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El Testigo Fiel
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Documentación: Juan Pablo II, papa
En Roma, en la basílica de San Pedro, san Juan Pablo II, papa, que gobernó la Iglesia por veintisiete años, llevando su presencia misionera a todos los puntos de la tierra, alimentando la doctrina con abundantes y esclarecidos documentos, y convocando a todos los hombres de nuestra época a abrir sus puertas al Redentor.

María es el espacio físico y espiritual de la Encarnación

fuente: Carta en el séptimo centenario de la Santa Casa de Loreto (Carta a Mons. P. Macchi, 15 de agosto de 1993: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XVI/2, 526-537)
Se utiliza en: Virgen María de Loreto (lecc. único) (10/12)

La Santa Casa de Loreto no es solo una «reliquia», sino también un precioso «icono» concreto. Es «icono» no de verdades abstractas, sino de un evento y de un misterio: la Encarnación del Verbo.

La Encarnación, que se recuerda dentro de estas paredes sagradas, recupera permanentemente su propio y genuino significado bíblico; no se trata de una mera doctrina sobre la unión entre lo divino y lo humano, sino, más bien, del acontecimiento acaecido en un tiempo preciso y en un lugar concreto, como ponen admirablemente de manifiesto las palabras del Apóstol: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer».

María es la mujer; es, por así decir, el espacio físico y espiritual a la vez, en el que tuvo lugar la Encarnación. También la casa en que ella vivió constituye un recuerdo de esa realidad concreta.

El recuerdo de la vida oculta de Nazaret evoca cuestiones concretas y propias de todo hombre y de toda mujer. Renueva el sentido de la santidad de la familia, poniendo en evidencia inmediatamente todo un conjunto de virtudes, que hoy son tan amenazados, como la fidelidad, el respeto a la vida, la educación de los hijos y la oración, y que las familias cristianas pueden redescubrir dentro de las paredes de la Santa Casa, primera y ejemplar iglesia doméstica de la historia.

La Santa Casa recuerda asimismo la grandeza de la vocación a la vida consagrada y a la virginidad por el reino de Dios, que tuvo aquí su glorioso inicio en la persona de María, Virgen y Madre.

A los jóvenes, que peregrinan en gran número’ a la Casa de la Madre, quisiera repetirles las palabras que les dirigí en otra ocasión: «Caminad hacia María, caminad con María... Haced que resuene en vuestro corazón su “fiat”». Ojalá que los jóvenes, a la luz de las enseñanzas de la Casa de Nazaret, renueven su compromiso en el laicado católico para llevar a Cristo a los corazones, a las familias, a la cultura y a la sociedad.

El justo esfuerzo de nuestros tiempos por reconocer a la mujer el lugar que le corresponde en la Iglesia y en la sociedad encuentra también aquí una ocasión muy adecuada de profundización. Por el hecho de que «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer», toda mujer ha sido elevada, en María, a una dignidad tal que no se puede concebir otra mayor.

Además, ninguna consideración teórica podrá nunca exaltar la dignidad del trabajo humano mejor que el hecho de que el Hijo de Dios trabajó en Nazaret y quiso ser llamado «el hijo del carpintero».

Por último, ¿cómo no aludir a la «opción por los pobres» que la Iglesia hizo en el Concilio y ha reafirmado cada vez más claramente después? Las austeras y humildes paredes de la Santa Casa nos recuerdan visiblemente que fue Dios mismo quien inauguró esta opción en María, que, como se lee en un texto conciliar, «sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen».

Asimismo, respecto a este tema de la pobreza y el sufrimiento, los enfermos siempre han ocupado un lugar privilegiado en la historia del Santuario, pues fueron de los primeros en acudir como peregrinos a la Santa Casa y en difundir su fama entre la gente. ¿Dónde podrían ser acogidos mejor que en la casa de aquella que precisamente las letanías lauretanas nos llevan a invocar como «salud de los enfermos» y «consoladora de los afligidos»?

«Que este santuario de Loreto —como dijo Juan XXIII— sea siempre como una ventana abierta al mundo y haga resonar voces arcanas que anuncien la santificación de las almas, las familias y los pueblos».

Otras lecturas del mismo autor

¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo! - [De la Homilía de san Juan Pablo II, papa, en el inicio de su pontificado (22 de octubre 1978: AAS 70 [1978] 945-947)]
La sangre de los mártires da testimonio de la fe cristiana - [De la homilía en la canonización (AAS 92, 2000, 849-850)]
Dios escoge lo débil del mundo para confundir a lo fuerte - [Decreto de canonización (31 de julio de 2002)]
Anunciadora de la misericordia de Cristo - [homilía en la canonización de la santa (AAS 92 [2000] 671-672)]
Realizaron el acto más excelente de culto y de amor a Dios con el derramamiento de su propia sangre - [Homilías (Homilía en la beatificación de san Lorenzo Ruiz y compañeros, en Manila el día 18 de febrero de 1981: AAS 73 [1981], 340-342)]
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