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Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
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Dianich: libremos al Sínodo de los «catastrofismos»

16 de marzo de 2015
El teólogo italiano: quienes dicen que en la próxima Asamblea sinodal estará en riesgo la ortodoxia no conocen la historia de la iglesia y reducen la fe a un sistema de ideas y deducciones metafísicas

Se escuchan los cantos catastróficos de las sirenas en el mar de discusiones sobre el próximo Sínodo sobre la familia. Ciertas estrategias mediático-eclesiásticas bien coordinadas no dejan de organizar la «resistencia preventiva» en contra de cualquier hipótesis o propuesta para reconsiderar (incluso bajo una férrea vigilancia) la prohibición de los sacramentos que afecta a los divorciados que se han vuelto a casar. Dicen que están en juego la ortodoxia de la fe. Insisten en que no se puede discutir sobre estas cuestiones, si no se quiere derruir la unidad de la Iglesia.

Pero, ¿es cierto que las potenciales diferencias en relación con temas controvertidos del Sínodo representan una amenaza inédita y esencial para la comunión eclesial? ¿Es justo cerrar las puertas al diálogo escudándose en la continuidad de la doctrina y de la Tradición? Vatican Insider se lo ha preguntado al sacerdote y teólogo Severino Dianich, que desde hace décadas se dedica a escrutar con pasión el misterio de la Iglesia en su camino por la historia.

Para algunos, el Sínodo sobre la familia pone en riesgo la unidad de la Iglesia. ¿Debemos preocuparnos verdaderamente? 

Los que piensan así parecen ignorar la historia de la Iglesia. Y no viven la experiencia tranquilizadora de que es Dios quien conduce a la Iglesia, y no nosotros con nuestras peleas y batallas. Es una cuestión de fe, y también de buena consciencia histórica. Porque toda la historia del cristianismo es también la historia de una gran confrontación, con tensiones y conflictos alrededor del misterio de la fe y de la revelación de que Dios es más grande que nuestras palabras y fórmulas. Tenemos entre las manos cosas mucho más grandes que nosotros, como para que sobre cada cuestión exista una solución unívoca disponible.

¿Cómo puede ayudar la mirada de la historia?

En el Concilio de Nicea, en 325, se definió que Jesucristo Hijo de Dios es “de la misma sustancia del Padre”. Lo repetimos todavía hoy en el Credo de la liturgia dominical. Sin embargo, esta fórmula fue objeto de infinitas discusiones y graves divergencias, debido a que era muy innovadora y, por lo tanto, según algunos, inaceptable porque no se debía introducir en el Credo una expresión que no aparece en la Biblia.

¿Y en tiempos más recientes?

Las divergencias en el Concilio Vaticano II fueron mucho más fuertes que las que se dieron en el Sínodo sobre la familia, por la profundidad y el enorme peso de muchas cuestiones de la discusión. Entonces, por ejemplo, fue muy fatigoso llegar a un consenso sobre la declaración Nostra Aetate sobre el diálogo con el judaísmo y con las demás tradiciones religiosas. Por no hablar sobre las disputas alrededor de la libertad religiosa. Sin embargo, al final, se alcanzó a menudo el consenso del 90 por ciento de los padres conciliares sobre algunos de los pronunciamientos más controvertidos. Al final la Iglesia vuelve a descubrir, renueva y refuerza su unidad. Pero esto sucede a lo largo de un camino histórico, y no como una rígida y estática deducción de los postulados a priori. Justamente en el Vaticano II, durante las cuatro sesiones a lo largo de los cuatro años de su duración, las cosas, en algunos casos, cambiaron con respecto a las categorías con las que al principio se quería dirigir el debate. Y esto fue posible porque la discusión fue real y fecunda. Así, la sensibilidad conciliar, que al principio podía parecer minoritaria, fue surgiendo poco a poco y persuadió a la gran mayoría de los padres. Es esta la dinámica vital que se lleva a cabo cuando se discute en la Iglesia.

Pero dicen que la verdad no cambia y que los cambios en este ámbito son derrotas frente a la mentalidad dominante...

¡Claro que no! La verdad no cambia, pero nosotros, que la creemos y la comunicamos mediante nuestras formas mentales y nuestras palabras, cambiamos. En ámbito moral, basta pensar que durante siglos se juzgaba pecaminoso el préstamo con intereses en la Iglesia. ¿Hay alguien ahora que no tenga una cuenta en el banco? Y podemos recordar que en el Estado Pontificio existía la pena de muerte, se permitía la prostitución... Y podríamos poner otros miles de ejemplos de los cambios que ha habido en las prácticas y en las afirmaciones de principios-

Pero ¿se puede hacer una votación sobre la verdad? ¿La Iglesia puede convertirse en una especie de Parlamento?

Decir que no se puede hacer una votación sobre la verdad es una afirmación tan sacrosanta como ambigua. No se puede votar la verdad. Pero podemos votar sobre las diferentes maneras que tenemos para reconocerla, acogerla y transmitirla, y luego, sobre todo, los instrumentos mediante los cuales pretendemos vivirla. De cualquier manera, ni un Sínodo ni un Concilio operan con los procedimientos de un Parlamento. Los parlamentarios deben formular y votar las leyes. Los Concilios y los Sínodos, antes de decidir las leyes, deben identificar y comunicar “el sentido de la fe” del pueblo de Dios vivo hoy, es decir de la Iglesia.

¿Qué implica concretamente?

Un Parlamento puede permitirse votar una ley con un solo voto de mayoría, mientras que en la colegialidad eclesial, más allá de los reglamentos, siempre se aspira a tener una mayoría vasta, si no absoluta. En el último Concilio, Pablo VI invitó muchas veces a tomar en cuenta las ideas que él no compartía personalmente. Pero solicitaba a los padres que las tuvieran en consideración, porque quería decir obtener un consenso más vasto. Porque al final lo que surja debe siempre expresar la fe de la Iglesia, en la que todos deben reconocerse. Y entre más robusta sea la fe, más podremos permitirnos dicusiones y peleas, con la seguridad de que la gracia de Dios nos mantendrá firmes en la fe.

Entonces, ¿de dónde nace la exasperación “catastrofista” que fomentan algunos medios de comunicación?

No hay que excluir que alrededor de ciertas consignas sobre cuestiones controvertidas puedan formarse bloques de intereses muy complejos. Además, instalarse en el “deja vu” y en lo ya dicho es mucho más cómodo. Y también hay razones más pertinentes.

¿A qué se refiere?

Algunos, durante la discusión en el último Sínodo, criticaron cierta tendencia de pensamiento “esencialista”. Hay una tendencia que interpreta la fe y todos sus aspectos como si se tratara de un sistema metafísico. Según esta perspectiva, la única necesidad urgente parece ser la de determinar la verdad en conceptos claros y distintos, a lo Decartes, en una especie de metafísica de la fe; después se razona sobre todo a partir de ahí, con una lógica férrea y deductiva. Solo esto garantizaría la verdad y el “funcionamiento” del sistema.

Entonces, ¿qué es lo que no funciona?

Por esta vía se puede dar solamente el paso de una idea a otra, de una abstracción a otra abstracción, de un principio universal a una norma universal. Y nada de esto habla sobre la vida real. La presunción de los “esencialistas” radica en esta reducción del camino de la fe a mero procedimiento lógico. Y la verdad queda como atrapada en “fórmulas seguras”, fuera de las cuales se cae en la contradicción. Mientras la realidad, como ha repetido incluso Papa Francisco, es superior a la idea y, en sus infinitas particularidades, nunca puede reducirse a una idea.

¿Cómo se refleja esta reducción al afrontar el “magma” de la vida real?

Tomemos el punto crucial del debate sinodal, es decir el paso entre la afirmación del principio de indisolubilidad del matrimonio y la norma eclesial que impide a los divorciados que se han vuelto a casar recibir la absolución y comulgar. Este paso no es ni inmediato ni obligatorio. Por ello la Iglesia, así como hizo la norma, puede modificarla, sin por ello negar el principio con el que la norma era justificada. Porque en esa zona intermedia entre el principio y la norma entran en luego los datos reales. Entre estos, por ejemplo, está el caso muy frecuente de las situaciones irreversibles, en las cuales el fiel es considerado en estado de pecado porque se volvió a casar después de haberse divorciado, pero cometería otro pecado si abandonara a la nueva familia para reconstruir la anterior, considerada la única “legítima”. Un caso en el que la norma parece inadecuada. Y es solamente el caso más clamoroso entre muchos que podríamos describir.

¿Cuáles son los criterios y los factores que garantizan y custodian la unidad de la Iglesia en la fe compartida?

El criterio más profundo es el que indicó el último Concilio en la Constitución Dei Verbum: las Sagradas Escrituras leídas en la Tradición de la Iglesia, y la Tradición basada en las Sagradas Escrituras. Este es el criterio clave, el criterio decisivo. La Tradición, justamente porque no se encuentra fija en ningún texto escrito, ha pasado por muchas fases diferentes, incluso en relación con la cuestión del matrimonio sacramental, que es uno de los temas del Sínodo. Basta recordar que la forma canónica fue impuesta, como necesaria para la validez del matrimonio, durante el Concilio de Trento.

¿A qué se refiere?

Ahora las convivencias de hecho no pueden ser consideradas como un matrimonio válido, puesto que no cuentan con forma canónica, por lo que en la Iglesia no pueden ser consideradas lícitas. Pero antes de que el Concilio de Trento estableciera la forma canónica para la celebración del matrimonio, ¿cómo se casaban los católicos? La historia de las diversidades exige una investigación, que nos lleva a identificar los cambios culturales y los condicionamientos antropológicos que marcan nuestro tiempo, para evaluar qué es lo que implican para el anuncio cristiano y para la vida de la fe. Es lo que hizo el Concilio sobre sus temas.

¿Qué hay que esperar del Sínodo de octubre? 

Yo espero que se discuta sobre todo, sin prejuicios, para llegar a madurar un consenso más amplio. Claro, con algunos compromisos, pero sin dejar las cosas como están ahora. La actitud pastoral hacia las parejas “irregulares” según la disciplina de la Iglesia ya había cambiado en el Pontificado anterior. El actual y el Sínodo ya celebrado han seguido por el mismo camino. Yo espero que se llegue a una indicación autorizada y, de lo posible, a la formulación de normas canónicas que permitan reconstruir ese tejido de relaciones, ahora desgarrado, con todos esos fieles que no pueden reconstruir sus familias anterores, sin cometer graves injusticias contra las nuevas en las que se encuentran, pero que desean vivir íntegramente su vida eclesial.

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