Alfa y Omega - 05/01/06 - Tuve la gracia de asistir a las sesiones del Concilio Vaticano II como sacerdote periodista al servicio de los corresponsales de lengua española. Escuchando a los Padres conciliares, aprendí más teología y recibí más orientación pastoral que durante mis estudios de Teología. En estas líneas, sólo voy a evocar un recuerdo, contar una vivencia, sobre lo que he reflexionado mucho estos años.
Se trata de un episodio emblemático para la Iglesia. Me refiero a la celebración eucarística con la que se inauguró la segunda etapa del Concilio: Misa solemne presidida por el entonces nuevo Papa Pablo VI, en la basílica de San Pedro. 29 de septiembre de 1963. Homilía del Romano Pontífice. El Santo Padre habla de las relaciones de la Iglesia con su divino Fundador. Habla de Jesucristo. Y lo hace con tal énfasis, con tan intensa devoción, con tanta profundidad teológica y tan subido acento paulino, que dejó a la Asamblea ecuménica como atónita, entusiasmada, llena de fervor apostólico, perfectamente orientada para sus trabajos.
Sería interesante reproducir algunos párrafos de aquella histórica y profética alocución pontificia. Este recuerdo es una invitación a leerla:
«La Iglesia… Cristo… Cristo, nuestro principio, nuestro camino y nuestro guía, nuestra esperanza y nuestro fin…» Jesucristo en los labios, en la predicación del Papa Montini. Refiriéndose a aquella sensacional homilía, que el mismo Pontífice presentó como una encíclica, el teólogo-periodista René Laurentin escribió que «jamás la persona de Cristo había dominado a tan alto nivel un discurso pontificio. Era la manifestación espontánea de una convicción muy íntima que Pablo VI exteriorizó elevándose a momentos de intensa emoción, sin perder en ningún instante la energía y la nitidez de su expresión».
El cristocentrismo de aquel discurso fue sencilla y claramente un preludio o paradigma de lo que luego habría de ser el Concilio y, como consecuencia, la Iglesia del Vaticano II.
Cipriano Calderón,
en Ecclesia