“No es una idea abstracta, sino una realidad concreta”. Es la forma de actuar de Dios desde el inicio de la historia. “La misericordia será siempre más grande que cualquier pecado, y ninguno puede poner límite al amor de Dios que perdona”. Estos son algunos pasajes fundamentales de la Bula con la cual el Papa Francisco convocó formalmente el Año Santo de la Misericordia, que iniciará el próximo 8 de diciembre y se extenderá hasta finales de 2016.
El largo documento, que explica el sentido y los objetivos del Jubileo extraordinario, lleva por título “Misericordiae vultus” (El rostro de la misericordia) y fue entregado por el pontífice a representantes de las Iglesias de los cinco continentes durante el rezo de las vísperas en la Basílica de San Pedro, la tarde de este sábado.
El lema de Año Santo será “Misericordiosos como el Padre” y durante el mismo se abrirá una Puerta Santa en cada diócesis del mundo. Cada fiel que atraviese con fe esos portones, ubicados generalmente en catedrales, obtendrá particulares frutos espirituales.
Una Puerta Santa en cada diócesis
Según escribió el Papa, el 8 de diciembre él abrirá la Puerta Santa de San Pedro y el domingo sucesivo hará lo proprio con la que se encuentra en la Basílica San Juan de Letrán. “En el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la catedral que es la Iglesia madre para todos los fieles, o en una iglesia de especial significado, se abra por todo el Año Santo una Puerta de la Misericordia igual”. Y aclaró: “El Jubileo, por lo tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia”.
“¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros”, añadió, al recordar que el Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016.
Recordó que ese día se cerrará la Puerta Santa, pero no concluirá el compromiso por la difusión de la misericordia, porque ella puede hacer la historia más fecunda como el “rocío de la mañana”. Y estableció: “La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual él revela su amor”. Precisó que se trata realmente de un amor “visceral”, que proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.
El perdón, un “imperativo del que no se puede prescindir”
El líder católico explicó que, a final de cuentas, la misericordia es producto del amor visible y tangible en toda la vida de Jesús, cuya persona no es otra cosa sino amor al estado puro, que se dona y se ofrece gratuitamente. Esto se manifestó con las personas que se le acercaban y en los actos que realizaba especialmente hacia los pecadores, personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes. “En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión”, precisó.
Para el Papa, la misericordia es también “el criterio para saber quiénes son realmente hijos” de Dios, por eso todos están llamados a vivirla, porque a todos se les ha aplicado. En esto resulta fundamental el “perdón de las ofensas”, un “imperativo” del que no se puede prescindir. “¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices”, reconoció.
La credibilidad de la Iglesia pasa por la misericordia
Más adelante aseguró que la misericordia es la “viga maestra” en la vida de la Iglesia y advirtió que la credibilidad de los católicos pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. Constató que “por mucho tiempo” la Iglesia “se ha olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia” cayendo en la tentación de pretender siempre y solamente justicia.
Además constató con tristeza que en la cultura actual se ha desvanecido la experiencia del perdón, pero sin él la vida es infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. “Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza”, explicó.
No juzgar y no condenar
“¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme”, sostuvo el Papa, quien aseguró que quien no quiera incurrir en el juicio de Dios no puede convertirse en el juez del propio hermano. Jesús, a final de cuentas pidió no juzgar y no condenar.
Argumentó que este llamado significa también reconocer lo bueno que existe en cada persona y no permitir que sufra por nuestro juicio parcial y nuestra “presunción de saberlo todo”.
Abrir el corazón a los sufrientes
Francisco llamó, en este Año Santo, a abrir el corazón a quienes “viven en las contradictorias periferias existenciales”. Y clamó: “¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos”.
A ellos, la Iglesia está llamada a curarle las heridas y aliviarlas con el óleo del consuelo, evitando caer en la “la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye”.
“Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio”, exhortó, al tiempo de invitar al redescubrimiento de las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.
Instó a reforzar el sacramento de la confesión, con actividades concretas e insistió que el ser confesor “no se improvisa”. Les llamó a ser “verdadero signo de la misericordia del padre” y a hacerse ellos, primeros que nadie, penitentes en busca de perdón.
Misioneros de la misericordia
Anticipó que durante la próxima Cuaresma enviará a los “misioneros de la misericordia”, sacerdotes que tendrán una importante “amplitud de mandato” y tendrán la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica. Ellos serán “los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del bautismo”, ponderó.
La bula incluyó un largo pasaje en el cual Francisco se dirigió a los criminales y corruptos. A ellos les dijo: “Por vuestro bien, os pido cambiar de vida”. Les urgió a no caer en la “terrible trampa” de pensar que la vida depende del dinero y añadió que eso “es solo una ilusión”.
“El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar”, continuó.
Corruptos, el Papa les tiende la mano
A los promotores y cómplices de la “llaga putrefacta” de la corrupción, les aseguró que ese “grave pecado grita al cielo” e impide mirar el futuro con esperanza porque, con su prepotencia y avidez, destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres.
“Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga”, sentenció.
A ellos les llamó: “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Delante a tantos crímenes cometidos, escuchad el llanto de todas las personas depredadas por vosotros. Seguir como estáis es sólo fuente de arrogancia, de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto de lo que ahora pensáis. El Papa os tiende la mano. Está dispuesto a escucharos. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia”.
La misericordia no es contraria a la justicia
“La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer”, estableció Bergoglio. Pero alertó contra el “legalismo”. Porque la justicia, por sí sola, no basta. Por eso Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón.
“Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón”, apuntó.
Luego recordó el sentido de las indulgencias durante el Año Santo, vinculadas a la confesión y la reconciliación con Dios. Porque el amor del padre “no conoce límites” y “es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres”.
“La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios. Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación”, estableció.