Consagración al Espíritu Santo
P. Antonio Royo Marín
CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
¡Oh, Espíritu Santo, lazo divino que unes al Padre con el Hijo en un inefable y estrechísimo lazo de amor! Espíritu de luz y de verdad, dígnate derramar toda la plenitud de tus dones sobre mi pobre alma, que solemnemente te consagro para siempre, a fin de que seas su preceptor, su director y su maestro.
Te pido humildemente fidelidad a todos tus deseos e inspiraciones y entrega completa y amorosa a tu divina acción.
¡Oh, Espíritu Creador! Ven, ven a obrar en mí la renovación por la cuál ardientemente suspiro: renovación y transformación tal que sea como una nueva creación, toda de gracia, de pureza y de amor, con la que dé principio de veras a la vida, enteramente espiritual, celestial, angélica y divina que pide mi vocación cristiana.
¡Espíritu de Santidad! Concede a mi alma el contacto de tu pureza, y quedará más blanca que la nieve.
¡Fuente sagrada de inocencia, de candor y de virginidad! Dame a beber de tu agua divina, apaga la sed de pureza que me abrasa, bautizándome con aquel bautismo de fuego cuyo divino baptisterio es tu divinidad, eres Tú mismo. Envuelve todo mi ser con sus purísimas llamas.
Destruye, devora, consume en los ardores del puro amor todo cuanto haya en mí que sea imperfecto, terreno y humano; cuanto no sea digno de Tí
Que tu divina unción renueve mi consagración como templo de toda la Santísima Trinidad y como miembro vivo de Jesucristo, a quién, con mayor perfección aún que hasta aquí ofrezco mi alma, cuerpo, potencias y sentidos con todo cuanto soy y tengo.
Hiéreme de amor, ¡oh, Espíritu Santo!, con uno de esos toques íntimos y sustanciales, para que, a manera de saeta encendida, hiera y traspase mi corazón, haciéndome morir a mí mismo y a todo lo que no sea el Amado. Tránsito feliz y misterioso que Tú sólo puedes obrar, ¡oh, Espíritu Divino!, y que anhelo y pido humildemente.
Cual carro divino de fuego, arrebátame de la tierra al cielo, de mí mismo a Dios, haciendo que desde hoy more ya en aquel paraíso que es su Corazón. Infúndeme el verdadero espíritu de mi vocación y las grandes virtudes que exige y son prenda segura de santidad: el amor a la cruz y a la humillación y el desprecio de todo lo transitorio.
Dame, sobre todo, una humildad profundísima. Ordena en mí la caridad y embriágame con el vino que engendra vírgenes.
Que mi amor a Jesús sea perfectísimo, hasta llegar a la completa enajenación de mí mismo, a aquella celestial demencia que hace perder el sentido humano de todas las cosas, para seguir las luces de la fe y los impulsos de la gracia.
Recíbeme, pues, ¡oh, Espíritu Santo!; que del todo y por completo me entregue a Tí.
Poséeme, admíteme en las castísimas delicias de tu unión, y en ella desfallezca y expire de puro amor al recibir tu ósculo de paz. Amén.