Se llevará a cabo el ocho de febrero la primera Jornada Internacional de oración y reflexión en contra del tráfico de personas, tema muy importante para Papa Francisco, quien desde el principio de su Pontificado ha denunciado en diferentes ocasiones y con vigor este dramático fenómeno.
La iniciativa, promovida por las Uniones internacionales femeninas y masculinas de los superiores generales (Uisg y Usg), pretende hacer «propio el llamado del Santo Padre» y cuenta con su apoyo personal. La jornada será celebrada el día de Santa Josefa Bakhita, esclava sudanesa que fue liberada y se convirtió en religiosa, cuya canonización se llevó a cabo el año 2000.
El próximo martes tres de febrero, se llevará a cabo en el Vaticano la conferencia de prensa para la presentación de la jornada, que llevará como título «Enciende una luz contra la trata». Participarán los tres cardenales que se ocupan de los dicasterios que patrocinan la jornada: Joao Braz de Aviz (Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica), Antonio Maria Vegliò (Pontificio Consejo de la Pastoral para los Migrantes e Itinerantes) y Peter Kodwo Appiah Turkson (Pontificio Consejo “Justicia y Paz”); además, estarán presentes sor Carmen Sammut, presidenta de la Unión Internacional de las Superioras Generales (en representación de la Unión de los Superiores Generales) y sor Gabriella Bottani, coordinadora de “Talitha Kum”, red internacional de religiosas y religiosos en contra del tráfico de personas, misma que ya presentó una campaña propia, en mayo del año pasado) en el Vaticano. Ofrecerán su testimonio sor Valeria Gandini, de Palermo, y sor Imelda Poole, albanesa, coordinadora de “Talitha Kum”, en Europa.
El tráfico de seres humanos «es una de las peores esclavitudes del siglo XXI» y afecta a todo el mundo, se lee en el comunicado de los religiosos. «Según la Organización Internacional del Trabajo, OIT, y el ente de las Naciones Unidas en contra de la droga y el crimen, Unodc), alrededor de 21 millones de personas, a menudo pobres y vulnerables, son víctima de tráfico en sus respectivas ramificaciones: la explotación sexual o laborativa, el tráfico de órganos, la servitud doméstica, el matrimonio forzado, la adopción ilegal… Cada año, alrededor de 2,5 millones de personas sufren esta dramática situación: más del 60% son mujeres y menores de edad. A menudo sufren violencias inauditas. Por otra parte, el tráfico de seres humanos es una de las actividades ilegales más lucrativas del planeta: se estima que genere alrededor de 32 mil millones de dólares al año y representa el tercer negocio, después del tráfico de drogas y de armas. Desde hace muchos años, «la Iglesia católica, y en particular las Congregaciones religiosas femeninas, operan en diferentes zonas del mundo, para sensibilizar sobre este vergonzoso fenómeno, prevenir el tráfico de seres humanos, denunciar a los traficantes y ecplotadores y, sobre todo, ayudar y proteger a las víctimas del tráfico. Con la llegada de Papa Francisco, se ha manifestado con fuerza una mayor atención sobre el tema de la trata, y se ha materializado en una serie de acciones e iniciativas incluso de los Dicasterios vaticanos». EL objetivo de la jornada del ocho de febrero «es, sobre todo, el de crear una mayor consciencia sobre el fenómeno y reflexionar sobre la situación global de la violencia y de la injusticia que afecta a tantas personas, que no tienen voz, no cuentan, no son nadie: son simplemente esclavos. AL mismo tiempo, intentar ofrecer respuestas a esta moderna forma de tráfico de seres humanos mediante acciones concretas. Por ello, es fundamental, por una parte, insistir en la necesidad de garantizar derechos, libertad y dignidad a las personas explotadas y reducidas a la esclavitud, y, por otra, denunciar tanto a las organizaciones criminales como a los que usan y abusan de la pobreza y de la vulnerabilidad de estas personas para convertirlas en objetos de placer o fuente de ganancias».
La jornada en contra del tráfico de seres humanos de este 2015 «se enmarca significativamente dentro del Año dedicado a la Vida Consagrada, y será, pues, un estímulo para todas las religiosas y religiosos esparcidos por el mundo para leer los “signos de los tiempos” y replantear en términos proféticos el presente y el futuro de la vida consagrada».