«El primer y más importante lugar para trasmitir la fe es el hogar, a través del sereno y cotidiano ejemplo de los padres que aman al Señor y confían en su palabra». Todos esperan en silencio, después, el Papa Francisco toma la palabra en la pro-catedral de Santa María de Dublín, en donde rezó por las víctimas de los abusos. Vincent y Teresa, que llevan cincuenta años de casados, hablan sobre su experiencia. Denis y Sinead, que se están preparando para el matrimonio, preguntan cómo ayudar a los demás a comprender que es una decisión definitiva, para siempre. Stephen y Jordan, recién casados, preguntan cómo pueden los padres transmitir la fe a sus hijos.
Antes de comenzar a responder a las preguntas, el Papa Francisco dijo: «Qué bello escuchar esa música, que viene de allá atrás: los niños que lloran. Es la música más bella, pero también la prédica más bella. Cuando llora un niño, porque es una bella esperanza, que dice que la vida sigue adelante, que hay futuro. Pero también saludé antes a una señora anciana allá. También mirar a los ancianos. Porque los ancianos están llenos de sabiduría. Escuchar a los ancianos. Pero, ¿cómo ha sido tu vida?».
Sobre los abuelos, tema muy importante para él, el Papa responde: «Es muy importante escuchar a los ancianos, a los abuelos. Tenemos mucho que aprender de vuestra experiencia de vida matrimonial sostenida cada día por la gracia del sacramento. Creciendo juntos en esta comunidad de vida y de amor, habéis experimentado muchas alegrías y, ciertamente, también muchos sufrimientos. Pero, me dan ganas de preguntarles –dijo Francisco improvisando–: ¿se pelearon mucho? El secreto es, aunque vuelen los platos, hacer la paz antes de que acabe el día. Y para hacer la paz no se necesita un discurso, basta una caricia. Y hay que hacer la paz inmediatamente, porque si no, al día siguiente llega la “guerra fría” del rencor. Junto con todos los matrimonios que han recorrido un largo trecho en este camino, sois los guardianes de nuestra memoria colectiva. Tenemos siempre necesidad de vuestro testimonio lleno de fe. Es un recurso maravilloso para las jóvenes parejas, que miran al futuro con emoción y esperanza... y puede que con un poquito de inquietud».
A los que están por comenzar su aventura matrimonial, Francisco habla sobre la cultura contemporánea: «Ciertamente debemos reconocer que hoy no estamos acostumbrados a algo que dure realmente toda la vida. Si siento que tengo hambre o sed, puedo alimentarme, pero mi sensación de estar saciado no dura ni siquiera un día. Si tengo un trabajo, sé que podría perderlo aun contra mi voluntad o que podría verme obligado a elegir otra carrera diferente. Es difícil incluso estar al día en el mundo de hoy, pues todo lo que nos rodea cambia, las personas van y vienen en nuestras vidas, las promesas se hacen, pero con frecuencia no se cumplen o se rompen. Puede que lo que me estáis pidiendo en realidad sea algo todavía más fundamental: “¿No hay nada verdaderamente importante que dure? ¿Ni siquiera el amor?”. Y existe el peligro de que se diga que se estará juntos mientras dura el amor, pero si no se hace que el amor crezca con amor, ¡dura poco! El amor no es provisional; esto se llama entusiasmo, encantamiento, pero el amor es definitivo: como se dice es la media naranja. Tú eres mi media naranja, tú eres mi media naranja. Todo por toda la vida. Sabemos lo fácil que es hoy caer prisioneros de la cultura de lo provisorio, de lo efímero. Esta cultura ataca las raíces mismas de nuestros procesos de maduración, de nuestro crecimiento en la esperanza y el amor».
Entonces, ¿cómo vivir lo que dura verdaderamente? «Entre todas las formas de la fecundidad humana –responde el Papa–, el matrimonio es único. Es un amor que da origen a una vida nueva. Implica la responsabilidad mutua en la trasmisión del don divino de la vida y ofrece un ambiente estable en el que la vida nueva puede crecer y florecer. El matrimonio en la Iglesia, es decir el sacramento del matrimonio, participa de modo especial en el misterio del amor eterno de Dios. Cuando un hombre y una mujer cristianos se unen en el vínculo del matrimonio, la gracia del Señor los habilita a prometerse libremente el uno al otro un amor exclusivo y duradero. De ese modo su unión se convierte en signo sacramental de la nueva y eterna alianza entre el Señor y su esposa, la Iglesia. Jesús está siempre presente en medio de ellos. Los sostiene en el curso de la vida, en su recíproca entrega, en la fidelidad y en la unidad indisoluble. Su amor es una roca y un refugio en los tiempos de prueba, pero sobre todo es una fuente de crecimiento constante en un amor puro y para siempre. Haced apuestas fuertes, para toda la vida. Arriesgaos, porque el matrimonio es también un riesgo, pero es un riesgo que vale la pena».
«Sabemos que el amor –continúa Francisco– es lo que Dios sueña para nosotros y para toda la familia humana. ¡Por favor, no lo olvidéis nunca! Dios tiene un sueño para nosotros y nos pide que lo hagamos nuestro. No tengáis miedo de ese sueño. Custodiadlo como un tesoro y soñadlo juntos cada día de nuevo. Así, seréis capaces de sosteneros mutuamente con esperanza, con fuerza, y con el perdón en los momentos en los que el camino se hace arduo y resulta difícil recorrerlo».
Para concluir, la respuesta sobre cómo transmitir la fe a los hijos: «El primer y más importante lugar para trasmitir la fe es el hogar, a través del sereno y cotidiano ejemplo de los padres que aman al Señor y confían en su palabra. Ahí, en la “Iglesia doméstica”, los hijos aprenden el significado de la fidelidad, de la honestidad y del sacrificio. Ven cómo mamá y papá se comportan entre ellos, cómo se cuidan el uno al otro y a los demás, cómo aman a Dios y a la Iglesia. Así los hijos pueden respirar el aire fresco del Evangelio y aprender a comprender, juzgar y actuar en modo coherente con la fe que han heredado. La fe se trasmite alrededor de la mesa doméstica, en la conversación ordinaria, a través del lenguaje que solo el amor perseverante sabe hablar. ¡La fe se transmite en dialecto! Es más difícil recibir la fe (se puede hacer) si no se recibió en la lengua materna, en dialecto». Después el Papa contó una anécdota personal de su infancia: «habré tenido 5 años. Entré a la casa, allí en el comedor vi a mi papá y a mi mamá que se estaban besando. ¡Nunca se me olvida! Que bello, cansado del trabajo, pero tuvo la fuerza para expresar su amor a su esposa. Que vuestros hijos os vean besándoos y acariciándoos: así aprenderán el dialecto del amor, de la fe».
Bergoglio invita, pues a todos los esposos a rezar «juntos en familia»: «hablad de cosas buenas y santas, dejad que María nuestra Madre entre en vuestra vida familiar. Celebrad las fiestas cristianas. Vivid en profunda solidaridad con cuantos sufren y están al margen de la sociedad. Cuando hacéis esto junto con vuestros hijos, sus corazones poco a poco se llenan de amor generoso por los demás. Puede parecer obvio, pero a veces se nos olvida. Vuestros hijos aprenderán a compartir los bienes de la tierra con los demás, si ven que sus padres se preocupan de quien es más pobre o menos afortunado que ellos. En fin, vuestros hijos aprenderán de vosotros el modo de vivir cristiano; vosotros seréis sus primeros maestros en la fe.
Francisco observó también que «las virtudes y las verdades que el Señor nos enseña no siempre son estimadas por el mundo de hoy, que tiene poca consideración por los débiles, los vulnerables y todos aquellos que considera “improductivos”. El mundo nos dice que seamos fuertes e independientes; que no nos importen los que están solos o tristes, rechazados o enfermos, los no nacidos o los moribundos. Dentro de poco iré privadamente a encontrarme con algunas familias que afrontan desafíos serios y dificultades reales, pero los padres capuchinos les dan amor y ayuda. ¡Nuestro mundo tiene necesidad de una revolución de amor! ¡Que esta revolución comience desde vosotros y desde vuestras familias!».
«Hace algunos meses –concluyó Bergoglio– alguien me dijo que estamos perdiendo nuestra capacidad de amar. Estamos olvidando de forma lenta pero inexorablemente el lenguaje directo de una caricia, la fuerza de la ternura. Parece que la palabra ternura ha sido eliminada del diccionario. No habrá una revolución de amor sin una revolución de la ternura. Que, con vuestro ejemplo, vuestros hijos puedan ser guiados para que se conviertan en una generación más solícita, amable y rica de fe, para la renovación de la Iglesia y de toda la sociedad irlandesa».