
Nacido en un pequeño pueblo de los Andes, José Gregorio Hernández tuvo la dicha de nacer y crecer en un ambiente familiar favorable, y con el apoyo del maestro y del cura del pueblo, tríada que le inculcó conocimientos y valores cívicos y religiosos. Algo curioso en un país sumido en guerras civiles con carencias en todos los órdenes.
Los rudimentos aprendidos fueron de tal fuste que, al ser enviado por su papá a estudiar a Caracas, pudo costearse y sacar los estudios secundarios, entrar en la Universidad Central para cursar Medicina y graduarse con calificaciones notables. En un ambiente positivista, no dejó la práctica religiosa y unió sus estudios superiores con el afán de profundizar su fe cristiana hasta escribir sobre temas tan discutidos entonces como los de la evolución, y sobre las nociones de filosofía, en la línea tomista, en contraste con las nuevas corrientes que pululaban en los ambientes académicos.
Tuvo, además, un sentido de la amistad y convivencia fraterna con sus pares, aunque divergían en sus concepciones filosóficas y religiosas. Obtuvo una beca para perfeccionar su especialidad médica en París, la meca de las luces en este campo, que aumentó con su paso por Berlín y Madrid.
Se ganó la admiración y aprecio de sus maestros. No cedió ante la oferta de permanecer en el viejo continente, pues con profundo sentido patrio quería devolverle a su tierra lo adquirido. Es uno de los pioneros de la medicina moderna en la Venezuela atrasada de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Al servicio de todos
Combinó sus inquietudes de vocación sacerdotal y monástica con dedicarse de lleno al ejercicio de la docencia, la investigación y la atención médica, que terminó siendo su auténtica vocación laical, al servicio de todos, con especial énfasis en el callado servicio a los más pobres. José Gregorio representa el alma del venezolano que todos quisiéramos ser, a pesar de no seguir en plenitud su ejemplo, pero sí, el acercarnos a él para la salud física y espiritual.
En medio de la pandemia que arrecia, su beatificación une a todos más allá de las diferencias sociales, ideológicas, políticas o religiosas. Es la esperanza de un pueblo ávido de reencontrar la auténtica cultura del encuentro, para ayudar a resucitar a una vida nueva de respeto mutuo, convivencia en libertad, solidaridad efectiva con los más necesitados, superando toda exclusión.