Apatía, pereza, depresión y “agotamiento” emotivo. El religioso José Tolentino de Mendoça excava en los rincones más remotos de la mente humana, en sus límites y en sus problemas para destacar la «sed de Dios», tema central de sus predicaciones durante los Ejercicios Espirituales de la Cuaresma con el Papa y la Curia romana en Ariccia.
En particular, en su meditación del martes por la mañana, la cuarta, según la información de Vatican News, el sacerdote advirtió sobre el peligro de la «apatía», comprendida como un «agotamiento». Es decir el síndrome patológico que normalmente llega después de un fuerte estrés y que, advirtió Tolentino, además del cerebro puede afectar el alma. «Un agotamiento emotivo» del cual no están exentos los sacerdotes. «En general, cuando uno se siente abandonado solamente queda un vacío», dijo el religioso; y este vacío se llena de «angustia» o «con falsos paliativos como la mundanidad, el alcohol, las redes sociales, el consumismo o la hiperactividad». Las situaciones son diferentes: «Hay quienes llevan las heridas de luto o fracasos», otros «las del abandono o de los abusos cuando eran niños», «las de la pobreza económica» o las de la guerra.
Es, por ello fácil caer en la «acedia»: un «demonio», como lo definió el monje Evagrio Póntico, que lleva a una «profunda insatisfacción», que, a su vez, lleva «a la pérdida del entusiasmo». Un proceso lento e inexorable, al que se ha referido el mismo Papa en la encíclica “Evangelii gaudium” en la forma de esa «psicología de la tumba», que empuja a apegarse a una «tristeza dulzona».
«Cuando renunciamos a la sed, entonces comenzamos a morir. Cuando desistimos del desear, de encontrar gusto en los encuentros, en las conversaciones, en los intercambios, en la salida de nosotros mismos, en los proyectos, en los trabajos, en la oración misma. Cuando disminuye nuestra curiosidad por el otro, nuestra apertura a lo inédito, y todo lo nos suena a recalentado “déjà-vu” que advertimos como un peso inútil, incongruente y absurdo, se nos aplasta», explicó el padre Tolentino.
«Parece que la vida que “yo vivo” es la de otra persona», escribió Kierkegaard. Y la contemporaneidad «ha medicado la acedia afrontándola como una patología que debe ser tratada desde el punto de vista psiquiátrico», anotó el predicador. «Incluso dentro de un cuadro clínico –advirtió– es evidente que la acedia o los estados depresivos no pueden ser curados solamente con pastillas, sino que deben involucrar en la cura a la persona entera». Porque el origen de «muchos sufrimientos ocultos» radica «en el misterio de la soledad humana». Se necesita, pues, un recorrido espiritual y no solamente médico.
La respuesta siempre es Jesús, su Pasión. «Nuestro corazón madura en esa capacidad de llegar al punto de sufrir por aquello y por quienes se aman a su manera», afirmó el sacerdote portugués. «En la palabra de la esposa del Apocalipsis, “ven”, se revela la necesidad profunda que la Iglesia siente en relación con la venida del Espíritu», como indicaba Simone Weil. En este “ven” está «la huella de todo lo que necesitamos, la razón de nuestro grito, la razón de nuestra esperanza y, muchas veces, la razón de nuestra desesperanza, de nuestro fracaso, de nuestro cansancio, y la necesidad de superar todo esto en Dios».
Por ello, el primer paso es «darse cuenta de estar sediento», dijo el padre Tolentino en la meditación de ayer por la tarde. Es una «predisposición de ánimo» a buscar «los instrumentos necesarios para interpretar el deseo de Dios que está en nosotros, a contemplarlo y educarlo para darle valor a la espiritualidad de la sed».
Se refirió a ello en las catequesis anteriores y también lo repitió ayer: «Entrar en contacto con la propia sed no es una operación fácil, pero, si no lo hacemos, la vida espiritual pierde adherencia a nuestra realidad», insistió. No hay que tener miedo, sino todo lo contrario. Tampoco hay que «intelectualizar» demasiado la fe: «Nos hemos construido un fenomenal castillo de abstracciones… Estamos más preocupados por la credibilidad racional de la experiencia de fe que por su credibilidad existencial, antropológica y afectiva. Nos ocupamos más de la razón que del sentimiento. Dejamos atrás la riqueza de nuestro mundo emocional», observó el predicador.
El hombre, anotó, es «una mezcla de muchos componentes emocionales, psicológicos y espirituales, y debemos adquirir conciencia de todos ellos». De la misma manera en la que la vida espiritual no es preconfeccionada, sino que se encuentra involucrada «en la radical singularidad de cada sujeto». Hay que derrotar el cotidiano torpor. Para recibir el agua de la vida hay que reconocernos «sedientos». Pero cuidado, advirtió Tolentino, con no confundir «el deseo con las necesidades». «El deseo es una falta nunca satisfecha por completo, es una tensión, una herida siempre abierta, una interminable exposición a la alteridad»; la necesidad «es una carencia contingente del sujeto. El infinito del deseo es deseo de infinito».
«El deseo humano», además, «se diferencia de esta manera del deseo de los animales»; ser humanos significa «sentir que la existencia depende de este reconocimiento más que de cualquier otra cosa». Este anhelo está «mortificado» en las sociedades capitalistas que, «explotan ávidamente las compulsiones de satisfacción de necesidades inducidas, removiendo la sed y el deseo típicamente humanos», subrayó el predicador. En otras palabras, se promete liberar el deseo de las inhibiciones de la ley y de la moral en nombre de una satisfacción ilimitada, pero el resultado es que «el placer, la pasión, la alegría se agotan en un consumismo desenfrenado, tanto de objetos como de personas».
Se llega a perder el horizonte de la vida. «Volver a encontrar el deseo» se convierte, pues, en una prioridad: «La experiencia del deseo –concluyó José Tolentino– no es un título de propiedad o una forma de posesión: es una condición de mendicidad». Porque, y no hay que olvidarlo, «el creyente es un mendigo de misericordia».