Al introducir en el mundo a su primogénito, dice Dios: «Adórenlo todos los ángeles». Nosotros, en cambio, aunque estemos ungidos por el Espíritu Santo, seamos, por la gracia, contados entre los hijos de Dios y hasta se nos llame en ocasiones dioses, no olvidamos, sin embargo, la mediocridad de nuestra naturaleza. Procedemos efectivamente de la tierra y somos contados entre los siervos; mientras que él no está supeditado a las leyes de nuestra naturaleza, sino que, siendo Hijo por naturaleza y en verdad, es el Señor de todo el universo, y se ha dignado bajar desde los cielos hasta nosotros.
Los que hemos decidido mantenernos dentro de la ortodoxia, no osemos afirmar que Dios sea el padre de la carne, ni tampoco que la naturaleza divina ha nacido de una mujer antes de revestirse de la naturaleza humana: afirmamos que al Verbo, que de Dios tiene la naturaleza, y al hombre que nació perfecto de la Virgen santa, coincidiendo en la unidad, lo adoraremos como un único Señor y Cristo Jesús; de forma que a este único ni le excluyamos de la esfera de la divinidad en razón de la carne asumida, ni le incluyamos en los límites de la sola naturaleza humana en razón de la semejanza que comparte con nosotros.
Bien sentada esta doctrina, es fácil comprender por qué razón el Verbo, engendrado por Dios, soportó el voluntario anonadamiento, por qué motivo él, que por su naturaleza era libre, tomando la condición de siervo, se rebajó a sí mismo; de qué modo, finalmente, tiende una mano a los hijos de Abrahán y el Verbo-Dios se hace partícipe de la carne y de la sangre.
Porque si le consideramos como mero hombre semejante a nosotros, ¿cómo puede tender una mano a los hijos de Abrahán, como a algo naturalmente extraño y diferente de él? ¿Cómo pudo afirmarse que participó de nuestra propia carne, por la que se parece en todo a sus hermanos? Ya que quien se asemeja a otro, debe pasar de una forma desemejante a otra semejante.
Tendió, pues, el Verbo una mano a los hijos de Abrahán y, fabricándose un cuerpo tomado de mujer, se hizo partícipe de la carne y de la sangre, de manera que ya no es sólo Dios, sino que, por su unión con nuestra naturaleza, ha de ser considerado también hombre como nosotros. Ciertamente el Emmanuel está constituido por estas dos realidades, la divinidad y la humanidad. Sin embargo, es un solo Señor Jesucristo, un solo verdadero Hijo por naturaleza, aunque es Dios y hombre a la vez; no un hombre divinizado, igual a aquellos que por la gracia se hacen partícipes de la naturaleza divina, sino Dios verdadero, que, por nuestra salvación, se hizo visible en forma humana, como atestigua también san Pablo con estas palabras: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.