Todos erais humildes, completamente curados de la vanagloria, más amigos de obedecer que de mandar, más solícitos en dar que en recibir. Contentos con el viático de Cristo y cordialmente atentos a su enseñanza, habíais diligentemente aceptado sus palabras con amor, teniendo siempre ante vuestros ojos sus padecimientos.
De suerte que a todos vosotros os fue otorgada una paz profunda y radiante, junto con un insaciable deseo de hacer el bien. Sobre todos descendió además la plena efusión del Espíritu Santo; y llenos de su santa decisión y de una sincera disposición de ánimo, levantabais con piadosa confianza vuestras manos al Dios omnipotente, suplicándole os fuera propicio si es que en algo involuntariamente habíais pecado.
Día y noche os mostrabais solícitos por la fraternidad universal, para que los elegidos de Dios obtuvieran la salvación mediante la misericordia y la conciencia. Erais sinceros y sencillos, perdonándoos mutuamente las ofensas. Teníais por abominable todo cuanto oliese a sedición o ruptura; os dolíais de los pecados de los demás y considerabais como vuestros sus propios defectos. Jamás os arrepentisteis de haber hecho el bien, dispuestos a toda forma de trabajo honrado. Adornados de un comportamiento virtuoso en toda la línea y digno de veneración, os conducíais según el temor de Dios, cuyos mandamientos y preceptos llevabais escritos en la amplitud de vuestro corazón.
Se os había otorgado todo el honor y la amplitud de corazón, y se cumplió lo escrito: Comió y bebió hasta saciarse, engordó mi cariño, y tiró coces. De aquí nacieron celos y envidias, contiendas y bandos, persecuciones y sediciones, guerra y cautividad. Así los sin honor se alzaron contra los honrados, los sin gloria contra los cubiertos de gloria, los necios contra los sabios, los jóvenes contra los ancianos. Por esta razón, se exiliaron la justicia y la paz, por haber cada cual abandonado el temor de Dios y haberse oscurecido su fe; por no andar por los caminos de sus mandamientos, ni vivir una vida digna de Cristo. Cada uno marcha más bien tras los apetitos de su depravado corazón, reasumiendo aquella inicua e impía envidia por la que la muerte entró en el mundo.