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El Testigo Fiel
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

La medicina de la Misión

25 de julio de 2015
Testimonio de Joana, misionera comboniana en Quito, Ecuador

Cuando tenía 16 años, escuché el testimonio misionero de dos combonianas recién llegadas de Mozambique. Confieso que entonces no hice mucho caso, pues estaba muy preocupada con mis estudios: quería ser médica y pensaba que esa era mi vocación. Por eso, después de escuchar con los demás jóvenes las palabras de aquellas dos misioneras, todo siguió igual. 

Curiosamente, a los 18 años, cuando estaba muy atareada preparándome para los exámenes de ingreso a la facultad de Medicina, nos propusieron al grupo de jóvenes de la parroquia participar en un encuentro misionero. Todavía no sé bien por qué acepté, pero aquello me tocó tanto que, a partir de entonces, la realidad misionera nunca más me ha abandonado.

Gracias a Dios pude entrar en la facultad de Medicina, aunque al mismo tiempo comencé a participar en un grupo juvenil misionero de mi ciudad. Es increíble cómo Dios nos va conduciendo. Hasta entonces me parecía que Jesús solo existía dentro de mi parroquia, pero gracias al grupo misionero comboniano, comencé a conocer mejor el verdadero rostro de un Jesús que se apasiona por la Humanidad y que se deja conocer y encontrar en todas las partes del mundo. 

En ese itinerario me ayudaron mucho los testimonios vividos por misioneros y misioneras. Yo me quedaba encantada por su alegría, por su acogida, por su pasión por la vida y por la capacidad de renunciar a todo y buscar el bien de los más pobres. 

De pronto comenzó a surgir dentro de mí la inquietud de ser como ellos. Me venía siempre la pregunta: ‘¿Señor, podré también yo ser misionera?’. Al inicio me negaba a hacerme esta pregunta a causa del miedo y la vergu¨enza; además, yo estaba contenta con mis estudios de Medicina. Por eso me cuestionaba: ‘¿Por qué algo más? Si ya hago bastante’. Pero así es Dios que, cuando llama, no desiste nunca.

En aquella misma época, una comboniana empezó a trabajar en un proyecto misionero en un barrio pobre que pertenece a mi parroquia y donde vivían muchos inmigrantes africanos. Una vez más, las inquietudes y preguntas volvieron a sonar en mi cabeza: ‘¿Cómo puedo decir que creo en Jesús si no estoy cerca de sus preferidos? ¿Cómo puedo tener miedo y vergu¨enza de estar con ellos?’. Fue así como comencé a visitar este barrio. 

Ayudando a las hermanas pude descubrir a gente de Dios, gente maravillosa y, poco a poco, logramos hacer de puente con la parroquia y aproximar a los emigrantes africanos —sobre todo de Cabo Verde— a la comunidad parroquial, que antes los consideraba peligrosos. Hoy algunos de ellos forman un bellísimo coro parroquial africano llamado Voces de Esperanza. Ellos sí que han contribuido mucho en mi conocimiento de Jesús y en mi crecimiento personal. 

Gracias a esta maravillosa experiencia junto al grupo misionero de jóvenes —donde pudimos ser signo de esperanza y de fe donde otras personas solo notan miseria y temor— inicié mi proceso de discernimiento vocacional. Al inicio fue complejo a causa de las falsas ideas que tenía sobre Dios. Pensaba que Él me necesitaba en la Misión porque siempre era bueno tener un médico en África. Pero fui experimentando, sobre todo gracias a la gente sencilla, que Dios nos ama y nos quiere no por nuestros muchos méritos sino por su infinito amor hacia nosotros. El amor de Dios se plasma en lo pequeño, en los gestos de acogida, en la felicidad de compartir una alegría o momentos de dificultad, en sentir que no eres más ni menos que nadie… Todavía hoy no me canso de maravillarme ante la profundidad de este amor, un amor que se plasma en el deseo de Dios de que tengamos vida y que esta sea de verdad.

También fue muy importante en mi proceso de discernimiento misionero descubrir el proyecto “Salvar África con África”, de Daniel Comboni, así como tener la suerte de poder ir a Mozambique y conocer la realidad en la que vivían las combonianas. 

Estuve en la provincia de Sofala, en Mangunde, y pude ayudar durante algún tiempo en el centro de salud. Conocí también la Facultad de Medicina de Beira. En ese momento mi sueño se amplió, porque vi la posibilidad de plasmar en el campo de la medicina el sueño de Comboni. ¡Qué bueno sería ayudar a que los africanos sean también protagonistas de su salud!, ayudándolos a formar buenos profesionales, no solo en el campo médico sino también fomentando en ellos los bellos valores cristianos que llevan dentro. 

El médico no solo debe dar la ayuda sanitaria que necesita la gente, sino mucho más: debe acoger verdaderamente al enfermo como Jesús lo hizo, sobre todo a los débiles y a los que están sin fuerzas. 

Todo ello hizo que me decidiese a ingresar en las Misioneras Combonianas al terminar mi carrera de Medicina. No fue una decisión fácil de aceptar para mi familia, que me decía que también podría ayudar quedándome en Portugal y estando cerca de ellos. Una reacción normal, ¡claro!, pero cuando Jesús nos llama, no para de repetirnos ‘Sígueme’, en un eco que no termina jamás… Gracias a Dios, mi familia y amigos —que solo querían verme feliz— aceptaron mi partida a Granada para comenzar el postulantado.

En Granada he tenido una bella y honda vivencia, descubriendo de forma más clara mis motivaciones misioneras. He conocido mejor el carisma de Comboni, sobre todo en mi apostolado en la cárcel de Albolote. Muchas veces pienso que dentro de la formación son los más pobres y marginados los que más nos evangelizan y nos hacen ver el verdadero rostro de Jesús. Él es el Buen Pastor cuyo corazón no deja de palpitar, cuyos pies descalzos no dejan de buscar, hasta que encuentra y abraza al que está perdido. Así fui experimentando lo que Comboni pide a sus misioneras: ser santas y capaces… en el amor; ser verdaderas madres que nunca dejan de confiar, por más que el camino sea tortuoso y oscuro. 

Ahora estoy en Quito (Ecuador) viviendo el noviciado junto con cinco compañeras de diferentes países. Desde aquí invito a los jóvenes de España a no fijarse solo en sí mismos y a atreverse a mirar al mundo, para poder conocer un poco de la realidad que está fuera del propio país. Mirad la cantidad de hermanos y hermanas que piden un gesto de amor y acogida, que piden que se les lleve una señal de esperanza que les permita experimentar que vale la pena vivir, también entre guerras y hambre. 

Si sabemos que Dios es un “Dios de vivos y no de muertos”, ¿cómo podemos quedarnos pasivos y no responder a esta llamada? ¿Cómo quedarnos indiferentes? Yo, con toda mi pobreza, he dicho sí al Señor. Sé que es Él quien me sostiene y me hace ser fi el. Es Él quien me ayuda a asumir las dificultades de cada día y me anima a seguirle. Por eso no me arrepiento de este camino. 

Dios tiene un proyecto para cada uno de nosotros. No dejéis de buscarlo y, una vez lo encontréis, tened la convicción de que Él os llama a participar de su proyecto. Ánimo. Recemos unos por otros para ser felices y para que este proyecto se haga realidad en nuestras vidas. Sabiendo que recorremos esta etapa juntos, espero que nos encontremos en los caminos de la Misión.

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