
Me ha encantado saber que la Pontificia Academia de Ciencias Sociales ha decidido celebrar el 750 aniversario de la muerte de Santo Tomás de Aquino patrocinando un taller sobre el tema: "Ontología social y derecho natural en perspectiva. Ideas para y desde las Ciencias Sociales". Expreso mi gratitud a todos los participantes en esta importante reunión y, en la oración, les deseo que sus debates sean fructíferos.
Ciertamente, Santo Tomás no cultivó las ciencias sociales tal como hoy las entendemos. Sin embargo, puede decirse que su riguroso estudio de las implicaciones filosóficas y teológicas del dato bíblico de que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios" (Gn 1,27), que encontró expresión en sus diversos escritos, contribuyó a allanar el camino para el desarrollo de estas ciencias modernas. La obra de Tomás demuestra tanto su compromiso con la comprensión de la Palabra de Dios revelada en todas sus dimensiones como, al mismo tiempo, su notable apertura a toda verdad accesible a la razón humana. El Doctor Angélico estaba profundamente convencido de que, puesto que Dios es la verdad y la luz que ilumina todo entendimiento, no puede haber contradicción fundamental entre la verdad revelada y la descubierta a través de la razón. Su convicción del poder del don divino de la gracia para sanar la naturaleza humana debilitada por el pecado y elevar la mente mediante la participación en el conocimiento y el amor de Dios, y en consecuencia para permitirnos comprender y ordenar nuestras vidas como individuos y como sociedad, era fundamental para su comprensión de la relación entre fe y razón.
Las ciencias sociales contemporáneas abordan las cuestiones humanas y la búsqueda del desarrollo humano a través de una variedad de enfoques y métodos que deben basarse en la irreductible realidad y dignidad de la persona humana. El Aquinate supo recurrir a un rico patrimonio filosófico que interpretó a través de la lente del Evangelio, con el fin de afirmar que la persona, como "lo más noble de todo el universo" (ST I, q. 29, a. 3), es el pilar del orden social. Creados a imagen y semejanza del Único Dios, los individuos están destinados, a través de las relaciones personales e interpersonales, a vivir, crecer y desarrollarse en comunidad. Por eso, "es natural que los seres humanos vivan en sociedad con muchos otros, a fin de procurarse, con su trabajo manual y físico, iluminados por la luz de su inteligencia y la fuerza de su voluntad, bienes materiales y espirituales para su bienestar y buen vivir, para su felicidad" (De regno, B. I. c. 1).
Basándose en principios ya establecidos por Aristóteles, Tomás sostenía así que los bienes espirituales preceden a los materiales y que el bien común de la sociedad precede al de los individuos, ya que el hombre es por naturaleza un "animal político". Su conexión con las obras éticas y políticas de los grandes pensadores clásicos es evidente en sus comentarios, y se refleja especialmente en los temas que dedica a la justicia, sobre todo en su famoso Tratado sobre el Derecho (ST I-II, qq. 90-108). Aunque su influencia en la configuración del pensamiento moral y jurídico moderno es incuestionable, la recuperación de la perspectiva filosófica y teológica que informaba su obra puede ser muy prometedora para nuestra reflexión disciplinada sobre los acuciantes problemas sociales de nuestro tiempo.
El Aquinate defiende la dignidad intrínseca y la unidad de la persona humana, que pertenece tanto al mundo físico en virtud del cuerpo como al mundo espiritual en virtud del alma racional: una criatura capaz de distinguir entre lo verdadero y lo falso sobre la base del principio de no contradicción, pero también de discernir el bien del mal. Esta capacidad innata de discernir y ordenar o disponer los actos a su fin último por el amor, llamada tradicionalmente "ley natural", como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica citando a Tomás: "no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella sabemos lo que hay que hacer y lo que hay que evitar. Esta luz o esta ley Dios la dio a la creación' (Catecismo de la Iglesia Católica, #1955).
Hoy es indispensable recuperar la consideración de esta "inclinación natural a conocer la verdad sobre Dios y a vivir en sociedad" (ST I-II, q. 92, a. 2), para orientar el pensamiento y las políticas sociales de modo que promuevan, y no impidan, el auténtico desarrollo humano de las personas y de los pueblos. Por esta razón, mi predecesor y yo hemos reafirmado constantemente la importancia de la ley natural en los debates relativos a los desafíos éticos y políticos de nuestro tiempo. En palabras de Benedicto XVI, "tal ley moral universal es fundamento firme de todo diálogo cultural, religioso y político, y permite que el pluralismo polifacético de las diversas culturas no se separe de la búsqueda común de la verdad, del bien y de Dios" (Carta encíclica Caritas in veritate, 59).
La confianza de santo Tomás en una ley natural inscrita en el corazón humano puede ofrecer, por tanto, nuevas y valiosas perspectivas a nuestro mundo globalizado, dominado por el positivismo jurídico y la casuística, aunque siga buscando fundamentos sólidos para un orden social justo y humano. En efecto, siguiendo a Aristóteles, Tomás era muy consciente de la complejidad que entraña la aplicación de la ley a los actos concretos, y por ello subrayó la importancia de la virtud de la "epiqueya". En sus palabras: "los actos humanos, que son objeto de la ley, consisten en hechos contingentes y singulares, que pueden variar de infinitas maneras [...]. Pero en ciertos casos la observancia de estas leyes sería contraria a la justicia y al bien común, que es la finalidad del derecho". En consecuencia: "es en cambio cosa buena seguir lo que el sentido de la justicia y el bien común exigen, prescindiendo de la letra de la ley" (ST II_II, q. 120, a. 1).
Si el Doctor Angélico basa su comprensión de la dignidad del hombre y de las exigencias de una "ontología social" en la naturaleza humana y, por tanto, en el orden de la creación, como pensador cristiano añade necesariamente que nuestra naturaleza humana, herida por el pecado, es sanada y elevada por la gracia, fruto de la redención de Cristo. Al comienzo de su gran Cristología, la tercera parte de la Summa Theologiae, Tomás afirma, en continuidad con la enseñanza de la Escritura y de los Padres de la Iglesia, que la Encarnación del Hijo de Dios revela la suprema dignidad de la naturaleza humana. Esta convicción ha sido elocuentemente reafirmada en nuestro tiempo por la enseñanza del Concilio Vaticano II, a saber: "Cristo, que es el nuevo Adán, precisamente revelando el misterio del Padre y de su amor, revela también plenamente al hombre a sí mismo y le manifiesta su vocación más alta" (Constitución pastoral Gaudium et spes, 22). La plenitud de gracia presente en la humanidad del Redentor se comunica después a los miembros de su Cuerpo, la Iglesia, a la que está llamada toda la humanidad. Como Cabeza de ese Cuerpo, Cristo distribuye su gracia de diversas maneras a cada miembro, según sus dones y vocaciones singulares.
La intuición de Santo Tomás sobre esta efusión de gracia redentora y la variedad de modos en que esta gracia se comunica para la edificación del Cuerpo tiene ricas implicaciones para comprender la dinámica de un orden social sólido fundado en la reconciliación, la solidaridad, la justicia y el cuidado mutuo. En este sentido, Benedicto XVI podría afirmar que precisamente como objetos del amor de Dios, los hombres se convierten a su vez en sujetos de caridad, llamados a reflejar esa caridad y a tejer redes de caridad (cf. Caritas in veritate, 5) al servicio de la justicia y del bien común.
Es esta dinámica mayor de la caridad recibida y dada la que dio origen a la Doctrina Social de la Iglesia (cf. ibid), que trata de explorar cómo los beneficios sociales de la Redención pueden hacerse visibles en la vida de los hombres y mujeres como seres sociales cuya individualidad está ineluctablemente inmersa en una historia, una cultura y una tradición más amplias. Aquí, señala Tomás, vemos el corazón de la vida cristiana como un acto de culto sacerdotal dirigido a la glorificación de Dios y a la santificación del mundo. En esta perspectiva, el Doctor Angélico defiende resueltamente la prioridad de las obras de misericordia. En sus palabras: "No adoramos a Dios con sacrificios y ofrendas externas en beneficio suyo, sino en beneficio propio y del prójimo: pues Él no necesita nuestros sacrificios, sino que quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y en beneficio del prójimo. Por tanto, la misericordia... es un sacrificio más aceptable para Él, ya que asegura mejor el bien del prójimo" (ST II-II, q. 30, a. 4 ad 1).
Queridos amigos, en estos años de mi pontificado he tratado de privilegiar el gesto del lavatorio de los pies, siguiendo el ejemplo de Jesús, que en la Última Cena se quitó el manto y lavó los pies de sus discípulos uno por uno. El lavatorio de los pies es, sin duda, un símbolo elocuente de las Bienaventuranzas proclamadas por el Señor en el Sermón de la Montaña y de su expresión concreta en las obras de misericordia. Con este gesto, el Señor quiso dejarnos "un ejemplo, en efecto, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13,15). De hecho, como enseña el Aquinate, con una acción tan extraordinaria Cristo: "mostró todas las obras de misericordia" (In Ioan. XIII). Jesús sabía que, cuando se trata de inspirar el corazón humano, los ejemplos son más importantes que un torrente de palabras.
En estos días, al acercaros al rico patrimonio de pensamiento religioso, ético y social que nos legó Santo Tomás de Aquino, confío en que encontraréis inspiración e iluminación para vuestras propias aportaciones a las diversas ciencias sociales, respetando sus propios métodos y objetivos. Os renuevo mis mejores deseos para vuestras decisiones y rezo para que cada uno de vosotros, en su propio trabajo y en su vida, encuentre realización en nuestro compromiso común de contribuir a un futuro de fraternidad, justicia y paz para todos los miembros de nuestra familia humana. Invoco de corazón abundantes bendiciones del Señor para cada uno de vosotros y para vuestros seres queridos.