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El Papa Francisco y los “desilusionados” a la carga

7 de abril de 2018
La disminución de las retóricas celebrativas conformistas puede representar un pasaje saludable e incluso necesario para descubrir de qué vive y con cuáles manos ha sido plasmado el misterio de la Iglesia. Eso que Bergoglio también sugiere día a día en el camino de su Pontificado

por Gianni Valente

Los que no paran de fustigar al Papa Francisco repiten constantemente que el Pontificado argentino va «cuesta arriba». También muchos “laudatores” iniciales mueven la cabeza rumiando desilusión. Levantan el índice como profesores. Denuncian que no han rodado tantas cabezas como se habían imaginado. Estigmatizan las lentitudes y los titubeos para resolver todos los males de la iglesia con sus “súper poderes”. Algunos sacan la agenda ultra-liberal que habrían querido que el Papa siguiera, y se quejan de que, hasta ahora, no ha hecho nada. También comentadores y analistas se alinean según los nuevos humores. Antes cantaban la “revolución” del Papa. Ahora se entretienen con tonos graves y penosos elaborando balances provisionales en rojo para el Pontificado actual. Narran los años de Bergoglio según el formato narrativo utilizado para el desempeño (exitoso o lo contrario) de los jefes de las empresas. Los polverones mediáticos creados alrededor de los Papas que “desilusionan” son un fenómeno recurrente, que también ha marcado los últimos periodos eclesiales.

“Desilusiones” papales

A veces, los “desilusionados por el Papa” se quejan de que el Sucesor de Pedro no mantiene las promesas con las que comenzó y las “modernizaciones” que le habían atribuido. Pablo VI sufrió reproches por haber “traicionado” y “normalizado” el Concilio Vaticano II. El Pontificado de Pío IX estuvo rodeado por las expectativas mesiánicas de quienes esperaban que gracias a él se habrían llevado a cabo cambios en el Estado Pontificio, pero más tarde esos mismos le apodaron “el Papa del Syllabus”, paladín de la reacción anti-moderna. En época más reciente, también el Papa Ratzinger desilusionó a los estrategas que le habían adosado un programa de refundación identitaria, un plan de “revolución papal” que habría homologado los organigramas y los registros eclesiales con la “ideología muscular” de las batallas culturales. Mientras el alto clero de esos años creaba los desastres que acabaron en el “Vatileaks”, Benedicto XVI, en lugar de dar batalla, osó llegar a decir frente a los escándalos de la pederastia que esos crímenes del clero habían «oscurecido la luz del Evangelio» mucho más que siglos de persecución (Carta a los católicos irlandeses n. 4). Un tono penitencial que para ciertos “ratzingerianos batalleros” equivalía a una rendición sin condiciones, a una deserción.

Hoy, al lado de las filas de los que denigran cotidianamente el Pontificado actual, se abren brecha también las filas de los “observadores” de asuntos vaticanos que alzan la ceja, esos mismos que antes alimentaban el fetiche mundano del “Papa superestrella”, héroe solitario y taumaturgo, y ahora le reprochan retrasos y pocos resultados en la obra de recapitalización de la “Iglesia-empresa”. En realidad, como sucedió en el pasado, también esta vez la falta de festejos conformistas y retóricos puede representar un pasaje saludable e incluso necesario para volver a descubrir de qué vive y por cuáles manos es plasmado a cada instante el misterio de la Iglesia. Eso mismo que el Papa Francisco sugiere día a día, en el camino de su Pontificado.

«Sin mí no pueden hacer nada»

En su viaje a Chile, hablando con el clero de una Iglesia herida y castigada por los pecados y crímenes de algunos de sus altos exponentes, el Papa Francisco volvió a proponer las «horas del extravío y de la turbación» que vivieron los primeros amigos de Cristo después de su muerte en la cruz, para repetir que precisamente en momentos de este tipo «nace el apóstol». También ante Pedro, que lo reniega y ve fracasar sus propósitos de fidelidad, «Jesús no usa ni el reproche ni la condena –explicó el Papa. Lo único que quiere es salvar a Pedro. Lo quiere salvar del peligro de permanecer encerrado en su pecado, de quedarse “mascando” la desolación que es fruto de su límite; del peligro de fallar, debido a sus límites, a todo el bien que había vivido con Jesús».

La experiencia del proprio límite, del proprio pecado acariciado y perdonado por Cristo, repite el Papa Francisco– «distingue a los cristianos de los seguidores de ideas y verdades religiosas o de los militantes de causas justas». De la misma manera, sugiere el actual Sucesor de Pedro con su predicación, cada vez que la Iglesia se ve obligada a dejar a un lado la pretensión mundana de auto-gestionarse, de auto-purificarse y de administrar con verdaderas o presuntas competencias “empresariales” su presencia en la historia, precisamente esta dinámica puede ayudar a todos «a reconocer el misterio de gracia que la genera y la mantiene en vida, instante a instante».

El Papa Francisco ha usado en varias ocasiones la imagen del «ocaso del apóstol», para repetir que la grandeza de cada discípulo está en hacer con la vida lo que Juan el Bautista decía de Cristo: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya». Cualquier verdadero apóstol, dijo el Papa en una de las homilías de Santa Marta, es aquel que «da la vida para que el Señor crezca. Y al final está el ocaso». El actual Obispo de Roma quiso sugerir con un poco de humor que la misma dinámica se puede apreciar incluso en muchos “fracasos” que se viven en la comunidad eclesial: «El Señor es bueno –dijo el Papa durante su visita pastoral a Milán– y, cuando una congregación religiosa no va por la vía del voto de pobreza, normalmente le manda un mal ecónomo o una mala ecónoma que hace que se caiga todo. Y esto es una gracia».

Las desilusiones y las fallas que se le atribuyen al actual obispo de Roma llegan de quienes no lo toman en serio, cada vez que él repite que solamente es un pecador amado y perdonado por Cristo. Los sesudos análisis sobre las “expectativas nunca cumplidas” del Pontificado no ven que precisamente la confesión serena de los propios límites, o alejarse de cualquier representación caricaturesco-mesiánica surgen de la conciencia de que la Iglesia no es una realidad pre-constituida ni un acto auto-suficiente, sino que depende, a cada paso, de la acción eficaz y presente de Cristo. Un reconocimiento que también ayuda a esquivar los triunfalismos clericales que siempre están al acecho.

Antídotos contra las idolatrías clericales

Si la Iglesia «no posee más vida que la de la gracia» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios), esta característica genética también ayuda discernir los intentos para reformar las estructuras y sus formas históricas, para que siempre sea más transparente el misterio que le da la vida.

Las auténticas reformas en la, y lo enseñaba Yves Congar, siguen el criterio primordial de hacer que sea más fácil el camino de los fieles, y no el de provocar el aplauso de los expertos en mercadeo empresarial y administración de recursos humanos. Por ello, normalmente, se dan con lentitud, sin fanfarrias, con discreción. Por procesos osmóticos, por imitación y no debido a proyectos que se desarrollan desde lo alto. Por ello, los efectos de los intentos por reformar las estructuras deben ser evaluados de manera realista y artesanalmente, sin dogmatismos y sin rigidez. Dejando abierta la posibilidad para que cambien las cosas, o ajustarlas mientras se avanza, cuando se hace evidente que se ha emprendido la vía equivocada.

El enfoque flexible ante las exigencias innegables de reformar el cuerpo eclesial, y también en sus aspectos institucionales (“Ecclesia sempre reformanda”), es el que más respeta la naturaleza misma de la Iglesia. Y funciona como antídoto contra el neo-clericalismo, que pretende construir una comunidad eclesial auto-suficiente, que trata de auto-enmendar sus males y arreglar las cosas con operaciones de ingeniería social y de “administración” pastoral. Es decir ocultando y cancelando la propia dependencia del «misterio y de la acción de la gracia» (Charles Péguy).

Soluciones provisionales

En el actual periodo eclesial, muchos de los que se perciben como «élite intelectual» dentro y alrededor de la Iglesia seguirán jugando con los simulacros “bergoglianos” que llenan el espacio en los medios de comunicación: el del Papa “superestrella”, gran reformador, con la tarea de actualizar a la Iglesia para equiparla al mundo, y el del Papa “irregular” que crea tensiones.

En cambio, para los que quieren seguir al Papa en carne y hueso, y caminar con él en la simple fe de los apóstoles, conviene liberarse de los pesos, aligerar la mochila y proceder por otros caminos. Los que propone su magisterio ordinario cada día, el de las homilías cotidianas, de las catequesis, de todas las palabras papales que a menudo son acalladas por las voces y los ruidos que dominan el flujo de la información vaticana y eclesial.

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