El último Pontífice que abrió la Puerta santa de San Pedro para promulgar un Jubileo universal extraordinario fue Juan Pablo II en 1983: lo promulgó para celebrar los 950 años de la redención que cumplió Jesucristo en la cruz en el año 33.
La palabra “jubileo” deriva del término hebreo “Jobel”, que significa “macho cabrío”, en referencia al cuero utilizado en las ceremonias sacras. El Jubileo es el año de la remisión de los pecados y de las penas de los pecados, de la reconciliación, de la conversión y de la penitencia sacramental. Son, pues, 365 días de solidaridad, esperanza, justicia, compromiso al servicio de Dios en la alegría y en la paz con todos. Pero, sobre todo, el Año jubilar es el año de Cristo, que trae vida y gracia a la humanidad.
Es llamado también “Año Santo” porque se desarrolla con solemnes ritos sacros, pero también porque su objetivo es la santidad de vida de hombres y mujeres.
El Jubileo universal puede ser de tres tipos: ordinario, si sigue tiempos preestablecidos (normalmente de 50 o 25 años), extraordinario si es promulgado por algún suceso de especial importancia, y particular, es decir limitado a los habitantes de una determinada ciudad, provincia o localidad. Sus orígenes se remontan al Antiguo Testamento, como explica el sitio de la Santa Sede: «La Ley de Moisés había fijado para el pueblo judío un año particular: “Así santificarán el quincuagésimo año, y proclamarán una liberación para todos los habitantes del país. Este será para ustedes un jubileo: casa uno recobrará su propiedad y regresará a su familia. Este quincuagésimo año será para ustedes un jubile: no sembrarán ni segarán lo que vuelva a brotar de la última cosecha, ni vendimiarán la viña que haya quedado sin podar; porque es un jubileo, será sagrado para ustedes. Sólo podrán comer lo que el campo produzca por sí mismo. En este año jubilar cada uno de ustedes regresará a su propiedad” (Libro del Levítico, 25, 10-13)». El instrumento con el que se anunciaba este año particular era justamente el “jobel” o “yobel”. La celebración del Jubileo además establecía la «restitución de las tierras a los antiguos propietarios, la remisión de las deudas, la liberación de los esclavos y el reposo de la tierra».
El último Año santo ordinario, el de 2000, promulgado por Papa Wojtyla, asumió un significado especial pues, usando el cálculo del paso del tiempo a partir del nacimiento de Jesús, se celebraron 2 mil años de la venida de Cristo (prescindiendo de la exactitud del cálculo cronológico). Y también porque fue el primer Año santo a caballo entre dos milenios. La Iglesia católica inició la tradición del Año Santo con el Papa Bonifacio VIII, en el año 1300. Este Pontífice previó la realización de un jubileo cada siglo. Desde el año 1475 – para permitir a cada generación vivir al menos un Año Santo – el jubileo ordinario comenzó a espaciarse al ritmo de cada 25 años.
Los objetivos y las finalidades peculiares de cada uno de los Años santos son establecidos por el Papa al momento de la promulgación. Sin embargo, en los jubileos universales ordinarios se trata de la indicación de los objetivos generales: el llamado materno de la Iglesia a la vida de gracia, retomar la vida sacramental, una mayor caridad en las relaciones, liberación de los males sociales, renovación y purificación de la vida moral. Y también, evidentemente, la indulgencia plenaria.
Pero a veces, cuando se percibe alguna necesidad o urgencia importante, los Pontífices han concedido Jubileos universales extraordinarios, pero sin modificar la periodicidad de los ordinarios. La costumbre de promulgar Jubileos universales extraordinarios comenzó en el siglo XVI; su duración varía y puede ir desde pocos días hasta un año. Antes de el actual de Francisco sobre la misericordia, ha habido 64 Jubileos extraordinarios universales de la historia, con diferentes significados y presupuestos. El primero fue concedido por Sixto V (1585-1590) el 25 de mayo de 1585 para inaugurar el proprio Pontificado, poniendo en marcha una costumbre que habría continuado con sus diferentes sucesores. Ha habido Jubileos extraordinarios para favorecer la paz entre los cristianos, por necesidades particulares de las jerarquías eclesiásticas, por circunstancias históricas peculiares (como el buen resultado de un Concilio, la lucha contra los turcos, los 50 años de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción…).
El último de estos Jubileos extraordinarios fue el de Juan Pablo II, hace 32 años. Abrió la Puerta santa el 25 de marzo. El penúltimo había sido el de Pío IX, del 6 de enero de 1933, promulgado por el mismo motivo que el de Karol Wojtyla: el aniversario de la Redención que cumplió Cristo en la Cruz.
Los de Juan Pablo II y Papa Ratti fueron los únicos extraordinarios del siglo XX, durante el cual hubo también dos Años marianos (que no son propiamente Jubileos): uno fue celebrado en 1954, bajo Pío XII, para el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción de María, y el segundo, entre 1987 y 1988, por el Papa polaco, por el “cumpleaños” bimilenario de la Madre de Jesús.
El rito inicial del jubileo es la apertura de la Puerta Santa. Se trata de una puerta que se abre solamente durante el Año Santo, mientas el resto de añospermanece sellada. Tienen una Puerta Santa las cuatro basílicas mayores de Roma: San Pedro, San Juan de Letrán, San Pablo Extramuros y Santa María Mayor. El rito de la apertura expresa simbólicamente el concepto que, durante el tiempo jubilar, se ofrece a los fieles una “vía extraordinaria” hacia la salvación. Luego de la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro, serán abiertas sucesivamente las puertas de las otras basílicas mayores.
por Domenico Agasso, Jr.