Os rogamos encarecidamente en el Señor Jesús, que nos redimió con su muerte, que procuréis enteraros del por qué y el cómo de las tribulaciones y sufrimientos que sufrimos de parte de los enemigos de la religión cristiana.
Desde que, por disposición divina, la santa madre Iglesia me elevó, a pesar de mi indignidad y -testigo me es Dios- contra mi voluntad, a la Sede Apostólica, he procurado por todos los medios que la santa Iglesia, esposa de Dios, señora y madre nuestra, vuelva a ser libre, casta y católica, como corresponde a su condición. Era de esperar que el antiguo enemigo, a la vista de estos planes armase contra nosotros a sus miembros para que fracasáramos.
Por eso se atrevió a hacernos, a nos y a la Sede Apostólica, un daño como no había hecho desde los tiempos de Constantino el Grande. No tiene nada de extraño, puesto que, cuanto más avanzan los tiempos, más se afana por extinguir la religión cristiana.
Y ahora, hermanos míos carísimos, escuchad con atención lo que os digo. Todos los que en el mundo entero llevan el nombre de cristianos y conocen verdaderamente la fe cristiana saben y creen que san Pedro, príncipe de los apóstoles, es el padre de todos los cristianos y el primer pastor después de Cristo, y que la santa Iglesia romana es madre y maestra de todas las Iglesias.
Si, pues, creéis esto y lo retenéis sin vacilar, os ruego y ordeno, como hermano e indigno maestro vuestro, por amor de Dios todopoderoso, que ayudéis y socorráis a los que, como hemos dicho, son padre y madre vuestros, si queréis obtener el perdón de los pecados y conseguir bendición y gracia en este siglo y en el venidero.
El Dios omnipotente, de quien procede todo bien, ilumine siempre vuestra mente y la fecunde con su amor y el del prójimo, de modo que los que hemos llamado padre y madre vuestros vengan a ser vuestros deudores y lleguéis a su compañía sin temor. Amén.