«Tristeza, dolor y sufrimiento». Son las tres palabras que el padre Giulio Albanese utiliza para describir su estado de ánimo, después de la decisión de cerrar el Missionary International Service News, la agencia de información que fundó en 1997. Después añadió: «Esta es una decisión fuera del tiempo y de la historia, en contradicción con el inicio del Año de la Misericordia. La misión que nos ha dado Papa Francisco es la de dar voz a quienes no la tienen, contar las periferias del mundo. Es un desafío cultural. Y en cambio, ahora, mientras en regiones como la República Centroafricana, Somalia, el Congo, suceden cosas terribles, se cierra la Misna».
Comencemos desde el principio. ¿Como nació la idea de fundar una agencia basada en la información reunida mediante los misioneros en las zonas más difíciles del mundo?
Estaba trabajando en Atlanta, en una estancia profesional en la CNN. Siempre se quedaban sorprendidos por las noticias que lograba encontrar, gracias a estos contactos. Fueron ellos los que me dieron la idea de fundar una agencia, usando la nueva tecnología que ofrece internet. Así, el 2 de diciembre de 1997 publicamos el primer texto.
¿Cómo logró construir la Misna?
Gracias a la ayuda de los institutos misioneros, con 30 millones de liras italianas, una computadora, un teléfono con dos líneas y dos traductores. Estábamos en un sótano de San Pancracio. Los institutos me dijeron que debíamos cubrir el 80% de los gastos, y ellos pondrían el 20%. Y lo logré durante 7 años. El balance aumentó a 600.000 euros y en 2004 había contratado a 12 profesionales.
¿Cómo obtenía las noticias?
Mediante la red de misioneros. No eran periodistas, pero los habíamos instruido. Yo iba cada año a encontrarme con ellos. Se habían vuelto muy buenos para responder a las 5 ‘W’ de la profesión: quién, qué, dónde, cuándo, por qué [n.t.: "who, what, where, when, why"]. Ofrecían la información que nadie tenía.
¿Qué recuerda con mayor satisfacción?
La denuncia de las masacres de 1998 en el ex Zaire, las guerras en Guinea Bissau, Sierra Leona, los secuestros de los misioneros. En general, como con el ex Zaire, llegaban inmediatamente los desmentidos de los gobiernos, en ese caso el del gobierno de Ruanda, que era responsable. Pero después, la verdad siempre salía a flote.
Usted también fue secuestrado…
En 2002, en Uganda. Habíamos entrado en contacto con uno de los grupos más peligrosos, la Lord’s Resistance Army, y los rebeldes no nos habían tratado mal. Pero el gobierno cambió idea y decidió atacarnos. Estuvimos prisioneros dos días, dentro de una cabaña de metal, sin comer, hasta que nos liberaron y nos pidieron perdón.
¿Por qué era importante este trabajo?
En esas zonas, la información es la primera fuente de solidaridad. Salvamos la vida de mucha gente, no porque fuéramos valientes, sino porque revelar lo que sucede atrae la atención internacional y protege a las víctimas.
¿Qué sucedió después?
Una estructura como la Misna necesitaba inversiones y una gestión profesional, no podía salir adelante solo con beneficencia. El 30 de noviembre de 2002 reunimos a los estados generales, en los que participaron 54 congregaciones. Todos prometieron apoyo, pero al final solo quedaron cuatro: Consolata, Combonianos, Javierianos y Pime. Después me hice a un lado, pensando que podía ser el problema, pero no fue suficiente.
¿Era inevitable cerrar?
La Misna tenía dificultades, pero la Conferencia Episcopal Italiana hizo una propuesta muy generosa: cubrir el balance durante dos años; ofrecer un servicio compuesto por Avenare, Tv2000, Radio inBlu y Sir; ofrecer una persona para ocuparse de reunir fondos.
¿Por qué no fue aceptada?
No comprendo. Los institutos dijeron que no era un problema de dinero, sino de personal. Pero el personal es laico, y con esta propuesta se podía volver a empezar. Faltó la visión de la importancia estratégica de la información, por parte de la dirección de los institutos. El mundo misionero ha hecho y sigue haciendo mucho bien, pero está envejeciendo. Y así se puso en marcha este mecanismo de eutanasia. Yo espero que, de alguna manera, sea posible resucitar la Misna.
Entrevista por Paolo Mastrolilli