Irá delante del Señor con el espíritu de Elías, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto. Este pueblo es la primitiva Iglesia de los judíos: para llamarla y prepararla, se dirige a ella nuestro Elías, clamando y diciendo: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Se la llama mediante la misericordia, se la prepara por la penitencia. Con razón, pues, se le llama «tesbita», que significa dedicado a la penitencia.
Juan es ciertamente la lámpara que arde y brilla, encendida por aquella mujer de Dios, o sea, la sabiduría, que había perdido una moneda, es decir, el género humano, para que la casa, esto es, el mundo presente cambiara por la penitencia, y encontrar de este modo aquella moneda, que decimos ser la Iglesia de los predestinados. Yo no soy —dice— el Mesías; simplemente he sido enviado delante de él.
¿A dónde?, ¿a qué? Ciertamente a una mujer viuda, para presentarla al esposo glorioso, la Iglesia, sin mancha ni arruga. Viuda era realmente en aquel entonces la población judía, puesto que se había apartado ya de Judá el cetro y el bastón de mando de sus rodillas, y ni era legítimo el rey ni santo el sacerdote. Se esperaba al que había de venir, el esposo legítimo, para quien se reservaba esta esposa. Ella tiene un puñado de harina y un poco de aceite. El grano, separado de la paja, es machacado y triturado por la muela y así se convierte en harina. La paja simboliza la letra de la ley, el grano, la ciencia del Espíritu.
Desde los días de Juan se procede a separar el grano de la paja, el Espíritu de la letra: es triturado el grano con la muela del evangelio y se convierte en harina. Se le añade el aceite de la gracia del Espíritu Santo, y se cuece el pan con el que Elías es alimentado. Verdaderamente, al recrudecerse en aquel tiempo el hambre de la palabra de Dios, a la viuda sólo le quedaba un puñado de harina, es decir, una mínima noticia de Cristo, de la que, entretanto, el profeta se alimenta, hasta que, degollados los profetas de Baal —a saber, eliminado de su corazón hasta el último vestigio del antiguo error—, apareció una nubecilla como la palma de una mano.
Recordad, hermanos, cómo, una vez degollados los profetas de Baal, apareció una nubecilla que subía del mar, e inmediatamente —cayendo una lluvia copiosa— restituyó a la tierra su antigua fertilidad. Contemplad ahora a nuestro Elías, que ha establecido sus reales a orillas del Jordán: predicando, corrigiendo, amonestando y bautizando degollaba en cierto modo a los espíritus inmundos que actuaban en los hijos rebeldes, arrojándolos, mediante el bautismo de quienes confesaban sus pecados, y, mediante la predicación de la venida del divino Salvador, infundía en sí mismo y en el pueblo un saludable temor.
Sube del mar una nubecilla como la palma de una mano. El mar representa a la muchedumbre de pecadores y publicanos, a quienes decía san Juan: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar a la ira inminente? Entre estos tales, como en mar abierto, apareció aquella insignificante nubecilla, de la que dice Isaías: Mirad al Señor que sube montado en una nube ligera. Esta nube es nuestra carne, que la divina sabiduría quiso asumir de nosotros y para nosotros, ligera, es decir, inmune de todo peso de pecado; en cuya nube ciertamente, el sol, como queriendo ocultarse, se dio a conocer en primer lugar a san Juan mientras predicaba. Dijo: Este es el Cordero de Dios; éste es el pan cocido sobre piedras del que se alimentó Elías.