
Hay dos signos que caracterizan esta celebración: el primero es la tradicional "nevada", que tendrá lugar en breve, durante el Magnificat; el segundo es el icono de la «Salus populi romani». Estos dos signos, bien interpretados, pueden ayudarnos a captar el mensaje de la Palabra de Dios que hemos rezado en los Salmos y escuchado en la Lectura.
La "nevada". ¿Es sólo folclore o tiene un valor simbólico? Depende de nosotros, de cómo la percibamos y del significado que le demos. Todos sabemos que evoca el prodigioso fenómeno que mostró al Papa Liberio el lugar donde debía construirse la primitiva basílica. Sin embargo, el hecho de que este signo se repita en la solemnidad de hoy, en el interior de la basílica y durante la liturgia, nos invita a una lectura más bien simbólica.
Por eso sugiero que nos dejemos guiar por dos versículos del libro del Eclesiástico, que dice lo siguiente sobre la nieve que Dios hace caer del cielo: "El ojo admira la belleza de su blancura / y el corazón se asombra al verla caer" (Eclo 43,18). Aquí el sabio pone de relieve el doble sentimiento que el fenómeno natural suscita en el alma humana: admiración y asombro. Al ver caer la nieve, "el ojo admira" y "el corazón se maravilla". Y esto nos guía en la interpretación del signo de la nevada: puede entenderse como símbolo de la gracia, es decir, de una realidad que aúna belleza y gratuidad. Es algo que no se puede merecer, y mucho menos comprar, sólo se puede recibir como un don, y como tal es también completamente imprevisible, como una nevada en Roma en pleno verano. La gracia suscita admiración y asombro. No olvidemos estas dos palabras: capacidad de admiración y capacidad de asombro. Y estas dos capacidades no debemos perderlas, porque entran en la experiencia de nuestra fe.
Y con esta actitud interior, nuestra mirada puede dirigirse ahora al segundo signo, mucho más importante: el antiguo icono mariano que es, por así decirlo, la joya de esta Basílica. En él, la gracia adquiere plenamente su forma cristiana en la imagen de la Virgen Madre con el Niño. La Santa Madre de Dios. Aquí la gracia aparece en su concreción, despojada de todo revestimiento mitológico, o mágico, o espiritualista, siempre al acecho en la religión. En el icono sólo está lo esencial: la Mujer y el Hijo, como en el texto de San Pablo que hemos escuchado hace un momento: "Dios envió a su Hijo, nacido de mujer" (Gal 4,4). La Mujer es la llena de gracia, concebida sin pecado, inmaculada como la nieve recién caída. Dios la miró con admiración y asombro -hasta Dios se asombra...-, y la eligió como Madre porque es hija de su Hijo: engendrada en Él antes de los tiempos, se convirtió en su Madre en la plenitud de los tiempos. El Niño sostiene el Libro Sagrado con el brazo izquierdo y con el derecho bendice; y la primera bendita es ella, la Madre, la Bendita de todas las mujeres. Su manto oscuro deja resaltar la túnica dorada de su Hijo: sólo en Él habita toda la plenitud de la divinidad; ella, con el rostro desnudo, refleja su gloria. Tomémonos un tiempo para ir a contemplar a la Virgen. Mirémosla en silencio, viendo todas estas cosas, mirando este icono que tanto nos santifica a todos. Tomémonos un tiempo para ir, después, a mirarla.
Por eso el pueblo fiel viene a pedir la bendición a la Santa Madre de Dios, porque ella es la mediadora de la gracia que siempre y sólo brota de Jesucristo, por obra del Espíritu Santo. Especialmente durante el próximo año, Año Santo del Jubileo, muchos peregrinos vendrán a esta basílica para pedir la bendición de la Virgen. Hoy, reunidos aquí como una especie de vanguardia, invocamos su intercesión por la ciudad de Roma, nuestra ciudad, y por el mundo entero, especialmente por la paz: una paz que sólo es verdadera y duradera si parte de corazones arrepentidos y de corazones perdonados; el perdón hace la paz, porque es la noble actitud del Señor, perdonar; la paz que viene de la Cruz de Cristo, de su Sangre, que Él tomó de María y derramó en remisión de los pecados.
Quisiera concluir dirigiéndome a la Santísima Virgen con las palabras de san Cirilo de Alejandría al final del Concilio de Éfeso: "Te saludo, oh María, Madre de Dios, tú que trajiste la luz, tú purísima. Te saludo, Virgen María, Madre y sierva. Virgen, por Aquel que nació de ti; Madre, por Aquel a quien sostuviste en tus brazos. [...] Te saludo, María, tesoro de la tierra; lámpara que no se apagará; de ti nació el sol de justicia" (Homilía 11: PG 77). Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.
Y ahora os invito, todos juntos -a ver si podéis hacerlo-, todos juntos, a repetir tres veces: "Te saludo, Santa Madre de Dios". Todos juntos: [todos] "Te saludo, Santa Madre de Dios". [todos] "Te saludo, Santa Madre de Dios". Otra vez, más fuerte: [todos] "Te saludo, Santa Madre de Dios".
El canto del Magnificat: momento de la celebración en que se realiza la "nevicata"