
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con vosotros!
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Me alegra encontraros aquí tan numerosos. Saludo a los miembros del Equipo internacional del Camino Neocatecumenal, Kiko Argüello, María Ascensión Romero y don Mario Pezzi, así como a los obispos y sacerdotes que os acompañan.
Un pensamiento especial para las familias aquí presentes, expresión de vuestro anhelo misionero y de ese deseo que siempre debe animar a toda la Iglesia: anunciar el Evangelio al mundo entero, para que todos puedan conocer a Cristo.
Precisamente este deseo ha animado siempre y sigue alimentando la vida del Camino Neocatecumenal, su carisma y las obras de evangelización y catequesis que representan una valiosa contribución a la vida de la Iglesia. A todos, especialmente a los que se han alejado o a aquellos cuya fe se ha debilitado, les ofrecéis la posibilidad de un itinerario espiritual a través del cual redescubrir el significado del Bautismo, para que puedan reconocer el don de la gracia recibido y, por tanto, la llamada a ser discípulos del Señor y sus testigos en el mundo.
Animados por este espíritu, habéis encendido el fuego del Evangelio allí donde parecía apagarse y habéis acompañado a muchas personas y comunidades cristianas, despertándolas a la alegría de la fe, ayudándolas a redescubrir la belleza de conocer a Jesús y favoreciendo su crecimiento espiritual y su compromiso de testimonio.
En particular, además de a los formadores y catequistas, quisiera expresar mi gratitud a las familias que, acogiendo el impulso interior del Espíritu, dejan las seguridades de la vida ordinaria y parten en misión, incluso a territorios lejanos y difíciles, con el único deseo de anunciar el Evangelio y ser testigos del amor de Dios. De este modo, los equipos itinerantes compuestos por familias, catequistas y sacerdotes participan en la misión evangelizadora de toda la Iglesia y, como afirmaba el Papa Francisco, contribuyen a «despertar» la fe de los «no cristianos que nunca han oído hablar de Jesucristo», pero también de muchos bautizados que, aunque son cristianos, «han olvidado […] quién es Jesucristo» (Discurso a los adherentes al Camino Neocatecumenal, 6 de marzo de 2015).
Vivir la experiencia del Camino Neocatecumenal y llevar adelante la misión exige también, por vuestra parte, una vigilancia interior y una sabia capacidad crítica, para discernir algunos riesgos que siempre acechan en la vida espiritual y eclesial.
Vosotros proponéis a todos un camino de redescubrimiento del Bautismo, y este Sacramento, como sabemos, al unirnos a Cristo, nos convierte en miembros vivos de su cuerpo, su único pueblo, su única familia. Debemos recordar siempre que somos Iglesia y que, si el Espíritu concede a cada uno una manifestación particular, esta es dada —como nos recuerda el apóstol Pablo— «para el bien común» (1 Cor 12,7) y, por tanto, para la misión misma de la Iglesia. Los carismas deben ponerse siempre al servicio del reino de Dios y de la única Iglesia de Cristo, en la que ningún don de Dios es más importante que los demás —salvo la caridad, que los perfecciona y armoniza a todos— y ningún ministerio debe convertirse en motivo para sentirse mejor que los hermanos y excluir a quienes piensan de otra manera.
Por eso os invito también a vosotros, que habéis encontrado al Señor y vivís su seguimiento en el Camino Neocatecumenal, a ser testigos de esta unidad. Vuestra misión es particular, pero no exclusiva; vuestro carisma es específico, pero da fruto en comunión con los demás dones presentes en la vida de la Iglesia; el bien que hacéis es mucho, pero su fin es permitir que las personas conozcan a Cristo, respetando siempre el camino de vida y la conciencia de cada uno.
Como custodios de esta unidad en el Espíritu, os exhorto a vivir vuestra espiritualidad sin separaros nunca del resto del cuerpo eclesial, como parte viva de la pastoral ordinaria de las parroquias y de sus diversas realidades, en plena comunión con los hermanos y, en particular, con los presbíteros y los obispos. Seguid adelante con alegría y humildad, sin cerramientos, como constructores y testigos de la comunión.
La Iglesia os acompaña, os sostiene y os agradece lo que hacéis. Al mismo tiempo, recuerda a todos que «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Cor 3,17). Por eso, el anuncio del Evangelio, la catequesis y las diversas formas de acción pastoral deben estar siempre libres de formas de coacción, rigidez y moralismos, para que no suceda que puedan suscitar sentimientos de culpa y temores en lugar de liberación interior.
Queridos hermanos, os agradezco vuestro compromiso, vuestro alegre testimonio, el servicio que prestáis en la Iglesia y en el mundo. Os animo a continuar con entusiasmo y os bendigo, invocando sobre vosotros la intercesión de la Virgen María para que os acompañe y os proteja. ¡Gracias!