Yo, vuestro padre, he tenido que soportar graves tentaciones, manifiestas u ocultas, y me mostré fuerte en la esperanza y en la oración, y mi Señor me libró. Ahora también vosotros, carísimos, que habéis recibido la bendición de Dios, aceptad asimismo las tentaciones hasta que las hayáis superado, y sólo entonces recibiréis una medida colmada y se os aumentará para vuestro prestigio, y desde el cielo os darán aquel gozo que ahora ignoráis.
Y ¿qué significa superar las tentaciones y cuál es el remedio contra ellas? Este: Jamás perdáis el ánimo, sino más bien rogad confiadamente a Dios de todo corazón, y conservad la paciencia en cualquier eventualidad: entonces la tentación os dejará en paz. Así es como fue tentado Abrahán y salió de la prueba como un atleta vencedor. Esta es la razón de que se escribiera aquello: Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor. Y todavía Santiago, en su carta, se expresa así: ¿Sufre alguno de vosotros? Rece. Ya veis cómo todos los justos, en el momento de la tentación, han recurrido a Dios.
Está igualmente escrito: Fiel es Dios, y no permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. Y ahora es Dios quien actúa en vosotros para purificar vuestro corazón. Pues si no os amara, no consentiría que fuerais tentados. En efecto, está escrito: Dios reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Por tanto, los fieles necesitan de la tentación. No son de los elegidos quienes no han pasado por la experiencia de la tentación: llevan puesto el hábito, pero niegan la virtud. Por eso nos decía el abad Antonio: «Hombre sin tentaciones no puede entrar en el reino de los cielos». Y el bienaventurado Pedro escribió también en su Carta: Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan al fuego- llegará a ser alabanza y gloria.
Y ya sabéis que ésta es la razón por la cual, al principio y mediante una operación espiritual, se otorga el gozo del Espíritu Santo, una vez comprobada la pureza del corazón. A continuación, y una vez otorgado el gozo y la dulzura, el Espíritu se aleja de ellos y los abandona. La señal de un tal comportamiento es ésta: Se comporta así con el alma que busca y teme a Dios; se aleja, se retira y deja en el abandono a todos los hombres, hasta haber comprobado si le buscarán o no. Hay personas que una vez que Dios las ha abandonado y se ha alejado de ellas, abatidas por la tristeza, se sientan y, paralizadas por el tedio, permanecen inmóviles. De hecho, no rezan a Dios para que les libere de aquella tristeza y poder recuperar aquel gozo y aquella dulzura que experimentaron al principio, sino que por negligencia y a causa de su propia voluntad se mantienen alejadas de la dulzura de Dios. Por esta razón se vuelven carnales y poseen sólo la apariencia, no la realidad de la virtud. Estos tales tienen obcecados los ojos e ignoran las obras de Dios.
Si, por el contrario, cayeren en la cuenta de lo insólito de aquella tristeza y cuán alejada está del prístino gozo, recen a Dios con lágrimas y ayunos; entonces Dios por su misericordia, viendo la sinceridad de su corazón y que lo suplican con toda el alma, renunciando radicalmente a su propia voluntad, les concede un gozo mayor que el primero y los confirma más todavía. Este es el comportamiento que observa con todas las almas que buscan a Dios.