
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.
La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la que estamos reflexionando estas semanas, señala a la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, como un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y mujeres de todos los tiempos, para que, al escucharlo, puedan conocerlo y amarlo. Sin embargo, los textos bíblicos no han sido escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. Como nos enseña también la realidad cotidiana, de hecho, dos personas que hablan idiomas diferentes no se entienden entre sí, no pueden entablar un diálogo, no logran establecer una relación. En algunos casos, hacerse entender por el otro es un primer acto de amor. Por eso Dios elige hablar utilizando lenguajes humanos y, así, varios autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura. Como recuerda el documento conciliar, «las palabras de Dios, expresadas con lenguas humanas, se han hecho semejantes al lenguaje humano, como ya el Verbo del Padre eterno, habiendo asumido las debilidades de la naturaleza humana, se hizo semejante al hombre» (DV, 13). Por lo tanto, no solo en su contenido, sino también en su lenguaje, la Escritura revela la misericordiosa condescendencia de Dios hacia los hombres y su deseo de acercarse a ellos.
A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que existe entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante varios siglos, muchos teólogos se preocuparon por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, considerando a los autores humanos casi como instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En épocas más recientes, la reflexión ha reevaluado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero también llama a los hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cf. DV, 11). Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, «rebajar la operación humana a la de un simple amanuense no es glorificar la operación divina». [1] ¡Dios nunca mortifica al ser humano y sus potencialidades!
Por lo tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier enfoque que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se deduce que una interpretación correcta de los textos sagrados no puede prescindir del entorno histórico en el que maduraron y de las formas literarias utilizadas; es más, renunciar al estudio de las palabras humanas de las que Dios se sirvió corre el riesgo de desembocar en lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio también se aplica al anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época, la Iglesia está llamada a proponer la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y llegar a los corazones. Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, surgen nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de un significado renovado para el mundo actual». [2]
Igualmente reduccionista, por otra parte, es una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que hay que estudiar simplemente desde el punto de vista técnico o como «un texto solo del pasado». [3] Más bien, sobre todo cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemas, iluminar los pasos a dar y las decisiones a tomar. Esto solo es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cf. DV, 12).
En este sentido, la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: «Quien cree haber comprendido las Escrituras divinas [...], si mediante tal comprensión no logra levantar el edificio de esta doble caridad, hacia Dios y hacia el prójimo, aún no las ha comprendido».[4] El origen divino de la Escritura recuerda también que el Evangelio, confiado al testimonio de los bautizados, aunque abarca todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: no puede reducirse a un mero mensaje filantrópico o social, sino que es el anuncio gozoso de la vida plena y eterna que Dios nos ha dado en Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor porque, en su bondad, no deja que falte en nuestra vida el alimento esencial de su Palabra, y recemos para que nuestras palabras, y más aún nuestra vida, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra.
[1] L. Alonso Schökel, La parola ispirata. La Bibbia alla luce della scienza del linguaggio, Brescia 1987, 70.
[2] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 11.
[3] Benedicto XVI, Exhort. ap. post-sin. Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 35.
[4] S. Agustín, De doctrina christiana I, 36, 40.