Aunque la cuestión no era si se debía admitir o no la cooperación médica al suicidio, sino qué condiciones exigir, el sondeo ha reabierto el debate público sobre las implicaciones éticas de esa forma de eutanasia. De los 1.407 médicos que respondieron a la encuesta a lo largo de los meses de junio y julio, un 63% se opone a facilitar “ayuda médica para morir”. Entre las preguntas del cuestionario se encontraba la siguiente: “Si un médico se niega a proporcionar ayuda médica para morir, ¿qué se supone que debería hacer?”. “No debería hacer nada”, fue la respuesta más popular.
El CMA ha publicado también 545 comentarios de los médicos encuestados. Uno escribió: “Como médico que muestra compasión, no necesito –de hecho, no puedo– optar por acabar con la vida de un paciente” (cfr. National Post). “Pienso que pedir a los médicos que maten es contrario a la misma esencia de la Medicina”, decía una hematóloga (CBC News).
“Pienso que pedir a los médicos que maten es contrario a la misma esencia de la Medicina”, dice una hematóloga
Por contraste, un 29% apoyaba el suicidio asistido. Dentro de este grupo, un 19% afirmaba que estaría dispuesto a facilitarlo a pacientes cuyo sufrimiento fuera solamente psicológico, y un 43% defendía que no es preciso llegar a la enfermedad terminal para solicitar el suicidio. Estos datos auguran para Canadá un futuro similar al de Holanda o Bélgica, donde los límites establecidos para estas prácticas se han ido desplazando progresivamente. En palabras de Raphael Cohen-Almagor, profesor de la Universidad de Hull (Gran Bretaña), “las luces rojas de ayer se convierten en obsoletas hoy, y los legisladores y médicos están ya debatiendo dar nuevos pasos e incluir a nuevos grupos (pacientes que están “cansados de vivir”, niños, pacientes con demencia)”.
La publicación de la encuesta coincidía con la reunión anual de la CMA, celebrada en Halifax. Gran parte del debate fue en torno al suicidio asistido: sobre si debería haber un periodo de reflexión obligatorio entre la petición del suicidio y su realización, sobre cuál es el método más “humano”, sobre si los médicos pueden negarse a participar… La cuestión más discutida fue si el médico objetor ha de remitir al paciente a otro colega: muchos sostienen que hacer eso sería complicidad.
Preguntas sesgadas
Pocos días después, el 29 de agosto, el gobierno canadiense abrió su propia encuesta, dirigida a todos los ciudadanos canadienses, sobre el modo de regular el suicidio asistido y la eutanasia voluntaria. El cuestionario se articula en torno a situaciones hipotéticas sobre las que el encuestado tiene que decidir si optaría por el suicidio asistido. A menudo, la formulación no es neutra, por ejemplo: “Antes de tener un accidente, eras un atleta de alto nivel. Ahora sientes que tu vida ha perdido el sentido”. El “sentido” de la vida aparece inseparablemente ligado a ciertas facultades físicas o mentales.
Entre las demás preguntas, solamente una alude a las creencias de los ciudadanos: “¿Tiene la fe un papel importante en el modo en que usted considera las cuestiones sobre la vida y la muerte?”. Curiosamente, la encuesta presupone que la objeción de conciencia obedece únicamente a la religión, no a la ética, que es la gran ausente en esta consulta.