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El Testigo Fiel
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«Mira que estoy a la puerta y llamo,
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

«El Espíritu Santo, maestro de la armonía»

21 de abril de 2020
Como intención general de la mis de hoy el Papa pidió que "En este tiempo hay tanto silencio. Incluso se puede oír el silencio. Que este silencio, que es algo nuevo en nuestros hábitos, nos enseñe a escuchar, nos haga crecer en nuestra capacidad de escucha. Oremos por esto." A continuación la homilía a Hch 4,32-37 y Jn 3,5a.7b-15.

«Nacer de lo alto» (Jn 3,7) es nacer con la fuerza del Espíritu Santo. Nosotros no podemos tomar el Espíritu Santo para nosotros, sólo podemos dejar que nos transforme. Y nuestra docilidad abre la puerta al Espíritu Santo: es Él quien hace el cambio, la transformación, este renacer de lo alto. Es la promesa de Jesús de enviar el Espíritu Santo (cf. Hch 1,8). El Espíritu Santo es capaz de hacer maravillas, cosas que ni siquiera podemos pensar.

Un ejemplo es esta primera comunidad cristiana, que no es una fantasía, esto que nos dicen aquí: es un modelo, donde se puede llegar cuando hay docilidad y se deja que el Espíritu Santo entre y nos transforme. Una comunidad, digamos, “ideal”. Es cierto que inmediatamente después de esto comenzarán los problemas, pero el Señor nos muestra hasta dónde podemos llegar si estamos abiertos al Espíritu Santo, si somos dóciles. En esta comunidad hay armonía (cf. Hch 4,32-37). El Espíritu Santo es el maestro de la armonía, es capaz de crearla y lo ha hecho aquí. Debe hacerlo en nuestros corazones, debe cambiar muchas cosas de nosotros, pero debe crear armonía: porque Él mismo es la armonía. También la armonía entre el Padre y el Hijo: es el amor de la armonía, Él. Y Él, con armonía, crea estas cosas como esta comunidad armoniosa. Pero luego, la historia nos habla —el mismo Libro de los Hechos de los Apóstoles— de tantos problemas en la comunidad. Este es un modelo: el Señor ha permitido este modelo de una comunidad casi “celestial” para hacernos ver a dónde deberíamos llegar.

Pero luego comenzaron las divisiones en la comunidad. El Apóstol Santiago dice en el segundo capítulo de su Carta: “No mezcléis vuestra fe «con la acepción de personas»” (St 2,1): ¡porque las hubo! “No hagan discriminaciones”: los apóstoles deben salir y amonestar. Y Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, en el capítulo 11, se queja: “Oigo decir que existen entre vosotros divisiones” (cf 1Cor 11,18): empiezan las divisiones internas en las comunidades. Este “ideal” debe ser alcanzado, pero no es fácil: hay muchas cosas que dividen a una comunidad, ya sea una comunidad cristiana parroquial cristiana o diocesana o presbiteral o de religiosos o religiosas... muchas cosas intervienen para dividir a la comunidad.

Observando qué fue lo que causó divisiones en las primeras comunidades cristianas, yo ve tres: primero, el dinero. Cuando el apóstol Santiago dice los de evitar favoritismos personales, pone un ejemplo porque “si en vuestra iglesia, en vuestra asamblea, entra un hombre con un anillo de oro, inmediatamente lo lleváis adelante, y al pobre lo dejáis a un lado” (cf. St 2,2). El dinero. El mismo Pablo dice lo mismo: “Los ricos traen comida y comen, ellos, y los pobres, de pie” (cf. 1Cor 11,20-22), los dejamos allí como diciéndoles: “Arréglatelas como puedas”. El dinero divide, el amor al dinero divide a la comunidad, divide a la Iglesia.

Muchas veces, en la historia de la Iglesia, donde hay desviaciones doctrinales —no siempre, pero sí muchas veces— hay dinero detrás: el dinero del poder, tanto poder político como dinero en efectivo, pero es dinero. El dinero divide a la comunidad. Por esta razón, la pobreza es la madre de la comunidad, la pobreza es el muro que protege a la comunidad. El dinero divide, el interés propio. Incluso en las familias: ¿cuántas familias han acabado divididas por una herencia? ¿Cuántas familias? Y ya no se hablaban... Cuántas familias... Una herencia... Se dividen: el dinero divide.

Otra cosa que divide a una comunidad es la vanidad, ese deseo de sentirse mejores que los demás. “Gracias, Señor, porque no soy como los demás” (cf. Lc 18,11), la oración del fariseo. Vanidad, sentirme que... Y también vanidad en mostrarse, vanidad en los hábitos, en el vestir: cuántas veces —no siempre pero sí muchas veces— la celebración de un sacramento es un ejemplo de vanidad, quién va con la mejor ropa, quién hace eso y lo otro... Vanidad... para la fiesta mayor... La vanidad entra ahí también. Y la vanidad divide. Porque la vanidad te lleva a ser un pavo real y donde hay un pavo real, hay división, siempre.

Lo tercero que divide a una comunidad son las habladurías: no es la primera vez que lo digo, pero es la realidad. Es la realidad. Esa cosa que el diablo pone en nosotros, como una necesidad de hablar de los demás por la espalda. “Qué buena persona es...” — “Sí, sí, pero...”: inmediatamente el “pero”: es una piedra para descalificar al otro e inmediatamente digo algo que he oído decir y así disminuyo un poco al otro.

Pero el Espíritu siempre viene con su fuerza para salvarnos de esta mundanidad del dinero, la vanidad y la habladuría, porque el Espíritu no es el mundo: está contra el mundo. Es capaz de hacer estos milagros, estas grandes cosas.

Pidamos al Señor esta docilidad al Espíritu para que nos transforme y transforme nuestras comunidades, nuestras comunidades parroquiales, diocesanas, religiosas: las transforme, para que podamos avanzar siempre en la armonía que Jesús quiere para la comunidad cristiana.

fuente: Vatican News
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