
Antonio Tort, nacido en 1895, era padre de once hijos y joyero de profesión. Era conocido por su militancia carlista y por su devoción a la Eucaristía y a la Virgen, en especial la de Lourdes, donde era un habitual como camillero para los enfermos. El obispo diocesano, Mons. Irurita, le conocía y le consideraba, antes de toda la peripecia que iba a unirles, "un hombre admirable". Prueba de ello es que el 20 de julio, dos días después de fracasado el Alzamiento Nacional en Cataluña, conocedor de lo que iba a suceder, dejó a toda su familia en su residencia veraniega de Monistrol y se fue a Barcelona por lo que pudiera pasar. "¿Los católicos hemos de ver que arden los templos y las casas religiosas sin hacer nada para impedirlo?", le dijo a su preocupada madre nada más llegar a la Ciudad Condal.
Y no se equivocaba. Justo al día siguiente fue asaltado el palacio episcopal. Monseñor Irurita y su sobrino y secretario, mosén Marcos Goñi, pudieron escapar por una puerta trasera y refugiarse en el vecino piso de otro sacerdote. Como en aquellas horas el domicilio de un sacerdote era el lugar menos seguro de la ciudad, al poco lo abandonaron. En la calle Bisbe se tropezaron con Antonio Tort, quien les ofreció el suyo, que tenía, junto a su taller, en la calle del Call. Allí acogió también a cuatro religiosas carmelitas de la Caridad. Al cabo de unos días se uniría la familia Tort al completo.
El grupo clandestino aguantó cuatro meses en la más absoluta discreción. Según describiría luego la religiosa María Torres, fue un periodo "de vida claustral por el ambiente de piedad que se respiraba", compartido también por Francisco, hermano de Antonio. Todas las noches, desde una ventana invisible para los transeúntes, Irurita bendecía la ciudad, sometida al terror de los milicianos. El contacto con sus sacerdotes diocesanos era siempre clandestino y a través de terceras personas, para no revelar su paradero.
Irurita celebraba misa a diario a las seis y cuarto de la mañana. Todos los habitantes de aquel improvisado convento comulgaban, y daban gracias en la misa que celebraba a continuación don Marcos Goñi. Desayunaban, y luego cada cual se iba a sus tareas. Por la tarde rezaban juntos el rosario y, tras la cena, las religiosas se retiraban a su cuarto y la familia se quedaba un rato conversando con su prelado. Éste confesaba a todos cada ocho días. "En aquellas circunstancias, ¿qué más podían desear?", apuntaría luego en su relato la hermana Torres.
El 1 de diciembre de 1936, tras 134 días de encierro, llamó a la puerta un grupo de "patrulleros", los grupos oficiales "antifascistas" de la Generalitat. Nada sabían del obispo, pero tenían una orden de detención contra Tort porque había aparecido en una lista como destacado peregrino a Montserrat, y contra su hija Mercedes.
En el registro, que aprovecharon para robar piezas de joyería de la familia y destrozar las imágenes religiosas que encontraron, dieron con la pequeña comunidad allí escondida. Irurita, sabiendo que era una pieza muy buscada y que su hallazgo en casa de los Tort era la muerte segura para su anfitrión, se identificó como un simple sacerdote, Manuel Luis.
Se lo llevaron, diciéndoles que era "para declarar" (a nadie se le ocultaba el destino real de aquellas detenciones), junto a Antonio, su hermano Francisco, la joven Mercedes, mosén Goñi y dos de las religiosas (dejaron en casa a las otras dos por su avanzada edad).
Los condujeron a todos a la tristemente célebre checa de San Elías, en lo que hoy es la parroquia de Santa Inés, donde fueron interrogados. Por la hermana Torres (que sobreviviría, como las otras religiosas, al ser dejadas en libertad junto a Mercedes), se conoce parte del interrogatorio. Al obispo, a quien creían simple sacerdote -aunque hay elementos que apuntan a que sospechaban de su identidad real-, le preguntaron si había dicho misa durante su reclusión: "No he dejado de celebrarla ningún día, y si me dejan lo haré ahora mismo, pues el mundo se sostiene por el sacrificio de la santa misa". Al cachearle le encontraron un rosario, que le quitaron, burlándose de él cuando lo reclamó: "Por favor, devolvédmelo, sin él no puedo vivir".
En la tarde-noche del 3 de diciembre, Irurita, Goñi, Antonio y Francisco fueron conducidos al cementerio de Moncada y fusilados.
Artículo de Carmelo López-Arias, en Religión en Libertad. Ver Antonio Montero: "Historia de la persecución religiosa en España (1936-1939)".