
La vida diaria
Benedicto, se cuenta en el libro, siguió manteniendo la tarea de realizar las (breves) homilías dominicales pensando en la vida religiosa del monasterio que le llevaban toda la semana y de ellas se ofrece una selección. En su última residencia, se levantaba a las 6:30 h. –últimamente con la ayuda de un hermano de San Juan de Dios, así como otro le ayudaba a acostarse–, a las 7:30 h. tenía la misa que “en los últimos años yo presidía y él concelebraba sentado”, señala el secretario; la mañana la tenía para leer o escribir cartas con su secretaria Birgit; a las 12:45 h. Oficio de Lecturas y la Hora intermedia, comida a las 13:15 h. y breve paseo por la terraza y siesta. “Por las tardes, paseo por los Jardines con rezo del Rosario cerca de la Gruta de Lourdes (con horarios variables según la estación) y, algunos viernes, Vía Crucis delante de los bellos cuadros de la capilla. Cuando ya no podía andar bien, hacía sus paseos en silla de ruedas, y en los últimos años utilizaba la eléctrica que había regalado a su hermano Georg”, desvela el secretario.
“De regreso al monasterio, rezo de Vísperas y nuevas ocasiones para leer, escribir o reunirse con los huéspedes. Más recientemente, prefería que le leyeran en voz alta artículos de prensa o libros: normalmente alternaba entre una narración biográfica y un ensayo teológico (entre los textos que tanto le gustaban a Benedicto estaban las memorias del cardenal George Pell sobre su juicio y encarcelamiento en Australia)”, comenta. Benedicto XVI tenía fisioterapia una vez a la semana y ejercicios respiratorios dos veces, cenaba a las 19:30 h. Y tras ver la tele y rezar completas se acostaba a las 21:00 h. El domingo se levantaba más tarde, seguía el ángelus del Papa, escuchaba misa y se leían libros. Su comida: “Desayuno con té al limón, acompañado de pan con mermelada y un yogur; comida y cena con primeros platos alternados de pasta o arroz, segundos de pescado o carne blanca (raramente un filete), una guarnición de verduras o patatas cocinadas de diversas maneras, fruta y a veces un postre. Solo la cena del domingo era al estilo bávaro, un poco más rústico, con pan negro, salchichas y embutidos, a veces pastel de carne leberkäse y, por supuesto, limonada con cerveza”.
Últimos días
Preparado para su muerte, Gänswein cuenta: “El 24 de diciembre de 2022, en la capilla de la Mater Eccleiae, presidí la habitual misa matutina y el Papa emérito concelebró en el altar, sentado en una silla de ruedas. A las 18.30 horas de la tarde y a las 9 horas del domingo 25 de dicembre celebramos las Misas de Navidad de la misma manera, también en presencia de los cuatro Memores y de la Hermana Birgit. Después vimos por televisión la bendición “Urbi et Orbi” del papa Francisco y celebramos sobriamente la ocasión durante el almuerzo”. Como “la salud del Papa emérito era suficientemente buena”, el secretario partió a Alemania el día 27 aunque al día siguiente, el médico le informó de un “repentino empeoramiento de su estado debido a una crisis respiratoria”, por lo que volvió. “Por la tarde, el Papa emérito estaba muy dolorido, pero muy lúcido. Le ofrecí administrarle la unción de los enfermos, y aceptó de inmediato. Su último encuentro con su confesor, un penitenciario de San Pedro, había sido pocos días antes. A partir de ese momento, los miembros de la familia pontificia empezamos a hacer turnos constantes en su dormitorio”, relata.
Tras una ligera mejoría, añade, “su avanzada edad hacía prever un lento deterioro de su estado vital”. Confirma que “el ingreso en el hospital nunca estuvo previsto, porque todo lo que necesitábamos ya estaba disponible en el monasterio”. “Estoy convencido de que Benedicto tampoco lo habría querido, sin necesidad siquiera de preguntárselo”, confiesa. De madrugada, el 31 de diciembre, Benedicto balbuceó en italiano “¡Señor, te amo!”. “Esas fueron sus últimas palabras comprensibles, porque entonces ya no pudo expresarse. Cuando intenté hacerle algunas preguntas, las entendió e intentó responder asintiendo con la cabeza”. A las 9:00 h. comenzó la agonía por lo que, relata, “empezamos a recitar letanías y oraciones para acompañar a un moribundo, y le di la absolución plenaria en el momento de la muerte. Su corazón se paró a las 9.34 a.m.” “Tras su último aliento, recé la última oración en alemán y le di la bendición” y llamó “al papa Francisco, que en diez minutos llegó al monasterio, se sentó junto al cadáver, se persignó y permaneció en oración. Con él acordamos cómo dar la noticia a través de la Oficina de Prensa del Vaticano y los procedimientos para el velatorio en San Pedro, el funeral y el entierro”. “Dentro del ataúd, Benedicto fue enterrado con sus paramentos rojos que había llevado durante la Jornada Mundial de la Juventud en 2008 en Australia y el Domingo de Ramos en 2009, con la cruz episcopal utilizada en su época de Papa emérito, el anillo, su rosario y un crucifijo que fue mi regalo de entierro”, relata.
Acaba el libro insistiendo en que Benedicto pidió que se destruyeran sus papeles y sobre una posible causa de beatificación y canonización es claro: “Personalmente, no dudo de su santidad, pero conociendo de antemano la sensibilidad que me ha manifestado Benedicto XVI, no me permitiré dar ningún paso para acelerar un proceso canónico. Mi sugerencia sería más bien dejar que se asienten todas las cuestiones que han surgido a lo largo de tantos años de vida, y en particular durante su pontificado y su período de emérito, para que el juicio sobre las virtudes heroicas de Joseph Ratzinger –que considero incuestionables– pueda ser totalmente cristalino y ampliamente demostrado y compartido”.