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Domingo de Ramos de la Pasión del Señor
fecha de inscripción en el santoral: variable
hagiografía: Abel Della Costa
Elogio: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando nuestro Señor Jesucristo, como indica la profecía de Zacarías, entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica, y a su encuentro salió la multitud con ramos de olivos.

El Domingo de Ramos abre la celebración de la Semana Santa, el centro de la liturgia cristiana. No se trata de un hecho casual, sino de un gesto preparado por el Señor, como atestiguan los evangelios sinópticos (Mt 21,1-11; Mc 11,1-10; Lc 19,28-40; Jn 12,12-15), que nos muestran a Jesús enviando a sus discípulos a buscar el animal sobre el que hará su entrada en Jerusalén.

La escena no sólo cumple la profecía de Zacarías a la que alude el elogio del Martirologio (y que explicitan Mateo y Juan), sino que constituye en sí misma un gesto profético. Es decir, uno de esos signos mediante los cuales los profetas no sólo anunciaban algo, sino que lo hacían visible y comprensible para el pueblo. Jesús se sitúa así en plena continuidad con esa tradición: su acción no es improvisada ni meramente simbólica, sino un acto cargado de sentido que interpela a quienes lo presencian.

De hecho, todo indica que el gesto fue entendido. Las aclamaciones, los mantos tendidos en el camino y los ramos alzados no son una reacción espontánea sin más, sino una respuesta coherente a lo que se está proclamando: una manifestación mesiánica.

Sin embargo, si nos limitamos a ver en esta escena un gesto de humildad, corremos el riesgo de empobrecer su significado. La entrada en un asno no apunta sólo a la sencillez, sino que remite a una tradición bíblica más amplia, en la que ese gesto adquiere un valor preciso. Para comprenderlo mejor, conviene detenerse en algunos antecedentes que iluminan su sentido.

Remotamente, la primera relación que encontramos entre la casa de David y la figura del asno es en la bendición de Judá a la muerte de Jacob. Efectivamente, el patriarca, antes de morir, dice a Judá:

«No se irá de Judá el báculo, el bastón de mando de entre tus piernas.

Hasta tanto que se le traiga el tributo y a quien rindan homenaje las naciones;

el que ata a la vid su borriquillo y a la cepa el pollino de su asna;

lava en vino su vestimenta, en sangre de uvas su sayo;

el de los ojos encandilados de vino, el de los dientes blancos de leche.» (Gn 49,10-12)

Aunque a nosotros todo ese lenguaje nos pueda sonar ajeno, son imágenes de poder (báculo, bastón de mando) y prosperidad (lavar en vino la vestimenta, dientes blancos de beber leche). En medio la imagen del borriquillo parece aludir a que es tal la abundancia que no le importa atar el asno a la cepa (¡se la comería!).

Pero es importante este antecedente remoto, no porque establezca de manera directa un símbolo mesiánico del asno, sino porque forma parte de un conjunto de imágenes que, releídas posteriormente en clave davídica, contribuirán a perfilar el imaginario del rey esperado.

Una nueva etapa en la imagen la tenemos en una escena muy conocida de 1Reyes 1: la sucesión de David. David es ya anciano, y el principio de sucesión dinástica no está aún del todo establecido. La corte espera un pronunciamiento de David, pero este no lo hace. Así que Adonías, uno de sus hijos, toma la iniciativa: celebra un gran banquete con la gente que es aliada suya y se proclama sucesor de su padre. Pero no invita a Natán, profeta de la máxima confianza de David y protector de Salomón, ni a Betsabé, madre del futuro rey, ni, por supuesto, a Salomón mismo. Así que Natán y Betsabé van a intervenir para que David haga un pronunciamiento contundente y oficialice la sucesión en Salomón, tal como lo había prometido de palabra. David acepta, y la expresión que utiliza para proclamar a su hijo Salomón como heredero legítimo a la vista de todos, es: «Tomad con vosotros a los veteranos de vuestro señor, haced montar a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y bajadle a Guijón. El sacerdote Sadoq y el profeta Natán le ungirán allí como rey de Israel, tocaréis el cuerno y gritaréis: "Viva el rey Salomón."» (1Re 1,33-34).

Como vemos, el “paseo” en la cabalgadura real tiene un significado muy preciso: no se trata de un gesto de humildad, sino de una acción pública de proclamación y legitimación. Montar la mula del rey no es un detalle pintoresco, sino una forma de manifestar ante el pueblo quién es el heredero legítimo.

A la luz de este trasfondo, el oráculo de Zacarías (Za 9,9) cobra toda su fuerza. No sólo anuncia la llegada del rey mesiánico, heredero legítimo de David, sino que lo caracteriza de un modo inesperado: un rey justo, victorioso y, sin embargo, humilde, que no se apoya en la fuerza militar, sino que inaugura una forma distinta de realeza.

Desde esta perspectiva, la entrada de Jesús en Jerusalén adquiere una profundidad mayor: no es simplemente una escena humilde, sino una forma de presentarse como rey en continuidad con la tradición davídica, aunque resignificando profundamente el modo de ejercer esa realeza.

Por supuesto, esta escena, que no pasó desapercibida a sus testigos, debió de ser algo realmente modesto. Si hubiera tenido la magnitud con que nos la representan las películas sobre la Pasión —y a veces también nuestra propia imaginación—, difícilmente habría dejado de llamar la atención de las autoridades romanas, que en esos días, con la llegada masiva de peregrinos para la fiesta, reforzaban especialmente la vigilancia en Jerusalén.

Se acostumbra hacer la bendición de los ramos fuera de la iglesia, e ir a ella en procesión festiva, luego de la lectura de la misma escena en el evangelio del ciclo litúrgico que corresponda. De este modo, la liturgia no sólo recuerda un acontecimiento del pasado, sino que hace participar a los fieles en aquel gesto con el que Jesús se presentó como Mesías.

En la actualidad la expresión "Pascua florida" se reserva para la Pascua de Resurrección, por asociarla a la primavera y al reverdecer de la naturaleza, y para distinguirla así de otras "pascuas", como la de Navidad o de Pentecostés. Pero originalmente el nombre de "Pascua florida" se refería al Domingo de Ramos, "de la costumbre de bendecir también las flores y entrelazarlas entre las palmas" (F. Mershman).

Cuando, al año siguiente, esas mismas palmas convertidas en ceniza se impongan sobre la frente de los fieles al inicio de la Cuaresma, se cerrará el ciclo: lo que comenzó como aclamación festiva se transforma en signo de conversión, recordando que el camino del Mesías que entra en Jerusalén conduce, inseparablemente, a su pasión.

Bibliografía: el artículo de Mershman en la Catholic Encyclopedia (1909) se pierde un poco en dilucidar sobre palmas, flores y frutos, pero no deja de ser útil a la vista de que prácticamente se ha perdido que "Pascua florida" se refería originalmente a Ramos y no a Resurrección.

La base exegética se puede leer en cualquiera de los grandes comentarios a los evangelios( por ej.: Luz, para Mt, Gnilka para Mc, Fitzmyer para Lc, Brown para Jun), del momento en que la escena se narra en los cuatro. La cuestión del significado de la mención del asno en Gn 49 está muy debatida, porque el pasaje tiene algunos problemas textuales, pero aproximadamente todos giran en torno a la idea de poder y la posterior de mesianidad. Yo basé el sentido de "abundancia porque no le importa que el asno se coma la uva" en una sugerencia de von Rad (El libro del Génesis, pág. 522).

El ícono es de Theófanes de Creta, uno de los grandes iconógrafos de la tradición griega, de mediados del siglo XVI.

Abel Della Costa
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ingreso o última modificación relevante: 24-3-2026
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