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Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
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Las humanidades, algo más que una carrera

4 de abril de 2016
Lo decisivo para Newman no eran los contenidos aprendidos –filosofía, historia, etc.–, sino el “hábito intelectual” que genera la formación humanística: la capacidad de adquirir una visión amplia y universal, captar lo universal en lo particular

“Los soldadores ganan más dinero que los filósofos. Necesitamos más soldadores y menos filósofos”. Dejando a un lado la necesidad que pueda tener Estados Unidos de profesionales técnicos, estas palabras del senador de Florida, Marco Rubio, resumen un sentir cada vez más extendido entre los políticos. Algunos quieren que la universidad sea una antesala del mercado laboral; un lugar donde la “educación liberal” de base humanística –antes habitual en muchas carreras, ya fueran de “ciencias” o de “letras”– no es más que un lujo superfluo al que los ciudadanos no deberían contribuir con sus impuestos.

 

Carreras “productivas”

 

Algunos políticos ven la formación humanística como un lujo superfluo al que los ciudadanos no deberían contribuir con sus impuestos.

Es comprensible que el gobierno estadounidense quiera asegurarse de que el gasto público anual en educación superior –que asciende a 150.000 millones de dólares– llegue a buen puerto. Para ello, una vía es la de focalizar la subvención en las carreras más “productivas”, muchas de ellas ligadas a la llamada “educación STEM”, acrónimo de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Según datos de una encuesta de la National Association of Colleges and Employers, los “graduados STEM” encabezarán en 2016 las listas de salarios más altos de Estados Unidos.

 

Esta profesionalización de los estudios universitarios va de la mano de una creciente especialización. Así, cada vez tiene menos importancia la formación de base, adquirida en el grado, y más la especialización, propia del máster. Según un artículo publicado por El País en su suplemento de educación, hoy día la especialización se considera “vital para competir en un mercado cada vez más exigente y globalizado”.

 

Frente a esta coyuntura, suele decirse que las carreras de humanidades se encuentran “en crisis”, una afirmación no del todo acertada, ya que en países como España se observa un repunte del 9% en estos estudios entre 2008 y 2013. En realidad, lo que está en cuestión es la identidad de la misma institución universitaria, la cual está dejando de ser el ámbito de los saberes universales –a los que aspira la educación liberal– para convertirse en una industria de conocimientos cada vez más técnicos y especializados.

 

La crisis de la educación liberal

 

“La universidad no debe ofrecer respuestas ‘enlatadas’, sino sembrar inquietudes” (José María Torralba)

Sin embargo, la vertiente “profesionalizante” de las universidades no es un fenómeno reciente. Tal y como explica José María Torralba, director del Instituto de Antropología y Ética de la Universidad de Navarra, esta surgió en Estados Unidos durante la década de los 50, cuando se crean los programas de doctorado, las escuelas de posgrado y los primeros MBA. El cambio respondía al deseo de que la universidad estuviera en consonancia con las necesidades de la sociedad, equiparando aquí la sociedad con el mercado y sus necesidades con la demanda de profesionales cualificados. Es precisamente aquí cuando nace esa conciencia de crisis en las “humanidades”.

 

En el mundo anglosajón, el término “humanidades” no se refiere tanto a las carreras de letras, sino más bien a la formación humanística de base –también conocida como core curriculum– proporcionada por muchas universidades y colleges. Su fin es el de garantizar a todos los estudiantes una “educación liberal”, y no solamente una educación utilitaria. Este modelo se remonta al humanismo renacentista –donde destaca la idea de educación de Tomás Moro–, a la Idea de una universidad de John Henry Newman y a la universidad alemana promovida por Humboldt. Ortega y Gasset propuso en los años 30 la creación de una “Facultad de Cultura”, equivalente al core curriculum anglosajón, que asegurara la transmisión del “sistema de las ideas desde las cuales cada tiempo vive”, tal y como explica en Misión de la universidad.

 

La minusvaloración de este tipo de educación en los años 50 dio lugar a una escisión en el alma de la universidad. En el ámbito estadounidense, el debate sobre los dos modos de entender la universidad fue abanderado por Robert Hutchins, presidente de la Universidad de Chicago hasta 1945, y Clark Kerr, presidente de la Universidad de California en los años 60. Por un lado, Hutchins respaldaba la llamada “universidad colegial”, partidaria de que todos los alumnos reciban una amplia base de formación humanística; por otro, Kerr defendía la idea de “multiversidad”, cuyo principal cometido sería el avance del conocimiento por medio de la investigación especializada. En su obra Los usos de la universidad, este último afirmaba con ironía que lo único que da cohesión a la multiversidad es el sistema de calefacción o las quejas de los profesores acerca del aparcamiento.

 

Aldeas que resisten

 

“Incluso las computadoras más inteligentes están perdidas cuando se trata de trazar la cartografía del alma humana” (Arnold Weinstein)

“La batalla por las humanidades está bastante perdida (también en Estados Unidos), pero, al igual que en la Galia de Astérix, todavía quedan algunos reductos que mantienen viva la esperanza”, sostiene José María Torralba. En Estados Unidos, las universidades de Columbia y Chicago son las abanderadas en el impulso de la educación liberal a través del core curriculum, aunque también existen pequeños liberal arts colleges dedicados exclusivamente a la formación de estudiantes de grado. “Los hábitos intelectuales desarrollados en el core curriculum generan una capacidad intelectual crítica y creativa de la que los estudiantes se valen, mucho después de haber terminado sus estudios, para buscar y alcanzar vidas plenas de sentido”, explica la página web de Columbia.

 

En Europa, el Amsterdam University College celebró el pasado septiembre un congreso internacional sobre la importancia de leer obras clásicas como parte de la educación liberal. Muchos de los centros universitarios ligados a este tipo de educación –así ocurre en el caso de Columbia y Chicago– basan su programa en la lectura y discusión en pequeños grupos de las grandes obras de la cultura occidental.

 

En España, la Universidad de Navarra es uno de los pocos centros universitarios que ha promovido un core curriculum, común a todos los grados y formado por asignaturas de “humanidades”. Este programa busca que los alumnos desarrollen “hábitos intelectuales”: lectura crítica, capacidad de reflexión y argumentación, interpretación global de la realidad, interés por la verdad, etc. “Claves del pensamiento actual”, “Fundamentos de antopología”, “Ciencia, razón y fe”, “Cuestiones acerca de la muerte” o “Literatura, poder y liderazgo” son algunas de las asignaturas que forman el programa ofrecido por esta universidad.

 

Resuenan aquí los ecos de lo que John Henry Newman había defendido en su Idea de una universidad, una obra sorprendentemente actual, a pesar de haber sido escrita hace más de un siglo. Según explica un experto en esta obra, lo decisivo para Newman no eran los contenidos aprendidos –filosofía, historia, etc.–, sino el “hábito intelectual” que genera la formación humanística: la capacidad de adquirir una visión amplia y universal, captar lo universal en lo particular, asociar lo concreto con su conjunto y, en último término, buscar el conocimiento como algo valioso en sí mismo. “La universidad no debe ofrecer respuestas ‘enlatadas’, sino sembrar inquietudes”, sostiene el profesor Torralba, en consonancia con Newman.

 

¿Y para qué sirven las humanidades?

 

En respuesta a la polémica suscitada por las declaraciones de Marco Rubio y otros políticos, el New York Times publicó en la sección de opinión una reflexión de Arnold Weinstein, profesor de literatura comparada en la Universidad de Brown (Rhode Island, Estados Unidos), sobre el valor de la educación liberal en la formación académica.

 

Aunque “no puede competir con el prestigio y la rentabilidad económica prometida a los que estudian carreras STEM”, la educación liberal proporciona un tipo de conocimiento que las primeras no tienen. Según Weinstein, “un dispositivo como el GPS nos da la ruta más eficaz y directa a un destino concreto, pero presupone que nosotros sabemos a dónde nos dirigimos. Encontrar una dirección es una cosa; encontrar el propio camino es la vida es algo muy diferente. Incluso las computadoras más inteligentes o las estadísticas más precisas están perdidas cuando se trata de trazar la cartografía del alma humana”.

 

Tal y como explica este autor, la educación humanística no consiste en memorizar poemas o saber quién escribió qué: “Se trata, por el contrario, del registro humano que atesoramos en librerías y museos y teatros y, sí, también en Internet. Pero este es un registro que vive y respira”. No se puede trasmitir por medio de datos o diapositivas, sino aplicándolo a la propia vida. Así, “las humanidades nos obligan a conjugar el mundo en primera persona”, sostiene Weinstein. No se trata de un saber productivo y, en este sentido, puede verse como prescindible o incluso frívolo. Sin embargo, “si creemos que el fin de la educación es el de enriquecer las vidas de los estudiantes, afirmo entonces que las humanidades van por el buen camino, con independencia de los salarios que proporcionen”.

fuente: Aceprensa
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