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El Testigo Fiel
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Documentación: Confesiones
Libro VI
«El año trigésimo: dudas intelectuales y servidumbre moral»

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII

Libro Sexto: El año trigésimo: dudas intelectuales y servidumbre moral

CONTENIDO

I. Llegada de Mónica

II. Acata Mónica una prohibición de Ambrosio

III. No puede Agustín consultar con San Ambrosio, pero encuentra en su predicación la luz buscada

IV. Descubre Agustín la grandeza de la fe católica y el sentido espiritual de las Escrituras

V. La creencia en la vida humana, autoridad de las Escrituras

VI. El mendigo gozoso

VII. Alipio. Agustín le quita la afición a los juegos del circo

VIII. Vuelve a cobrar gusto Alipio por los combates de gladiadores

IX. Alipio detenido equivocadamente por ladrón

X. Integridad de Alipio como asesor. Nebridio

XI. Lucha interna de Agustín. Pensamientos sobre la muerte. Sentimientos alternos

XII. Castidad de Alipio. Presión de Agustín

XIII. Proyecto de matrimonio

XIV. Proyecto de vida común

XV. Se separa de la madre de Adeodato y se liga con otra mujer .

XVI. Temor de la muerte y del juicio

Notas al Libro VI

CAPÍTULO I

LLEGADA DE MÓNICA

1. Esperanza mía desde mi juventud, ¿dónde estabas para mí y adonde te habías retirado? ¿No eras tú quien me había hecho y me había diferenciado de los cuadrúpedos y me había hecho más sabio que las aves del cielo?

Caminaba por las tinieblas y por lugares resbaladizos y te buscaba fuera de mí y no encontraba al Dios de mi corazón. Había descendido hasta el fondo del mar y había perdido toda confianza y toda esperanza de hallar la verdad.

Ya había venido a mi lado mi madre, fuerte en su piedad, siguiéndome por tierra y por mar, segura de ti en todos los peligros. 1 Tanto que, en los momentos críticos de la travesía, animaba hasta a los propios marineros, que son los que suelen dar ánimos a los pasajeros no avezados a la mar en sus ratos de zozobra, y les aseguraba que llegarían al puerto sanos y salvos, porque tú, en una visión, se lo habías prometido.

Y me encontró en grave riesgo, como cabía suponer, desvanecida la esperanza de descubrir la verdad. Con todo, cuando le manifesté que, en realidad, ya no era maniqueo, aunque tampoco cristiano católico, no saltó de alegría como si oyera una nueva inesperada. Es que ya estaba segura de aquella parte de mi miseria por la que me lloraba en tu presencia como a un muerto, sí, pero que había de resucitar, y a ti me presentaba en el féretro de su pensamiento, para que dijeses al hijo de la viuda: "Joven, a ti te lo digo, levántate", y volviese él a la vida y empezase a hablar y tú se lo devolvieses a su madre.

No se sobresaltó, pues, su corazón con turbulenta alegría cuando se enteró de que se había cumplido en tan gran parte lo que cada día te suplicaba llorando que se cumpliese: yo no había alcanzado aún la verdad, pero ya había sido arrancado del error.

Antes bien, como estaba segura de que tú, que se lo habías prometido todo, le habías de conceder también lo que faltaba, con el mayor sosiego y con el corazón repleto de confianza, me respondió que tenía fe en Cristo de que antes de partir de esta vida había de verme fiel católico.

Esto es lo que me dijo a mí. Que ante ti, fuente de las misericordias, redoblaba intensamente sus plegarias y sus lágrimas, para que acelerases tu ayuda e iluminases mis tinieblas y corría a la iglesia con mayor solicitud y estaba pendiente de los labios de Ambrosio, de la fuente de agua que brota para la vida eterna. 2

Amaba mi madre a aquel varón como a un ángel de Dios, porque se había dado cuenta de que por su medio había yo llegado mientras tanto a ese estado de incertidumbre y de fluctuación, por el cual presentía ella firmemente que tendría que pasar para ir de la enfermedad a la salud, a través de un intervalo más agudo, una especie de trance que los médicos llaman crítico.

CAPÍTULO II

ACATA MÓNICA UNA PROHIBICIÓN DE AMBROSIO

2. Así, un día que había llevado mi madre a las sepulturas de los santos, como lo acostumbraba en África, obladas de harina cocida y pan y vino puro 3 y se lo impidiese el portero, apenas se enteró de que había sido el obispo quien había prohibido esta práctica, acogió la prohibición con tanta piedad y obediencia que yo mismo quedé sorprendido de la facilidad con que pasó a condenar su costumbre más bien que a discutir la prohibición episcopal.

Y es que no tenía su espíritu asediado por la embriaguez, ni se dejaba estimular al odio de la verdad por afición al vino, como tantos hombres y mujeres que, al estribillo de la sobriedad, como los borrachos ante una bebida aguada, sienten náuseas.

Ella, en cambio, cuando llevaba la cestita con las viandas rituales, que debía probar antes de distribuirlas, no presentaba más que un pequeño vaso de vino diluido al gusto de su paladar harto sobrio, del cual tomaba un sorbito para aquella ceremonia. Y si había muchas sepulturas de difuntos que le parecían merecer el mismo honor, era siempre el mismo y único vasito el que llevaba de uno a otro para presentarlo en todas partes. Con lo que el vino no solamente estaba ya muy aguado, sino en exceso tibio cuando lo repartía a pequeños sorbos entre los suyos que se encontraban presentes; porque era la piedad lo que con eso buscaba, no el deleite.

Así que se enteró de que el ilustre predicador y maestro de la verdad había prohibido tales prácticas, sin excluir a aquellos que las celebraban sobriamente, para no dar ocasión alguna de embriagarse a los intemperantes y porque estas especies de "parentales" estaban resultando demasiado parecidas a las supersticiones de los gentiles, se abstuvo de muy buen grado. Y en lugar de la canastilla colmada de frutos de la tierra había aprendido a llevar a las sepulturas de los mártires un corazón lleno de más puros deseos. De este modo podía, a la vez, dar a los menesterosos en la medida de sus posibilidades y permitir que se celebrase en esos lugares la comunión del Cuerpo del Señor, a ejemplo de cuya Pasión fueron inmolados y coronados los mártires.

Y, no obstante, me parece, Señor, Dios mío —y tal es en tu presencia el sentimiento de mi corazón sobre este punto— que tal vez mi madre no hubiese accedido tan fácilmente a cortar esta costumbre, si lo hubiera prohibido otro a quien no estimara tanto como a Ambrosio. A causa de mi salvación estimábale en gran manera y él estimaba a mi madre a causa de su género de vida sumamente religioso y del fervor de espíritu que ponía en las buenas obras frecuentando la iglesia. Al punto de que no pocas veces, cuando me veía, prorrumpía en elogios sobre ella, felicitándome por tener tal madre, sin saber qué clase de hijo tenía ella en mí, que dudaba de todas esas cosas y estaba absolutamente convencido de que era imposible atinar el camino de la vida.

CAPÍTULO III

NO PUEDE AGUSTÍN CONSULTAR CON SAN AMBROSIO, PERO ENCUENTRA EN SU PREDICACIÓN LA LUZ BUSCADA

3. Y todavía no gemía en mi oración para que vinieses en mi ayuda, sino que mi espíritu estaba obsesionado en la búsqueda y sin reposo en la discusión. Al mismo Ambrosio teníale por hombre feliz según el mundo, pues tanto le honraban tan poderosas personalidades. Sólo su celibato me parecía trabajoso de llevar. Mas qué esperanza abrigaría este hombre, qué luchas tendría que sostener contra las tentaciones de su propia grandeza o qué consuelos encontraría en la adversidad y qué sabrosas delicias experimentaría al rumiar tu pan la boca secreta que había en su corazón, yo no podía sospecharlo ni tenía experiencia de ello.

Tampoco él sabía de los tormentos de mi alma ni del peligroso abismo que me acechaba. Porque yo no podía preguntarle lo que quería, como quería, ya que me apartaba de su oído y de su boca una multitud de personas atareadas, a quienes atendía en sus apuros. Y cuando no estaba con ellas, que era en muy raras ocasiones, reparaba su cuerpo con el sustento necesario o su espíritu con la lectura.

Cuando él leía, recorrían las páginas los ojos y el corazón profundizaba el sentido, pero la voz y la lengua descansaban. Muchas veces, estando nosotros presentes —porque a nadie se le prohibía la entrada, ni había costumbre de anunciarle al visitante—, le vimos leer así en silencio y jamás de otra manera. 4 Y después de haber estado sentados largo rato sin decir nada —¿quién se hubiese atrevido a importunar a un hombre tan abstraído?— nos retirábamos suponiendo que durante ese breve tiempo que podía encontrar para fortalecer su espíritu descansando del tumulto de los asuntos ajenos, no querría que se le distrajese. Tal vez se guardaba temiendo que un oyente, atento y cautivado ante un pasaje un tanto oscuro del autor que estaba leyendo, lo obligase a explicar o discutir algunas cuestiones más difíciles y que, por el tiempo empleado en ese menester no pudiese leer tantos volúmenes como quisiera. Aunque acaso también el cuidar su voz que se le enronquecía con mucha facilidad, pudiera ser el verdadero motivo de que leyese en silencio. Mas fuese cual fuese la intención con que lo hacía aquel varón, seguramente que era buena.

4. Lo cierto es que no se me deparaba oportunidad alguna de consultar lo que quería con aquel santo oráculo tuyo, con su corazón, salvo para asuntos que no exigían más que una rápida audiencia. Y las tormentas de mi alma requerían encontrarle muy desocupado para poder desahogarse en él y no le encontraban nunca. Al menos le escuchaba todos los domingos exponer cumplidamente al pueblo la palabra de la verdad y más y más se afirmaba en mí la certidumbre de que podían ser desatados todos los nudos de maliciosas calumnias que urdían contra los Libros divinos los impostores que nos engañaban.

Y cuando me enteré, asimismo, de que tus hijos espirituales —los que has reengendrado de la Madre católica con tu gracia— no interpretaban las palabras "el hombre hecho por ti a tu imagen" en el sentido de que pensasen y creyesen en una semejanza determinada por la forma del cuerpo humano, aunque yo no tenía la más leve y borrosa sospecha de lo que pudiera ser una sustancia espiritual, enrojecí de júbilo por haber estado ladrando tantos años, no contra la fe católica, sino contra las ficciones de carnales imágenes. Había sido temerario e impío por haber afirmado acusando lo que debía haber aprendido preguntando.

Pero tú, muy alto y muy próximo, muy oculto y muy presente, que no tienes miembros, unos más grandes y otros más pequeños, sino que estás todo en todas partes y no limitado a lugar alguno, no eres, por supuesto, según nuestra forma corporal; sin embargo, hiciste a tu imagen al hombre que, como vemos, de la cabeza a los pies está en un lugar.

CAPÍTULO IV

DESCUBRE AGUSTÍN LA GRANDEZA DE LA FE CATÓLICA Y EL SENTIDO ESPIRITUAL DE LAS ESCRITURAS

5. No sabiendo, pues, en qué forma subsistía esta imagen tuya, hubiera debido llamar a la puerta y proponer que se me dijese cómo había que creer, en lugar de insultar y de objetar, como si fuese tal cosa lo que se creía. Y tanto más agudamente me roía las entrañas el afán de saber qué retener de cierto, cuanto más me avergonzaba de haber vivido tanto tiempo engañado y burlado con la promesa de la certidumbre y haber pregonado con pueril error y animosidad como ciertas tantas cosas inciertas. Que eran falsas lo vi con claridad más adelante. Era cierto, no obstante, que había cosas inciertas y que un día las había tenido yo por ciertas, cuando con ciega porfía acusaba a tu Iglesia católica. Que si no era aún evidente que ella enseñaba la verdad, al menos no enseñaba aquellas cosas de que severamente la acusaba.

Por este motivo estaba lleno de confusión, volvía de mi error y me alegraba, Dios mío, de que la Iglesia única, cuerpo de tu Hijo único, en la que siendo niño se me había inculcado el nombre de Cristo, no tenía resabios de infantiles ñoñerías, ni contenía, en su sana doctrina, un artículo que te confinase a ti, Creador de todas las cosas, en un espacio de lugar, por elevado y amplio que fuere, pero limitado, al fin, por todos lados por el contorno y configuración de miembros humanos.

6. También me alegraba de que ya no se me propusieran los antiguos escritos de la Ley y de los Profetas para leerlos con los ojos de antes, que me los hacían parecer absurdos, cuando recriminaba a tus santos como si así pensaran, cuando en realidad no pensaban de ese modo. Y escuchaba con gozo a Ambrosio, que repetía con frecuencia en sus sermones al pueblo, como inculcándola encarecidamente, la siguiente regla: la letra mata pero el espíritu vivifica; cuando aquellos pasajes que, tomados al pie de la letra, parecían enseñar alguna perversidad, levantando el velo místico, los exponía en sentido espiritual, sin decir nada que me chocara, aunque dijera cosas que yo ignoraba aún si serían verdaderas.

Mantenía mi corazón independiente de todo asentimiento, temeroso del precipicio y esta suspensión de juicio me mataba más aún. 5 Y es que quería estar tan cierto de las cosas que no veía, como lo estaba de que "siete y tres son diez". 6

No estaba yo tan loco que pensara que ni siquiera esta afirmación matemática podía ser comprendida, sino que deseaba el mismo tipo de certeza para las cosas restantes, así para las corporales, que estaban fuera del alcance de mis sentidos, como para las espirituales, que yo no acertaba a concebir más que bajo forma corporal.

Podía sanar creyendo, y de esta manera la vista de mi espíritu, más purificada, se hubiera orientado de algún modo hacia tu verdad que permanece siempre sin conocer ninguna clase de desmayo. Mas, como suele suceder, que el que ha tenido experiencia de un mal médico teme ponerse en manos de uno bueno, así acontecía con la enfermedad de mi alma, que no podía, evidentemente, sanar más que creyendo y, por miedo a creer en el error, rehusaba dejarse curar, resistíase a tus manos con las que has confeccionado los remedios de la fe y los has derramado sobre las dolencias del mundo entero y les has conferido un crédito tan grande.

CAPÍTULO V

LA CREENCIA EN LA VIDA HUMANA, AUTORIDAD DE LAS ESCRITURAS

7. A partir de aquel momento, sin embargo, comencé a sentir preferencia por la doctrina católica y me parecía que había en ella mayor moderación y total ausencia de falacia al ordenar creer lo que no se probaba con demostración -—sea que existiese una prueba aunque inaccesible a tal o cual sujeto, sea que no existiese—, mientras que entre los maniqueos se ponía en ridículo la creencia con una temeraria promesa de ciencia y, tras esto, se imponía una multitud de fábulas completamente absurdas, en las que había que creer, porque eran imposibles de demostrar.

Después, poco a poco, tú, Señor, con una mano muy suave y muy misericordiosa, ibas manejando y disponiendo mi corazón, llevándome a considerar la infinidad de cosas en que yo creía sin verlas y sin haber estado presente cuando sucedieron. Como tantos sucesos de la historia de las naciones, tantos acerca de lugares y ciudades que yo no había visto, tantos basados en el testimonio de los amigos, de los médicos y de otras muchas personas, que si no se creyesen no podríamos hacer absolutamente nada en esta vida. Y, por último, con qué inquebrantable fe estaba segurísimo de los padres de quienes procedía, cosa que no hubiera podido saber más que creyendo a quienes se los oía.

Llegaste a persuadirme de que no era a los que creían en tus Libros, cuya alta autoridad tan firmemente has establecido en casi todos los pueblos, sino a los que no creían, a quienes había que culpar, y de que no debía prestar oídos a quienes tal vez me dijesen: "¿De dónde sabes tú que esos Libros han sido entregados al género humano por el espíritu del único Dios verdadero y veracísimo?". Porque precisamente esto era lo que ante todo había que creer, ya que ningún ataque de objeciones calumniosas, entre tantas opiniones como yo había leído de filósofos opuestos entre sí, pudo forzarme nunca a que no creyese que tu existías, fueses lo que fueses, que yo no lo sabía, o que el gobierno de las cosas humanas no tiene que ver contigo.

8. Unas veces creía esto con gran firmeza, otras más débilmente, pero siempre creí que existes tú y que tienes cuidado de nosotros, aunque no supiese qué hubiera que pensar de tu sustancia o cuál era el camino que conduce o torna a ti.

Por lo tanto, puesto que éramos débiles para encontrar la verdad con un razonamiento claro y por ese motivo necesitábamos de la autoridad de las Sagradas Letras, había comenzado ya a creer que de ningún modo hubieras otorgado a esa Escritura una tan señalada autoridad en todo el mundo, si no hubieras querido que por medio de ella se creyese en ti y por medio de ella se te buscase.

En cuanto a los absurdos que solían repugnarme en esas Letras, después de haber oído exponer plausibles interpretaciones de muchos de sus pasajes, los atribuía a la profundidad de sus arcanas verdades.7 Y esa autoridad de la Escritura se me presentaba tanto más venerable, tanto más digna de sacrosanta fe, cuanto que es asequible a cuantos quieren leerla y cela al mismo tiempo la dignidad de su misterio bajo un sentido más profundo. Bríndase a todos en los términos más simples y en el más humilde estilo y ejercita asimismo el esfuerzo de quienes no son ligeros de corazón. De suerte que a todos acoge en su seno abierto a todos, mas sólo a unos pocos deja pasar hasta ti por estrechas aberturas; muchos más, sin embargo, de los que serían si el prestigio de su autoridad no alcanzara tal grado de eminencia y no absorbiera a las multitudes en el regazo de su santa humildad.

Esto meditaba yo y tu estabas a mi vera.8 Suspiraba y me oías, vacilaba y me gobernabas, caminaba por el ancho camino del siglo y tu no me abandonabas.

CAPÍTULO VI

EL MENDIGO GOZOSO

9. Corría desalado tras los honores, las ventajas, el matrimonio y te burlabas de todo esto. Experimentaba en esos deseos las más amargas dificultades y tanto más se mostraba tu favor cuanto menos me dejabas hallar dulzura en lo que no eras tú.

Mira mi corazón, Señor, tú que has querido que me acordase de esto y lo confesase ante ti. Afórrese a ti ahora esta mi alma que tú despegaste de una tan pegajosa liga de muerte.

¡Qué desgraciada era! Tú la punzabas en lo más vivo de su herida para que dejase todo y se convirtiese a ti, que estás sobre todas las cosas y sin el cual nada serían las cosas todas; para que se convirtiese y fuese curada.

¡Qué desgraciado era yo y cómo te las arreglaste para hacerme sentir aquel día mi desgracia! Preparábame a pronunciar el panegírico del emperador, en el que iba a verter muchas mentiras que habían de granjear al mentiroso el favor de quienes sabían que mentía.9 Mi corazón palpitaba anhelante con esas preocupaciones, abrasado por la fiebre de los pensamientos que le consumían, cuando al pasar por un barrio de Milán reparé en un pobre mendigo que, ya ebrio, según creo, se chanceaba alegremente. Y, suspirando, comenté con los amigos que me acompañaban los muchos sufrimientos que nos acarrean nuestras locuras: todos nuestros esfuerzos, como los que me hacían sufrir en aquel momento en que, bajo el aguijón de mis ambiciones, arrastraba la carga de mi infortunio y al arrastrarla la hacía más pesada, no tenían otra finalidad que hacernos llegar a una alegría tranquila, a la que ya nos había precedido aquel mendigo y adonde nosotros tal vez nunca llegásemos. Pues lo que aquél ya había conseguido con un poco de dinero mendigado, era lo que ambicionaba yo por tan penosos caminos y rodeos: la alegría de una felicidad temporal.

No poseía aquél, seguramente, la verdadera alegría, pero yo, por mi parte, buscaba una mucho más falsa con aquellas mis ambiciones. Y, en definitiva, él estaba alegre y yo ansioso; él tranquilo y yo sobresaltado. Y si alguien me hubiese preguntado qué prefería, estar alegre o temeroso, hubiera respondido: estar alegre. Si se me hubiese, de nuevo, preguntado qué preferiría, si ser como aquel mendigo o ser como yo era entonces, me habría escogido a mí mismo, lleno, como estaba, de preocupaciones y sobresaltos, pero con un criterio equivocado.

¿Cómo podría ser con uno verdadero? Porque yo no debía preferirme a él por ser más sabio, puesto que no me proporcionaba ninguna satisfacción, sino que buscaba con ello agradar a los hombres, no por instruirles sino únicamente por agradarles. Por eso tú, con la vara de tu disciplina, quebrantabas mis huesos.

10. Aléjense, pues, de mi alma los que dicen: "Lo que importa es de dónde saca el gozo cada quien. Aquel mendigo lo hallaba en la embriaguez, tú deseabas encontrarlo en la gloria". ¿En qué gloria, Señor? En la que no está en ti. Pues así como no era verdadero aquel gozo, así tampoco era verdadera aquella gloria y turbaba más mi espíritu. Él digeriría aquella misma noche su borrachera; yo me había dormido y levantado con la mía y con ella me volvería a dormir y a levantar ¡mira por cuántos días!

Importa mucho, ya lo sé, en qué se goce cada quién y el gozo de una esperanza fiel dista sin comparación de la vacía felicidad de aquel mendigo. Pero también había entonces gran diferencia entre nosotros: sin duda que era él más feliz, no sólo porque rebosaba de alegría mientras que yo me carcomía las entrañas con las preocupaciones, sino también porque había adquirido el vino deseando ventura a los demás y yo buscaba gloria vana profiriendo mentiras.

Muchas reflexiones hice en aquella ocasión a mis íntimos en este sentido. Y con frecuencia examinaba cómo me iba a propósito de estas cosas y hallaba que me iba mal. Sufría por ello y redoblaba mi mal. Y si algo próspero me sonreía, me disgustaba extender la mano para cogerlo, porque casi antes de tocarlo echaba a volar.

CAPÍTULO VII

ALIPIO. AGUSTÍN LE QUITA LA AFICIÓN A LOS JUEGOS DEL CIRCO

11. De común acuerdo deplorábamos estas cosas los que vivíamos juntos en la amistad, pero muy en especial e íntimamente las comentaba con Alipio10 y con Nebridio. Había nacido Alipio en la misma ciudad que yo y sus padres ocupaban el más alto rango en el municipio. Era más joven que yo; de hecho había sido discípulo mío cuando empecé a enseñar en nuestra ciudad y después en Cartago. Me tenía mucho afecto porque le parecía bueno y docto, y yo a él por un gran fondo natural de virtud, muy notable en él a pesar de su corta edad. Pero el torbellino de las costumbres de Cartago, donde hervía la pasión por los espectáculos frívolos, le había engullido en la locura de los juegos del circo.

Por los días en que era él arrastrado miserablemente por el remolino y yo tenía allí una escuela pública en la que explicaba retórica, no asistía él aún a mis lecciones, a causa de cierta diferencia surgida entre su padre y yo. Me había dado cuenta de que estaba perdidamente aficionado al circo y me angustiaba grandemente, porque me parecía que iba a malograr tan hermosa esperanza, si es que ya no la había malogrado. Pero para amonestarle y apartarle con algún apremio no había ninguna posibilidad de recurrir a la benevolencia de la amistad o al derecho del magisterio. Porque me figuraba que sentiría de mi lo mismo que su padre. Pero él no era así. Por lo que dejando a un lado la voluntad paterna en este caso, había comenzado a saludarme acudiendo a mi clase. Escuchaba un rato y luego se marchaba.

12. Ya se me había olvidado el propósito de influir en él para que no arruinase tan buenas disposiciones con la ciega y violenta pasión por los vanos espectáculos. Mas tú, Señor, que tienes el gobernalle de todo cuanto has creado, no te habías olvidado de que estaba destinado a ser entre tus hijos el dispensador de tu sacramento. Y para que claramente se atribuyese a ti su corrección, la llevaste a cabo por mí, es cierto, pero sin que yo me diera cuenta.

Cierto día en que yo estaba sentado en mi lugar habitual y que los alumnos estaban delante de mí, entró, saludó, tomó asiento y puso su atención en lo que se estaba tratando. Casualmente tenía yo un texto en mis manos. Al explicarlo, me pareció oportuno emplear una comparación sacada de los juegos del circo, con el propósito de dar a entender más amena y claramente lo que pretendía insinuar, sin perdonar una mordaz sátira de los que se habían dejado atrapar por aquella locura. Bien sabes tú, Dios nuestro, que en aquel instante no había pensado yo en curar a Alipio de aquella peste. Pero él lo tomó inmediatamente para sí y creyó que no lo había dicho por nadie más que por él. Y lo que otro hubiese tomado para enojarse conmigo, lo tomó el honesto joven para enojarse consigo mismo y para amarme con más ardiente cariño.

Ya lo habías dicho tú mucho antes y lo habías consignado en tus Escrituras: Reprende al sabio y te amará. Pero no era yo quien le había reprendido, sino que tú, que te sirves de todos, sabiéndolo o sin saberlo ellos, según el designio que bien conoces —y este designio es justo—, de mi corazón y de mi lengua formaste carbones encendidos con que cauterizar aquel espíritu de tan buenas esperanzas, que estaba lleno de pus, y así sanarle.

Calle tus alabanzas quien no considera tus misericordias, que te están confesando desde lo más íntimo de mi ser. El caso es que él, a consecuencia de mis palabras saltó fuera de aquella fosa tan profunda en la que gustosamente se estaba sumergiendo y con extraño placer se iba cegando y sacudió su alma con vigorosa templanza y se le desprendieron todas las inmundicias del circo y no volvió a poner en él los pies.

Convenció más tarde a su padre, que se oponía, de que me tomase por maestro. Cedió aquél y se lo concedió. Empezó a seguir de nuevo mis lecciones y añascóse conmigo en la superstición, enamorándose de la ostentosa continencia de los maniqueos, que él tomaba por verdadera y auténtica. Pero en realidad era mal intencionada y seductora y cautivaba así a las almas valiosas que no sabían aún sondear la profundidad de la virtud y fácilmente se dejaban seducir por lo que aparece en la superficie, aunque sea sombra y apariencia de virtud.

CAPÍTULO VIII

VUELVE A COBRAR GUSTO ALIPIO POR LOS COMBATES DE GLADIADORES

13. Lejos de abandonar la carrera del mundo, tan decantada por sus padres, me había precedido Alipio a Roma para estudiar el derecho y allí se dejó arrebatar por el espectáculo de los gladiadores con un frenesí increíble y de una manera increíble también.

Porque, sintiendo aversión y horror a este género de espectáculos, le encontraron casualmente por la calle unos amigos y condiscípulos suyos, que regresaban de una comilona, y, no obstante rehusarse enérgicamente y resistir, le condujeron con amigable violencia al anfiteatro. Era en la temporada de esos juegos crueles y funestos. Y les iba diciendo: "Aunque arrastréis mi cuerpo a aquel lugar y le instaléis allí ¿podréis acaso obligar también a mi espíritu y a mis ojos a que contemplen esos espectáculos? Estaré allí sin espiar y así triunfaré de ellos y de vosotros". Dejáronle decir ellos, mas no desistieron de llevarle consigo, deseando, tal vez, comprobar si sería capaz de cumplirlo.

Cuando llegaron al circo y se colocaron en los asientos que pudieron, hervía todo el anfiteatro en la voluptuosidad más cruel. Alipio, cerrando las puertas de sus ojos, prohibió a su espíritu salir a ver tantas atrocidades. ¡Ojalá hubiese tapado también los oídos! Porque en cierto incidente de una pelea le sacudió violentamente el inmenso clamor de toda la multitud. Vencido por la curiosidad y sintiéndose preparado para no hacer caso de lo que viera y para triunfar de ello, fuese lo que fuese, abrió los ojos. Y fue herido en su alma con una herida más grave que la que había recibido en su cuerpo aquel a quien quiso ver; y cayó más lamentablemente que el que con su caída levantara tal clamor. Clamor que penetró por sus oídos y abrió sus ojos, para que por ellos fuese herida y abatida un alma, todavía más atrevida que fuerte. Y más débil por lo mismo que había confiado demasiado en sí, la que debió de confiar en ti. Pues tan pronto como vio aquella sangre bebió la crueldad y, en lugar de retirarse, clavó su mirada. Y bebía las furias sin darse cuenta y se regodeaba en el horror criminal del combate y se emborrachaba con sanguinario placer. Ya no era el mismo que había entrado, sino uno más de la turba a la que se había incorporado y verdadero compañero de quienes le habían llevado.

¿Qué más? Contempló el espectáculo, gritó, se enardeció y sacó de allí consigo una locura que le estimularía a regresar, no sólo con los que antes le habían conducido, sino adelantándose a ellos y arrastrando a otros.

Y también de allí, no obstante, con mano llena de vigor y de misericordia, le arrancaste tú y le enseñaste a poner su confianza no en sí sino en ti. Pero eso fue mucho después.

CAPÍTULO IX

ALIPIO DETENIDO EQUIVOCADAMENTE POR LADRÓN

14. Esta experiencia, empero, iba quedando depositada en su memoria para servir de remedio en lo porvenir. Como también lo que le aconteció cuando era todavía estudiante y ya discípulo mío en Cartago.

Estaba repasando cierto mediodía en el foro la declamación que iba a pronunciar, como acostumbran a practicar los escolares, cuando permitiste que fuese detenido como ladrón por los agentes del foro. No creo que lo hayas permitido por otra razón, oh Dios nuestro, sino para que aquel hombre, destinado a tan alto porvenir, empezase ya a aprender que un hombre, al instruir una causa, no debe ser proclive. a condenar a otro como consecuencia de una temeraria credulidad.

El caso es que estaba paseando solo delante del tribunal con sus tabletas y su estilo cuando, de pronto, un mozalbete, uno de los estudiantes, verdadero ladrón, llevando un hacha oculta debajo de la capa, penetró, sin que el otro lo advirtiera, a la balaustrada de plomo que se levanta por encima de la calle de los plateros y comenzó a cortar el plomo.

Al oir el ruido del hacha se alborotaron los plateros que estaban debajo y enviaron algunas gentes para prender a quienquiera que hallasen. El ladrón, que oyó sus voces, huyó abandonando el instrumento por temor a ser detenido con él en su poder. Alipio, que no le había visto entrar, le sintió salir y le vio alejarse precipitadamente. Curioso de saber el motivo entró en aquel lugar y encontró el hacha.

Estaba parado examinándola todo sorprendido, cuando los que habían sido enviados le encuentran solo, portando la herramienta a cuyo ruido habían acudido alarmados. Le detienen y le llevan consigo y, ante los inquilinos del foro reunidos, se jactan de haber capturado al ladrón en flagrante delito. De allí es conducido para ser entregado a la justicia.

15. Pero sólo hasta aquí llegó la lección. Porque en seguida, Señor, viniste en socorro de la inocencia, de la que eras el único testigo. Mientras era conducido a la prisión o al tormento, le sale al encuentro un arquitecto, superintendente de los edificios públicos. Congratúlanse los corchetes de ver venir precisamente a ese hombre, a quien ellos solían resultar sospechosos de robar los objetos que desaparecían del foro: ahora sabría, por fin, quiénes cometían esos hurtos.

Pero es el caso que aquel hombre había visto muchas veces a Alipio en casa de un senador, a quien solía ir a visitar asiduamente. Reconocióle al punto, le cogió de la mano y le apartó de la multitud y, al preguntarle la causa de tal desaguisado, se enteró de lo que había sucedido. Ordenó a toda aquella turba alborotada y furiosamente amenazadora allí presente que fueran con él. Y llegaron a la casa del mozalbete que había cometido el delito. A la puerta se encontraba un esclavo de tan corta edad que sin temer ninguna consecuencia para su dueño, podía revelarlo todo fácilmente, puesto que había estado con él en el foro siguiéndole los pasos. Alipio, tras reconocerle, se lo comunicó al arquitecto. Este mostró el hacha al niño y le preguntó de quién era. Nuestra, respondió al instante. Siguiósele interrogando y acabó por revelar todo lo demás.

Así recayó la acusación sobre aquella casa con gran confusión de la multitud, que ya había comenzado a triunfar de Alipio. Y el futuro dispensador de tu palabra, que había de juzgar muchas causas en tu Iglesia, salió más experimentado e instruido.

CAPÍTULO X

INTEGRIDAD DE ALIPIO COMO ASESOR. NEBRIDIO

16. Habíale encontrado, pues, en Roma y se me unió con los lazos más sólidos y partió conmigo a Milán, tanto por no dejar mi compañía como por practicar un poco el derecho que había estudiado, siguiendo el deseo de sus padres más que el suyo. Tres veces había desempeñado ya el cargo de asesor, admirando a los demás por su desinterés y más admirado él mismo de los que anteponían el oro a la integridad. También fue puesto a prueba su carácter, no sólo con el incentivo de la codicia sino hasta con el acicate del temor.

Era en Roma asesor del conde encargado de las finanzas de Italia. 11 Y había en aquella época un senador muy poderoso a quien muchos estaban obligados por sus beneficios o sometidos por el terror. Tuvo el antojo de que le fuese lícita, empleando como era costumbre su poder, no sé qué cosa que según las leyes era ilícita. Alipio se opuso. Se le ofreció una recompensa; la desdeñó resueltamente. Se le insinuaron amenazas y las puso bajo sus pies, siendo la admiración de todos por la insólita energía de su alma, que, a un hombre tan importante y que gozaba de una reputación inmensa por las innumerables posibilidades que tenía de favorecer o de perjudicar, ni le deseaba como amigo ni le temía como enemigo. El juez mismo, cuyo asesor era, hubiera querido también que no se hiciese aquello, pero no se oponía abiertamente, sino que, arrojando la responsabilidad sobre Alipio, aseguraba que era éste quien le impedía concederlo, porque, y era verdad, si él lo hiciese, dimitiría Alipio.

Por una sola cosa estuvo a punto de ser seducido: por la afición a las letras. Hubiera podido hacerse copiar algunos manuscritos a expensas del pretorio, pero consultó la justicia y su deliberación se inclinó a lo mejor.12 Estimó más provechoso seguir la equidad que se lo prohibía que el poder que se lo permitía.

Es ésta una cosa pequeña. Mas el que es fiel en las cosas pequeñas es fiel también en las grandes, y por ningún motivo será vana la palabra que salió de la boca de tu Verdad: Si en las riquezas de iniquidad no fuisteis justos, ¿quién os confiará el verdadero bien? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?

Tal era Alipio, el hombre que estaba entonces unido a mí y que conmigo vacilaba deliberando sobre el género de vida que deberíamos abrazar.

17. También Nebridio,13 después de haber dejado su patria, vecina de Cartago y la misma Cartago, donde permanecía con mucha frecuencia, dejado el hermoso campo de su padre, dejada su casa y su madre que no le había de seguir, había venido a Milán con la sola finalidad de vivir conmigo en la ardiente pasión de la verdad y de la sabiduría. Como nosotros suspiraba y como nosotros fluctuaba, ardiente buscador de la vida feliz y escrutador infatigable de las más difíciles cuestiones.

Eran las bocas de tres hambrientos, que se inspiraban mutuamente su hambre y se volvían a ti, esperando que les dieses el alimento en el tiempo oportuno. Y cada vez que la amargura, por tu misericordia, acibaraba nuestras actividades mundanas, cuando queríamos averiguar el fin por que la padecíamos, no nos asaltaban más que tinieblas. Y nos apartábamos gimiendo y decíamos: "¿Hasta cuándo ha de durar todo esto?", y lo repetíamos a menudo y, al decirlo, no abandonábamos nuestro tenor de vida, porque no brillaba ningún vislumbre de certeza a que pudiéramos asirnos después de haberlo abandonado.

CAPÍTULO XI

LUCHA INTERNA DE AGUSTÍN. PENSAMIENTOS SOBRE LA MUERTE. SENTIMIENTOS ALTERNOS

18. Y me maravillaba, sobre todo al tratar de recordar cuán largo espacio de tiempo había transcurrido desde el año decimonono de mi edad, en que había comenzado a arder en el deseo de la sabiduría, resuelto, cuando la hubiese encontrado, a dejar todas las hueras esperanzas y las engañosas locuras de los vanos deseos.

Y me veía ya en año trigésimo de mi edad, chapoteando en el mismo lodazal, ávido de disfrutar de los bienes presentes que se me escapaban y me traían disipado y disperso, mientras me decía: "Mañana encontraré; aparecerá la evidencia y me aferraré a ella. Vendrá Fausto y lo explicará todo. ¡Oh grandes varones de la Academia! Nada cierto se puede llegar a saber para conducirnos en la vida.

Mas no; busquemos con mayor empeño y no perdamos la esperanza. He aquí que ya no resulta absurdo en los Libros de la Iglesia lo que me parecía absurdo; puede entenderse en otro sentido y favorablemente. Asentaré mis pies en el mismo paso en que me habían colocado mis padres cuando era niño, hasta que se descubra claramente la verdad. Pero ¿dónde buscarla? ¿Cuándo buscarla? Ambrosio no dispone de tiempo libre; yo no lo tengo para leer. Los manuscritos mismos ¿dónde buscarlos? ¿Cómo o cuándo comprarlos? ¿A quién pedirlos?

Señálese tiempo, distribúyanse las horas para la salud del alma. Surge una gran esperanza: no enseña la fe católica lo que pensábamos, aquello de que sin fundamento la acusábamos. Sus doctores consideran una impiedad creer a Dios limitado dentro de la configuración de un cuerpo humano. Y ¿vacilamos en llamar a la puerta para que se nos abra todo lo demás? Los alumnos nos ocupan las horas de la mañana, ¿qué hacemos en las otras? ¿Por qué no las empleamos en esto?

Pero ¿cuándo vamos a visitar a los amigos poderosos, de cuya influencia tenemos necesidad? ¿Cuándo vamos a preparar lo que vienen a comprar los estudiantes? ¿Cuándo reparamos nuestras propias fuerzas haciendo que descanse nuestro espíritu de la tensión de las preocupaciones?

19. ¡Perezca todo! ¡Dejémos estas hueras vanidades! Dediquémonos únicamente a la búsqueda de la verdad. La vida es miserable, la muerte incierta. Si nos sorprendiera de repente, ¿en qué estado saldríamos de este mundo? Y ¿dónde aprenderíamos lo que aquí descuidamos de aprender? ¿No tendremos, más bien, que pagar esta negligencia con castigos? Y ¿si resulta que es la propia muerte la que pone término a toda inquietud al tiempo que corta la vida de los sentidos? Porque también esto es menester averiguar.

Pero lejos de nosotros que sea así. No en vano ni sin motivo la autoridad de la fe cristiana se extiende, desde tan alta cumbre, por el universo entero. Nunca hubiera Dios hecho tantas y tales cosas por nosotros si con la muerte del cuerpo se extinguiese también la vida del alma.

¿Por qué, pues, titubeamos en abandonar las esperanzas del siglo para consagrarnos por entero a la búsqueda de Dios y de la vida bienaventurada? Pero aguarda; también son agradables las cosas de acá abajo; tienen su dulzura que no es pequeña; no hay que cortar a la ligera el impulso que nos lleva hacia ellas, porque sería humillante volver a ellas de nuevo.

He aquí que ya es tiempo de obtener una dignidad. Y ¿qué más se puede conseguir a este respecto? Contamos con abundantes amigos influyentes. Si no hay otra cosa y nos vemos muy precisados, se nos puede dar, al menos, una presidencia.14 Habría que casarse con mujer que tenga algún dinero, para que no resulte gravoso el sostenerla y éste sería el término de nuestros deseos. Muchos grandes varones y muy dignos de ser imitados se consagraron al estudio de la sabiduría estando casados.

20. Mientras tales cosas decía y estos vientos contrarios empujaban alternativamente mi corazón de un lado a otro, iba pasando el tiempo y yo tardaba en convertirme al Señor y difería de día en día el vivir en ti y no difería el morir en mí mismo cada día. Amando la vida feliz, temía encontrarla donde tiene su asiento y la buscaba huyendo de ella.

Pues pensaba que sería en extremo desgraciado si me viese privado de los abrazos de una mujer y no se me ocurría, para curar esta enfermedad, emplear el remedio de tu misericordia, porque no la había experimentado. Creía que la continencia dependía de nuestras propias fuerzas, que yo no sentía en mí, y era tan necio que no sabía que, como está escrito, nadie puede ser continente si tú no se lo concedes. Y con toda seguridad lo hubieras concedido si con interior gemido hubiese llamado a tus oídos y si con fe sólida hubiese arrojado en tu seno mi cuidado.

CAPÍTULO XII

CASTIDAD DE ALIPIO. PRESIÓN DE AGUSTÍN

21. Oponíase Alipio a que me casara con la cantilena de que si lo hiciere nos sería absolutamente imposible vivir juntos una vida de sosiego en el amor a la sabiduría, como hacía ya tiempo veníamos deseando. Era él, en esta materia, aún entonces, sumamente casto, cosa que no dejaba de sorprender ya que, al comienzo de su juventud, había llegado incluso a tener experiencia del acto carnal, pero lejos de apegarse a ello, había sentido pena y menosprecio y vivía en perfecta continencia desde entonces.

Pero le contradecía yo oponiéndole los ejemplos de aquellos que siendo casados habían cultivado la sabiduría, habían merecido el favor divino y habían guardado lealtad y afecto a los amigos. Por supuesto que estaba yo muy lejos de estas grandes almas. Atado por la dolencia de la carne, encontraba mortal dulzura en arrastrar mi cadena temiendo que se desatara y repeliendo, como si tocaran en la herida, las palabras de quien bien me aconsejaba, cual si fuese la mano del que me iba a desatar. Es más, al mismo Alipio le hablaba por mi medio la serpiente y, por mi boca, le armaba dulces lazos y los tendía en su camino, para que se enredasen en ellos sus honestos y libres pies.

22. Extrañábase, en efecto, de que yo, a quien él tanto estimaba, estuviese tan pegado a la viscosidad de aquel deleite que llegase a afirmar cuantas veces discutíamos entre nosotros, que no podía vivir en absoluto como célibe. Y para defenderme cuando le veía sorprendido, decíale que había una gran diferencia entre lo que él había experimentado rápida y furtivamente, de lo que ya apenas se acordaba y por eso lo menospreciaba sin pena ni dificultad, y mis deleites habituales; y que si a estos deleites se añadiese la honorabilidad del título matrimonial, no tendría por qué sorprenderse de que yo no pudiera despreciar aquella vida. Con lo que él mismo comenzó a desear el matrimonio, cediendo, no al atractivo del placer sino al de la curiosidad. Pues

decía que deseaba saber qué cosa sería aquella sin la cual mi vida, que a él le gustaba tal cual era, me hubiese parecido, no una vida, sí un suplicio. Y es que su alma, libre de aquella cadena, admirábase de mi esclavitud y, con la admiración, entraba en deseos de experimentarla y hubiese llegado a la experiencia misma y de ahí, tal vez, hubiese caído en aquella esclavitud que. le causaba admiración. Porque quería concertar un pacto con la muerte, y quien ama el peligro caerá en él.

En realidad, ninguno de los dos tomaba apenas en consideración lo que hay de decoroso en la vida conyugal: el deber de guardar las reglas del matrimonio y el hacerse cargo de los hijos. A mí, en buena parte, me retenía cautivo y me torturaba con extrema violencia el hábito de saciar la insaciable concupiscencia; a él era la admiración la que le arrastraba al cautiverio.

Así estábamos hasta que tú, Altísimo, que no abandonas nuestro barro, tuviste misericordia de los miserables y les socorriste por medios admirables y secretos.

CAPÍTULO XIII

PROYECTO DE MATRIMONIO

23. Y se me instaba sin desmayo a que tomara esposa. Ya la pedía yo; ya estaba prometida, gracias, sobre todo, a los esfuerzos de mi madre. Esperaba ella con eso que, una vez casado, recibiría la ablución saludable del bautismo y se alegraba de encontrarme cada día más dispuesto y percibía que sus deseos y tus promesas se cumplían en mi fe.

Y si bien es verdad que ella, movida por mis ruegos y por su deseo, te suplicaba cada día con fuerte clamor de su corazón que le mostrases, en visión, alguna cosa sobre mi futuro matrimonio, tu nunca quisiste. Veía, sí, algunas imágenes vanas e ilusorias hacia donde la impulsaba el ímpetu del espíritu humano, obsesionado por este asunto, y me las contaba, mas no con la seguridad que solía tener cuando tú se lo revelabas, sino sin hacerles caso. Pues distinguía, decía ella, por no sé qué especie de sabor, que no podía explicar con palabras, la diferencia entre tus revelaciones y los sueños de su espíritu.

Seguíase insistiendo, sin embargo, y se había pedido la mano de una niña.

Faltábanle casi dos años para ser núbil, pero como nos resultaba agradable, se esperaba.

CAPÍTULO XIV

PROYECTO DE VIDA COMÚN

24. No pocos amigos habíamos estado dando vueltas a mi proyecto en nuestra mente: en nuestras pláticas y en nuestro aborrecimiento por las turbadoras molestias de la vida humana casi habíamos determinado alejarnos de la multitud y vivir sin ocupaciones que nos robasen el tiempo. Habíamos planeado esta vida tranquila de modo que todo cuanto pudiéramos poseer lo pondríamos en común, para formar con todos los bienes un patrimonio único. Así, en virtud de una leal amistad, no habría una cosa de uno y otra de otro, sino que el conjunto que se formase con las aportaciones de cada cual sería todo de cada uno y todas las cosas de todos.15

Podríamos ser, nos parecía, unos diez hombres en ese género de vida común y los había muy ricos entre nosotros, sobre todo Romaniano, un ciudadano de nuestro municipio, a quien por aquel entonces, graves dificultades en sus negocios le habían traído a la corte, y que era íntimo amigo mío desde la infancia. Era él quien más que nadie daba prisa a este proyecto y sus instancias tenían un gran poder de persuasión, como quiera que su considerable fortuna sobrepasaba en mucho a las de los demás.

Habíamos llegado al acuerdo de que dos de nosotros se encargarían cada año, como magistrados, de velar por todo lo necesario, quedando despreocupados los demás. Mas cuando se sometió a consideración si estarían de acuerdo en ello las mujercitas que algunos de nosotros tenían ya y que otros queríamos tener, todo aquel hermoso proyecto, que tan bien íbamos confeccionando, reventó en nuestras manos, se hizo añicos y fue desechado. Entonces fue el tornar a los suspiros y al llanto y a caminar a lo largo de las sendas anchas y trilladas del siglo. Porque eran muchos los pensamientos que se agitaban en nuestro corazón, pero es tu designio el que permanece eternamente.

Por ese designio te burlabas de nuestros proyectos y preparabas los tuyos para darnos el alimento en su debida oportunidad y para abrir tu mano y llenar nuestras almas de bendición.

CAPÍTULO XV

SE SEPARA DE LA MADRE DE ADEODATO Y SE LIGA CON OTRA MUJER

25. Multiplicábanse entretanto mis pecados y cuando fue arrancada de mi lado, como un obstáculo para el matrimonio, mi compañera habitual de lecho, mi corazón quedó desgarrado y vulnerado por donde estaba adherido, dejando un reguero de sangre.16

Ella se volvió a África, haciéndote voto de no conocer a otro hombre y dejando en mi poder el hijo natural que había tenido de ella.

Pero yo, desventurado, incapaz de imitar ni siquiera a una mujer, no pudiendo soportar la dilación, ya que hasta después de dos años no había, de recibir a la mujer que pretendía, como no era amante del matrimonio sino esclavo de la pasión, me procuré otra; no a título de esposa, por cierto, sino como para cebar y prolongar, entera o aumentada, la enfermedad de mi alma, al amparo de un hábito ininterrumpido, hasta el advenimiento de la esposa.

Y no se curaba aquella herida mía, que se había producido al arrancarme a mi primera compañera, antes se gangrenaba después de la fiebre y de un dolor muy agudo. El dolor era como menos intenso, pero más desesperado.

CAPÍTULO XVI

TEMOR DE LA MUERTE Y DEL JUICIO

26. ¡Alabanza a ti, gloria a ti, fuente de misericordias! Yo me iba haciendo más miserable y tú más cercano. Ya estaba allí, ya, tu mano diestra para arrancarme del cieno y lavarme y yo no lo sabía. Sólo el temor de la muerte y de tu futuro juicio, que, no obstante la variedad de opiniones por las que había atravesado, jamás se había apartado de mi corazón, me detenía de hundirme más en el torbellino de los deleites carnales.

Discutía con mis amigos, Alipio y Nebridio, sobre el grado supremo de los bienes y de los males y en mi corazón se hubiese llevado la palma, Epicuro, de no haber creído yo que después de la muerte subsiste la vida del alma con la sanción de nuestros actos, cosa que Epicuro no se avino a creer.

Y me preguntaba: si fuésemos inmortales y viviésemos en continuo deleite corporal, sin temor alguno de perderlo, ¿por qué no seríamos felices o qué otra cosa buscaríamos? Sin saber que era esto mismo lo que revelaba gran miseria por no poder, de tan hundido y ciego, concebir la luz del bien honesto y de la hermosura que es menester abrazar con miras desinteresadas, hermosura que no ve el ojo de la carne pero que se ve desde lo íntimo.

Y no consideraba, ruin de mí, de qué manantial me brotaba la dulzura de platicar con mis amigos estas cosas, más bien sucias en sí mismas; ni la imposibilidad en que me hallaba de ser feliz sin amigos, ni siquiera en la satisfacción de los sentidos que entonces experimentaba, por grande que fuera la abundancia de deleites carnales. A estos amigos yo los amaba, en verdad, desinteresadamente y desinteresadamente sentía que me amaban ellos en retorno.

¡Oh tortuosos caminos! ¡Ay del alma temeraria que ha podido esperar que, alejándose de ti, poseería algo mejor! Se vuelve y se revuelve sobre la espalda, sobre el costado, sobre el vientre y todo lo encuentra duro. Sólo tú eres el descanso.

Y te presentas y nos libras de miserables errores y nos pones en tu camino y nos consuelas y nos dices: "Corred, yo os llevaré y os conduciré hasta el fin. Allá os llevaré".

Notas al Libro VI:

1 La designación de Agustín para Milán coincide con la apertura del curso académico 384-385. La llegada de Mónica, que sorprendió a su hijo en plena crisis escéptica, tuvo lugar en los comienzos de la primavera del 385. (Aunque la navegación del Mediterráneo no se consideraba segura más que de fines de mayo a mediados de septiembre, el mar estaba abierto desde el diez de marzo hasta el once de noviembre.) Fue en el curso de ese mismo año cuando escuchó las predicaciones de Ambrosio sobre el sentido espiritual de las Escrituras y la justificación del Antiguo Testamento contra los maniqueos.

2 Apenas llegada a Milán aquella piadosa africana se entregó a sus habituales prácticas de devoción, notando, con sorpresa, que en aquella diócesis no se practicaban dos de las que ella tenía en más estima: el ayuno del sábado y la ofrenda del pan y del vino en las sepulturas de los mártires. De esta segunda trata el capítulo siguiente. De la primera, que motivó una consulta al obispo por parte de Agustín, conmovido por el escrúpulo religioso de su madre, hace mención el Santo en dos epístolas suyas, una a Casulano y otra a Jenaro.

3 Alúdese aquí a la costumbre del refrigerium. Con este término se designaba, ya entre los antiguos romanos, un banquete conmemorativo celebrado por los parientes del difunto (de ahí el nombre de parentalia) cerca de su tumba, con intención de renovar, de "refrescar", en ellos la memoria del desaparecido. Entre los cristianos el verbo refrigerare y el sustantivo refrigerium significaban, tanto el descanso del alma piadosa después de la muerte, como la plegaria al Señor para que concediese al difunto ese reposo. Pero significaba también, como entre los paganos, los banquetes amistosos o conmemorativos en torno a las tumbas de los mártires. La narración del Santo indica que la significación de estos banquetes era establecer una especie de comunión entre el difunto y sus parientes reunidos: Mónica depositaba sobre la tumba la copa de vino, bebía un sorbito y compartía el resto con las personas presentes. La Iglesia había tolerado esta costumbre de los paganos porque podía asumir una significación cristiana, pero, habiendo degenerado en abuso, fue progresivamente suprimida. Agustín bregó no poco, siendo ya obispo de Hipona, por extirpar esta práctica, extendida y arraigada en África más que en otras partes.

4 Cosa que sorprende al Santo en una época en que era costumbre leer en voz alta.

5 Es la actitud de los neoacadémicos frente a la verdad: evitan cualquier asentimiento.

6 En Contra Académicos, II, 3. 9, recomienda a sus amigos Romaniano y Luciliano que no admitan ninguna verdad que no presente esa certeza matemática de "siete y tres son diez".

7 Sacramentorum altitudinem: trátase de la interpretación espiritual de las Escrituras según una tradición que nuestro autor recibe de Ambrosio y que se remonta hasta Orígenes y San Pablo (Gal 4,22-31). La Escritura es el Sacramentum por excelencia, el lugar de los sacramenta. Los textos que contiene y los hechos que narra pueden tomar una doble significación, la una literal e inmediata, el sentido obvio de esos textos y de esos hechos, espiritual y mediata la otra, que ve en ellos una enseñanza sobre la vida cristiana o sobre la vida celestial. Esta segunda significación es la que constituye, propiamente hablando, el sacramento.

8 La eliminación de las objeciones maniqueas, la creciente estima de la fe católica y el sentido de su valor intelectual y religioso: tales son los principales resultados a que había llegado Agustín en sus reflexiones, bajo la influencia de Ambrosio, a comienzos del 386.

9 Sea el que pronunció el primero de enero de 385 en honor del consulado del franco Bautón y al que se refiere en su Contra litt. Petiliani, sea, si admitimos que pronunció un segundo, el que compuso para el joven emperador Valentiniano II, con motivo de las fiestas del segundo aniversario de su reinado (decennalia), que se celebraron el 22 de noviembre de ese mismo año. Se han perdido esos panegíricos, pero de su carácter adulatorio y mentiroso podemos juzgar por los fragmentos de otros que pronunciara Símaco por aquellas fechas.

10 Alipio, el más fiel amigo de Agustín, siguió sus enseñanzas en Tagaste y en Cartago. Le acompañó en Roma, Milán y Casiciaco. Siguiendo el ejemplo de su maestro, hízose primero maniqueo y después cristiano. Era abogado de profesión, pero no tardó en consagrar su vida entera a la amistad por Agustín. A la postre llegó a ser obispo de su ciudad natal, Tagaste, y ayudó mucho a su amigo en sus tareas africanas. Aún vivía en 428 y era el decano de los prelados de la provincia de Numidia. Es uno de los interlocutores del Contra Académicos y del De Ordine.

11 Los comites largitionum eran los encargados de supervisar las finanzas imperiales en una "diócesis" o grupo de provincias. Puede inferirse la alta categoría de estos personajes del hecho de que seguían, conforme al orden de dignidad, inmediatamente después de los consulares. Los assessores eran abogados a quienes consultaban los personajes oficiales en sus funciones.

12 Es decir, no aceptó que le copiasen para sí manuscritos los copistas que retranscribían las actas oficiales, cargando este trabajo a la cuenta del tribunal.

13 Otro, de los íntimos amigos de Agustín, al que acompañó en Italia. De regreso al África no se hizo monje con aquél, sino que se dedicó a convertir a su familia. Era un hombre serio, dotado de grandes cualidades intelectuales y de un espíritu de independencia que ni por la amistad admitía menoscabo.

14 Una gubernatura de tercera categoría. A consecuencia de la reorganización administrativa del Imperio realizada por Diocleciano desaparecieron definitivamente las provincias senatoriales y los privilegios de Italia. Así fue ya más uniforme el Imperio. Los gobernadores de las nuevas provincias —un centenar a la muerte de aquel emperador— eran o consulares, y pertenecían al orden senatorial, o correctores, escogidos en ese mismo orden o en el orden ecuestre. Las tres provincias de Africa, de Acaya y de Asia estaban gobernadas por procónsules senatoriales; la, mayor parte de los gobernadores eran praesides de la clase ecuestre.

15 Pudieron servirles de ejemplo para esta comunidad de filósofos el monasterio maniqueo fundado en Roma por el "oyente" Constancio (De moribus, maniqueorum, XX, 74; Contra Faustum, V, 5) y el proyecto que Plotino y compañeros alentaron de abrir una Platonopolis en la Campania, del que Agustín pudo informarse leyendo la Vita Plotini de Porfirio. Tampoco es improbable que tuviera noticia de las comunidades pitagórica mencionadas por Yámblico (Vidas de los pitagóricos, 30).

16 Agustín, que aún no estaba bautizado, hallábase frente a la madre de Adeodato en una situación que el derecho romano aceptaba y que la Iglesia, al menos en ciertas regiones, no proscribía. Un canon del primer Concilio de Toledo (403) reza así: "Si quis habens uxorem fidelem, si concubinam habeat, non communicet. Ceterum, qui non habet uxorem, et pro uxore concubinam habet, a communione non repellatur. Tantum ut unius mulieris, aut uxoris, aut concubinae, ut ei placuerit, sit coniunctione contentus". En su predicación se mostrará severo únicamente el Santo con quienes admiten una concubina además de la legítima esposa (Serm. 224, 3, 3). No hay que extrañarse, por otra parte, de que no le aconsejase Mónica el matrimonio con la madre de Adeodato; lo más probable es que ella fuese de una condición social inferior y, en ese caso, una constitución de Constantino prohibía el matrimonio de pleno derecho.

En manera alguna tenía Agustín obligación de casarse con ella. Jamás le asaltó semejante idea, ni tampoco a ella. Nada le obligaba a retenerla. Al contrario, si tenía intención de casarse legalmente o de recibir el bautismo o de ambas cosas a la vez, le era forzoso despedirla. Fue exactamente lo que pasó. Sino que, como llevaban quince años conviviendo y les había nacido un hijo, lo menos que podía hacer era no verla partir con indiferencia.

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII
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