El multipolarismo, el compromiso de los gobiernos en la defensa de la libertad religiosa, la promoción de los derechos humanos por parte de las grandes religiones, la relación entre la democracia y la libertad de profesar la propia fe. Con estos difíciles elementos de reflexión se fue desarrollando la intervención que pronunció mons. Gallagher en el Consejo de Europa, durante un seminario que se llevó a cabo el lunes 8 de junio. El tema del encuentro era: “Construir juntos sociedades incluyentes; aportes hacia el encuentro de Sarajevo sobre la dimensión religiosa del diálogo intercultural”. El encuentro fue presidido por Gabriella Battini-Dragoni, secretaria general adjunta del Consejo de Europa, y participaron mons. Paul Gallagher, Secretario para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, y Heiner Bielfelt, responsable de las Naciones Unidas sobre la libertad religiosa. También estaba presente el representante de la Santa Sede en el Consejo de Europa, mons. Paul Rudelli. La intervención de mons. Gallagher tuvo como punto de referencia como él mismo indicó, la visita al Consejo de Europa de Papa Francisco, en noviembre del año pasado.
El multipolarismo fue el primero de los puntos que tocó el arzobispo, quien recordó que el actual contexto internacional se caracteriza por la presencia de numerosos y diversos actores: los estados nacionales, sus sociedades, los órganos internacionales, las comunidades religiosas, etc… Sujetos diferentes que, a menudo, pueden tener contrastes entre sí. Sin embargo, añadió, “Este contexto relativamente nuevo en la historia de la humanidad significa que todos los actores (y en medida mucho mayor con respecto al pasado) deben situarse en relación con los demás en ese que puede ser descrito como un enfoque transversal. Desde hace tiempo, los estados no solo están comprometidos en el diálogo recíproco, sino que también lo han emprendido con las instituciones internacionales, con las organizaciones de la sociedad civil y con las confesiones religiosas. A su vez, las organizaciones religiosas contribuyen a un constante intercambio con la sociedad en la que viven, con las demás religiones y con las autoridades civiles”. Entonces, el diálogo es un elemento decisivo para la convivencia en la época contemporánea.
Fue el Concilio Vaticano II, explicó Gallagher, el que indicó la manera en la que la Iglesia podía tener relaciones con las demás religiones y, en general, con la sociedad actual y sus múltiples culturas. La renovación que dio el Concilio fue posible gracias a una reflexión teológica: “El resultado fue una nueva comprensión de la relación de la Iglesia con el mundo, un estrés saludable que todavía experimentamos en la actualidad”.
En la estación del multipolarismo, se registran muchas señales positivas en el diálogo entre las religiones y culturas, indicó Gallagher. “Pienso, por ejemplo, en la promoción de la paz y en el rechazo de cualquier tipo de violencia en nombre de Dios o de la religión”. La vía que hay que recorrer es enorme y exige determinación por parte de todos los hombres y mujeres que pertenecen a las diferentes religiones, porque debemos afrontar “las señales preocupantes de un recorrido opuesto”, es decir la exasperación de las identidades que produce formas de “extremismo y de violencia”. De la misma manera, las sociedades y los gobiernos, fuertemente secularizados, tienen dificultades para comprender “las características específicas de la dimensión religiosa”.
El representante de la Santa Sede después afrontó el tema de los derechos humanos, haciendo referencia a la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” de 1789, en la que se afirman la igualdad de los ciudadanos ante la ley y la libertad de pensamiento y de religión. Sin embargo, explicó Gallagher, en el contexto actual, la cultura de los derechos vive en constante evolución y afronta nuevos desafíos, como los que plantean la concepción de la familia, la defensa de la vida humana o el problema de la migración. A menudo sucede que las cortes de justicia europea deben expresarse sobre temas complejos relacionados estrechamente con los derechos humanos. En el mismo nivel, las religiones deben ofrecer un aporte a la cultura común “en diálogo con las filosofías del hombre que tienden a excluir cualquier referencia a la trascendencia”. El aporte de la Iglesia para una cultura de los derechos humanos, observó el arzobispo, es relevante y parte del principio de fraternidad y de igualdad entre los seres humanos, por lo que se vuelve fundamental el reconocimiento del valor de los pobres, de los marginados, de la dignidad humana. Y Gallagher afirmó, citando el discurso que pronunció Benedicto XVI en Regensburg en 2006, es indispensable una relación adecuada entre la fe y la razón, porque gracias a este nexo se puede derrotar cualquier forma de fanatismo o de fundamentalismo, y ninguna cultura debería tener el “monopolio” de los derechos humanos. El desafío es el de construir sociedades que sean incluyentes, plurales, dentro de las cuales encuentre espacio incluso la dimensión religiosa del individuo.
Gallagher después reflexionó sobre la relación entre la democracia y la libertad religiosa. Observó que las religiones contribuyen a la educación de las consciencias y son, a menudo, protagonistas de la sociedad civil. “La libertad religiosa -afirmó el religioso- es como un barómetro que indica con precisión el verdadero nivel de libertad dentro de una sociedad. Sistemas despóticos de todas las épocas siempre han tratado de contar con el consenso de las Iglesias y de controlarlas”: no existe un sólo régimen despótico que favorezca una verdadera libertad religiosa, y, al mismo tiempo, observó Gallagher, “las restricciones de la libertad religiosa conducen a la debilitación de la fibra democrática de la sociedad”.
La promoción de la libertad religiosa, además, es un instrumento esencial para derrotar la radicalización y la violencia extremista. Es necesario, en este sentido, reconocer la presencia de las comunidades y de las diferentes confesiones en el mismo territorio, así como su colaboración en la construcción de nuestra sociedad. Y es importante admitir, recordó el Arzobispo, que “no podrá existir nunca una identificación absoluta entre etnia o pueblo, por una parte, y pertenencia religiosa, por otra”.
Para concluir, Gallagher recordó que los estados y los gobiernos deben comprometerse en la promoción de la libertad religiosa. Esta última no es algo extrínseco, sino uno de los derechos fundamentales del hombre, que están entrelazados entre sí y deben ser considerados en su conjunto. En la actualidad, dijo Gallagher, existen intentos de limitar la libertad religiosa en los lugares de trabajo, en las instituciones, en las estructuras sanitarias… Por otra parte, también recientemente surgieron tensiones entre el derecho al respeto de las propias convicciones religiosas y la libertad de expresión, y, en algunos casos, son los gobiernos y los estados los que deben encontrar el justo equilibrio. “Sin embargo, la idea de que los derechos fundamentales puedan estar en conflicto directo los unos con los otros es errónea. Si los derechos humanos individuales son la expresión de la dignidad de la persona humana, como consecuencia no pueden estar en contraposición con los demás”. “Tomando en préstamo las palabras del lema de la República francesa, la libertad y la igualdad no pueden ser promovidas eficazmente sin aceptar el desafío de la fraternidad”.
En este mismo contexto, el arzobispo explicó el compromiso de la Santa Sede en la promoción de la libertad religiosa mediante el diálogo con las demás religiones, recordó el tema de las persecuciones de los cristianos y también se refirió a todos los conflictos que han marcado la historia de Europa, hasta la guerra en la ex-Yugoslavia. El religioso concluyó expresando su deseo de que las religiones trabajen para la reconciliación.
por Francisco Peloso