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Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
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¿Para qué llevas la cruz al cuello?

7 de enero de 2017
La cruz en el cuello no significa nada. El mismo hecho de ponerse la cadena no da automáticamente un buen testimonio de Aquel que murió en la cruz

Es difícil que la cruz pueda gustar. Después de todo, es un signo de una de las torturas más horribles que el hombre inventó para otro hombre. La primera imagen conocida de Cristo crucificado – en las puertas de madera de la basílica de la Santa Sabina romana del Aventino – es del siglo V.

La manifestación de la (no)fe

Antes los cristianos no retrataban de ninguna manera la herramienta de la muerte de Jesús. Se representaba la llamada crux gemmata, o una cruz preciosa, de oro y adornada con piedras preciosas, sin la persona del crucificado. Y estas representaciones aparecieron sólo en el siglo IV. Hasta entonces, los cristianos evitaban la utilización de la señal de la cruz. No tanto porque estaba prohibido, sino debido a la naturaleza controvertida de este símbolo. Todavía durante al menos dos siglos después de Cristo seguían las cruces puestas a lo largo de los caminos del imperio, en los que agonizaban los esclavos. La cruz, era pues, un símbolo muy ambiguo, despertando preguntas.

Y por eso llevo la cruz. Ella tiene que despertar preguntas. En mí. Porque, por un lado Jesús crucificado no tenía ni gracia ni brillaba, para admirarlo, y por otro lado, precisamente en el contexto del anuncio de la cruz el Padre le clamaba a Él y sobre Él desde el cielo: ¡Tú eres mi Hijo amado! ¡En ti tengo la complacencia! La cruz en mi cuello es para que pueda ir volviendo a la pregunta: ¿Puedo complacer al Padre? ¿Le pueden agradar mis pensamientos, decisiones, palabras, es decir, lo que hago? ¿Acepto la cruz en mi vida, ya que su miniatura la llevo en el cuello cada día? La cruz en el cuello es la invitación diaria al más simple examen de conciencia.

No la llevo para manifestar algo. La cruz en mi cuello no es la manifestación de mi fe o mi punto de vista. La cruz en el cuello no significa nada. El mismo hecho de ponerse la cadena no da automáticamente un buen testimonio de Aquel que murió en la cruz. La cruz aparecía en muchas banderas, pancartas y se colocaba en muchos emblemas. No todas fueron llevadas con buenos propósitos. Más de una manifestación y batalla tuvieron lugar bajo el signo de la cruz, y no todas ellas tuvieron un propósito noble. La cruz en mi cuello puede convertirse igualmente en un testimonio de Jesús, como también en la manifestación de la no-fe. Lo decidirán mis gestos, palabras, acciones, comportamiento.

El despertador

Y por eso llevo la cruz. Para que en el mundo de las peleas sin fin, manifestaciones, empujones y batallas fuera el ancla de la barquita de mi vida atracada en otro mundo. Me la pongo para recordar que la tierra de donde vengo y a la que vuelvo es diferente. Es como la bandera, detrás de la cual camino lentamente hacia donde comienza el reino de la verdad y de la vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, amor y paz.

No la llevo para protegerme de la desgracia ni para que cambie nada en mi camino independientemente de mi voluntad. No es un amuleto. Con la cruz en el cuello puedo ser atropellada por un coche, tener cáncer y perder mi puesto de trabajo. Al igual que llevándola puedo engañar, difundir rumores y ser una pesadilla para los que tienen que vivir conmigo todos los días. Ella no me va a cambiar de alguna manera mágica ni a mí, ni a la realidad que me rodea. Tales cambios no los consigue ninguna magia “bautizada”, ningún sistema ni mecanismo espiritual. La transformación o la Pascua de mi vida y del mundo que me rodea sólo pueden ser llevadas a cabo por Dios – el Señor de toda la realidad y de mi pequeño corazón.

Y por eso me pongo la cruz. Para que me recuerde a Quien le pertenece todo esto y Quién tiene la última palabra. La llevo para recordar, que fui comprado por un precio muy alto, y Aquel que me ha redimido y me limpió con su sangre, no tiene intención de abandonarme. La cruz alrededor del cuello es una promesa y una invitación, para dejarle operar en mí, y siempre conmigo. Para trabajar con Él – como me sea posible – en mi salvación. Aquí y ahora. Donde me encuentro y con lo que estoy luchando.

Jesús fue a la cruz para atraer a todos hacia Él. Murió y resucitó. Y, sin embargo, en cierto sentido, el drama de mi redención continúa. Pascal escribió: La agonía de Jesús continuará hasta el fin del mundo. No se debe dormir en ese momento. Llevo la cruz, porque necesito un despertador.

Por Dk. Michal Lubowicki

fuente: Aleteia
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