
Queridos hermanos y hermanas:
La primera lectura y el Evangelio que hemos escuchado, en diálogo entre sí, nos ayudan a redescubrir precisamente el don del Bautismo como gracia que se encuentra con nuestra libertad. El relato del Génesis nos remite a nuestra condición de criaturas, puestas a prueba no tanto por una prohibición, como se cree a menudo, sino por una posibilidad: la posibilidad de una relación. El ser humano es libre de reconocer y acoger la alteridad del Creador, que reconoce y acoge la alteridad de las criaturas. Para impedir esta posibilidad, la serpiente insinúa la presunción de poder anular toda diferencia entre las criaturas y el Creador, seduciendo al hombre y a la mujer con la ilusión de convertirse en Dios. Satanás los empuja a apoderarse de algo que, según él, Dios querría negarles para mantenerlos siempre en un estado de inferioridad. Este fresco del Génesis es una obra maestra insuperable que representa el drama de la libertad.
El Evangelio parece responder al antiguo dilema: ¿puedo realizar mi vida en plenitud diciendo «sí» a Dios? O, para ser libre y feliz, ¿debo liberarme de Él?
La escena de las tentaciones de Cristo, en el fondo, aborda esta dramática pregunta. Nos lleva a descubrir la verdadera humanidad de Jesús que, como enseña la Constitución conciliar Gaudium et spes, revela al hombre a sí mismo: «En el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre» (GS, 22). De hecho, vemos al Hijo de Dios que, oponiéndose a las insidias del antiguo Adversario, nos muestra al hombre nuevo, al hombre libre, epifanía de la libertad que se realiza diciendo «sí» a Dios.
Esta nueva humanidad nace de la fuente bautismal. Y entonces, especialmente en este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a redescubrir la gracia del Bautismo, como fuente de vida que habita en nosotros y que, de manera dinámica, nos acompaña en el más absoluto respeto a nuestra libertad.
En primer lugar, es el Sacramento mismo el que es dinámico, porque lo que ofrece no se agota en el espacio y el tiempo del rito, sino que es una gracia que acompaña constantemente toda la vida, sosteniendo nuestro seguimiento de Cristo. Pero el Bautismo es dinámico también porque nos pone siempre de nuevo en camino, ya que la gracia es una voz interior que nos impulsa a conformarnos a Jesús, liberando nuestra libertad para que encuentre su plenitud en el amor a Dios y al prójimo.
Comprendemos así la naturaleza relacional del Bautismo, que nos llama a vivir la amistad con Jesús y, así, a entrar en su comunión con el Padre. Esta relación llena de gracia nos hace capaces de vivir también una auténtica proximidad con los demás, una libertad que —a diferencia de lo que el diablo propone a Jesús— no es búsqueda del propio poder, sino amor que se dona y nos hace a todos hermanos y hermanas. De hecho, san Pablo afirma: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28).
Hermanos y hermanas, el papa León XIII pidió a san Juan Bosco que construyera aquí mismo la iglesia en la que nos encontramos hoy. Él había intuido la importancia de este lugar, junto a la estación Termini y en un cruce único de la ciudad, destinado a cobrar aún más importancia con el paso del tiempo.
Por eso, queridos hermanos, al encontrarme hoy con vosotros, veo en vosotros una presencia especial de proximidad, de cercanía en los retos de este territorio. De hecho, en él hay numerosos jóvenes universitarios, viajeros que van y vienen por motivos de trabajo, inmigrantes en busca de empleo, jóvenes refugiados que han encontrado en la sede de al lado, por iniciativa de los salesianos, la posibilidad de conocer a jóvenes italianos de su misma edad y realizar proyectos de integración; y luego están nuestros hermanos que no tienen hogar y que encuentran acogida en los espacios de Cáritas en via Marsala. En pocos metros se pueden tocar las contradicciones de este tiempo: la despreocupación de quienes parten y llegan con todas las comodidades y quienes no tienen un techo; las muchas posibilidades de bien y una violencia desenfrenada; el deseo de trabajar honestamente y el comercio ilícito de drogas y prostitución.
Vuestra parroquia está llamada a hacerse cargo de estas realidades, a ser levadura del Evangelio en la masa del territorio, a ser signo de cercanía y caridad. Agradezco a los salesianos por la incansable labor que realizan cada día, y animo a todos a seguir siendo aquí una pequeña llama de luz y esperanza.
Que María Auxiliadora sostenga siempre nuestro camino, nos fortalezca en los momentos de tentación y prueba, para vivir plenamente la libertad y la fraternidad de los hijos de Dios.