
José Gregorio Hernández Cisneros, el segundo de siete hermanos, nació el 26 de octubre de 1864 en Isnotú, en el estado de Trujillo (Venezuela), hijo de Benigno Hernández Manzaneda y Giuseppina Antonia Cisneros y Mansilla.
Su madre, una mujer de gran bondad y caridad, le dio una sólida educación cristiana. Sobre ella, el Santo escribió: «Desde la cuna me enseñó la virtud, me hizo crecer en la ciencia de Dios y me dio como guía la santa caridad».
Durante cuatro años fue alumno de la única escuela privada de Isnotú. En 1878 pasó al Colegio Villegas de Caracas, donde cursó los estudios preparatorios y filosóficos, distinguiéndose por su inteligencia, compromiso y rendimiento. Era un modelo de piedad, oración, virtud y estricto cumplimiento del deber.
Tras obtener el bachillerato en filosofía, se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Caracas. En ese ambiente materialista, dio ejemplo de fe y moralidad a sus compañeros, que le tenían en gran estima y respeto.
Tras graduarse con brillantez, comenzó a ejercer la profesión médica. En 1889, por sus excelentes capacidades, fue designado por el presidente de Venezuela para seguir en París cursos de perfeccionamiento en microbiología, bacteriología, histología normal y fisiología experimental, cátedras inexistentes en la Universidad de Caracas. El célebre profesor Duval de París declara en una carta que el doctor Hernández, bajo su dirección, había alcanzado la categoría de técnico, y que se sentía orgulloso de haberlo formado.
Dejó en París el recuerdo no solo de su inteligencia y su dedicación al estudio, sino aún más de su piedad y pureza, que supieron resistir las insidias de compañeros sin escrúpulos.
De regreso a Venezuela, a los 27 años, comenzó su carrera universitaria. Instituyó las cátedras de histología normal y patología, fisiología experimental y bacteriología. Sin ningún temor, profesaba abiertamente su fe. Todos los días participaba en la celebración eucarística y comulgaba. Antes de comenzar las clases, se hacía la señal de la cruz. También se inscribió en la Tercera Orden Franciscana, siguiendo fielmente su Regla. En el ejercicio de su profesión, privilegiaba a los pobres, a quienes no solo no cobraba nada, sino que a menudo les daba dinero para medicinas. Por su actitud, se le llamaba «el médico de los pobres».
En pleno apogeo de su vida profesional, tras una madura decisión, el 16 de julio de 1908, con el consentimiento de su director espiritual, monseñor Castro, arzobispo de Caracas, ingresó en la Cartuja de Farneta (Lucca). El 20 de agosto tomó los hábitos y adoptó el nombre de fray Marcello. Sin embargo, tras solo nueve meses, debido a su precario estado de salud, tuvo que regresar a Venezuela, con la esperanza de poder volver a ser acogido en la Cartuja tan pronto como se recuperara.
Ingresó en el Seminario diocesano de Caracas para convertirse en sacerdote, pero poco después lo abandonó para retomar la enseñanza y el ejercicio de la profesión médica.
Tan pronto como mejoró su salud, en 1913 ingresó en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma. Sin embargo, solo permaneció allí ocho meses, ya que volvió a sufrir una pleuritis seca y un inicio de tuberculosis.
Conformándose a la voluntad divina, regresó a su patria y se dedicó a la misión de profesor y médico, con un espíritu de unión con Dios y de servicio a los hermanos.
El 29 de junio de 1919 murió trágicamente atropellado por un automóvil mientras llevaba un medicamento a un enfermo. El Dr. Razzetti, no creyente, llamado de urgencia a la sala de urgencias, cuando vio el cadáver exclamó: «Este hombre era un santo». Se convocó un concurso para elegir el epitafio que se colocaría en su tumba y se eligió el de E. G. Machado, director de la Biblioteca Nacional: «Dr. José Gregorio Hernández: médico eminente y cristiano ejemplar. Por su ciencia fue sabio y por su virtud fue justo. Su muerte adquirió las proporciones de una desgracia nacional».
Su figura es extraordinariamente popular en Venezuela, y es normal que muchos niños reciban el nombre de José Gregorio en honor a él. Paradójicamente, algunas de las formas que adoptó la devoción popular hacia él retrasaron su proceso de beatificación, iniciado en 1949. El doctor Lepoldo Briceño-Iragorry, de la Academia Nacional de Medicina de Venezuela, explica que "en parte del pueblo hay una visión distorsionada de su figura, que se ha asociado con rituales de santería y ha sido aprovechada por algunos charlatanes, lo que hizo demorarse la beatificación".