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«Mira que estoy a la puerta y llamo,
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Las diez Palabras

20 de junio de 2018
Durante la Audiencia en la Plaza San Pedro, el Papa subrayó que en el original hebreo los «diez mandamientos» son «diez palabras»: el mundo no necesita legalismos, sino atenciones, necesita cristianos con el corazón de hijos.

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Esta audiencia se celebra en dos lugares: nosotros aquí, en la plaza, y en el Aula Pablo vi hay más de 200 enfermos que siguen con la pantalla gigante la audiencia. Todos juntos formamos una comunidad. Con un aplauso saludamos a los que están en el Aula.

El miércoles pasado empezamos un nuevo ciclo de catequesis, sobre los mandamientos. Pero debemos entender mejor esta perspectiva.

En la Biblia los mandamientos no viven por sí mismos, sino que son parte de una relación, una conexión. Hemos visto que el Señor Jesús no ha venido a abolir la Ley sino a darle cumplimiento. Y está esa relación, de la Alianza entre Dios y su Pueblo. Al inicio del capítulo 20 del libro del Éxodo leemos —y esto es importante—: «Pronunció Dios todas estas palabras» (v. 1).

Parece una apertura como otra, pero nada es banal en la Biblia. El texto no dice: «Dios pronunció estos mandamientos» sino «estas palabras». La tradición hebrea llamará siempre al Decálogo «las diez Palabras». Y el término «decálogo» quiere decir precisamente esto. Y también tienen forma de ley, son objetivamente mandamientos. ¿Por qué, por tanto, el Autor sagrado usa, precisamente aquí, el término «diez palabras»? ¿Por qué? ¿Y no dice «diez mandamientos»?

¿Qué diferencia hay entre un mandamiento y una palabra? El mandamiento es una comunicación que no requiere el diálogo. La palabra, sin embargo, es el medio esencial de la relación como diálogo. Dios Padre crea por medio de su palabra, y su Hijo es la Palabra hecha carne. El amor se nutre de palabras, y lo mismo la educación o la colaboración. Dos personas que no se aman, no consiguen comunicar. Cuando uno habla a nuestro corazón, nuestra soledad termina. Recibe una palabra, se da la comunicación y los mandamientos son palabras de Dios: Dios se comunica en estas diez Palabras, y espera nuestra respuesta.

Otra cosa es recibir una orden, otra cosa es percibir que alguno trata de hablar con nosotros. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Yo puedo deciros: «Hoy es el último día de primavera, cálida primavera, pero hoy es el último día». Esta es una verdad, no es un diálogo. Pero si yo os digo: «¿Qué pensáis de esta primavera?», empiezo un diálogo. Los mandamientos son un diálogo.

La comunicación «se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 142). Pero esta diferencia no es una cosa artificial. Miremos lo que sucedió al inicio. El tentador, el diablo, quiere engañar al hombre y a la mujer sobre este punto: quiere convencerlos de que Dios les ha prohibido comer el fruto del árbol del bien y del mal para tenerlos sometidos. El desafío es precisamente este: ¿la primera norma que Dios dio al hombre es la imposición de un déspota que prohíbe y obliga o es la atención de un padre que está cuidando de sus pequeños y les protege de la autodestrucción? ¿Es una palabra o es una orden? La más trágica, entre las varias mentiras que la serpiente dice a Eva es la instigación de una divinidad envidiosa —«Pero no, Dios siente envidia de vosotros»— de una divinidad posesiva —«Dios no quiere que vosotros tengáis libertad»—. Los hechos demuestran dramáticamente que la serpiente mintió (cf. Génesis 2, 16-17; 3, 4-5), hizo creer que una palabra de amor fuera una orden.

El hombre está frente a esta encrucijada: ¿Dios me impone las cosas o cuida de mí? ¿Sus mandamientos son solo una ley o contienen una palabra para cuidarme? ¿Dios es patrón o padre? Dios es Padre: nunca olvidéis esto. Incluso en las peores situaciones, pensad que tenemos un Padre que nos ama a todos. ¿Somos súbditos o hijos? Esta lucha, tanto dentro como fuera de nosotros, se presenta continuamente: mil veces tenemos que elegir entre una mentalidad de esclavo y una mentalidad de hijos. El mandamiento es del señor, la palabra es del Padre.

El Espíritu Santo es un Espíritu de hijos, es el Espíritu de Jesús. Un espíritu de esclavos no puede hacer otra cosa que acoger la Ley de manera opresiva y puede producir dos resultados opuestos: o una vida hecha de deberes y de obligaciones o una reacción violenta de rechazo. Todo el cristianismo es el paso de la carta de la Ley al Espíritu que da la vida. (Cf. 2 Corintios 3, 6-17). Jesús es la Palabra del Padre, no es la condena del Padre. Jesús vino a salvar, con su palabra, no a condenarnos. Se ve cuando un hombre o una mujer han vivido este paso y cuando no. La gente se da cuenta de si un cristiano razona como hijo o como esclavo. Y nosotros mismos recordamos si nuestros educadores nos han cuidado como padres y madres o si nos han impuesto solo unas reglas. Los mandamientos son el camino hacia la libertad, porque son la palabra del Padre que nos hace libres en este camino.

El mundo no necesita legalismo sino cuidado. Necesita cristianos con el corazón de hijos. Necesita cristianos con el corazón de hijos: no olvidéis esto.

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