Cuando Papa Francisco despegó de Estados Unidos el domingo pasado (después del viaje durante el que lanzó un llamado en el Congreso de ese país para poner fin a la pena de muerte), había tres ejecuciones pendientes en el calendario: el martes pasado, la de Kelly Gissendaner en Georgia; el miércoles pasado la de Richard Glossip, en Oklahoma; y hoy la de Alfredo Prieto en Virginia. Después de la inyección letal que recibió hace algunas noches Kelly Gissendaner, la primer mujer que llegó al patíbulo desde hace 70 años en Georgia, parecía que el llamado de Papa Francisco (reiterado con un mensaje personal transmitido al nuncio y a las autoridades locales) hubiera caído en el olvido. Pero ayer por la noche cambió la situación sorpresivamente.
La gobernadora de Oklahoma, Mary Fallin (a la que el Papa escribió una carta el 19 de septiembre) intervino al último momento para detener la ejecución de Glossip. Una ejecución muy polémica en todo el país, porque el condenado se proclama inocente del homicidio de su jefe de trabajo. En su contra solo existe el testimonio del autor material del delito, quien, acusando a Glossip, evitó la pena capital.
Pero este no fue el motivo que llevó a la gobernadora Fallin a intervenir. Se trata de un error con uno de los fármacos para la ejecución. La nueva fecha para la ejecución fue fijada para el próximo 6 de noviembre, por lo que la defensa del acusado ahora tiene 37 días para tratar de volver a abrir el proceso. Y parece evidente que la campaña masiva en contra del ajusticiamiento de un inocente, incluso cuando exista una mínima duda, ha tenido peso en esta situación.
Mucho más sorprendente ha sido el caso de Alfredo Prieto, un multi-homicida de El Salvador. Y hay pocas dudas sobre su culpabilidad (aunque la defensa argumente que se trata de una persona con enfermedades mentales). Pocas horas después de la decisión de postergar la ejecución en Oklahoma, Virginia también suspendió temporalmente el procedimiento por una cuestión también relacionad con el fármaco que debería ser usado para la inyección letal. Lo que se dice es que, para evitar un boicot, Virginia pidió que Texas le enviara el fármaco a escondidas. Una Corte debería pronunciarse hoy al respecto, decidiendo, de esta manera, el destino de Prieto.
Queda pendiente una pregunta: ¿cuánto peso tiene en todo esto el llamado de Francisco? Relativamente poco, se podría pensar. Los motivos específicos con los que se han postergado estas dos ejecuciones son independientes y no ha habido un cambio de pena. Pero la intervención del Papa ha reforzado el frente de los abolicionistas, volviendo a incluir el tema de la pena de muerte en la agenda del debate público en Estados Unidos. Francisco no se limita a una invitación de carácter general, sino que interviene sobre casos específicos. Para él, los condenados a muerte no son un tema, sino rostros. Al final, el mensaje más fuerte sigue siendo el de Kelly Gissendaner, que afrontó la inyección letal cantando «Amazing Grace», uno de los himnos sacros más conocidos de la tradición angolsajona. Es el ícono de la posibilidad de cambiar, misma a la que se refería el Papa en una cárcel de Filadelfia como un derecho inalienable para todas las personas. La batalla contra la pena de muerte en Estados Unidos no ha acabado y continuará todavía durante mucho tiempo. Pero, gracias a las palabras y a los gestos del Papa, hoy hay una parte de la población estadounidense determinada como nunca a combatirla.