«Era hermosísimo ser católico e ir a confesarse: cada semana volvía a comenzar todo de nuevo». Así se expresa Calógero, el protagonista ítalo-estadounidense en una escena de la película ‘Bronx’, historia de bandas criminales y de posibles redenciones. Signo de que incluso para los autores de los guiones del cine uno de los secretos de la experiencia cristiana es la ininterrumpida posibilidad de un nuevo inicio.
Durante siglos, esta fuerza de regeneración inextinguible y humanamente inalcanzable ha contado con un instrumento discreto y silencioso: el confesionario. Un dinamismo de gratuidad sin medida que Papa Francisco vuelve a proponer también en la Carta que dirigió al arzobispo Rino Fisichella, dedicada a las modalidades de la concesión de la indulgencia jubilar durante el Año Santo de la Misericordia.
En ese documento, Papa Francisco expresa explícitamente la intención que lo llevó a proclamar el Año jubilar: permitir que el mayor número posible de personas pidan y reciban el perdón de los propios pecados con el sacramento de la reconciliación, para poder volverse a acercar a la vida sacramental de la Iglesia. También la posibilidad de las prácticas concedidas en la administración de la confesión (empezando por la de poder confesar el arrepentimiento por el pecado del aborto a cualquier sacerdote, y no solo a los obispos diocesanos o a los sacerdotes por ellos autorizados) refleja la intención de ofrecer nuevos instrumentos a la superabundancia sin medida con la que la gracia del perdón es ofrecida a los arrepentidos, según la gran Tradición de la Iglesia. Esta es la «doctrina de siempre», que siempre ha escandalizado las pretensiones religiosas y morales de los rigoristas. Un escándalo que vuelve a surgir también ahora, en los comentarios alarmados, venenosos o llenos de «ajustes» preventivos que, más o menos explícitamente, interpretan el último texto del Sucesor de Pedro como una posible cesión a la mentalidad abortista en el frente de las batallas de valores, por el único hecho de haber extendido a todos los sacerdotes en tiempo jubilar la facultad de remitir el pecado del aborto.
Tal reacción es en sí misma elocuente. Porque no llega de los ateos o de los relativistas, sino de los neo-rigoristas que en ciertos círculos eclesiásticos han hegemonizado el debate público durante los últimos lustros.
Lo que es cierto es que la práctica sacramental de la penitencia representa desde siempre un argumento delicado. Por los confesionarios pasa la rendija a través de la que se revela (o se desfigura) la imagen de la Iglesia como instrumento de la misericordia de Dios por el mundo. Y en muchas ocasiones, durante el curso de la historia, ha sucedido que diferentes eclesiásticos impulsados por sentimientos de rigor han instrumentalizado el sacramento de la confesión para sus proyectos culturales y religiosos, ultrajando su naturaleza objetiva.
En 1996, en un estudio publicado por la editorial italiana Einaudi («Tribunales de la conciencia»), Adriano Prosperi recordó los objetivos perseguidos en tiempos de la Contrarreforma por parte del liderazgo católico de la época; se pretendía plegar el sacramento de la confesión a un instrumento de hegemonía social y cultural. En ese entonces, también los tribunales de la Inquisición consideraban que la práctica penitencial era un instrumento natural para controlar las conciencias, para prevenir el contagio de ideas heréticas y reunir información sobre su difusión en el pueblo católico. También algunos reformadores católicos pretendían hacer de ella un vehículo privilegiado para su proyecto de saneamiento de los comportamientos morales y sociales, con el que pretendían instaurar un modelo de vida cristiana con base en una severa moralidad.
En épocas más recientes, un caso muy elocuente de confusión rigorista relacionado con el sacramento de la penitencia tuvo como protagonistas a algunos personajes y dicasterios vaticanos. Sucedió en 1997, cuando el Pontificio Consejo para la Familia, bajo la guía del cardenal colombiano Alfonso López Trujillo (ya fallecido) quiso publicar un «vademécum» para los confesores sobre algunos temas de moral relacionados con la vida conyugal y sexual. El primer borrador, preparado bajo la supervisión de Trujillo (quien durante muchos años fue también miembro del ex-Santo Oficio) fue concebida como un instrumento de moralización de la vida sexual de las parejas católicas. Se pretendía utilizar el confesionario para poner bajo presión la incoherencia de los católicos que en sus vidas conyugales recurrían a los anticonceptivos. Un intento «moralizador» que, en los hechos, acababa modificando la disciplina y la dinámica de la confesión, con la posible amenaza de no otorgar la absolución a los pecadores que seguían cometiendo el mismo pecado. Pero justamente por la rigidez del manual la Penitenciaría apostólica lo dejó fuera de circulación; no es cualquier dicasterio, sino el más antiguo de la Santa Sede, cuya competencia es todo lo que se relaciona con la disciplina penitencial, las absoluciones de los pecados más graves y también la concesión de las indulgencias.
En esa época, el regente de la Penitenciaría apostólica era Luigi De Magistris, un obispo conocido por su sólida formación tradicional y ‘preconciliar’, que fue creado cardenal por Papa Francisco en febrero de este año 2015. Fueron De Magistris y otros oficiales de la Penitenciaría los que dieron la alarma: según su opinión, el rigorismo exigido por Trujillo contradecía lo que la Iglesia siempre había enseñado y practicado sobre el sacramento de la confesión. Al final, el «vademécum» publicado después de la intervención de la Penitenciaría insistió, sin medias tintas, que a los que repetían pecados de anticoncepción (los que vuelven a usar anticonceptivos después de haberse confesado de eso mismo) no se les puede negar la absolución cuando se confiesen de nuevo. Sobre todo porque esa negación representaría en sí misma un acto de desconfianza en la obra eficaz de la gracia sacramental.
Volver a incurrir en los pecados de anticoncepción, aclaraba el «vademécum», «no es en sí mismo motivo para negar la absolución». Y el confesor debe evitar «demostrar desconfianza tanto de la gracia de Dios como de las disposiciones del penitente, exigiendo garantías absolutas, que humanamente son imposibles, de una futura conducta irreprensible». La absolución acordada sin medida («setenta veces siete») a los que continúan cayendo en los mismos pecados es un rasgo revelador de quién es el verdadero actor del sacramento de la confesión: es Jesús quien da siempre la gracia del perdón a todos los pecadores arrepentidos, que, normalmente, vuelven a cometer los mismos pecados. Y la Iglesia debe actuar para que sea fácil para todos, y posible, aprovechar este don. Por ello, con su Carta al arzobispo Fisichella, Papa Francisco concedió a todos los sacerdotes (y no solo a los obispos y a sus delegados) la facultad para confesar y absolver durante el Año jubilar a quienes confiesen el pecado de aborto procurado.
Ya en el «vademécum» para el confesor de 1997 se decía al respecto que «si el arrepentimiento es sincero y es difícil reenviar a la competente autoridad, a la que se reserva la absolución de la censura, cada confesor puede absolver a tenor del canon 1357 (del Código de Derecho Canónico, ndr.) y sugerir la adecuada obra penitencial». También en ese documento de solicitaba que todos los sacerdotes asumieran el encargo de remitir al obispo o a sus delegados la información sobre los casos en los que en el confesionario hubieran absuelto del pecado de aborto procurado, «sin mencionar el nombre del penitente». Y esta es, de hecho, la práctica que sigue normalmente cualquier sacerdote con buen sentido pastoral, cuando le toca escuchar la confesión de quien ha abortado voluntariamente o de quien ha procurado el aborto.
Todos los grandes confesores (desde San Alfonso María de Ligorio hasta San Leopoldo Mandic) y todos los manuales de teología sacramental (incluso antes del Concilio) han encarnado y prescrito la disponibilidad para facilitar que todos experimenten la misericordia de Dios que se expresa en el sacramento de la confesión. Siguen la misma y tradicional frecuencia las indicaciones que contiene la Carta de Papa Francisco sobre la indulgencia en vista del Jubileo de la Misericordia. Ciertas reacciones que surgieron frente a este documento hacen pensar que en algunos sectores, comprometidos en las batallas para defender verdades cristianas (sobre la familia, el sexo, la inviolabilidad de la vida), se vive completamente lejos de las dinámicas propias (es decir sacramentales) de la vida cristiana. Con una desnaturalización ideológica de las palabras y de los contenidos cristianos que modifica incluso los sacramentos (instrumentos propios y ordinarios del dinamismo de la salvación puesta en marcha por Cristo), hasta desnaturalizarlos en prácticas rituales que expresan un proyecto ideológico-cultural, o determinada ‘visión’ sobre el hombre y el mundo.
por Gianni Valente