Tiene una historia importante y un futuro muy prometedor. Después de la estabilidad alcanzada en los primeros años 90, tras 70 años de régimen comunista, Mongolia se ha convertido en blanco de muchos inversionistas debido a sus recursos minerales. La globalización está convirtiendo a una población nómada en sedentaria, con su capital, Ulan Bator, que cuenta con casi la mitad de los habitantes (1,2 millones). El verdadero desafío de Mongolia, como cuenta un misionero de la Consolata, el padre Ernesto Viscardi, es «conjugar lo hermoso de una cultura milenaria con las oportunidades que los diferentes elementos de la ‘modernidad’ pueden ofrecer». Han pasado de una sociedad caracterizada por viejas tradiciones a un «bombardeo de modelos muy agresivos». En la cotidianeidad resisten las formas tradicionales, como el chamanismo o el budismo mahayana tibetano, que se mezcla con los accesorios de la modernidad (internet, coches de gran potencia…).
La normalidad, sobre todo entre los ancianos, está marcada por la costumbre: hay «días buenos o menos buenos para concluir negocios, casarse o para hacer los funerales». Los jóvenes, en cambio, ven telenovelas coreanas y dirigen sus miradas hacia los mercados de Singapur.
La Iglesia en Mongolia es una realidad joven: los primeros misioneros de Scheut se establecieron en el verano de 1992, los religiosos de la Consolata llegaron en julio de 2003 y, después de dos años de estudio de la lengua, comenzaron su misión en Arvaiheer, a 430 k. de la capital. Hoy la comunidad católica de Arvaiheer cuenta con sus primeros 20 bautizados. El padre Ernesto, siguiendo las indicaciones del obispo Venceslao Padilla (fundador de la misión en Mongolia) se ocupa (como Prefecto apostólico delegado) de la oficina de catequismo, de las comisiones pastorales y de las seis parroquias de la Prefectura Apostólica. Para un misionero que ha pasado 12 años en África, Asia es «una experiencia única. Trabajar en un país que se abre al resto del mundo, en una Iglesia casi incipiente, es una gracia y la realización del sueño de cualquier misionero. Y por este motivo, como se expresaría un mongol, digo: ‘Dios del cielo a ti doy gracias’».
Son poco más de mil los católicos que frecuentan, mientras los 57 misioneros presentes (en un territorio que es cinco veces el territorio de Italia) se ocupan de todos los servicios sociales: guarderías, escuelas, instituto profesional don Bosco, las casas para los ancianos de las monjas de Madre Teresa, las bibliotecas, las viviendas para los estudiantes de los campos, los centros para los chicos de la calle… En diciembre de 2014 fue ordenado en Corea el primer diácono mongol, Joseph Inkh, que en julio de 2016 será ordenado sacerdote: el primero de Mongolia. En Corea otro joven mongol, Pedro Sanjajab, está acabando el segundo año del seminario.
La Iglesia mantiene una actitud de enorme respeto hacia el budismo tibetano, la corriente religiosa más difundida, aunque el diálogo no esté estructurado. Es complejo el archipiélago protestante, con una miríada de denominaciones, de Iglesias independientes (sobre todo de origen coreano). Su objetivo es el de convertir al 10% de toda la población antes de que llegue 2020. «El método, que a veces presenta formas de fundamentalismo, suscita las sospechas de las autoridades y crea no pocos problemas, incluso para nosotros, porque el cristianismo es considerado por la gente como un bloque único sin grandes distinciones».
Para dar «un rostro mongol a la Iglesia católica», el padre Ernesto está llevando a cabo un proyecto formativo: «Formation of full time ministers», que pretende formar a los laicos: dos años en Mongolia y dos en Manila, en la Institución Fondacio Asia que prepara a los laicos misioneros para ser animadores de comunidades. Los candidatos elegidos según algunos criterios (sentido de vocación-servicio, compromiso serio y constante, resultados escolares) obtienen un contrato de tres años y son involucrados al 100% en las actividades pastorales. «Juntos forman un ‘pastoral team’, un grupo ‘think tank’ de análisis, reflexión y propuestas para inyectarlas en la Prefectura Apostólica».
Actualmente, el grupo está compuesto por seis personas, mientras dos chicas están en Manila acabando sus estudios. «Estoy convencido de que el futuro de la Iglesia en Mongolia está en las manos de las personas del lugar, más que en un constante relevo de misioneros extranjeros».
por Luciano Zanardini