«Para el lector moderno hay pocas cosas en la Biblia con menor significado que las frecuentes listas de descendientes o antepasados», señala con gran acierto Raymond Brown al inicio de su comentario a la genealogía mateana de Jesús (en "El Nacimiento del Mesías", pp. 60ss). Del momento en que mencionan prácticamente sin contexto personajes desconocidos que son padres o hijos de otros personajes igualmente desconocidos, y no se nos dice nada más de ellos, tendemos a pasarlos por alto.
Y de repente aparece la genealogía de Jesús.
Y no aparece una sino dos.
Y no iguales sino distintas.
Y entonces saltan las alarmas... si el lector, en vez de pasar rápidamente por las genealogías del AT, las trata de conocer, de comprender, de elaborar ideas (académicas o caseras) de por qué son como son, quizás no le llamaría tanto la atención la doble genealogía de Jesús, que se inscribe perfectamente en la práctica genealógica de la Biblia. Aunque debamos reconocer que con ningún personaje de la Biblia se ha llegado a genealogías tan amplias como las compuestas por Mateo y Lucas para sus respectivos evangelios.
¿"Compuestas", dije? Sí, compuestas: lo primero que debemos tener en cuenta en las genealogías bíblicas (algo que es ampliable a las genealogías usuales en los pueblos semíticos) es que las genealogías son composiciones, no son expresión de un registro exacto y previo, son ellas el registro mismo de aquello que un pueblo, una comunidad, una tribu, una familia, un templo, quiere expresar acerca de cómo se inserta un personaje individual en esa comunidad.
Por tanto el factor biológico es uno más entre otros, no es el que determina el valor de la genealogía.
Una genealogía puede tener una función para la familia, y entonces se remonta a no más de tres o cuatro generaciones, y hay más posibilidad de que estén biológicamente fundadas; puede tener un valor para la recepción de una persona o grupo en la tribu, entonces en general proyectan al pasado la unión presente, y la biología ejerce muy poca influencia directa; pueden ser de uso político o sacerdotal, para establecer la legitimidad de un rey o de un sacerdote, y en ese caso lo que importa son las relaciones de adopción (formal o informal) y las grandes pertenencias familiares, aunque se salteen generaciones (como a menudo hacen). Estas últimas suelen ser las genealogías más largas.
A veces son simplemente composiciones literarias, sin valor verdaderamente genealógico, es decir, sin que podamos sacar conclusiones fehacientes acerca de los parentescos, sino exclusivamente narrativo, como es probable que sean las de Génesis 4 y 5, dos genealogías de muy distinto origen, pero posiblemente usadas con sentido literario y teológico, y relacionadas entre sí en la edición final del conjunto de la Historia primordial (Gn 1-11).
Lo fundamental a tener presente es que no existe ni un único tipo ni un único sentido de las genealogías, sino que cada una, o cada conjunto, debe leerse con detenimiento para entender por qué está allí.
A nosotros puede llamarnos la atención el desigual papel de la "sangre" en la genealogía, este papel incluso "elástico" de los lazos sanguíneos, pero esto tiene su propia lógica en la mentalidad tribal; M. Johnson, estudioso de las genealogías bíblicas (y autor de uno de los pocos tratados sobre el tema), lo explica con mucha claridad; cuando habla de las genealogías que relacionan tribus distintas recurriendo al parentesco (supuesto) de los antepasados (ver el caso de Yefunné «el quenizeo», padre de Caleb), escribe Johnson:
«este tipo de genealogía se basa en un fuerte sentido de parentesco de sangre, tanto dentro de la tribu como entre tribus relacionadas. Si la tribu es toda de la misma sangre, según este razonamiento, entonces el hijo es de la sangre y, por tanto, de la tribu del padre. En una sociedad patriarcal se podría, por tanto, utilizando el proceso lógico a la inversa, describir la cercanía existente entre las tribus asumiendo un antepasado patronímico común, independientemente de cuál pudiera haber sido el origen histórico real de los grupos implicados.» (Johnson, Purpose, pág. 16, ver bibliografía)
Como lo resume R. Brown: «Sólo muy raramente las antiguas genealogías semíticas nos proporcionan una lista de antepasados según la carne. Lo cual no significa que sean necesariamente erróneas, ya que la intención de los que las conservaron no era estrictamente biológica.»
Esto contrasta ampliamente con la expectativa nuestra al leerlas: esperamos genealogías "registrales", algo así como certificados de nacimiento engarzados unos a otros, y nos encontramos con que parten de otro principio: es el grupo y la pertenencia al grupo lo que hace inteligible la vida individual, y no la acumulación de vidas individuales la que da lugar al grupo.
Por esto, si bien básicamente son ciertas, sus contornos y su redacción pueden ser modificados en función de lo que quieran expresar o acentuar. Por ejemplo: la genealogía de Moisés muestra 3 generaciones hasta Leví, el antepasado de su tribu; el dato es bastante sorprendente: si asignamos a cada generación una duración de 30 años (que es una duración promedio bastante exacta en la época), da apenas 90 años entre Leví y Moisés, muy lejos de los 430 años que distan entre la llegada de Jacob y sus hijos a Egipto y la salida acaudillada por Moisés, según Ex 12,41 (la duración de la estancia en Egipto varía según las tradiciones, pero nunca se asigna una tan corta como 90 años).
Ahora bien, más nos puede sorprender si vamos a la genealogía de Josué, el ayudante y luego continuador de Moisés, que aunque más joven que su líder, vivió en la misma época: su genealogía, cuyo linaje se remonta a los hijos de Jacob a través de Efraín, hijo de José, muestra 10 generaciones entre su nacimiento y José, su antepasado tribal, unos 300 años de distancia. Todavía algo menor que lo esperable, pero mucho más realista que el cálculo que hace la de Moisés.
Posiblemente esto haya que leerlo así: Moisés está "mucho más cerca" del espíritu fundacional de Israel que su discípulo Josué, aunque hayan vivido en la misma época.
En suma, las genealogías entran dentro de la "póiesis" compositiva de los narradores, de su hacer literario, contienen un propósito, pero ese propósito escasamente coincide con el que imaginamos nosotros, que no utilizamos regularmente genealogías; son, por tanto, fragmentos poéticos y teológicos que exigen ser leídos en clave compositiva, más que como documentos de registro.
Abel Della Costa
Una introducción del autor a este tema, en video: