La Santa Casa de Loreto no es solo una «reliquia», sino también un precioso «icono» concreto. Es «icono» no de verdades abstractas, sino de un evento y de un misterio: la Encarnación del Verbo.
La Encarnación, que se recuerda dentro de estas paredes sagradas, recupera permanentemente su propio y genuino significado bíblico; no se trata de una mera doctrina sobre la unión entre lo divino y lo humano, sino, más bien, del acontecimiento acaecido en un tiempo preciso y en un lugar concreto, como ponen admirablemente de manifiesto las palabras del Apóstol: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer».
María es la mujer; es, por así decir, el espacio físico y espiritual a la vez, en el que tuvo lugar la Encarnación. También la casa en que ella vivió constituye un recuerdo de esa realidad concreta.
El recuerdo de la vida oculta de Nazaret evoca cuestiones concretas y propias de todo hombre y de toda mujer. Renueva el sentido de la santidad de la familia, poniendo en evidencia inmediatamente todo un conjunto de virtudes, que hoy son tan amenazados, como la fidelidad, el respeto a la vida, la educación de los hijos y la oración, y que las familias cristianas pueden redescubrir dentro de las paredes de la Santa Casa, primera y ejemplar iglesia doméstica de la historia.
La Santa Casa recuerda asimismo la grandeza de la vocación a la vida consagrada y a la virginidad por el reino de Dios, que tuvo aquí su glorioso inicio en la persona de María, Virgen y Madre.
A los jóvenes, que peregrinan en gran número’ a la Casa de la Madre, quisiera repetirles las palabras que les dirigí en otra ocasión: «Caminad hacia María, caminad con María... Haced que resuene en vuestro corazón su “fiat”». Ojalá que los jóvenes, a la luz de las enseñanzas de la Casa de Nazaret, renueven su compromiso en el laicado católico para llevar a Cristo a los corazones, a las familias, a la cultura y a la sociedad.
El justo esfuerzo de nuestros tiempos por reconocer a la mujer el lugar que le corresponde en la Iglesia y en la sociedad encuentra también aquí una ocasión muy adecuada de profundización. Por el hecho de que «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer», toda mujer ha sido elevada, en María, a una dignidad tal que no se puede concebir otra mayor.
Además, ninguna consideración teórica podrá nunca exaltar la dignidad del trabajo humano mejor que el hecho de que el Hijo de Dios trabajó en Nazaret y quiso ser llamado «el hijo del carpintero».
Por último, ¿cómo no aludir a la «opción por los pobres» que la Iglesia hizo en el Concilio y ha reafirmado cada vez más claramente después? Las austeras y humildes paredes de la Santa Casa nos recuerdan visiblemente que fue Dios mismo quien inauguró esta opción en María, que, como se lee en un texto conciliar, «sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen».
Asimismo, respecto a este tema de la pobreza y el sufrimiento, los enfermos siempre han ocupado un lugar privilegiado en la historia del Santuario, pues fueron de los primeros en acudir como peregrinos a la Santa Casa y en difundir su fama entre la gente. ¿Dónde podrían ser acogidos mejor que en la casa de aquella que precisamente las letanías lauretanas nos llevan a invocar como «salud de los enfermos» y «consoladora de los afligidos»?
«Que este santuario de Loreto —como dijo Juan XXIII— sea siempre como una ventana abierta al mundo y haga resonar voces arcanas que anuncien la santificación de las almas, las familias y los pueblos».