En diciembre del 2013 publicaba un artículo en esta misma sección [de la revista Mundo Negro. Ndr] en el que advertía sobre la posibilidad de que el apoyo de las potencias occidentales, Qatar, Arabia Saudita y Turquía a los rebeldes sirios creara el caldo de cultivo adecuado para un nuevo desarrollo de Al-Qaeda. Desgraciadamente el tiempo me ha dado la razón y la consecuencia de aquella operación ha desestabilizado el equilibrio de poderes en la región dando lugar al nacimiento del Estado Islámico.
Desde la llegada de Obama a la Casa Blanca, los Estados Unidos dieron un giro a su política en Oriente Medio. Qatar, refugio tradicional de los Hermanos Musulmanes, se convirtió en un aliado estratégico además de inversor fundamental para superar la crisis económica que golpeó de manera particular a Europa. Esta alianza dio su beneplácito a las revoluciones de la llamada “primavera árabe” que debían derrocar a las dictaduras existentes en Túnez, Libia, Egipto y Siria. En el caso de Siria confluían diversos intereses. Qatar, Turquía y Arabia Saudí, países sunnitas, querían sustituir el régimen chií por otro sunní. Israel también veía con buenos ojos el cambio pues suponía la ruptura del eje Irán – Siria - Hezbollá. Por otro lado, las naciones europeas se sentían, y se sienten, incómodas con la dependencia energética del gas natural ruso. Precisamente fue Rusia quien vetó las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que tenían como objetivo el cambio de régimen en Siria.
Era necesario buscar alternativas. La ciudad siria de Homs, la primera conquistada por los rebeldes, está situada sobre una inmensa bolsa de gas natural. En el mismo país hay diversas regiones petrolíferas. Además, la presencia en Siria de un régimen afín podía facilitar la construcción de un gaseoducto que llevara el gas qatarí a Europa a través de Siria y Turquía.
A principios del 2014 el ejército americano se retiró de Iraq y la sección de Al-Qaeda liderada por Abu Bakr Al-Baghdadi se incorporó a la lucha en Siria y ocupó territorios iraquíes estratégicos por la presencia de pozos de petróleo. El 29 de junio la organización pasó a llamarse Estado Islámico (EI) y su líder fue proclamado califa del mismo.
El 2 de septiembre del 2014, la embajadora de la Unión Europea (UE) en Irak, la diplomática checa Jana Hybaskova, reveló que algunos Estados miembros del bloque comunitario habían comprado crudo iraquí, robado por el Estado Islámico. Estos barriles eran transportados a Turquía donde eran refinados. Según la consultora IHS Inc. los barriles del EI son vendidos a 20 dólares, lo que implicaría unos ingresos de 800 millones de dólares anuales. Otras fuentes afirman que el precio del barril proveniente del EI es más barato (12 dólares). En cualquier caso, ésta es la principal fuente de ingresos de este estado, lo que le permite funcionar como tal y pagar a los mercenarios (cada uno recibe 500 dólares mensuales) que hacen posible su expansión.
Por otro lado, en el congreso mundial anual de las compañías petroleras celebrado en Moscú entre el 15 y el 19 de junio del 2014, se dio a conocer el hecho de que el petróleo robado en Siria por el Frente al-Nusra, organización ligada a Al-Qaeda, era vendido por ExxonMobil (la compañía estadounidense fundada por John D. Rockefeller que reina en Qatar) mientras que el petróleo robado por el EI se comercializa a través de Aramco (compañía de Estados Unidos y Arabia Saudita).
A estos hechos conviene añadir que durante la guerra contra Libia la OTAN autorizó a ExxonMobil a vender el petróleo de los 'territorios liberados' por Al-Qaeda.
Y en medio de todos estos intereses energéticos parece obvio entender por qué la persecución a cristianos o musulmanes chiíes en los territorio ocupados por el Estado Islámico sea algo tan secundario.