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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Los hijos del divorcio

23 de octubre de 2005
Un nuevo estudio explora sus efectos negativos

CHICAGO, 22 de octubre de 2005 (ZENIT.org).- Una cuarta parte de los adultos norteamericanos entre 18 y 35 años han crecido en familias divorciadas. El impacto del divorcio en ellos es el hilo conductor de un nuevo libro, «Between Two Worlds: The Inner Lives of Children of Divorce» (Entre dos Mundos: las Vidas Íntimas de los Hijos del Divorcio) (Crown Publishers).

La autora, Elizabeth Marquardt, entrevistó a 1.500 adultos jóvenes tanto de familias divorciadas como de familias intactas, y llevó a cabo entrevistas en profundidad con más de 70 de ellos. Su conclusión: «Aunque el divorcio es en ocasiones necesario, no existe ninguno que pueda ser calificado como un buen divorcio».

Marquardt reconoce que los hijos en los matrimonios con grandes conflictos, o en situaciones donde hay violencia, se benefician con el divorcio. Tales casos, sin embargo, implican sólo a un tercio de los divorcios, y los hijos de los matrimonios con conflictos de baja intensidad acaban peor tras el divorcio. Y, aunque hace notar que la mayoría de los padres se toma en serio la decisión de divorciarse, Marquardt les anima a intentar preservar, incluso con más insistencia, sus matrimonios, dado el coste que implica para sus hijos.

Incluso si un divorcio es amistoso, y la pareja mantiene una buena relación tras la separación, e incluso aunque sigan queriendo y cuidando a sus hijos, esto no elimina «la reestructuración radical del universo del niño», sostiene la autora.

El momento en el que los padres se separan es sólo el comienzo de la reestructuración. Cerca de dos tercios de los hijos del divorcio entrevistados por Marquardt dicen que sintieron que crecían en dos familias, en vez de en una. Crecer en dos mundos crea toda una serie de problemas, comenzando por el hecho de que ambos padres ya no son «residentes», o una parte de la familia.

Mundos paralelos :

En el matrimonio, explica Marquardt, los padres suelen tener sus diferencias, pero trabajan juntos por superarlas y tratan de dar a la vida familia una unidad. Pero un divorcio suele empujar a los ex cónyuges a definirse a sí mismos en oposición al otro. De ahí que las creencias y valores de los dos padres, en lugar de lograr un equilibrio, existan en paralelo, creando para los hijos contrastes y conflictos, en vez de unidad.

Tras la ruptura, el conflicto entre los ex cónyuges puede quedar ya cerrado, pero el conflicto entre los dos mundos es todavía muy vivo, observa Marquardt. En contraste, un hijo en una familia unida no tiene que pasar mucho tiempo ni esforzarse en reconciliar las diferencias entre los dos padres, y puede concentrarse en gozar de su vida diaria.

De esta forma, los hijos de las parejas divorciadas se ven forzados a entrar en un mundo adulto de responsabilidades y preocupaciones a una edad muy temprana. Las entrevistas de Marquardt han revelado que, incluso entre aquellos niños cuyos padres han llevado bien su divorcio (en términos de reducir el impacto en sus hijos), cerca de la mitad coincidieron en que se sintieron siempre como adultos, incluso aunque fueran muy jóvenes. Esta proporción alcanza los dos tercios entre los hijos cuyos padres tuvieron divorcios más problemáticos.

Tras el divorcio, muchos de los niños sintieron que tenían la responsabilidad de proteger a sus madres, y un sustancial número de ellos tuvo que asumir mayores deberes a la hora de cuidar a sus hermanos. Esto también ocurre en las familias en las que un progenitor muere o está gravemente enfermo; la diferencia con el divorcio estriba en que los hijos saben que esto ocurre como resultado de una elección voluntaria por parte de al menos uno de los progenitores.

La forma en que tiene lugar el divorcio también suele herir a los hijos, cuenta Marquardt. En una situación ideal, los padres reunirían a los hijos y explicarían cuidadosamente cada cosa, y los tranquilizarían sobre el futuro. Sin embargo, la ruptura de un matrimonio suele ser confusa y caótica, haciendo difícil que los padres organicen bien el anuncio inicial a sus hijos, informa la autora.

Además, los adultos suelen ser vulnerables y estar apenados o bajo shock. Puede ser duro para los hijos ver a sus padres en esta situación. Y esto también significa que, precisamente cuando los hijos tienen necesidad de ser reconfortados, es cuando menos pueden volverse a sus padres buscando apoyo.

Surgen otros problemas en el periodo tras el divorcio, cuando los hijos tienen que enfrentarse a los conflictos y críticas entre los ex-cónyuges. Los adultos jóvenes que crecieron en familias divorciadas le confesaron a Marquardt cómo se sentían obligados a ser cuidadosos con lo que decían a cada progenitor respecto del otro. Dicha información podía conducir a lastimar sentimientos o cosechar críticas sobre el otro progenitor.

Forjar valores :

El libro de Marquardt se centra en el impacto del divorcio en las vidas morales de los hijos. Los hijos sienten un conflicto cuando experimentan valores y modos de vida diferentes en cada uno de los hogares de los progenitores separados. El resultado es que los hijos han de forjar sus propios valores y creencias, sostiene la autora.

Normalmente, los hijos absorben los valores de sus padres en un proceso natural y gradual, sin tener que hacer un esfuerzo consciente. Es cierto que suele haber diferencias entre los padres, pero en conjunto los hijos ven a los valores de sus padres como complementarios. Y los padres normalmente trabajan unidos, respaldándose su autoridad el uno al otro.

Sin embargo, los jóvenes adultos estudiados por Marquardt raramente pensaron en los valores de sus padres como en algo unificado. Las diferencias en asuntos pequeños como las rutinas del hogar o las normas de disciplina, o en temas más importantes como los valores morales y las ambiciones para sus hijos, se separaron más aún tras el divorcio. Esto lleva a que los hijos se sientan confundidos, y se enfrenten a la tarea de construir sus propios valores en medio de este conflicto.

Las diferencias entre los dos hogares van mucho más allá de una situación social incómoda, donde no deseamos ofender a nadie, comenta Marquardt. Los conflictos se dan entre las dos personas más importantes para la vida de un niño ? y estas señales cruzadas se dirigen a la esencia de la identidad del niño.

Una consecuencia es que, de los hijos entrevistados, el 24% de los procedentes de familias divorciadas dicen que no comparten los mismos valores morales que sus padres. Y el 17% sintieron lo mismo de sus madres. Esto se puede comparar con los hijos de las familias intactas, donde sólo el 6% dicen que no comparten los mismos valores que sus padres.

Al preguntarles de quién adquirieron el sentido de lo correcto e incorrecto, los hijos de divorciados nombraban a las madres, y rara vez a los padres. Al exigírseles a estos niños que forjaran sus propios valores, concluye Marquardt, se explica por qué tienen índices más altos de problemas como el consumo de sustancias, embarazos adolescentes y delincuencia.

Otro descubrimiento del estudio es que los jóvenes adultos de hoy que fueron hijos de divorciados son menos religiosos en general de lo que lo son los provenientes de familias intactas. En ocasiones, el sufrimiento causado por el divorcio de sus padres les llevó a cuestionar su fe en Dios. Otros intentan motivarse buscando respuestas a sus dudas en la fe religiosa, pero el proceso puede convertirse en una lucha.

En general, los adultos jóvenes de familias divorciadas son menos propensos a ser religiosos o a practicar su fe que aquellos provenientes de familias intactas. Son también más propensos a dudar de la sinceridad de la fe sus padres.

Marquardt concluye observando que los hijos requieren matrimonios fuertes y duraderos para tener el hogar seguro que necesitan para crecer. No son como una propiedad que se pueda dividir, sino que necesitan amor, estabilidad y guía moral. Esto significa que hay que cambiar nuestra forma de pensar sobre el matrimonio. Los progenitores, abogaba ella, no sólo deben amar a sus hijos, sino también deben amarse y perdonarse el uno al otro, para mantener una familia que dure toda la vida.

fuente: Zenit
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