“Vengo como peregrino de la paz y el diálogo”. En su primer discurso en Sarajevo, el Papa destacó el ejemplo de Bosnia-Herzegovina como la “Jerusalén de Europa” por la convivencia, en su territorio, de católicos, judíos, ortodoxos y musulmanes. Pero pidió medidas para fortalecer la confianza y crear oportunidades para que aumente la comprensión y el respeto mutuos. Y que, ese ejemplo de convivencia, contrarreste a quienes buscan cualquier excusa para usar la violencia brutal.
Pocos minutos antes de las 9:00 horas local, el avión del pontífice aterrizó en el aeropuerto de Sarajevo. Allí, al pie de la escalerilla, fue recibido por el miembro croata de la presidencia, Dragan Covic, en representación de la presidencia tripartita de Bosnia-Herzegovina. También lo acogieron el presidente de la Conferencia Episcopal, Vinko Puljic, y el nuncio, Luigi Pezzuto.
Tras un breve acto en el cual se tocaron los himnos de Bosnia-Herzegovina y del Vaticano, además de los honores militares, Bergoglio y Covic se entretuvieron por unos minutos en una sala del aeropuerto y después el Papa se dirigió al Palacio Presidencial de Sarajevo. Allí se reunió en privado con los tres miembros de la Presidencia, que representan los componentes étnicos del país: bosnio, serbio y croata.
Tras saludar a los familiares de Mladen Ivanic y Bakir Izetbegovic, además de Covic, el líder católico dirigió el primer mensaje público de su visita. Antes escuchó un discurso de Ivanic, quien le dio la bienvenida.
“Sarajevo, así como Bosnia y Herzegovina, tienen un significado especial para Europa y el mundo entero. En estos territorios hay comunidades que, desde hace siglos, profesan religiones diferentes y pertenecen a etnias y culturas distintas, lo que no ha sido obstáculo para que durante mucho tiempo hayan tenido relaciones de mutua amistad y cordialidad”, dijo el Papa.
Hablando en italiano recordó los sangrientos conflictos del siglo pasado que se abatieron sobre Sarajevo, subrayó la capacidad de ese territorio de convertirse en lugar de diálogo y convivencia pacífica además de ser “encrucijada de culturas, naciones y religiones”, un papel –insistió- que requiere “siempre nuevos puentes” y la seguridad de “una comunicación fluida, segura y civil”.
“Tenemos necesidad de comunicarnos, de descubrir las riquezas de cada uno, de valorar lo que nos une y ver las diferencias como oportunidades de crecimiento en el respeto de todos. Se necesita un diálogo paciente y confiado, para que las personas, las familias y las comunidades puedan transmitir los valores de su propia cultura y acoger lo que hay de bueno en la experiencia de los demás”, indicó.
Y apuntó: “Así, es posible también curar las graves heridas del pasado reciente, y mirar hacia el futuro con esperanza, enfrentándose con el corazón libre de temores y rencores a los problemas cotidianos que toda comunidad civilizada ha de afrontar”.
Durante su discurso el Papa improvisó e introdujo algunas frases no incluidas en el texto original. Destacó que en Sarajevo se ha pasado de una “cultura del enfrentamiento y de la guerra”, a una verdadera “cultura del encuentro”. Instó a que el proceso de paz iniciado en el país sea “cada vez más sólido e irreversible”, además de convertirse en un ejemplo para toda Europa.
“En esta tierra, la paz y la concordia entre croatas, serbios y bosnios, así como las iniciativas encaminadas a su fortalecimiento, las relaciones cordiales y fraternas entre musulmanes, judíos y cristianos, tienen una importancia que va más allá de sus fronteras. Testimonian ante el mundo que la colaboración entre los diversos grupos étnicos y religiones para el bien común es posible, que se puede dar una pluralidad de culturas y tradiciones que contribuyan a encontrar soluciones originales y eficaces a los problemas, que incluso las heridas más profundas pueden ser curadas a través de un proceso que purifique la memoria y dé esperanza para el futuro”, estableció.
Improvisando una vez más aseguró que esa esperanza la vio en los niños que poco antes había saludado en el aeropuerto: islámicos, ortodoxos, judíos, católicos y otras minorías, todos juntos, conviviendo. “Ellos son la esperanza, apostemos por eso”, insistió.
Llamó a oponerse a la “barbarie” de quienes toman cualquier ocasión y pretexto de diferencia para una violencia cada vez más brutal. Urgió a todos a reconocer los valores fundamentales de la humanidad común, valores por los cuales se puede y se debe colaborar, construir y dialogar, perdonar y crecer, permitiendo que el conjunto de las voces forme “un noble y armónico canto”, en vez del “griterío fanático del odio”.
Afirmó que los responsables políticos deben ser los primeros servidores de sus comunidades con una actividad que proteja en primer lugar los derechos fundamentales de la persona humana, entre los que destaca el de la libertad religiosa. Y ponderó que, de ese modo, será posible construir una sociedad más pacífica y justa, para que con la ayuda de todos se encuentre solución a los múltiples problemas de la vida cotidiana del pueblo.
“Es indispensable que todos los ciudadanos sean iguales ante la ley y su aplicación, independientemente de su origen étnico, religioso y geográfico: así todos y cada uno se sentirán plenamente participes de la vida pública y, disfrutando de los mismos derechos, podrán dar su contribución específica al bien común”, apuntó.
por Andrés Beltramo Álvarez