En las sociedades modernas y ultraconectadas, donde los medios de comunicación dictan la agenda de las prioridades, está siempre la tentación de privilegiar lo urgente a lo importante y de anteponer lo “reciente” a lo “eterno”. Precisamente de esta tentación advierte el capuchino Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, que el viernes 10 de marzo inició el ciclo de predicaciones cuaresmales en la capilla Redemptoris Mater del Palacio apostólico. En esta entrevista al Osservatore Romano, el religioso explica el tema de este año — «Nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor! Si no en el Espíritu Santo (1 Corintios 12, 3)» — y anticipa algunas líneas de reflexión de las predicaciones, que proseguirán en los viernes 17, 24 y 31 de marzo y 7 de abril.
¿Por qué está el Espíritu Santo en el centro de la predicación?
Dos motivos me han empujado a dedicar las predicaciones del último Adviento y de esta Cuaresma a la persona y a la obra del Espíritu Santo. El primero es destacar la que considero la verdadera novedad del postconcilio, es decir, una más clara toma de conciencia del lugar del Espíritu en la vida y en la teología de la Iglesia. El segundo motivo, menos universal pero también importante, es que en el 2017 se celebra el cincuenta aniversario del inicio de la Renovación Carismática Católica, que ha implicado a decenas de millones de fieles en todo el mundo, jubileo que el Papa Francisco desea que se celebre, con particular solemnidad y apertura ecuménica, en el próximo Pentecostés.
¿Cuánto espacio hay en las meditaciones para la actualidad ?
Si se entiende “actualidad” en el sentido de referencia a situaciones o eventos en proceso, temo que haya más bien poco de actual en las predicaciones que voy a dar. Pero, en mi opinión, “actual” no es solo “lo que está sucediendo” y no es sinónimo de “reciente”. Las cosas más “actuales” son las eternas, es decir, las que tocan las personas en el núcleo más íntimo de la propia existencia, en cada época y en cada cultura. Es la misma distinción que hay entre “lo urgente” y “lo importante”. Nosotros estamos tentados siempre de anteponer lo urgente a lo importante y anteponer lo “reciente” a lo “eterno”. Es una tendencia que el ritmo inalcanzable de la comunicación y la necesidad de novedad de los medios de comunicación hacen hoy particularmente aguda. ¿Qué hay más importante y actual para el creyente, o es más para cada hombre, para cada mujer, saber si la vida tiene un sentido o no, si la muerte es el final de todo o, al contrario, el inicio de la verdadera vida? Ahora el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo, que pienso volver a leer a la luz del redescubrimiento del Espíritu Santo, es la única respuesta a tales problemas. La diferencia que hay entre esta actualidad y la mediática de la crónica es la misma que está entre quien pasa el tiempo mirando el dibujo dejado por la ola en la playa — que la siguiente onda cancela — y quien levanta la mirada para contemplar el mar en su inmensidad.
¿Qué significa para el hombre de hoy el conocimiento de la plena verdad?
La respuesta puede parecer simplista, pero es la única que un cristiano puede dar: el conocimiento de la plena verdad, o de la única verdad que cuenta, es conocer a Cristo. Las primeras dos predicaciones tendrán precisamente este tema: saber quién es Cristo; no solo quién fue, sino quién es hoy para mí y para el mundo. «Dadme un punto de apoyo— habría exclamado el inventor de la palanca, Arquímedes — y moveré el mundo». Quien cree en la divinidad de Cristo es alguien que ha encontrado este punto de apoyo inquebrantable en la vida.
¿Todavía hay espacio para el Espíritu Santo en nuestras sociedades?
El Espíritu Santo no es una idea o una abstracción; es la realidad más palpitante que se pueda pensar. No es casualidad que la Escritura hable de él con los símbolos del viento, del fuego, del agua, del perfume, de la paloma. Goethe veía en el Veni creator que es el himno por excelencia del Espíritu Santo, una «invocación al genio, que habla poderosamente a todos los hombres dotados de espíritu de alma grande». Él mismo hizo una bella traducción alemana y quería que fuera cantado cada domingo en su casa. Vivimos en una civilización caracterizada por el predominio absoluto de la técnica. Se hacen hipótesis incluso con un ordenador capaz de pensar, pero nadie ha pensado nunca en un ordenador capaz de amar. El Espíritu Santo — que es el amor en estado puro y la fuente de todo amor — es el único que puede infundir un alma en nuestra humanidad marchita.