Quizás fuera yo mismo quien les despertó la idea, al meterme con sus tejanos agujereados y aparentemente destartalados, pero adquiridos a precios astronómicos. “Calla, que tú no entiendes”, me han respondido más de una vez, y seguramente tienen razón. El caso es que algunos de mis alumnos aprovecharon una sesión de clase para explicar la historia de los pantalones vaqueros, esa prenda hoy imprescindible para cualquier joven que se precie.
Según explicaron, los pantalones vaqueros tienen un origen humilde, asociado a labores que requerían ropa resistente. En los 60 cambian radicalmente de registro y se convierten en símbolos de rebeldía juvenil y protesta contra el sistema. Con el tiempo se imponen los tejanos de aspecto usado y hasta decrépito, hasta llegar al último grito fashion: los agujeros y erosiones en pantalones ya de por sí muy raídos. Al parecer, estas últimas modas surgieron como protesta contra la sociedad de consumo, que solo admitía productos nuevos y relucientes. Comprobar hasta qué punto esa presunta reacción contra el consumo ha tenido efectos nocivos en él resulta obvio: hoy son las propias fábricas de pantalones quienes los envejecen y agujerean sin recato; sin ánimo alguno de protestar, por supuesto, sino buscando optimizar el negocio.
No es la primera vez que nuestras sociedades de consumo anulan el aguijón crítico de quienes se levantan contra ellas y terminan por aceptarlos con gusto en su seno, hasta convertirlos en el mejor reclamo para gente esquiva e indómita. Ha pasado a menudo y me pregunto si no estará sucediendo también ahora con nuestras ONG, que en buena medida nacieron como alternativa a los valores y formas de actuación de las sociedades occidentales y parecen hoy hipnotizadas por esas mismas sociedades, al menos a la hora de organizarse y trabajar.
Mi duda surge a la vista de los mensajes publicitarios de tantas ONG, en medios de comunicación clásicos o Internet, o cuando sus jóvenes emisarios me asaltan por la calle para pedirme, fundamentalmente, dinero. Y es que, si observamos con atención el fenómeno, rara es la publicidad humanitaria que no tenga como objetivo primordial captar fondos; como si la recaudación fuera lo único que contase. Nuestro papel ahí es sencillo: somos un posible donante al que hay que convencer para que afloje el bolsillo y siga luego su camino sin plantear, ni plantearse, interrogantes, no vaya a ser que descubra porquería bajo la alfombra, como aquellas estudiantes togolesas (antiguas alumnas de nuestro colegio) que redondeaban sus ingresos redactando melifluas cartas de agradecidos niños apadrinados...
Con todo el ropaje profesional y tecnológico que sea preciso añadir, y las variantes o salvedades a que haya lugar, me gusta comparar ese modelo con el que con admirable constancia despliegan algunos mendigos en el Metro. Se pone una cara de tristeza infinita, se lanza un discursito rápido y emotivo, que llegue directo a los corazones, para pasar por último la gorra con rapidez. El método parece simple, elemental incluso, pero a juzgar por la reiteración con que unos y otras lo practican debe resultar bastante eficaz.
Así las cosas, a la desagradable sensación de tener cara de billetero, se suma la convicción, no menos molesta, de que alguien está tratando de jugar con mis sentimientos para doblegar mi voluntad y conseguir un compromiso de pago. Si no accedes a mis pretensiones, parecen insinuar, te condenarás a vivir desasosegado, con la conciencia cargada de reproches.
Dicen que la publicidad ya no vende productos, sino sensaciones. El llamado marketing emocional trata hoy de agitar los sentimientos de las personas, sus emociones, convencido de que la inmensa mayoría decidimos nuestro consumo sin proceder antes a un análisis cuidadoso y sosegado de la información recibida, sino a impulsos emotivos rápidos y poco meditados. Esta parece ser, en definitiva, la opción publicitaria por la que muchas ONG se han decidido.
Conmigo lo tienen crudo. No por cicatería o falta de generosidad, sino por cuestión de principios. Sin abandonar por completo el campo de los sentimientos, que engranan bien con los valores de las personas, ni la inevitable búsqueda de fondos, yo me decantaría con mayor convicción por una publicidad humanitaria mucho más enfocada a destapar y analizar en profundidad ciertos problemas de nuestro mundo, como vía hacia la sensibilización y la educación para el desarrollo. Es probable que la recaudación se resintiera, pero ello obligaría a las ONG a gestionar mejor el voluntariado, y a replantearse en profundidad estructuras, plantillas y proyectos. Sería ocasión de recuperar una parte de su identidad original más auténtica, que nunca deberían haber olvidado.
Todos saldríamos ganando; también ellas.
por Josean Villalabeitia
El autor es Hno. de La Salle, colaborador de Mundo Negro. Especializado en temas educativos, en infancia y juventud. Con experiencia misionera en África.