legajo. Se ha perdido el texto de todas ellas; sólo nos han quedado los fragmentos citados luego.

323 Eusebio parece indicar que las decisiones africanas son posteriores a las de Roma y de importancia menor, o de simple confirmación; la realidad es totalmente inversa.

324 Cf. infra § 7; 1 Tim 3,1.

325 Los confessores, quienes, lo mismo en Roma que en Cartago, fueron más de una vez víctimas de los manejos de algunos ambiciosos sin escrúpulos.

326 Este y los demás confesores del grupo aquí citado—entre los que hay presbíteros, diáconos y laicos—nos son conocidos además por el epistolario de San Cipriano (Epist. 21. 22.27.28.32.37.39.49.50 y 52-54); cf. J. Campos, Obras de San Cipriano: BAC 241 (Madrid 1964) p.428ss.

327 Cinco, según la carta de Cornelio; cf. San Cipriano, Epist. 49,2.

328 Las cartas por él escritas y conservadas entre las de San Cipriano (Epist. 30 y 36), así como sus tratados conocidos, especialmente el De Trinitate y el De cibis iudaicis, corroboran esta afirmación; San Cipriano (Epist. 55,24 y 60,3) lo llama filósofo, y reconoce su elocuencia. Cf. H. Weyer, Novatianus, De Trinitate, Ueber den dreifältigen Gott. Text und Uebersetzung, mit Einleitung und Kommentar: Testimonia 1 (Düsseldorf 1962); C. Granado, Novaciano, La Trinidad. Introducción, edición crítica y traducción = Fuentes Patrísticas, 8 (Madrid 1996).

329 Posiblemente, estos juramentos eran sinceros por parte de Novaciano (cf. infra 45), pero la llegada de Novato a Roma cambió sus propósitos.

330 El tono sarcástico de estas expresiones no impide reconocer una velada alusión a los tratados doctrinales de Novaciano.

331 Posiblemente se exigía ya un número mínimo de tres obispos para la consagración episcopal, regla que sancionará el concilio de Nicea, canon 4; pero aquí Cornelio parece querer destacar este exiguo número para que se pueda comparar con el de obispos asistentes a su propia consagración y las circunstancias totalmente «canónicas» que la rodearon, como vemos en San Cipriano, Épist. 55,8-9.24.

332 ¿Era uno de ellos el Evaristo de la carta del mismo Cornelio a Cipriano (Epist. 50)?

333 En contexto parecido, San Cipriano (Epist. 44,3) arguye partiendo de la consigna de los novacianos de proclamarse «adsertores Evangelii et Christi»; cf. Epist. 46,2.

334 La fórmula de retractación reproducida por Cornelio en su carta a San Cipriano (Epist. 49,2,4) decía: «nec enim ignoramus... unum episcopum in catholica esse debere».

335 Estas cifras pueden darnos idea de la extensión del cristianismo por estas fechas en Roma (Burnet, Gibbon, Benson y Harnack, por ejemplo, calculan unos 50.000, casi un 5 por 100 de la población urbana), así como del alto grado de organización alcanzado.

336 En este párrafo, Cornelio viene a decir que Novaciano provenía del paganismo y que sólo ante la enfermedad se había decidido a pedir el bautismo, hecho que, como se dirá en el párrafo 17, se aducirá como impedimento para su ordenación.

337 Novaciano, libre ya de la enfermedad, no se había sometido a las ceremonias canónicas que completaban el rito del bautismo clínico, ni siquiera al requisito indispensable del «sellado» o confirmación por el obispo.

338 Esta actitud de Novaciano no parece avenirse bien con la acusación expuesta supra ( § 5 y 7) de que deseaba el episcopado; por otra parte, sus cartas, conservadas entre las de San Cipriano (la 30 y la 36), revelan una estima muy diferente del sacerdocio. Posiblemente Cornelio tergiversa el deseo de Novaciano de volver a su «filosofía» (cf. San Cipriano, Epist. 55,24), es decir, a su vida de estudio; pero difícilmente se puede pensar en un conato de vuelta a la «filosofía pagana», es decir, de apostasía.

339 Cf. supra § 14.

340 El obispo en cuestión fue San Fabián. Si Cornelio no lo nombra, puede ser por no manchar la memoria del mártir con el «error» de esa ordenación, o también por no dar lugar a que el prestigio del mártir pesase a favor de Novaciano.

341 Es difícil comprender cómo podía desarrollarse esta escena—si no es toda ella pura invención—, ya que no sabemos cómo se distribuía la comunión ni qué fórmulas se utilizaban.

342 Cf. San Cipriano, Epist. 28; 31; 32.

Cap. 44
[Relato de Dionisio acerca de Serapión]

1 Y con este mismo Fabio, que se inclinaba un poco al cisma, mantuvo también correspondencia epistolar Dionisio, el de Alejandría. Después de explicar muchos y diversos puntos, entre ellos el de la penitencia 343, en las cartas que le dirigió, al referir detalladamente los combates de los que por entonces acababan de padecer martirio en Antioquía, en el curso del relato narra también un hecho, admirable por demás, que será necesario transmitir en esta obra y que dice así:

2 «Pero voy a exponerte este solo ejemplo, ocurrido entre nosotros. Había entre nosotros un tal Serapión, anciano ya y creyente. Durante mucho tiempo había vivido irreprochablemente, pero luego, en la prueba, cayó. El había pedido muchas veces (el perdón), mas nadie le hacía caso, porque incluso había sacrificado 344. Habiendo enfermado, pasó tres días seguidos sin poder hablar e inconsciente.

3 »Cuando al cuarto se recuperó un poco, llamó a su nieto y dijo: '¿Hasta cuándo, hijo, me retenéis? Daos prisa, os lo ruego, y soltadme 345 en seguida. Llámame a alguno de los presbíteros'. Y dicho esto, de nuevo se quedó sin voz.

4 »Corrió el niño a casa del presbítero, mas era de noche y éste se hallaba enfermo; ir no podía, pero como yo había mandado que a los que iban a partir de esta vida, si pedían perdón, y con mayor razón si ocurría que ya anteriormente lo habían suplicado, se les concediera, para que partieran con buena esperanza 346, dio al niño una porción de la Eucaristía, y le mandó que la echase en un líquido y la hiciera caer a gotas en la boca del anciano.

5 »Regresó el niño con ella y, cuando ya se acercaba, antes que entrase, de nuevo Serapión volvió en sí y dijo: '¿Has llegado ya, hijo? El presbítero no pudo venir, pero tú haz rápido lo que se te ordenó y déjame partir'. El niño puso en un líquido (la porción de Eucaristía) 347, y a tiempo que la vertía en la boca del anciano, éste tragó un poquito e inmediatamente entregó su espíritu.

6 »Ahora bien, ¿no está claro que fue preservado y se mantuvo hasta que fuera absuelto y, borrado el pecado, pudiera ser reconocido por las muchas obras buenas que había hecho?» 348 Esto dice Dionisio.

Notas:

343 Entre ellos, sin duda, el trato que se debía dar a los «lapsi», trato más bien de comprensión y perdón, como ilustra el ejemplo que aduce.

344 Entre los «lapsi», los más culpables eran los que habían sacrificado; cf. infra 46,1.

345 Nótese la terminología κατέχετε-ἀπολύσατε, de clara significación técnica penitencial.

346 Cf. disposiciones parecidas en San Cipriano, Epist. 18,2; 19,2; 20,3; 30,8; 55,5.

347 Estamos ante un caso bien claro de comunión bajo la sola especie de pan; por razones obvias, el niño la remoja seguramente en agua.

348 Cf. Mt 10,32; Lc 12,8; Ap 3,5. La apostasía de Serapión debió de ocurrir en la persecución de Decio, y el hecho aquí relatado, entre 251-252, si hemos de seguir la datación de las cartas, según el cálculo de M. Sordi (o.e., p.123). Para G. del Ton (L'episodio eucaristico di Serapione narrato da Dionigi Alessandrino : La Scuola Cattolica 70 [1942] 40), la dataría de poco antes de 253.

Cap. 45
[Carta de Dionisio a Novato]

Mas veamos qué escribió también el mismo 349 a Novato, que por entonces andaba perturbando la comunidad de los hermanos de Roma. Como quiera, pues, que éste andaba haciendo de algunos hermanos pretexto de su apostasía y de su cisma, como si efectivamente ellos le hubieran forzado a llegar a esta situación, mira de qué modo le escribe:
«Dionisio a Novaciano 350, su hermano, salud: Si, como dices, fuiste llevado contra tu voluntad, lo habrás de probar regresando voluntariamente, porque había que sufrir lo que fuera con tal de no partir en dos la Iglesia de Dios. El testimonio dado por evitar el cisma no era menos glorioso que el que se da por no adorar a los ídolos 351; para mí, incluso, era mayor, porque en éste uno da testimonio por la propia alma sola, mientras que en el otro se da por toda la Iglesia. Pero aun ahora, si logras persuadir o forzar a tus hermanos a volver a la concordia, tu enmienda será más grande que tu caída. Esta no se te tendrá en cuenta, mientras que lo otro se te alabará. Y si no puedes, porque no te obedecen, salva siquiera tu propia alma. Ruego que tengas salud, asido a la paz en el Señor».

Notas:

349 Dionisio.

350 Aunque hay Mss que leen Novato (ATM), aquí parece que se impone la lectura de BD y de la versión L. Dionisio estaba en mejores condiciones que Eusebio para conocer el verdadero nombre de Novaciano; cf. infra. VII 8.

351 Aparte del tono general de la carta, mucho más suave y fraternal que la de Cornelio, Dionisio parece dar a entender con esta frase que Novaciano había «dado testimonio»; la argumentación coincide con la de San Cipriano (Epist. 54,1).

Cap. 46
[De las otras cartas de Dionisio]

1 Esto escribe también a Novato. Pero, además 352, escribe a los de Egipto una carta Sobre la penitencia, en la cual expone sus opiniones acerca de los caídos distinguiendo grados de faltas 353.

2 También se conserva una carta suya privada Sobre la penitencia 354, dirigida a Colón (éste era obispo de la iglesia de Hermúpolis), y otra de reprensión dirigida a su grey de Alejandría. Entre éstas se halla también la que escribió a Orígenes Sobre el martirio 355. También a los hermanos de Laodicea 356, a quienes presidía el obispo Telimidro, y a los de Armenia 357, cuyo obispo era Meruzanes: les escribe Sobre la penitencia.

3 Y además de a todos éstos, escribe también a Cornelio 358, el de Roma, después de recibir su carta contra Novato. Le indica claramente que él ha sido invitado por Heleno 359, obispo de Tarso de Cilicia, y por los otros obispos que le acompañan: Firmiliano 360, el de Capadocia, y Teoctisto 361, el de Palestina, para asistir al concilio de Antioquía 362, donde algunos intentaban consolidar el cisma de Novato.

4 Además de esto escribe que se le ha anunciado que Fabio había muerto y que habían establecido a Demetriano como sucesor suyo en el obispado de Antioquía 363. Escribe también sobre el obispo de Jerusalén, hablando en estos términos:
«Porque Alejandro, aquel hombre admirable, estando en la cárcel, tuvo una muerte feliz» 364.

5 A continuación de ésta se conserva también de Dionisio otra Carta diaconal 365 por medio de Hipólito, dirigida a los de Roma, a los que escribe además otra Sobre la paz, e igualmente Sobre la penitencia, así como también otra más A los confesores de allí que todavía estaban comprometidos con la opinión de Novato. A estos mismos, después que volvieron a la Iglesia, les escribió otras dos cartas. Igualmente mantuvo correspondencia epistolar con muchas otras personas y ha dejado en pos de sí rico provecho a los que todavía hoy se toman interés por sus escritos.

Notas:

352 En este capítulo, Eusebio nos da una lista de las cartas de Dionisio que él encontró, junto con las ya mencionadas, seguramente en el mismo volumen o legajo.

353 En San Cipriano encontramos también grados, v.g., libellatici y sacrificati (Epist. 55.13ss.).

354 El único fragmento conservado, véase en C. L. Feltoe, o.c., p.59-62.

355 Cf. C. L. Feltoe, o.c., p.299.

356 Laodicea de Siria, al sur de Antioquía.

357 Es la primera vez que se habla del cristianismo en Armenia; cf. M. VAN Esbroeck, Nouveaux fragments arméniens de Denys d'Alexandrie: Orientalia Christiana Periodica 50 (1984) 18-42.

358 Cf. C. L. Feltoe, o.c., p.39.

359 Cf. infra VII 30,2.

360 Cf. infra VII 28,1.

361 Cf. supra 19,17-18; 27; infra VII 5,1.

362 Esta «invitación» de obispos lejanos para asistir a los concilios locales la volvemos a encontrar infra VII 27,2.

363 Eusebio, Chronic. ad annum 253: HELM, p.219.

364 Cf. supra 39,3; de él se había hablado, especialmente, en los capítulos 8, 11 y 19.

365 No es fácil determinar el sentido de διακονική. Benso la traduce por «oficiosa», portadora de avisos o informes útiles; puede referirse también al servicio o ministerio diaconal, hacia el que apunta la traducción de Rufino: «epístola... de ministeriis»; cabe también que sea un equivalente de εἰρηνική, como expresión más velada, antes de enviar la otra carta, abiertamente titulada Sobre la paz. Tampoco es posible determinar quién es el Hipólito aludido. Sobre todas estas cartas, cf. C. L. Feltoe, o.c., p.62-64.

Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X
© El Testigo Fiel - 2003-2026 - www.eltestigofiel.org - puede reproducirse libremente, mencionando la fuente.
Sitio realizado por Abel Della Costa - Versión de PHP: 8.2.30