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El Testigo Fiel
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

«Señor: ¡no me hagas esto!», confidencias de Benedicto XVI sobre el cónclave

27 de julio de 2005
Intervención espontánea del Papa ante peregrinos alemanes

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 27 julio 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención improvisada que pronunció Benedicto XVI en alemán el 25 de abril a los peregrinos de su país que acudieron a Roma con motivo del inicio solemne de su pontificado.

Queridos compatriotas alemanes:

Ante todo, debo disculparme por el retraso. Los alemanes son famosos por su puntualidad. Al parecer, ya me he italianizado mucho. Pero hemos tenido un encuentro ecuménico con los representantes del ecumenismo de todo el mundo, de todas las Iglesias y comunidades eclesiales, y con los representantes de las demás religiones. Ha sido un encuentro muy cordial; por eso ha durado mucho. Pero ahora, por fin, os doy una cordial bienvenida.

Agradezco de corazón las felicitaciones, las palabras y los signos de afecto y de amistad, que he recibido, de modo impresionante, de todas las partes de Alemania. Al inicio de mi camino en un ministerio en el que jamás había pensado y para el que no me creía preparado, todo esto me proporciona gran fuerza y ayuda. ¡Que Dios os recompense!

Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve carta que me escribió un hermano del Colegio cardenalicio. Me recordaba que durante la misa por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ¡Sígueme! Yo había explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a decir: sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal me escribía en su carta: "Si el Señor te dijera ahora "sígueme", acuérdate de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran Papa, que ha vuelto a la casa del Padre". Esto me llegó al corazón. Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien.

Así, al final, no me quedó otra opción que decir sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos amigos. Como dije ayer en la homilía, un cristiano jamás está solo. Así expresé la maravillosa experiencia que todos hemos podido hacer en estas cuatro extraordinarias semanas que acabamos de vivir. Al morir el Papa, en medio de tanto dolor, se manifestó la Iglesia viva. Resultó evidente que la Iglesia es una fuerza de unidad, un signo para la humanidad.

Cuando las grandes cadenas de radio y televisión informaron, veinticuatro horas al día, sobre la vuelta del Papa a la casa del Padre, sobre el dolor de las personas y sobre la obra del gran Pontífice muerto, respondían a una participación que superó todas las expectativas. En el Papa vieron a un padre que daba seguridad y confianza, que en cierto modo unía a todos entre sí. Se vio claramente que la Iglesia no está cerrada en sí misma, que no vive para sí misma, sino que es un punto luminoso para los hombres.

Se vio claramente que la Iglesia no es vieja ni inmóvil. ¡No, es joven! Al ver a tantos jóvenes que se reunieron en torno al Papa fallecido y, en último término, en torno a Cristo, de quien él dio testimonio, se constata una realidad muy consoladora: no es verdad que la juventud piense sobre todo en el consumo y en el placer. No es verdad que sea materialista y egoísta. Es verdad lo contrario: los jóvenes quieren cosas grandes. Quieren que se detenga la injusticia. Quieren que se superen las desigualdades y que todos participen en los bienes de la tierra. Quieren que los oprimidos obtengan la libertad. Quieren cosas grandes. Quieren cosas buenas.

Por eso, los jóvenes -vosotros lo sois- están de nuevo totalmente abiertos a Cristo. Cristo no nos ha prometido una vida cómoda. Quien busca la comodidad, con él se ha equivocado de camino. Él nos muestra la senda que lleva hacia las cosas grandes, hacia el bien, hacia una vida humana auténtica. Cuando habla de la cruz que debemos llevar, no se trata del gusto del tormento o de un moralismo mezquino. Es el impulso del amor, que comienza por sí mismo, pero no se busca a sí mismo, sino que impulsa a la persona al servicio de la verdad, la justicia y el bien. Cristo nos muestra a Dios y, de esa forma, la verdadera grandeza del hombre.

Con gratitud y alegría veo aquí a las delegaciones y a los peregrinos de mi tierra bávara. Ya en otras ocasiones os he manifestado cuán importante es para mí vuestro afecto sincero, que perdura desde los días en que dejé mi amada archidiócesis de Munich y Freising para venir al Vaticano, respondiendo a la llamada de mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II, que, hace ya más de 23 años, me nombró prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe.

En todos los años que han pasado desde entonces, siempre he sido consciente de que Baviera y Roma no están muy distantes entre sí, no sólo desde un punto de vista geográfico: Baviera y Roma siempre han sido dos polos que han mantenido una fructuosa relación recíproca. Desde Roma, por medio de comerciantes, funcionarios y soldados, el Evangelio llegó hasta el Danubio y el Lech.

Omito ahora muchos acontecimientos. En los siglos XVI y XVII Baviera dio uno de los testimonios más hermosos de fidelidad a la Iglesia católica. Lo demuestra el fecundo intercambio de cultura y piedad entre la Baviera barroca y la Sede del Sucesor de Pedro. En la edad moderna, Baviera dio a la Iglesia universal un santo tan amable como el portero capuchino fray Conrado de Parzam.

Queridos amigos, no nos apartemos de esta generosidad, de esta peregrinación hacia Cristo.

Espero con alegría Colonia, donde se encontrarán los jóvenes del mundo, o mejor, donde la juventud del mundo tendrá su encuentro con Cristo. Caminemos juntos; mantengámonos unidos. Confío en vuestra ayuda. Os pido que seáis indulgentes si, como cualquier hombre, cometo errores, o si resulta incomprensible algo de lo que el Papa debe decir o hacer según su conciencia y según la conciencia de la Iglesia. Os pido vuestra confianza. Si nos mantenemos unidos, encontraremos el camino correcto. Pidamos a María, Madre del Señor, que nos haga sentir su amor de mujer y madre, en el que podamos comprender toda la profundidad del misterio de Cristo.

¡Que el Señor os bendiga a todos!

fuente: Zenit
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