
La encíclica Rerum Novarum [RN] (De las cosas nuevas), fue publicada por el papa León XIII el cinco de mayo de 1891. El contexto internacional era delicado, marcado por la irrupción de los trabajadores, gracias a la revolución industrial, sobre todo en Inglaterra. El texto es considerado como el parteaguas de la Enseñanza Social de la Iglesia, la carta magna de la actividad cristiana en la sociedad, y clave para comprender la dimensión social de la fe.
Documentos sucesivos conmemoraron a la RN, con aniversarios decenales: la Quadragésimo Anno de Pío XII, en 1931; la Mater et Magistra de Juan XXIII, en 1961; la Laborem Exercens (A través del Trabajo o Ejerciendo el Trabajo), de Juan Pablo II, en 1981; la Centesimus Annus, también de Juan Pablo II, en 1991.
En este espíritu celebrativo debemos señalar que, el pasado jueves 14, se cumplieron 55 años de la Octogésima Adveniens, de Pablo VI, publicada en 1971. La carta trataba sobre la pobreza, el desarrollo y el compromiso político. Ya desde entonces se hablaba de temas muy actuales el día de hoy, como la urbanización, el éxodo de las zonas rurales hacia las mega urbes y el respeto al medio ambiente.
Pero, más allá de la celebración, es de resaltarse su #13, en el que afirma: “… en muchos países, una legislación sobre la mujer que haga cesar esa discriminación efectiva y establezca relaciones de igualdad de derechos y de respeto a su dignidad, es objeto de investigaciones y a veces de vivas reivindicaciones”.
Y en el mismo número, Pablo VI, que el año anterior había proclamado Doctoras de la Iglesia a dos mujeres, santa Teresa de Ávila y santa Catalina de Siena, invita a promover leyes que “protejan la vocación propia de la mujer y, al mismo tiempo, reconozcan su independencia como individuos y su igualdad de derechos en cuanto a la participación en la vida cultural, económica, social y política”.
Me llama la atención que, en el último renglón, no se incluya la ‘vida eclesial’, que también está esperando una legislación capaz de respetar esos derechos femeninos, tantas veces conculcados al interior de la misma Iglesia.
Han pasado cinco décadas y media de esta preocupación, y nuestra institución eclesiástica sigue con procedimientos obsoletos, no a la altura de los pasos agigantados que han dado otras organizaciones como empresas, universidades, partidos políticos y hasta el futbol, donde las mujeres ocupan cada vez más espacios de dirección y gobierno. Ellas siguen trabajando de sol a sol en nuestras parroquias, pero no les permitimos tomar decisiones pastorales.