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Biblia: Personajes de la Biblia

Sobre las etimologías de los nombres bíblicos

Acerca de este importante aspecto expresivo de la Biblia, y cómo se tratan las etimologías en este programa.

"Moisés", sacado de las aguas; "Abraham", padre de multitudes; "Isaac", Dios me ha dado de qué reír...

Y así podríamos seguir: la Biblia está llena de etimologías de los nombres propios. Se diría que uno de sus rasgos característicos es presentar al personaje a partir del significado del nombre, sobre todo en los estratos más antiguos, los relatos patriarcales, la historia primigenia, etc. Esto aplica a los nombres de personas y también a los de lugares: "Por eso se la llamó Babel (bbl); porque allí embrolló (bll) Yahveh el lenguaje de todo el mundo"

Lamentablemente para nosotros, nadie podría aprender hebreo estudiando esas "etimologías", porque la mayor parte de ellas no tienen ninguna clase de valor lingüístico: se trata en realidad de lo que técnicamente llamamos "etimologías populares", juegos de palabras muy sonoros e inmediatos en el original, que ayudaban a fijar la historia o el sentido del personaje, algo completamente necesario en un libro pensado, no para leer, sino para proclamar y recordar "de oído".

En hebreo las palabras estás formadas fundamentalmente por una raíz de tres consonantes, y las vocales se agregan al hablar, no se escriben, por tanto hay infinidad de ocasiones de hacer juegos de palabras, ya que la misma raíz puede evocar muchas ideas, y la flexión puramente oral de la palabra, a través de la vocalización, convierte muy fácilmente un verbo en un sustantivo o un adjetivo, y por supuesto también al revés, así como alterar el orden de las letras da lugar a nuevas combinaciones y sonoridades.

«Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín (qyn), y dijo: "He adquirido (qny) un varón con el favor de Yahveh."» (Gn 4,1)

En esta cita se ve con mucha transparencia cómo funciona la etimología popular: es verdad que "Caín" y "adquirir" llevan las mismas tres letras: q (qof) y (yod) n (nun)... ¡pero en otro orden! por tanto no tiene ninguna relación una palabra con la otra. Por otra parte es notorio que de la supuesta coincidencia entre el nombre y el verbo, sale toda una frase organizada, no sólo la relación de Caín con adquirír, sino qué adquirió y de quién...

Un pensamiento etimológico

¿Diremos entonces que no vale ni la pena atender a las etimologías que trae el texto porque no tienen valor lingüístico? ¡No, más bien es cierto precisamente lo contrario! Del momento en que las etimologías carecen de valor lingüístico, no están en la narración como una curiosidad, como un dato del que nos anoticiamos y pasamos a otra cosa, sino que han sido explícitamente puestas por el narrador para situarnos en lo que está narrando, y que comprendamos con más facilidad el alcance de la historia que nos cuenta. El nombre de "etimología popular" que se le ha dado al fenómeno puede despistarnos, realmente se trata de etimologías literarias.

A esto lo podemos llamar un verdadero pensamiento etimológico, en el que la supuesta etimología es una función relevante de la narración.

Un gran representante de este tipo de pensamiento etimológico es la enumeración de los hijos de Jacob, en la lucha de las dos madres por la preferencia del marido: Génesis 29,16-30,24.

Un ejemplo

Me gustaría dar un ejemplo de cómo el pensamiento etimológico puede ser una clave de la narración, e incluso una clave principal de ella.

Quizás alguna vez nos hemos preguntado por qué Dios aceptó la ofrenda de Abel y rechazó la de Caín. En el relato ese aspecto no está literariamente motivado, simplemente dice: «Yahveh miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su oblación» (Gn 4,4-5), y ya sabemos todos lo que esa asimetría desencadena...

Carta a los Hebreos, por ejemplo, conjetura que la ofrenda de Abel estaba movida por la fe (no lo dice, pero se deduce que la de Caín no), y por eso fue aceptada (Heb 11,4), mientras que la primera Carta de Juan piensa más bien que Caín no era justo como Abel, de allí el rechazo a su ofrenda, lo que se muestra en que terminó matando a su hermano (1Jn 3,12).

El Génesis Rabbah (un comentario midráshico judío al Génesis) considera que Caín se quedaba con los mejores frutos del suelo, mientras que le daba a Dios las sobras, los frutos tardíos, de allí que no fuera aceptado... lo deducen de que de Abel se dice que ofreció los primogenitos, pero de Caín no se dice que ofreció las primicias.

Los Padres de la Iglesia fluctúan entre estas distintas lecturas.

Según el exégeta von Rad, "el narrador quiere dejar a la libre voluntad de Dios la aceptación del sacrificio. Renuncia a hacer comprensiblemente lógica la decisión contraria a Caín y favorable a Abel.", algo así como una muestra divina tanto de soberanía como de arbitrariedad...

¿Pero es realmente así? Yo creo que aquí la etimología de los nombres es un auxilio narrativo imprescindible. Veamos más detenidamente la frase en que se presenta a Caín. Hay que reconocer que a veces los traductores, en su afán de suavizar y hacer inteligibles textos oscuros de la Biblia, no traducen del todo literalmente. La exclamación de la mujer es: «He adquirido un varón con Yahveh.»

Digamos que Caín viene "marcado" de antemano, y no con la marca que le pondrá Dios más tarde, sino con la que le ha puesto la madre por medio de su nombre: es un niño "divino", viene de Yahvé...

¿Y Abel? Pues de Abel no se nos dice que su nombre signifique nada, de hecho, ni siquiera se dice que los padres le pongan nombre, lo presenta como si ya estuviera allí y nadie se hubiera dado cuenta: "Después dio a luz a Abel, su hermano."; incluso en esta frase se ve cómo Caín sigue siendo el punto de referencia.

De Abel no se da etimología, pero porque el nombre es verdaderamente infamante: "habel", cosa sin valor, vanidad, soplo ("habel habalim", "vanidad de vanidades", dice Qohelet).

Así que desde el principio los padres de estos hermanos los han puesto en una asimetría total: uno que vale, que es nombrado, que es bien considerado, y es el punto de referencia de la familia, el otro, literalmente, nada. Y Dios hace lo que hace a lo largo de toda la Biblia: toma inmediato partido por el que los hombres han dejado de lado: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado.", dice Abraham al rico quejoso (Lc 16,25).

Esta preferencia de Dios por el desvalido es un rasgo constante del Dios de la Biblia, y como vemos, desde sus primeras páginas. Y es al mismo tiempo una dura prueba para Caín, pero podría superarla, si es capaz de mantener su cabeza en alto por sí mismo, si no se apoya sólo en lo recibido (Gn 4,7).

Realmente, con ese juego de sentidos en los nombres, el relato adquiere una mayor transparencia.

Las etimologías reales

Suele decirse que para la Biblia, o quizás para el hombre antiguo, el nombre de la persona contiene su destino o su misión; eso no es del todo cierto, la verdad es que parece más bien deducido de algunos relatos emblemáticos como el de Abram, al que Dios cambia el nombre en Abraham para destinarlo a padre de multitudes (¡pero Abram y Abraham significan lingüísticamente lo mismo!), o el de Jacob, al que Dios renombra como Israel. En la mayoría de los casos esos nombres son, como hemos visto, etimologías populares o literarias, quizás unión de tradiciones de distinta procedencia sobre un mismo personaje (es posiblemente el caso de Jacob-Israel), en definitiva, funciones del pensamiento etimológico y no etimología real de los nombres.

Por tanto mal podremos decir que es el nombre el que contiene el destino cuando en realidad ese nombre está relacionado con el destino porque el narrador así lo dispuso.

Para la Biblia, es verdad (igual que para nosotros) que se utilizan nombres de personajes admirables, se buscan evidentemente nombres de buen augurio y no de mal augurio, pero no pasa de ser el mismo sentido mágico que sigue teniendo hoy día la humanidad cuando pone de nombres a sus hijos el de una estrella de Hollywood o el de una estrella del fútbol quizás con la secreta esperanza de que aquel hijo llegue también a estrella.

En la Biblia, como en el mundo, ni todos los Alejandro son valientes ni todas las Noemí son hermosas. Los nombres bíblicos, igual que los nuestros, expresan deseos familiares, gustos y modas.

Cómo se tratan las etimologías en este trabajo

Por eso en un principio sólo había ideado un casillero que indicaba si el texto jugaba o no con el sentido etimológico, real o supuesto, de un determinado nombre, y en caso afirmativo, ponía la cita en la que estaba presente la etimología supuesta, o la aclaraba en nota.

Sin embargo al avanzar el programa me pareció conveniente ampliar la idea: agregué un campo de etimología, sin quitar el anterior, así que de cada nombre se aclara lo siguiente:

-Si el texto juega con la etimología, se indica, y además en el casillero de etimología se pone la etimología que el texto plantea, aclarando si es etimología popular.

-Si además estoy seguro de la etimología de un nombre, aunque no se juegue con ello en el texto, la consigno, con la abreviatura del idioma del que proviene (hb., gr., lat. u otros).

Esto puede tener su utilidad cuando el sentido de un nombre sirve de trasfondo al relato, aunque el narrador no lo indique expresamente, como acabamos de ver en el caso de Abel, o como puede ser que ocurra en el caso del libro de Rut.

Dado que agregué esta información avanzando ya el trabajo (en realidad, cuando estaba por empezar el NT), muchos nombres no tienen su etimología real, que la iré completando con el tiempo.

Abel Della Costa

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