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El Testigo Fiel
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«Mira que estoy a la puerta y llamo,
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Introducción al Decálogo

13 de junio de 2018
Comienzo de la catequesis papal en torno al Decálogo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy es la fiesta de san Antonio de Padua. ¿Quién de vosotros se llama Antonio? Un aplauso para todos los «Antonios». Empezamos hoy un nuevo itinerario de catequesis sobre el tema de los mandamientos. Los mandamientos de la ley de Dios. Para introducirlo nos inspiramos en el pasaje que acabamos de escuchar: el encuentro entre Jesús y un hombre —es un joven— que, arrodillado, le pregunta cómo poder heredar la vida eterna (cf. Marcos 10, 17-21). Y en aquella pregunta está el desafío de cada existencia, también el nuestro: el deseo de una vida plena, infinita. Pero, ¿cómo hacer para llegar? ¿Qué sendero recorrer? Vivir de verdad, vivir una existencia noble… Cuántos jóvenes buscan «vivir» y después se destruyen yendo tras cosas efímeras.

Algunos piensan que es mejor apagar este impulso —el impulso de vivir— porque es peligroso. Quisiera decir, especialmente a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, por serios y dramáticos que sean: el peligro más grande de la vida es un mal espíritu de adaptación que no es mansedumbre o humildad, sino mediocridad, algo pusilánime. ¿Un joven mediocre es un joven con futuro o no? ¡No! Permanece allí, no crece, no tendrá éxito. La mediocridad o la pusilanimidad. Aquellos jóvenes que tienen miedo de todo: «No, yo no soy así...». Estos jóvenes no irán adelante. Mansedumbre, fuerza y nada de pusilanimidad. El beato Pier Giorgio Frassati —que era un joven— decía que es necesario vivir, no ir tirando. Los mediocres van tirando. Vivir con la fuerza de la vida. Es necesario pedir al Padre celestial para los jóvenes de hoy el don de la sana inquietud. Pero, en casa, en vuestras casas, en cada familia, cuando se ve un joven que está sentado todo el día, a veces la madre y el padre piensan: «Pero este está enfermo, tiene algo» y lo llevan al médico. La vida del joven es ir adelante, ser inquieto, la sana inquietud, la capacidad de no conformarse con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no tienen hambre de una vida auténtica, me pregunto, ¿a dónde irá la humanidad? ¿A dónde irá la humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?

La pregunta de aquel hombre del Evangelio que hemos escuchado está dentro de cada uno de nosotros: ¿Cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? Jesús responde: «Ya sabes los mandamientos» (v. 19) y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el que Jesús quiere guiar a un lugar preciso; de hecho, está ya claro, por su pregunta, que aquel hombre no tiene la vida plena, busca más, es inquieto. Por lo tanto, ¿qué debe entender? Dice: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud» (v. 20). ¿Cómo se pasa de la juventud a la madurez? Cuando se empiezan a aceptar los propios límites. Nos convertimos en adultos cuando se relativiza y se toma conciencia de «lo que falta» (cf. v. 21). Este hombre está obligado a reconocer que todo lo que puede «hacer» no supera un «techo», no va más allá de un margen. ¡Qué bonito ser hombres y mujeres! ¡Qué preciosa es nuestra existencia! Y también hay una verdad que en la historia de los últimos siglos el hombre ha rechazado a menudo, con trágicas consecuencias: la verdad de sus límites. Jesús, en el Evangelio, dice algo que nos puede ayudar: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mateo 5, 17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, ha venido para esto. Ese hombre debía llegar al umbral de un salto, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de sí mismos, de las propias obras, de los propios bienes y —precisamente porque falta la vida plena— dejar todo para seguir al Señor. Mirándolo bien, en la invitación final de Jesús —inmenso, maravilloso— no está la propuesta de la pobreza, sino de la riqueza, esa verdadera: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (v. 21).

¿Quién, pudiendo elegir entre un original y una copia, elegiría la copia? Este es el desafío: encontrar el original de la vida, no la copia. ¡Jesús no ofrece sustitutos, sino vida verdadera, amor verdadero, riqueza verdadera! ¿Cómo podrán los jóvenes seguirnos en la fe si no nos ven elegir el original, si nos ven adictos a las medias tintas? Es feo encontrar cristianos de medias tintas, cristianos —me permito la palabra— «enanos»; crecen hasta una cierta estatura y después no; cristianos con el corazón encogido, cerrado. Es feo encontrar esto. Es necesario el ejemplo de alguno que me invita a un «más allá», a un «más», a crecer un poco. San Ignacio lo llamaba el «magis», «el fuego, el fervor de la acción, que sacude a los soñolientos». El camino de eso que falta pasa por eso que está. Jesús no ha venido para abolir la Ley o a los Profetas sino para dar cumplimiento. Debemos partir de la realidad para hacer el salto en «eso que falta». Debemos escrutar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.

En estas catequesis tomaremos las dos tablas de Moisés como cristianos, dando la mano a Jesús, para pasar de las ilusiones de la juventud al tesoro que está en el cielo, caminando detrás de Él. Descubriremos, en cada una de las leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta del Padre que está en los cielos para que el Señor Jesús, que la ha atravesado, nos conduzca en la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios.

fuente: Vaticano
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